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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. El peor de los pecados es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016 y 2017. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en diversas revistas nacionales y libros colectivos. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales; es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón, UA de C. y estudió la Maestría en Apreciación y Creación Literaria en Casa Lamm en la Ciudad de México.

sábado, 29 de agosto de 2015

ESTIMADO SR. VALENZUELA


Sr. Miguel Ángel Valenzuela de Santiago
Presente.-
Estimado Sr. Valenzuela:
Agradezco mucho la carta que amablemente me hizo llegar; en ella usted asegura que mi artículo “Borges, Jung y el I Ching” le provocó una reflexión y la necesidad de explicarme sus puntos de vista sobre el libro I Ching. Su mensaje también me hizo reflexionar porque me gusta discutir en el desacuerdo, desde luego, siempre y cuando el desacuerdo se sostenga en buenos argumentos. Aunque en este caso no podríamos discutir pues entre usted y yo no hay diferencias sustanciales de opinión. Además, la visión que tengo del libro de las mutaciones es muy reducida. Mi artículo nació de una simple observación que concluyó en que consideré relevante el hecho de que el poeta argentino Jorge Luis Borges y el siquiatra suizo Carl Gustav Jung hayan escrito para esta obra. Y como bien apunta: “deje ver mi asombro”, porque muchos consideran este texto como adivinatorio. Pero usted me dice que lo de “adivinatorio” es una percepción falsa, cuando la realidad es que desde hace más de tres milenios se ha consultado con ese fin. Sí, se ha utilizada para hacer preguntas del futuro y obtener respuestas. Está documentado que muchos gobernantes han recurrido a él para establecer estrategias de guerra. Por ejemplo, puedo citar al mongol Gengis Khan quien lo requería para saber cómo planear sus ataques. Yo no  digo que se trate de: “triviales asuntos del azar y prestidigitación” (no digo tales palabras) nunca hablaría así de un libro tan importante en la historia de la humanidad.
Sr. Valenzuela, usted manifiesta que la obra en cuestión es un gran estímulo para las funciones cerebrales y el computo de la memoria automática. No podría refutar tales afirmaciones ya que desconozco la magnitud de la influencia del I Ching, si bien conozco el poder general de los buenos libros y en especial de la poesía (el I Ching es poético, claro) y puedo vislumbrar que influyen el intelecto de las personas, pero no sabría establecer el poder de un libro en específico.
 Fuera de lo anterior, hay una parte de su mensaje que me entusiasmó y fue la siguiente: “En el I Ching encontramos las mismas posibilidades de respuesta del ser humano que la cantidad numeral contenida del ajedrez en sus 64 casillas y las distintas potencialidades al mover las piezas para responder al contrincante. Si multiplicamos progresivamente las casillas del tablero entre sí tendremos un número infinito, igual a las posibilidades de respuesta del ser humano (…) el infinito se divide en el ajedrez entre el blanco y negro y en el potencial cualitativo de cada pieza: peón, alfil, caballo, torre, rey y reina. Por lo que no existe magia o adivinación en ello, sino el estudio del comportamiento humano ante el cosmos y ante sí mismos. Hemos estado estudiando sus gestos, sus muecas según se mueva o conmueva el alma…” Considero que es la mejor parte porque con ésta se me develó otra coincidencia. Le explicó: cuando recibí su carta no tenía mis lentes a la mano (para mí es imposible leer sin ellos), entonces le pedí a mi hijo, Eduardo, que me hiciera favor de leérmela. Mi hijo es médico pasante y se ha abocado al estudio de la genética. Al estar leyendo él se sorprendió ante su aclaración de que el I Ching cuanta con 64 hexagramas y que igualmente el ajedrez tiene 64 apartados que si se multiplicasen entre sí progresivamente se tendría un número infinito, como usted lo señala. Al leer eso, mi hijo, me aclaró que el código genético también cuenta con 64 codones (imposible de explicarlo aquí), de manera que en el sinfín de posibilidades del genoma humano, o el eterno bucle del DNA, también existe un 64 como base. ¡Ah! El misterio de las coincidencias.
Sin más, me despido con la alegría de saber de usted.
Afectuosamente, Angélica

sábado, 15 de agosto de 2015

autorretrato castellanizado



Mis ojos, un océano. Mi  corazón, un abismo. Camino una calle conocida. Tengo en la mirada una versión limitada de Heráclito. El camino es y no es el mismo, igual que yo. Me resigno a lo que pasa, diciéndome: “Uno nace como puede y hace lo que alcanza. Y a veces ni eso”. No me duele nada ajeno (si es que existe algo que sea ajeno). Me duele lo propio; la sangre entremezclada con la mía. Aquella que bulle fuera de mi comprensión. Soy una mujer que sueña. Y el sueño incluye pesadillas.
 Me hubiera gustado nacer a los treinta y tres años como el “Altazor” de Huidobro, él que aseguraba: “Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo (…) Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.” Sin embargo, a mí me tocó nacer a los treinta y cinco. El profundo mirar de pichón me persigue. Muchas veces me he preguntado si soy culpable de ese nacimiento tan tardío; si  soy culpable de ser una mujer nacida después de tiempo; de ser producto de un parto postmaduro. Me fui formando poco a poco sin sentir el verdadero sentido de la vida, de la muerte. La inconciencia del nonato me cobijaba. Sé que no podría explicarlo pero un día un resplandor me golpeó la mirada y fue cuando dije: “He nacido”. Así, fue la mía una gestación prolongada y en ese tiempo de gravidez hablé mis primeras palabras y di mis primeros besos. Jugué, reí y exploré lo que pude. Encontré amigos. Luego fui a la universidad y después me convertí en una esposa y tuve hijos. Madre, dos veces madre. Al momento de mi alumbramiento descubrí los tormentos de mis padres y las confusiones de mis hermanos. Conocí a mis hijos, jóvenes de esperanza que me prodigan saberes. Hijos que creen que yo los he creado cuando han sido ellos los que me han ido dando forma. He sido el vehículo para traerlos al mundo. He sido receptáculo de su conocimiento, amor y queja.
 Hasta mi alumbramiento, la ignorancia me liberaba de toda culpa. Si hice bien lo que correspondía o si lo hice con defecto; estoy perdonada. Todos tendrán que perdonarme. Nací en una edad madura y me volví una de esas mujeres que se enternece con facilidad; una de ésas que se emocionan con actos cotidianos y repetidos como los atardeceres. Por eso creen que no sé qué es el pragmatismo. Dicen que no soy una mujer práctica porque me gusta la poesía y la música y en la tormenta finjo tranquilidad. Si no se entiende lo que digo, no importa. Soy la que sabe que en la inutilidad se puede vivir el sentido del todo. Estoy pegada al mismo cielo, a las mismas palabras, a los mismos conjuros. Siempre.
Quince años después de los treinta y cinco, reconozco el trauma del nacimiento: el deslumbramiento que siguió de la oscuridad. Oigo mi llanto. Recuerdo lo poco festivo que fue (que es) ese acontecimiento. Sin bautizo ni felicitaciones ni visitas ni un solo, ¿a quién se parece?. Todo pasó tan desapercibido y yo tenía hambre y tomé pequeños tragos del mundo. Comencé a probar y me quedé temblando con el “Arte Poética” de Vicente Huidobro: Que el verso sea como una llave/ que abra mil puertas./ Una hoja cae; algo pasa volando;/ cuanto miren los ojos creado sea,/ y el alma del oyente quede temblando./ Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;/ el adjetivo, cuando no da vida, mata./ Estamos en el ciclo de los nervios./ El músculo cuelga,/ como recuerdo, en los museos;/ mas no por eso tenemos menos fuerza:/ el vigor verdadero/ reside en la cabeza./ Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!/ hacedla florecer en el poema./ Sólo para nosotros/ viven todas las cosas bajo el sol./ El poeta es un pequeño Dios.”

Sí, quisiera cuidar mi palabra y buscar el verdadero vigor en mi cabeza. Ahora tengo claro el pensamiento: siempre habrá una oportunidad para volver a nacer. Y yo, ya llevo tres veces. 

lunes, 3 de agosto de 2015

EL ESPANTAPÁJAROS DE GIRONDO



Un día, me volví loca. Fui un estallido en el pecho; un colibrí en levitación. Me creí la mujer que volaba. Me creí, el espantapájaros de Girondo. Un día, ya no caminé: Fui el espantapájaros que la hace de pájaro. Perdí la razón y qué. Ni me dolió. La locura no duele, al menos no la mía. Todo eso era necesario si pretendía ser aquella mujer, de aquel poema, de aquel poeta argentino llamado Oliverio Girondo. Ése, que se nació en 1891, que se murió en 1967 y que se escribió versos titulados  “Espantapájaros” y que comienzan así:
“No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;/ un cutis de durazno o de papel de lija./ Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida./ Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias;”
            Hasta allí, ya había olvidado que existían las arrugas y la ley de gravedad. Preocupada, me pareció excesivo eso del “aliento insecticida”. Pero ya que mi demencia iba en caída libre, regresé a los golpes de luz:
“¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!/ Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa./ ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?/ ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?”
            Y quise ser como su María Luisa y viajar por el aire y deseé tener esos labios en abonos y las extremidades de pato. Pero no supe cómo tener “miradas de pronóstico reservado”. Sólo seguí comiendo ansiosa los versos:
“¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio/ a la cocina, volaba del comedor a la despensa./  Volando me preparaba el baño, la camisa./ Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.../ ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores!”
Y sí, volé por la cocina y sus alrededores, aunque tampoco fue posible ser del todo ligera como una pluma. Aun así me maravillaba:
“Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.”
            También intenté, como María Luisa, llevármelo volando, lo abracé y me quedé muda. En ese momento mi locura ya no tenía remedio:
“Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso;/  durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles,/  y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.”
            Me sonrojé, si es que un pájaro pudiera hacerlo. No obstante, sé que la imaginación tiene grandes efectos fisiológicos. Y con la fisiología continué:
“¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!/ ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes.../ la de pasarse las noches de un solo vuelo!/  Después de conocer una mujer etérea,/ ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? / ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?”
            Y tuve la tentación de una cinta de medir y una báscula pesa kilos que no pudiera darme una certeza y confirmará que yo era etérea:
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre,/ y por más empeño que ponga en concebirlo,/  no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.”

            Sí, un día me volví loca leyendo el poema “Espantapájaros” de Oliverio Girondo, e iba del asombro a la risa. Fascinada, la metamorfosis me llevó a la volatilidad. 

sábado, 18 de julio de 2015

QUIÉN DEMONIOS ENTIENDE A KANT



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El filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) en su libro Filosofía de la historia, asegura que debemos de ser autodidactas y que es por pereza por lo que seguimos siendo alumnos: La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro […] La pereza y la cobardía son causa de que una gran parte de los hombres continúe a gusto en su estado de pupilo.” Seguramente este filósofo hablaba así porque no se había topado con pensamientos tan complejos como los de él. Aunque a veces uno piensa que no es legible por fallas en la traducción del alemán al francés y de éste al español. Quién sabe.
         Me emociona mucho tener a la mano información sobre cualquier tema y poder estudiarlo por mí misma. Así se me ha ocurrido hojear libros de física cuántica o relativista. Aunque, a lo más que he llegado es a concluir que los quantum son paquetitos de energía que interactúan con la materia, que el fotón tiene la dualidad de comportarse como materia y energía y que el salto cuántico es el momento en que un electrón salta de una órbita a otra. Por eso cuando oigo a personas que cotidianamente hablan de conceptos como: “saltos cuánticos”, “relatividad” o “efecto mariposa”, me doy cuenta de que no tienen idea, en absoluto, de lo que están hablando. Hay muchísimos estudiantes de física que no logran comprender la Teoría de la relatividad. ¿Cómo voy a ser tan pretensiosa de querer entender, en una leída, algo tan complejo? Pero, me conformo con vislumbrar ciertas imágenes.
         Lo mismo sucede con otras ciencias, entre ellas la filosofía, se puede leer a los griegos, a Schopenhauer o a Nietzsche y entender lo que dijeron. Aunque después uno se tope con especialistas que anulan nuestras percepciones. Así, me asomo a otros apartados del pensamiento humano, pero lo que más me atrae es el arte. Especialmente la literatura se presenta ante mí como un mundo deslumbrante, porque allí caben todas las sensaciones e interpretaciones. Y aunque hay métodos aplicados a las obras literarias, todo puede ser subjetivo y aun así ser bello, o por eso ser bello. Desde luego hay autores difíciles, como lo es James Joyce en su Ulises, pero en general, todo mundo puede disfrutar y aprender de la literatura.
         Esta reflexión me vino porque un día, mi hija, Carolina, comentó que tenía que escribir un ensayo sobre el libro La crítica del juicio de Immanuel Kant. Yo había intentado leer La crítica de la razón pura, sin embargo, unas páginas recorridas y lo acomodé de nuevo en el librero. Entonces me puse a leer La crítica del Juicio. Luego, le hablé a mi hija para decirle que no entendía nada y que además me fastidiaba que en un pequeño párrafo, se pudiera encontrar tantas veces la frase latina a priori (previo a, de lo anterior) Ella me respondió soltando una hermosa carcajada, (claro, para ella es menos difícil; tiene un maestro que la encamina). De muestra este párrafo: “Sin embargo, el juicio viene a ser dentro de nuestras facultades de conocer un término medio entre el entendimiento y la razón, ¿tiene por sí mismos principios a priori? ¿Son éstos principios constitutivos o simplemente reguladores, no suponiendo, por tanto, un dominio particular? ¿Suministra esta facultad a priori una regla al sentimiento como término medio entre la facultad de conocer y la de querer, del mismo modo que el entendimiento prescribe a priori leyes a la primera y la razón a la segunda? He aquí de lo que se ocupa la presente critica del juicio.” Me quedó claro que en filosofía no existen sinónimos. En literatura se puede escribir entendimiento y razón como lo mismo pero aquí tienen significados diferentes. De todos modos, mi hija, me tranquilizó asegurándome que era muy difícil. “Espérate a Hegel”, continuó divertida.

         En general, lo que he aprendido sobre literatura ha sido de manera autodidacta; sé a quién leer para evitar que un autor incapaz me haga perder el tiempo. No obstante, en otras ramas siempre habrá autores para los que necesitaremos maestros, Kant es uno de ellos.

sábado, 4 de julio de 2015

HUMILDAD Y PEDANTERÍA


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Alguna vez escuché –en la televisión– a Carlos Monsiváis definirse como: “Humilde, pero no modesto”, pues aseguraba que así se lo había enseñado su maestro Carlos Pellicer cuando decía: “Yo soy humilde, modestos los pendejos”. Por supuesto, la referencia no es a la humildad como sinónimo de pobreza económica, sino a la humildad como conducta social. Y sí, creo que hay un mal entendido con la humildad. En general las personas piensan que ser humilde es negar cualquier talento o habilidad que se posea. Pero la Real Academia de la Lengua Española precisa: Humildad: Virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento. En tal caso si la humildad se basa en el conocimiento de las limitaciones; la propia definición lleva implícito también el juicio sobre las capacidades. El problema viene cuando la persona no se percata de sus limitaciones y actúa como si no las tuviera; de allí nace la pedantería.  Pedante: Se dice de la persona engreída, que hace inoportuno y vano alarde de erudición téngala o no en realidad. La pedantería entonces se presenta cuando la persona siente una necesidad irrefrenable de exhibir su sapiencia sin que la ocasión lo amerite. En contraparte el humilde reconoce sus talentos pero no es inoportuno al mostrarlos. Por eso a veces la pedantería y la humildad son difíciles de valorar por el propio individuo. Sin embargo, la evaluación para quienes lo rodean es simple: Cualquiera capta la diferencia entre una persona humilde y una pedante.
Podemos ejemplificar la humildad y la pedantería con dos pintores mexicanos que son muy reconocidos aquí en México e internacionalmente. Como pedante recordemos al fallecido José Luis Cuevas, que no perdía la oportunidad de decir lo grande que era. Y en el lado de la humildad tenemos al oaxaqueño Francisco Toledo que no hace alarde de nada, pero que consciente de su talento enseña sin recelo su arte. 
Samuel Ramos en su libro El perfil del Hombre y la cultura en México, en el capítulo “La pedantería” dice que la pedantería tiene un  fin, y que no sería remoto que esta finalidad fuera ignorada por el sujeto que practica este vicio. La pedantería es un vicio que, como todos los vicios, actúa como máscara. Algo oculta. La pedantería se refiere principalmente al estilo de hablar y de escribir y tiene como intención hacer gala del talento y de la erudición del sujeto que se expresa. “El pedante aprovecha toda ocasión para exhibir ante grandes o pequeños auditorios sus prodigiosas cualidades, pero siempre lo hace con inoportunidad. [...] Hablan de cosas profundas, en una conversación familiar. El pedante choca siempre a los demás. Parece decir: aquí yo soy el único que vale, ustedes son unos imbéciles”. Explica Ramos.

  ¿Qué es lo que pretende disimular la pedantería? Según el escritor  de El perfil del hombre... consiste en que el pedante desea ocultar su déficit intelectual y su sentimiento de menor valía. Y respecto al complejo de inferioridad, el autor afirma que todos los mexicanos lo tenemos pero que no nos viene de lo económico ni de lo intelectual ni de lo social, él dice: “.... el sentimiento de menor valía, proviene, sin duda del mero hecho de ser mexicano”. Así, manifiesta que este mismo sentimiento de inferioridad es igual para burgueses que para proletarios. La diferencia estriba en que el rico es experto en disimularlo, en tanto que el pobre exhibe su sicología sin mayor cuestionamiento. No obstante, yo no estoy de acuerdo totalmente con Ramos, pues no creo que todo mexicano tenga complejos de inferioridad sólo por el hecho de ser mexicano, ya que en 1934, cuando Samuel Ramos escribió este libro México era otro; las nuevas generaciones de mexicanos cada vez surgen más seguras de sí mismas, pues tienen acceso a más educación y más cultura. Ojalá eso nos ayudara a ser más humildes -no modestos- y menos pedantes.

sábado, 20 de junio de 2015

ESTAR LOCO


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Hay muchas maneras de estar loco, incluso, algunas llenas de gracia y creatividad. En cambio, las hay destructivas y perversas. Como la locura que atenta contra la vida de los demás. Por eso les han llamado locos a los pilotos que derrumbaron las Torres Gemelas; loco todo aquél que se ha hecho estallar para matar a otros; locos los que han perpetrado asesinatos masivos. Así, somos impotentes ante lo impredecible de la locura. A pesar de lo que la psiquiatría ha estudiado; una mente perturbada siempre encuentra un camino inédito para expresarse. Entonces, se decretan medidas cautelarías: “para que no vuelva a suceder”, dicen.
El 24 de marzo de este año, el copiloto alemán Andreas Lubitz, estrellóstrellar el Airbus A320 de Germanwings en los Alpes franceses, en donde murieron 150 personas (dos jóvenes mexicanas, entre ellos). Desde el 11 de septiembre del 2001, se decidió que para evitar que los terroristas tuvieran acceso a la cabina de control, ésta sólo se abriría por dentro. Irónicamente, esta vez el asesino iba adentro. La puerta quedó sellada de tal forma que el piloto, que había ido al baño, ya no pudo entrar.
A Lubitz le habían diagnosticado “Depresión con tendencias suicidas”. Y es extraño, porque no es común oír que una persona deprimida se convierta en asesina. Lo usual es que escuchemos que se hacen daño sólo a sí mismas. Por lo que obliga a que el sistema de selección de pilotos sea reformado. Ya no sólo se tratará de pruebas psicológicas o psiquiátricas, sino de exámenes neurológicos y bioquímicos específicos. Lubitz de 27 años de edad, aparentemente estaba deprimido, recién había roto su compromiso matrimonial e iba a tener un hijo con quien llevaba 10 años de relación.
“La depresión es la peor enfermedad que una persona puede padecer”, asegura, el neurocientífico estadounidense Robert Sapolsky. La depresión es un padecimiento grave por la ignorancia que existe en torno a ésta y porque muchas personas creen que es cuestión de voluntad. Según la OMS, actualmente la depresión ocupa el 4º. lugar de incapacidad laboral, después de la diabetes, hipertensión y enfermedades cardiovasculares; dentro de 10 años será la segunda causa. El 50 % de la población ha tenido depresión en algún momento de su vida. Ello explica la gran cantidad de antidepresivos que hay en el mercado.
Sin embargo, la depresión es una de las enfermedades más complejas. En una conferencia impartida por Sapolsky, titulada: “On depression” (Youtube), explica porque la depresión no se pueda modificar a voluntad, como muchos creen. Allí, el científico expone las alteraciones bioquímicas cerebrales que provocan que las personas depresivas tengan anodinia (pérdida del placer), culpa, retardo sicomotor (desgano), autoengaño, deseos de autoagredirse (en algunos casos suicidio) y trastornos del sueños. En la depresión existe deficiencia de algunos neurotrasmisores como serotonina, dopamina y noradrenalina. Por eso cuando éstas disminuyen el estado de ánimo de una persona no se puede mejorar con un “anímate”, “échale ganas” o “ponte las pilas”. Sapolsky explica que eso equivaldría a decirle a un paciente con diabetes tipo I: “Vamos, anímate, ponte a fabricar tu propia insulina”, así de absurdo.

Hay grandes avances en el conocimiento de la depresión, aun así se estigmatiza a quien la padece. Pues es verdad que se crean asociaciones para recaudar fondos para  padecimientos raros, más no para las alteraciones psiquiátricas. Robert Sapolsky describe cómo varios pacientes con cáncer están agradecidos con la vida por padecerlo, pues aprenden a disfrutar cada momento de su vida. En contraste, la depresión no tiene ninguna compensación ya que parte de los síntomas es, precisamente, la incapacidad para sentir placer. Tal vez si Lubitz, hubiera tenido un tratamiento y diagnóstico adecuados, se habría evitado la tragedia. No es tan trivial como decir: “¡Ah, estaba loco!” Tristemente tenía razón cuando dijo: “Todo cambiará…”, y cambiará, especialmente para los pilotos. Aunque la responsabilidad recaerá sobre los médicos que evalúan quién está apto mentalmente, o no, para ser piloto.

sábado, 6 de junio de 2015

A YUCATÁN CON CEFALEA

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Un miércoles, a las 2 de la tarde y con 40 grados centígrados, llegamos a Mérida, Yucatán. Cerca de donde algunos científicos consideran que hace 65 millones de años cayó un meteorito que permitió que la tierra se reseteara. Llegamos al lugar de los mayas y sus imponentes pirámides. Yucatán, estado de pueblos mágicos; de la ceiba y el henequén; de la jarana y la vaquería; de la cochinita pibil, el poc-chuc, el chimole, los papadzules, el relleno negro, la sopa de lima, el chile habanero y el dulce de papaya. Pasear por esta tierra fue como estar en paz con todo. Aunque, en este viaje hubo momentos en que la paz no estaba conmigo.
 Una de esas noches yucatecas, oí a un grupo de niños que cantaban en lengua maya canciones que yo no entendía, pero que podía sentir. Ellos eran pequeños y con gracia. Bailaban un poco de jarana y gritaban: “¡Bomba!: Un yucateco de una iglesia se cayó y ni un hueso se rompió, porque él, de cabeza cayó”. Caminé las calles del centro histórico, vi sus iglesias del siglo XXVI y XXVII. Buscaba los motivos de los conquistadores entre aquellas construcciones de gruesos muros, tan gruesos como de metro y medio. “Iglesias católicas hechas de las piedras de pirámides destruidas”, así lo decía un meridano y señalaba los símbolos mayas inscritos en algunas losas que forman parte de las construcciones. En el templo de la virgen del Carmen, se exhibían grandes cuadros que representaban la vida de Cristo: de niño, en el juicio (cuando Poncio Pilatos se lava las manos)  en el viacrucis y la resurrección. Éstas son obras muy emotivas.
         Un día fuimos a Celestún. Una lancha nos llevaba por un río limpio y apacible. Vi manglares y sólo algunos flamencos. Pocos flamencos porque: “no es época de que estén aquí. Ahora están incubando”, dijo el conductor. Mientras la lancha avanzaba, veía garzas, pelícanos, águilas, patos… Había unas pozas azules donde las personas podían nadar. Después fuimos al mar, a ese mar azul turquesa.

         Un día más, la naturaleza me dio un pequeño revés. Fui atacada por un dolor de cabeza que no cedió a los analgésicos y trasformó mi ánimo. Aun así, subí al camión turístico. Un hombre nos guiaba hacía las pirámides de Uxmal. Yo lo escuchaba aturdida por la cefalea que me amargaba, por eso cuando él decía cosas como: “Dicen que…”, “se cree…”, “tal vez…” yo renegaba para mis adentros. “Bah, ¿y la historiografía? ¿Y los datos duros”. Yo respondía muda a sus enseñanzas: “Este es la montaña más grande que tenemos por el momento”. A lo que yo respondía: “¿Hasta el momento?, quizá por la tarde nazca otra.” El hombre prevenía: “En Yucatán, la comida es muy condimentada y con frecuencia hace muchos estragos”. En mi estado semiconsciente agregaba: “Sí, condimentada con salmonella. Ya supimos de varios casos de diarrea”. Después dijo que las pirámides tenían más de mil quinientos años y que estaba comprobado por pruebas de carbono 14”. A pesar de que: “El carbono 14 sólo se realiza en materia orgánica, no en piedras”. Después nos dijo que tuviéramos a la mano identificación porque las personas “normales” pagaban menos que los extranjeros, “¿los extranjeros eran anormales?”. Sin dolor de cabeza todo esto me hubiera parecido gracioso, pero... Alguien le preguntó en francés no sé qué cosa, a lo que él respondió en ese idioma y dijo que también hablaba alemán. Con eso me aplacó, un poco. Subí a la pirámide permitida casi ahogándome, con la decepción de que a mi condición física la tenía sobrevalorada. Esa vez, después de comer regresamos al espectáculo de luz y sonido en las pirámides, algo muy emotivo a pesar de mi condición de testa adolorida. Se oían pájaros pero también el chillido de murciélagos que sobrevolaban la planicie entre las pirámides. Yo pensé: “No me vayan a contagiar la rabia”. Aunque rabia yo ya tenía. Luego la cefalea desapareció y me permitió disfrutar el resto del viaje. Fue una gran experiencia pisar tierras mayas. El domingo por la noche, de regreso a Torreón me sorprendió que la primavera siguiera fresca.