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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. El peor de los pecados es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016 y 2017. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en diversas revistas nacionales y libros colectivos. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales; es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón, UA de C. y estudió la Maestría en Apreciación y Creación Literaria en Casa Lamm en la Ciudad de México.

sábado, 18 de enero de 2014

DON QUIJOTE Y LOS GOBIERNOS BARATARIOS


Don Quijote prometió a Sancho Panza hacerlo gobernador de la ínsula Barataria. El nombre Baratario en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, se explica porque el lugar se llamaba Baratario, “... ya por lo barato con que se le había dado el gobierno”, narra  Cervantes. Aunque el régimen "panzista", es en realidad una broma cruel, ello no obsta para que el caballero y su escudero se lo tomen muy en serio. Los capítulos XLII y XLIII (de la segunda parte de la novela) están dedicados a las reglas a las que deberían ceñirse los buenos gobernantes.
En el corto periodo gubernamental de Sancho, éste se comporta con mucha propiedad y hasta con inteligencia: “Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tan elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y cargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos” Luego, Sancho habla sobre su ínsula: “Diez días la goberné a pedir de boca; en ellos perdí el sosiego, y aprendí a despreciar todos los gobiernos del mundo; salí huyendo della, caí en una cueva, donde me tuve por muerto, de la cual salí vivo por milagro”, dice Panza, para quien diez días de mandato fueron suficiente para aprender: “a despreciar todos los gobiernos del mundo”, a pesar del deseo que tenía de “probar a qué sabe eso de ser gobernador”. Sin duda ya “ha mucho tiempo” de la mala reputación de los políticos.
         En el trance de aquel mandato, don Quijote aprovecha para dar toda clase de consejos a su acompañante para así logre convertirse en un gran gobernador. Por ejemplo:
Sobre el vestir: “No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César.” (…) “No sería que sería bien, que un jurisperito se vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote”.
         Sobre la fe: “Primeramente, ¡oh, hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.”
Sobre las dificultades del “conócete a ti mismo”: “Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra”.
Sobre la humildad: “Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso, que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos han subido a la suma dignidad pontificia o imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran”.
Sobre la virtud: “Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”.
Sobre las apariencias que engañan: “Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida, con los ignorantes que presumen de agudos”.
Sobre las buenas formas: “Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones”.
Sobre las esposas: “Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala y desbástala de su natural rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta.”
Cómo éstos, muchos. Les vendría muy bien a nuestras autoridades leer los consejos para gobernar de El Quijote, para que dejaran de ser gobiernos baratarios o baratos. Aunque lo barato les venga, no en el sentido de lo que cuestan sino en el sentido de lo que valen frente a los problemas de sus gobernados.

sábado, 4 de enero de 2014

MÁS ALLÁ DE UNA MIRADA

Quienes hemos departido ideas con Olga de Juambelz y Horcasitas, (Dña. Olga, como le decimos) sabemos que medir la vida en años es una falta de clase; una vulgaridad. En varias ocasiones, Dña. Olga, me ha compartido pasajes de su vida, por eso sé que la medida de la existencia nos es dada por los lugares en los que hemos sido felices. Y que si nuestra vida llega a trascender es gracias a los que nos aman. También, ella me ha enseñado que detener el tiempo es dejar que nuestra pasión brote sin permiso de nadie. Le aprendí que la edad del cuerpo se mide en la sonoridad de una carcajada entre amigos. Que estamos bajo las manecillas de la intensidad, que caminamos para llegar siempre al  mismo sitio  porque sólo así podemos renacer.
        Conocí a Dña. Olga, gracias al Lic. Miguel Ángel Ruelas; me llevó con la Presidenta de El Siglo porque tenía un nuevo proyecto en el que podría incluirme (se trataba  de la revista Siglo nuevo). Ella me preguntó sobre cuál era mi profesión: “Soy médica”. Le dije. “¿Y qué especialidad tienes?”. “Ninguna, soy médico general”, respondí. “¡Ah, qué bien. Seremos muy buenas amigas, porque yo podría ser una enferma general”, me aseguró, riéndose. Desde entonces me nació un gran cariño y admiración por esta mujer hermosa, tan alta, tan distinguida, tan inteligente, tan apasionada… tan azul de sus ojos.
        Recuerdo una ocasión en que la visité en su oficina. Me senté frente a ella y me preguntó que qué me pasaba. “¿Por qué estas triste?”, me dijo. Yo, queriendo darme importancia contesté con pedantería: “Es que soy un espíritu atormentado”. Ella sonrió mientras sentenciaba: “Qué bueno. Sólo los idiotas no sufren, porque no se dan cuenta lo que pasa a su alrededor”. De manera que cada vez que tengo un dolor, por leve que éste sea, me consuelo con ese pensamiento: “sólo los idiotas no sufren” y me creo inteligente. (Aunque ese orgullo me dura poco cuando leo en el periódico que los mexicanos estamos en el decimosexto lugar, de los 157 países más felices, cómo podemos ser tan felices cuando en México la crueldad se ha vuelto un valor).
Lo anterior es el pretexto para hablar del libro Más allá de una mirada, de Olga de Juambelz y Horcasitas que contiene una compilación de artículos periodísticos (publicados en El Siglo de Torreón) y otros textos literarios que la autora creó en el taller de su amiga y maestra Elena Poniatowska, de éstos sobresale: “Seis décadas en la vida de una mujer”  que fue ganador, en 1981, del “Premio Anual de Talleres Literarios”. Allí en el libro encontraremos una copia del manuscrito donde Poniatowska manifiesta su alegría por el reconocimiento del que fue objeto la autora. En este texto, a manera de diario, se exponen las sensaciones, desde la niñez hasta la madurez en la vida de una mujer: Una niña confundida porque los Santos Reyes no son lo generosos que ella desearía, ya que se ha portado bien: “Mi tía Tere dice que no haga tantas preguntas; que los niños no entendemos muchas cosas; que tenemos que obedecer. A mí esto me da mucha rabia. ¿Por qué tengo que hacer tantas cosas sin entender?”. Una joven en los 20 años, que despierta a la sensualidad. : “Tu mirada ilumina; es un bosque en llamas durante la noche. Tu voz acaricia aunque sólo respires. Me penetra como un cuchillo que alcanza lo más profundo de mi ser. Estoy empapada en una indefinible sensualidad”. Encontramos una madre en la tercera década que se enfrenta al dolor de la muerte de su pequeña hija: “No estoy dispuesta a que la vida, Dios o lo que sea, me haga tanto daño. Resignación, me dijeron. Qué no me lo repitan. Se resignan los débiles, yo no.” Luego, vemos a una esposa, con mucho dolor, que a los 40 reconoce los cambios del cuerpo y, paradójicamente, lo deslumbrante de las pequeñeces de la naturaleza, de la propia y de la externa: “Olores, luces, sombras, brisas, huracanes se propagaban en mi pecho, hasta tal punto que me parece escuchar el ruido de mi sangre; el hervidero de mis células. Todo ese misterio dentro de mí. Puedo alcanzar la vida en el bullicio de los grillos y en el susurro de la yerba bajo mis pies.” Igualmente vemos a la mujer de 50 años que se siente hermosa, plena y liberada. Y a los 60, la mujer sosegada, que acepta que ya no puede correr tan rápido.
En Más allá de una mirada encontramos (además de los prólogos de Elena Poniatowska, Felipe Garrido y Sonia Salum)  muchos de los artículos que Olga de Juambelz escribió en su columna “Por pasillos de Palacio” bajo el seudónimo de “La Güera Rodríguez” y otros más de su columna: “La lucha por los ideales”, éstos fueron escogidos con la intención de reflejar la esencia de la autora, su pasión por los viajes, el gusto por la música, el encantamiento que le produce el arte, pero, sobre todo, su gran preocupación por mejorar la vida de las mujeres.
Doy gracias a los hijos de Dña. Olga: Antonio,  Patricia y  Alfonso González Karg de Juambelz, por depositar en mí su confianza para colaborar en la selección del contenido de este libro.
De Juambelz y Horcasitas, Olga. Más allá de una mirada. Torreón. El Siglo de Torreón, 2013.

sábado, 21 de diciembre de 2013

LOS DÍAS DE MAMÁ

Una versión más corta de este texto se publicó hoy en la revista Siglo Nuevo. La presentación de Los días de mamá,  fue el día 9 de diciembre de 2013 a la 19:30 hrs., en el museo Arocena


 Felipe Garrido, Angélica López, Ruth Castro, Rosario Ramos y Marcela Pàmanes. 
Lograda la unión de las dos semillas, la de hombre y la de la mujer. Nos instalamos. Vivimos nueve meses en un lugar cálido sin esquinas ni rincones; llegamos a la habitación primigenia de temperatura precisa y alimento constante. El vientre materno. Sí, a la madre la conocemos desde el interior de su cuerpo. Ella no sólo nos alimenta de su sangre sino de sus alegrías y tristezas. En esa temporada crecemos con suavidad, entre los murmullos cardiacos y una voz femenina amortiguada por los fluidos amnióticos. Dormir y comer sin que nadie moleste. Allí dentro somos nuevos, jugamos con el cordón umbilical, pateamos, intentamos estirarnos y como entrenamiento succionamos el dedo pulgar. Todo nos es dado hasta que somos expulsados del paraíso uterino. Llega el día en que, sin importar horarios de oficina (esto si se salva de la cesárea) una señal dolorosa anunciará que llegó el momento de salir de allí. Somos desalojados por medio de dolores cíclicos que serán preludio de lo que será la vida. Así, hemos sido hijas y hemos sido madres.
Hablemos de la relación madre-hija. Hablemos de Los días de mamá, de Rosario Ramos Salas; un libro concebido, originalmente, como una carta para Carmen Salas Falcón. Un texto autobiográfico que tiene como guía la vida de Carmen, madre de la autora, quien le presta su voz para narrar en primera persona la historia de su familia. Ambas mujeres, protagonistas principales.
        El impulso de escribir este relato llegó junto al sufrimiento de Rosario ante el diagnóstico de una enfermedad terminal de su mamá, que finalmente, después de una vida de noventa y un años, la llevó a la siesta sin ruptura. Al intuir la cercanía de la muerte, Rosario comenzó a redactar lo que terminaría siendo Los días de mamá: un retrato familiar, donde la escritora acomoda a su madre en el centro, como pilar y guía de sus hermanos y de su padre. Un retrato en el que se pueden ver varios planos de tiempo y espacio ensamblados, todos, por la  nostalgia. De manera que es posible asomarse a la infancia traviesa de los niños Ramos Salas, a sus veranos en el club social San Isidro y a aquél viaje a Mazatlán cuando  Bartola conoció el mar. Bartola, la sirvienta vomitona de todo el camino, la que dormía desnuda para beneplácito de los chiquillos (hijos de Carmen y Heriberto) quienes de puntitas alcanzaban la ventana para convertirse en mirones. Miradas  que provocaron el despido de aquella “Maja desnuda”.
Rosario nos presenta a una simpática mascota “Chirrios” (como el cereal de moda). “Chirrios”: feo pero galán. El perro sin pedigrí que vivió como todo un don Juan: enamorado, vago y pendenciero, motivo este último causante de innumerables vistas al veterinario. “Chirrios” él que se negó a hacer sus gracias (aprendidas con estricto entrenamiento) en un concurso canino, simplemente, porque no le dio la gana.
        También acudimos a las citas de Rosario con el baile: para exorcizar el dolor y hacer fluir la alegría. En el fondo de la imagen observamos a la joven Carmen (en 1930) viajando en tren con su familia al reencuentro con su padre. De San Buenaventura a Torreón. Y después, a los 20 años de edad, casándose con Heriberto Ramos. Carmen: cantando, leyendo, aprendiendo y criando a nueve hijos. O estudiando Humanidades, a los 60 años, en el Claustro de sor Juana, en la ciudad de México. Notamos  sonrisas, ojos de confusión y el absoluto amor de la autora por su madre y su familia.
En la narración se plasman algunos momentos difíciles entre Rosario y Carmen, pero sobre todo el aliento de amor y sabiduría que Carmen lego a sus hijos. La escritora camina por los últimos días de su madre: la vejez, el lugar del olvido y el dolor. El retorno a la infancia. Vemos a la hija junto a la madre cuidándola como se cuida al recién nacido. Con abrazos y paciencia. En algún momento escuchamos a la niña-madre decir: “¿Tú y yo chocamos, verdad?”. “Mamá, ya no chocamos”, le contesta una Rosario cariñosa. Y es que las mujeres estamos incompletas si no nos reconciliamos con nuestras madres, porque llega un tiempo en que nos confundimos la una con la otra.
        Este libro es un reconocimiento que hace la autora a su mamá. Y digo reconocimiento no sólo como muestra de cariño sino también en el sentido de reconocer que en toda relación hay debilidades, y que en el conjunto desemboca la fortaleza. Finalmente queda la certeza de que los padres hacen todo lo que pueden por sus hijos. Entonces se entiende que aceptar a los padres es aceptar, por fin, al mundo. Es el reencuentro con la esencia.
Los días de mamá es una obra que se lee con suavidad y admiración: Hay que tener templanza para hablar de la madre de una, sin caer en la victimización o en la cursilería. Decir con serenidad que, a veces, se puede estar enojado con quien nos dio la vida, pero poseer la certeza del entrañable amor que se le tiene. Recordar que todos los sentimientos se complementan. Luego, quedarse en paz para decir: “No te preocupes mamá. (…) Cerraremos bien las puertas, no dejaremos abierta la puerta principal”.
Ramos Salas, Rosario. Los días de mamá. Torreón. Amanuense Editorial, 2013.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Presentaciòn del libro Màs allà de una mirada

Un video sobre la presentación del libro de Olga de Juambelz y Horcasitas.

http://www.elsiglodetorreon.com.mx/siglotv/v8098

sábado, 7 de diciembre de 2013

CRÓNICA CHIAPANECA


Desde que estalló la guerrilla en Chiapas, el 1 de enero de 1994, deseé conocer aquella herida de la selva Lacandona. Al evocar esa tierra encontraba una mezcla de poesía de Jaime Sabines, textos de Rosario Castellanos, un pasamontañas con su Subcomandante Marcos, una sotana con su obispo Samuel, las orejas, omnipresentes, de Carlos Salinas y grupos indígenas con rifles de palo. Mucha agua y un lienzo verde lleno de colores. Tierra generosa, de jade, ámbar, café, chocolate y magia. Pero, paradójicamente, albergue de mucha pobreza.
           Llegué a Chiapas. Me abandoné. Desperté al máximo los sentidos. Quería guardar muy bien esas vivencias. Una tarde, el avión aterrizó en el aeropuerto de Chiapa de Corzo a 40 minutos de la capital Tuxtla Gutiérrez. La primera novedad fue que el taxi no podía llegar hasta hotel porque la carretera estaba bloqueada por los maestros de la CNTE. “Tendrán que caminar uno o dos kilómetros y tomar otro taxi”. Decidí que nada me iba a quitar la actitud zen con la que viajaba. Dispuesta a arrastrar la maleta bajo el sol, sucedió que no sucedió: El bloqueo anunciado se había disuelto. “Es la hora de comer de los maestros”. Al llegar al hotel me convertí en una “Mi vida” y en una “Mi amor”, el personal de allí nos ponía esos nombres indistintamente. aquello era bueno.
         Quisimos comer y buscamos el restaurante más representativo de la ciudad: “Las Pichanchas”, dijeron. La entrada principal del lugar estaba ocupada por carpas con maestros dormidos debajo de ellas. Antes, el chofer del taxi había dicho “Los maestros han hecho que se cierren muchos comercios. Vean…” Señalaba. Los meseros nos recibieron con una alegría inusual, continuamos siendo unos “Mi vida” y unos “Mi amor”. Otra vez vi que eso era bueno, y mejor aún, cuando la marimba acompañó a los tamales, al cochito y la sopa de chipilín… Al regresar al hotel se oía otra vez la marimba y unos bailarines se movían de manera grácil con máscaras de hombres rubios y barbados. Era la danza de Los Parachicos.  
         El zoológico “Miguel Álvarez del Toro” o ZOOMAT fue la hora de sentir la selva, con chachalacas y ardillas a cada paso. La guía advirtió sobre el recorrido cuesta arriba (y luego cuesta abajo) de 2.5 kms.: “Deben tener cuidado los hipertensos. Me avisan si sienten que les falta el aire o se marean”. Explicó que oiríamos el rugir del jaguar y el llamado a la hembra del mono saraguato. Estar allí fue volverse parte del verde. Éramos un grupo de mujeres. La guía explicaba que el tejón era un ser solitario porque únicamente acudía a la hembra para aparearse; algunas dijeron que su marido desde ahora se llamaría Tejón. Qué la zorra tenía hábitos nocturnos y que era trepadora: “Yo conozco varias de ésas”, alegaban. Luego reírse porque el jaguar era un gatote, el cocodrilo una lagartijota, la serpiente una lombrizota y así… Eso era la evolución y de acuerdo a ello concluir que el chango era simplemente un hombrecillo peludo. Así entre grandes y viejos árboles, de trecho en trecho aparecían leyendas que nos recordaban destrucción de la naturaleza hecha por el humano.
         Hubo una mañana de paseo por el Cañón del Sumidero en el río Grijalva. Antes de llegar al lugar donde rentan las lanchas vi un hotel de paso que se llamaba “Sumidero” (sic). Al embarcar nos entregaron un chaleco salvavidas de color rojo que olía intensamente a sudor. El consuelo sería que el siguiente que se lo pusiera le  habríamos agregado lo propio. Las cascadas (en especial la llamada árbol de navidad), la cueva rosa, los pelicanos, las garzas, los cocodrilos… Todo aquello era bueno hasta que nos topamos con la basura: grandes montones de botellas de plástico contaminado el río Grijalva.
         Luego, San Juan Chamula. Bajamos del camión y dos niñas tzotziles nos recibieron repitiendo: “Después” “Al ratito”. Sólo hablaban su lengua pero imitaban lo que el turista les decía cada vez que ofrecían sus artesanías. La iglesia católica del pueblo resultó extraña. Cobraban 20 pesos por entrar y prohibían tomar videos, fotografías y hablar por teléfono. Había también turistas franceses, italianos y alemanes. El templo olía a copal al igual que todo el pueblo. Adentro, diez grupos de oradores hincados. Todos tenían enfrente veladoras prendidas y gallinas que sacrifican cada determinado tiempo. Fue raro ver a un indígena dentro (seguramente autoridad) hablando por teléfono celular portando un llamativo reloj y joyas. El ritual incluía Coca-Cola, a la que le hacían una "limpia" con la gallina a la que le torcerían el pescuezo. Los extranjeros mostraban un discreto horror ante eso. Al salir compré  postales del interior y desprecié la del Subcomandante Marcos.
Me falta decir tanto sobre lo que vi y lo que no: los museos, iglesias y la visión de indígenas con los párpados a medio camino y su mirada de vidrio por el efecto del posh: aguardiente de poca agua y mucho ardiente.

jueves, 28 de noviembre de 2013

ENRIQUETA OCHOA SIN ATADURAS

Aquí, con Marianne Toussaint (hija de Enriqueta Ochoa) en la presentación del libro Coral para Enriqueta Ochoa el 9 de noviembre de 2013 en el TIM
Enriqueta Ochoa, sigue siendo la mejor poeta lagunera, pero también es una de las máximas exponentes de la poesía de nuestro país. Por eso me da mucho gusto que el maestro Jaime Muñoz Vargas, haya realizado la reedición del libro Coral para Enriqueta Ochoa (poesía y prosa de escritores laguneros). Hace cinco años que desde el Icocult, Jaime, convocó a La Laguna para que se uniera a los homenajes que se realizaron con motivo del fallecimiento de la autora de “Retorno de Electra” el 2 de diciembre de 2008. Con admiración le devolvimos a nuestra escritora sus propias palabras: “Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos./ No me atreví a buscar/ porque no habría/ un roble con tu sombra y tu medida/ que me cubriera de la llaga de sol en mi verano./ Uní la sangre que me diste a otra sangre./ Malherida. (…)No podemos hacer nada con un muerto, padre./ Se suda sangre,/ se retuerce el aullido tirado sobre las tumbas/ en un charco de culpa…”
Con frecuencia surge la pregunta, ¿de qué viven los poetas? Y algunos dicen que de puro milagro. Sin embargo, una vez que el poeta ha muerto hay una forma segura de mantenerlo vivo y esto es, leyéndolo, por eso para que Enriqueta Ochoa siga viviendo aquí en la laguna debemos seguir leyendo su poesía. Además, aunque sus versos tienen su propio poder desde que nacieron, sabemos que la muerte siempre le da fuerza a la buena poesía. Porque una vez que han dejado las ataduras de esta vida (y ya que generalmente sus detractores desaparecen) entonces los poetas retoman la vida sin estorbos. Y así, libres entran en cerebros que antes no habían visitado.
Enriqueta Ochoa llegó a mí como un murmullo que la nombraba uno de los mejores poetas de México. Un murmullo que decía que era lagunera y maestra. Me llegó prestada en un libro titulado Retorno de Electra. Allí mismo aparecían: “Las vírgenes terrestres” y las “Urgencias de Dios” los tres títulos poéticos que forman parte de su nombre. También la encontré en una antología de poesía erótica femenina titulada Mujeres que besan y tiemblan donde comprobé la fuerza de sus versos en “La fiesta del sentido”: “Abrumada de tedio/ a duras penas entiendo mi destino de perro castigado:/ sumisa, fiel y con el gruñido roto”. La conocí también en algunas fotografías donde percibí unos ojos interrogantes y la afirmación de que “era una mujer cálida y sencilla” como hablan de ella quienes tuvieron el privilegio de tratarla.  Internet, me la trajo con una voz  suave y pausada; ella  leyendo sus poemas, y yo escuchándola una y otra vez. Allí, en “Asalto a la memoria” se encuentra con su bisabuela de 110 años, con su tía Vence de pelo de relámpagos de miel y caoba y por primera vez con  la muerte.
El tema de la poesía de Enriqueta Ochoa es la duda y el dolor, así lo palpamos en los versos de “Hambre de ser” que dicen: “Busco un hombre y no sé si sea para amarlo,/ o para quebrarlo con mi angustia./ Tengo hambre de ser/ y me siento frente a la ventana/ a masticar estrellas/ para que  este dolor de estómago sea cierto./ La verdad es que duele en los nervios/ todo el cuerpo, esta noche, hasta los tuétanos”.
 Es un orgullo que uno de los mejores poetas de México sea mujer y que además sea lagunera. Aunque sentir orgullo por la luz ajena podría parecer absurdo, sin embargo, no por absurdo dejamos de sentirlo”.

sábado, 9 de noviembre de 2013

LA MATAMOYOTES

En La Laguna usamos la palabra Náhuatl: moyote, para nombrar a los mosquitos o zancudos. Por eso aquí en esta tierra soy una matamoyotes (o matamoyotas, pues son las hembras las que pican). Sí, confieso que tengo una larga historia de exterminadora de insectos. Aunque no soy una profesional, he mandado al otro mundo a moscas, cucarachas, hormigas, arañas, y claro, mosquitos. Sólo he matado seres de seis u ocho patas. Bueno, una vez maté a un cuadrúpedo que era un ratón muy gracioso: panzón y de pelo brillante. Curiosamente no me pareció repugnante como suelen parecerme los ratones, por eso me dio pena sorrajarle tanto escobazo.
Soy parte de la mayoría; todo lo que como, otros lo matan por mi (pollo, pescado y carnes rojas) por eso en mi alimentación cada vez hay menos animales. Me he vuelto pacífica.  Aunque si somos estrictos, habrá que aclarar que los vegetales también son seres vivos, entonces, tampoco los mato, los matan los que se los arrancan a la madre tierra. Eso sí, los moyotes que me tocan los aniquilo sin ayuda. No me los como, me comen.
Para mis propósitos insecticidas (una vez raticidas) he usado armas químicas, armas contusas y mi propio cuerpo. Aunque de mi cuerpo únicamente sirven, para ese fin, manos y pies. Pisoteando o dando manotazos he demostrado mi superioridad. Es un decir eso de “superioridad” porque los moyotes siempre me han ganado y no paran de extraerme sangre. En nuestras batallas salgo llena de ronchas y comezones y nunca he logrado liberarme de ellos por completo.
           Reconozco que ya no soy la misma de antes. Ya no los agarro al vuelo. Aunque algunas veces sí lo logro, sin embargo, abro el puño y se escapan. Me caen mal esos insectos porque desde niña me molestaban todo el verano y parte del otoño. Afortunadamente nunca me han trasmitido ni dengue ni paludismo. Sólo me han usado para nutrirse.
           Tuve una experiencia rara con un bicho de estos: me disponía a calentar un café en el horno de microondas. La taza con agua, que habitualmente uso, necesita calentarse un minuto con diez segundos para tomar el café a mi gusto. Ya estaba dando vueltas la taza dentro del horno, cuando me percaté que había un moyote dentro y que intentaba salir pegándose a la puerta. Me quedé viéndolo mientras me sentía un poco malvada. Una cosa era aplastarlos, matarlos de una vez por todas y otra era someterlos a una larga agonía con ondas micro. Quise justificarme. Dije, soy como algunos grupos indígenas ancestrales que mataban, no por crueldad, sino como un acto de amor a la muerte y a sus dioses. Ofreceré este sacrificio, pensé, mientras me asomaba al infierno "moyotesco". A la mitad del tiempo ya no vi al chupasangre. Esperaba encontrarlo difunto al sacar el agua caliente. Pero, lo vi al fondo. Estaba inmóvil. Deduje que había quedado embalsamado por el efecto deshidratante de las microondas. Y, sorpresa. El hematófago quiso salir. Logré sacar la taza con agilidad. Cerré la puerta y lo volví encarcelar. Enseguida quise otro alimento con un minuto de calor. Otra vez vi al mosquito intentando escapar. Daba y daba vueltas. Pero en esos momentos yo ya tenía un cuestionamiento, ¿cuántos minutos se necesita exponer a un moyote a las microondas para que muera? Porque si son capaces de durar muchos minutos probablemente son más resistentes que los humanos y en una catástrofe quizá sean los únicos sobrevivientes (junto con las cucarachas, desde luego) pero ya que los mosquitos tienen dentro el DNA que extraen cada vez que nos pican, quizá allí esté la vuelta  a la vida de cualquiera. Sí, la misma historia de Parque Jurásico. Después del minuto en que calenté mi comida, abrí la puerta esperando ver el cadáver, y otra vez me sorprendió. Se escapó.
            Llegué a varias conclusiones: A) Dos minutos con diez segundos dentro del horno de microondas encendido de mi cocina, no son suficientes para matar a un moyote lagunero. B) No sé qué tan higiénico sea calentar comida junto con un insecto. C) Los moyotes seguirán molestándome todos los veranos y parte de los otoños. D) Tengo una gran capacidad contemplativa (no me refiero a cuestiones filosóficas sino a la perdedera de tiempo) y, E) Este artículo es una cortina de humo y si usted leyó hasta aquí, logré mi objetivo.