Mi foto
Nació en Francisco I. Madero, Dgo. El peor de los pecados es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016 y 2017. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en diversas revistas nacionales y libros colectivos. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales; es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón, UA de C. y estudió la Maestría en Apreciación y Creación Literaria en Casa Lamm en la Ciudad de México.

martes, 25 de marzo de 2014

REGRESO A CASA

Me gusta mucho este poema de mi querida amiga Graciela Guzmán.
 
 
Me he propuesto reconquistarte
después de media vida de abandono.
Regreso a buscar convenios
con tu sonrisa, tu pasión, tu caricia;
incluso con tu ira, tus gritos…
                                                tus golpes.
 
Necesito que me permitas
                                                / otra vez /
moldearte cada noche.
Tocar tu desnudez
e irla cubriendo
con nuevos ropajes,
y que no te importe
si son delicados o ásperos.
Nunca pretenderé hacerte daño,
y si acaso te lastimo,
seguro el llanto será el mío.
 
Dame una nueva oportunidad
para demostrarte cuánto te amo;
para hacerte saber
                                / sentir /
que jamás has habitado
por completo fuera de mí.
Regrésame los días de amaneceres
de combates compartidos
                                          siempre ganados;
déjame presumir nuestra reconciliación.
 
Sé que has estado aguardándome,
que me has extrañado
                                     como yo a ti.
Pero veme,
                   he retornado.
Extiéndeme tus brazos
                                      -poema-,
                                                     abrázame,
y confía en que nunca
                                    nada
nos volverá a separar.
Iremos juntos hasta el final. 
 
Graciela Guzmán

sábado, 15 de marzo de 2014

LOS RUIDOS DEL CUERPO

SONIDOS DEL CUERPO.PNG
Una mañana de verano, mi hija y yo, caminábamos por el museo de Antropología e Historia de la ciudad de México. Decidimos hacer un descanso y nos sentamos en un lugar donde había varias bancas. Sin razón aparente, Carolina comenzó a reírse. Le pregunté el porqué: “Mamá, ¿te fijas que entre más viejas son las personas más ruido hacen al sentarse?”. Nos pusimos a observar a los que posaban las posaderas. Vimos niños y jóvenes que se sentaban sin poner mayor atención a ese acto. En cambio, las personas mayores parecían muy concentradas y desde antes de sentarse lanzaban un extraño y prolongado quejido; una mezcla de malestar y descanso. Seguramente crujían las rodillas, las caderas… pero no alcanzábamos a oírlo.
            Es cierto, la vejez trae consigo un sinfín de sonoridades involuntarias. Se podría decir que la ancianidad es directamente proporcional a los ruidos que produce el cuerpo de manera inconsciente. No hace mucho tiempo tuve que acudir al oftalmólogo porque descubrí cierto rechinar en mis párpados. Un ruido nuevo que no me conocía. El médico dijo que era por falta de lubricación y que necesitaba aplicarme lágrimas artificiales que venían en forma de colirio. Me sentí decepcionada. ¿Cómo era posible que tuviera que comprar lágrimas? Yo, que durante toda la vida las había fabricado a borbotones. Aunque debo reconocer que eso de llorar ya no me entusiasma demasiado. Rara vez lo hago y prefiero más el silencio que la sonoridad.
            Muchos de los ruidos que nuestro cuerpo hace son importantes para hacer diagnósticos. Por ejemplo, los ruidos que produce el aparato respiratorio: desde el ronquido hasta los estertores, desde el suspiro hasta la tos. Podemos ir al estornudo del alérgico y peor aún, al del gripiento. El murmullo respiratorio pasea entre las crepitaciones pulmonares y el “cof cof” cavernoso del bacilo de Koch… Así, el médico, con estetoscopio en oreja, puede decir: tuberculosis, asma, enfisema, neumonía, bronquitis o derrame...
            El sistema circulatorio es el primero en producir ruidos antes del nacimiento. Desde el veintiún día de la concepción se oyen los latidos cardiacos y en el ultrasonido se ve como un aleteo de mariposa; llega a tener 150 latidos por minuto. Aunque en el adulto disminuye entre 70 y 90. Así, existen el primero, segundo, tercero y cuarto ruidos cardiacos que hablan de válvulas que se cierran y válvulas que se abren para dejar pasar al torrente sanguíneo. Y sí que es un torrente, hasta que se detiene y deja mudo al cuerpo. Cuando los ruidos no están bien aparece la anormalidad con nombres de soplos, frotes, retumbos, chasquidos, ruidos desdoblados y plops si de tumor intracardiaco se trata. Escuchamos la sístole y la diástole.
Quizá los ruidos más desagradable son los del aparato digestivo. Principalmente los sonidos provenientes de los gases digestivos. Ya sea expulsado por arriba o por abajo se habla de las más desagradables porquerías del cuerpo. Y al ser precisamente lo sucio, lo cochino, es alimento de la risa familiar, o, de la risa pagada de los cuentachistes con públicos escatológicos. El bruxismo o rechinar de dientes; el borborigmo o las tripas que gruñen, porque tienen hambre, diarrea, colitis o simplemente porque están vivan. Hasta que se paralizan porque algunos se van muriendo por partes. Lo mejor será morir completo y de una sola vez. 
Tuve un maestro que aseguraba que el sonido de la micción era suficiente para saber la edad, el sexo y las enfermedades de las personas. Decía que con solo oír el “chis”, analizando su fuerza, continuidad y el goteo terminal, se podría saber si era hombre o mujer, joven o viejo, multípara, diabético u hombre con hipertrofia prostática. Tal vez sea sólo una exageración, tal vez.
            La vida está dada por decibeles. El silencio existe para que el sonido se manifieste en la música, en el canto, en el baile, en el aplauso. Somos seres sonoros cuando reímos, gritamos, comemos, besamos y hacemos el amor o el sexo. Pero lo más importante es el sonido del lenguaje hablado que nos diferencia de los otros animales.

sábado, 15 de febrero de 2014

TARTUFIANO




El actor y dramaturgo francés, Juan Bautista Poquelin (1622-1673) mejor conocido como Moliere, escribió muchas obras de teatro. Las más conocidas son: Médico a palos, El enfermo imaginario, El amor médico, El avaro, Las preciosas ridículas, Escuela de maridos  y  Tartufo, entre otras. Tartufo es la historia de un hombre que se las ingenia para aparecer, ante el jefe de una familia, como un ser virtuoso y devoto.  Finge ser una persona de mucha calidad moral. Engaña a un hombre cándido que goza de un buen estatus económico: Orgón, que cae ante las artimañas de Tartufo y termina invitándolo a vivir con su familia, prometiéndole casarlo con su hija. Tartufo, logra que el dueño de la casa corra a su hijo y lo desherede. Compone los planes de tal forma que casi logra quitarles su fortuna. De Allí que el nombre del personaje Tartufo se haya convertido en un adjetivo, sinónimo de hipocresía.
Esta obra de teatro fue censurada en su tiempo por la alta sociedad parisina, ya que Moliere mostraba cómo la mayoría de los hombres, que de manera exagerada, pretenden estar pendientes de la buena moral de los otros, en realidad, son farsantes que sólo tratan de engañar a los demás, y así, obtener beneficios propios. De ahí las declaraciones de Moliere, cuando su obra finalmente fue estrenada en 1664: “En mi obra presento el vicio más habitual de esta época: la hipocresía”.
En Tartufo, uno de los personajes se burla al referirse a la conducta de una mujer considerada virtuosa: “Todo mundo sabe que es casta, muy a pesar suyo. Bien que ha disfrutado  mientras ha podido despertar la admiración de los hombres, pero cuando ha visto que se apagaba el brillo de sus ojos, se ha puesto a renunciar a un mundo que la rechaza y a disfrazar la debilidad de sus marchitos encantos con el ostentoso velo de una elevada sabiduría, se trata de un cambio que siempre han llevado a cabo las coquetas de toda la vida. [...] critican a otras no por caridad sino por envidia”.  Es un hecho común que los viejos (no sólo las coquetas) tiendan a censurar las actitudes de los jóvenes, olvidando que muchas de esas conductas también las practicaron.
Orgón, por confiar y dejarse llevar por la falsa moral de un impostor, pone en peligro a su familia. Su devoción por el malvado Tartufo llega a tanto que habla de él como si se tratara de un ser excepcional: “Me enseña a no sentir afecto por nada”. Tartufo lo convence de que todo lo material es malo, que lo único que importa es lo espiritual, de esa manera hace que se desprenda de todos sus bienes para poder adueñárselos.  Tartufo llega hasta el ridículo con  sus delicadezas y eso causa admiración a Orgón, por lo que declara: “Cualquier nimiedad que haga le parece un pecado; se escandaliza por cualquier nadería.” La moraleja es que hay que desconfiar de los exagerados.
Cleantro, cuñado de la víctima, utiliza todo su tiempo para prevenirlo. Trata de explicarle quienes son realmente los devotos de Dios, diciéndole: “No se dejan llevar por lo que parece malo y su alma se inclina en juzgar bien a los demás, no gustan de camarillas e intrigas. Se les ve mezclarse con las gentes buenas y sencillas, y, aunque rechazan con vigor el pecado nunca se ensañan con el pecador”. Pero aquel hombre está ciego y se deja llevar por el estafador.
Así continúan los enredos, hasta que el impostor logra despojar a la familia. Afortunadamente el rey de la ciudad se da cuenta de las patrañas de Tartufo, por lo que lo encarcela, regresándole los bienes a sus dueños.
Esta comedia en este 2014, cumple trescientos cincuenta años de su estreno en teatro. Y aunque ha pasado mucho tiempo desde que se escribiò, Tartufo, sigue vigente. Los tartufos siempre existirán: en la política, en las relaciones amorosas, y, desafortunadamente, hasta dentro de las propias familias. Las pasiones humanas siguen siendo las mismas. Por eso hay que tomar en cuenta lo que dice Moliere: “los buenos y auténticos devotos no hacen tantos gestos”, “desconfiemos de la lisonja desmedida”.

domingo, 2 de febrero de 2014

DUMAS Y LA TUBERCULOSIS


La dama de las camelias
La tuberculosis pulmonar se describe en la novela La dama de las camelias. El francés, Alejandro Dumas, hijo (1824-1895) detalla, en esta historia, la evolución natural, los signos y síntomas de esta infección. Asimismo, es posible corroborar los tratamientos utilizados en aquella época. La tuberculosis no tenía cura efectiva. Fue en los años veinte del siglo pasado cuando se descubrió la vacuna antituberculosa y los antibióticos específicos para tratarla.
La protagonista, siempre lleva consigo una camelia. Joven y hermosa y prostituta; Margarita Gautier recorre París con aires de inocencia y orgullo. Parece portar con arrogancia su oficio. Dumas dice que es porque: “todavía se encontraba en la virginidad del vicio”. La dama de las camelias renta caro su cuerpo bello y enfermo. Padece una dolencia del pecho: la tuberculosis, única herencia de su madre. Margarita capaz de apaciguar el calor de otros, no puede bajar su fiebre con nada; la temperatura de su cuerpo aumenta por las tardes y por noches le viene con sudoración profusa. Va a muchas reuniones sociales, pero cuando le asaltan los accesos de tos con sangre (hemoptsis) se esconde donde nadie la ve.
Una historia basada en la vida de Maríe Duplessis, fue amante del autor. La mujer extraviada, la perdida, La traviata como le dice Verdi en la ópera, (aunque allí se llame Violeta).  Se hizo culta. Tocaba el piano y leía novelas. Entre la literatura que frecuentaba estaba Manon Lescaut (dos veces hecha ópera: por Massenet y por Puccini) escrita por el Abate Prévost . Manon y Margarita misma debilidad, mismo oficio, Manon muerta en el desierto, Margarita muerta en su cama, con el alma desierta.
Margarita la que siempre come dulces, pero que cada día pierde peso. Tan delgada, encantadora, y a veces, adorable “con ese extraño rubor rosado que les brota en las mejillas a los tísicos”. Aunque algún tiempo parecía que se recuperaría. Cuando va al campo con Armando Duval el único al que realmente amó. Allí se le ve tan saludable, toma aire puro y se expone al sol. Cosa lógica su mejoría, pues el bacilo de Koch,  -bacteria responsable de la enfermedad- es sensible a los rayos solares. Es una pena que la felicidad dure tan poco. Armando y Margarita terminan separándose. Porque una pasión así trae desventura. Se aman pero se ofenden. La ofensa reafirma la pasión. “Haz como los demás: págame y que no se hablé más”, ella lo castiga. Armando sabe que el desquite es insuperable cuando se utilizan las mismas armas del “enemigo” y al ardor de los celos le envía un sobre con dinero: “Se ha marchado tan aprisa esta mañana que se me olvidó pagarla. Ahí tiene el precio de su noche”. Así, las circunstancias los obligan a la ruptura. “Pasé al estado del cuerpo sin alma, de cosa sin pensamiento” murmura Margarita. Y de nuevo la cortesana se avienta al vicio, al vino, al desorden. No come, se desvela y muere.
En esta obra es posible apreciar la barbarie en los tratamientos médicos de siglos pasados. Un ejemplo, es la utilización de las sangrías en los tuberculosos,  a pesar de que en estos casos debieron estar contraindicadas. Ya que la tuberculosis avanzada provoca anemia al paciente; la enfermedad se agrava  con las sangrías.
Alejandro Dumas, hijo escribió La dama de las camelias a los veintitrés años de edad (1847). Una de las obras más conocidas de la literatura universal. Narrada en primera persona. El relator va cediendo la voz a los protagonistas. El tema principal es el amor entre dos jóvenes, la tragedia se da por la muerte, pero el drama resulta del oficio de ella: la prostitución, sin embargo este vocablo no se menciona en la novela, al igual que la palabra sexo. Una muestra más de que el pudor está más presente en las palabras que en los hechos. El recato de Dumas se palpa también cuando habla de la dama que llevaba camelias blancas veinticinco días del mes y camelias rojas los cinco días restantes, en alusión al ciclo menstrual. El autor no explica de que se trata: “nadie ha sabido la razón de esa diversidad de colores que señalo sin poder explicar...” Aunque existe una escena entre los amantes donde lo sugiere.  La dama de las camelias, una novela apasionante.

sábado, 18 de enero de 2014

DON QUIJOTE Y LOS GOBIERNOS BARATARIOS


Don Quijote prometió a Sancho Panza hacerlo gobernador de la ínsula Barataria. El nombre Baratario en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, se explica porque el lugar se llamaba Baratario, “... ya por lo barato con que se le había dado el gobierno”, narra  Cervantes. Aunque el régimen "panzista", es en realidad una broma cruel, ello no obsta para que el caballero y su escudero se lo tomen muy en serio. Los capítulos XLII y XLIII (de la segunda parte de la novela) están dedicados a las reglas a las que deberían ceñirse los buenos gobernantes.
En el corto periodo gubernamental de Sancho, éste se comporta con mucha propiedad y hasta con inteligencia: “Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tan elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y cargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos” Luego, Sancho habla sobre su ínsula: “Diez días la goberné a pedir de boca; en ellos perdí el sosiego, y aprendí a despreciar todos los gobiernos del mundo; salí huyendo della, caí en una cueva, donde me tuve por muerto, de la cual salí vivo por milagro”, dice Panza, para quien diez días de mandato fueron suficiente para aprender: “a despreciar todos los gobiernos del mundo”, a pesar del deseo que tenía de “probar a qué sabe eso de ser gobernador”. Sin duda ya “ha mucho tiempo” de la mala reputación de los políticos.
         En el trance de aquel mandato, don Quijote aprovecha para dar toda clase de consejos a su acompañante para así logre convertirse en un gran gobernador. Por ejemplo:
Sobre el vestir: “No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César.” (…) “No sería que sería bien, que un jurisperito se vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote”.
         Sobre la fe: “Primeramente, ¡oh, hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.”
Sobre las dificultades del “conócete a ti mismo”: “Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra”.
Sobre la humildad: “Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso, que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos han subido a la suma dignidad pontificia o imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran”.
Sobre la virtud: “Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”.
Sobre las apariencias que engañan: “Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida, con los ignorantes que presumen de agudos”.
Sobre las buenas formas: “Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones”.
Sobre las esposas: “Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala y desbástala de su natural rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta.”
Cómo éstos, muchos. Les vendría muy bien a nuestras autoridades leer los consejos para gobernar de El Quijote, para que dejaran de ser gobiernos baratarios o baratos. Aunque lo barato les venga, no en el sentido de lo que cuestan sino en el sentido de lo que valen frente a los problemas de sus gobernados.

sábado, 4 de enero de 2014

MÁS ALLÁ DE UNA MIRADA

Quienes hemos departido ideas con Olga de Juambelz y Horcasitas, (Dña. Olga, como le decimos) sabemos que medir la vida en años es una falta de clase; una vulgaridad. En varias ocasiones, Dña. Olga, me ha compartido pasajes de su vida, por eso sé que la medida de la existencia nos es dada por los lugares en los que hemos sido felices. Y que si nuestra vida llega a trascender es gracias a los que nos aman. También, ella me ha enseñado que detener el tiempo es dejar que nuestra pasión brote sin permiso de nadie. Le aprendí que la edad del cuerpo se mide en la sonoridad de una carcajada entre amigos. Que estamos bajo las manecillas de la intensidad, que caminamos para llegar siempre al  mismo sitio  porque sólo así podemos renacer.
        Conocí a Dña. Olga, gracias al Lic. Miguel Ángel Ruelas; me llevó con la Presidenta de El Siglo porque tenía un nuevo proyecto en el que podría incluirme (se trataba  de la revista Siglo nuevo). Ella me preguntó sobre cuál era mi profesión: “Soy médica”. Le dije. “¿Y qué especialidad tienes?”. “Ninguna, soy médico general”, respondí. “¡Ah, qué bien. Seremos muy buenas amigas, porque yo podría ser una enferma general”, me aseguró, riéndose. Desde entonces me nació un gran cariño y admiración por esta mujer hermosa, tan alta, tan distinguida, tan inteligente, tan apasionada… tan azul de sus ojos.
        Recuerdo una ocasión en que la visité en su oficina. Me senté frente a ella y me preguntó que qué me pasaba. “¿Por qué estas triste?”, me dijo. Yo, queriendo darme importancia contesté con pedantería: “Es que soy un espíritu atormentado”. Ella sonrió mientras sentenciaba: “Qué bueno. Sólo los idiotas no sufren, porque no se dan cuenta lo que pasa a su alrededor”. De manera que cada vez que tengo un dolor, por leve que éste sea, me consuelo con ese pensamiento: “sólo los idiotas no sufren” y me creo inteligente. (Aunque ese orgullo me dura poco cuando leo en el periódico que los mexicanos estamos en el decimosexto lugar, de los 157 países más felices, cómo podemos ser tan felices cuando en México la crueldad se ha vuelto un valor).
Lo anterior es el pretexto para hablar del libro Más allá de una mirada, de Olga de Juambelz y Horcasitas que contiene una compilación de artículos periodísticos (publicados en El Siglo de Torreón) y otros textos literarios que la autora creó en el taller de su amiga y maestra Elena Poniatowska, de éstos sobresale: “Seis décadas en la vida de una mujer”  que fue ganador, en 1981, del “Premio Anual de Talleres Literarios”. Allí en el libro encontraremos una copia del manuscrito donde Poniatowska manifiesta su alegría por el reconocimiento del que fue objeto la autora. En este texto, a manera de diario, se exponen las sensaciones, desde la niñez hasta la madurez en la vida de una mujer: Una niña confundida porque los Santos Reyes no son lo generosos que ella desearía, ya que se ha portado bien: “Mi tía Tere dice que no haga tantas preguntas; que los niños no entendemos muchas cosas; que tenemos que obedecer. A mí esto me da mucha rabia. ¿Por qué tengo que hacer tantas cosas sin entender?”. Una joven en los 20 años, que despierta a la sensualidad. : “Tu mirada ilumina; es un bosque en llamas durante la noche. Tu voz acaricia aunque sólo respires. Me penetra como un cuchillo que alcanza lo más profundo de mi ser. Estoy empapada en una indefinible sensualidad”. Encontramos una madre en la tercera década que se enfrenta al dolor de la muerte de su pequeña hija: “No estoy dispuesta a que la vida, Dios o lo que sea, me haga tanto daño. Resignación, me dijeron. Qué no me lo repitan. Se resignan los débiles, yo no.” Luego, vemos a una esposa, con mucho dolor, que a los 40 reconoce los cambios del cuerpo y, paradójicamente, lo deslumbrante de las pequeñeces de la naturaleza, de la propia y de la externa: “Olores, luces, sombras, brisas, huracanes se propagaban en mi pecho, hasta tal punto que me parece escuchar el ruido de mi sangre; el hervidero de mis células. Todo ese misterio dentro de mí. Puedo alcanzar la vida en el bullicio de los grillos y en el susurro de la yerba bajo mis pies.” Igualmente vemos a la mujer de 50 años que se siente hermosa, plena y liberada. Y a los 60, la mujer sosegada, que acepta que ya no puede correr tan rápido.
En Más allá de una mirada encontramos (además de los prólogos de Elena Poniatowska, Felipe Garrido y Sonia Salum)  muchos de los artículos que Olga de Juambelz escribió en su columna “Por pasillos de Palacio” bajo el seudónimo de “La Güera Rodríguez” y otros más de su columna: “La lucha por los ideales”, éstos fueron escogidos con la intención de reflejar la esencia de la autora, su pasión por los viajes, el gusto por la música, el encantamiento que le produce el arte, pero, sobre todo, su gran preocupación por mejorar la vida de las mujeres.
Doy gracias a los hijos de Dña. Olga: Antonio,  Patricia y  Alfonso González Karg de Juambelz, por depositar en mí su confianza para colaborar en la selección del contenido de este libro.
De Juambelz y Horcasitas, Olga. Más allá de una mirada. Torreón. El Siglo de Torreón, 2013.

sábado, 21 de diciembre de 2013

LOS DÍAS DE MAMÁ

Una versión más corta de este texto se publicó hoy en la revista Siglo Nuevo. La presentación de Los días de mamá,  fue el día 9 de diciembre de 2013 a la 19:30 hrs., en el museo Arocena


 Felipe Garrido, Angélica López, Ruth Castro, Rosario Ramos y Marcela Pàmanes. 
Lograda la unión de las dos semillas, la de hombre y la de la mujer. Nos instalamos. Vivimos nueve meses en un lugar cálido sin esquinas ni rincones; llegamos a la habitación primigenia de temperatura precisa y alimento constante. El vientre materno. Sí, a la madre la conocemos desde el interior de su cuerpo. Ella no sólo nos alimenta de su sangre sino de sus alegrías y tristezas. En esa temporada crecemos con suavidad, entre los murmullos cardiacos y una voz femenina amortiguada por los fluidos amnióticos. Dormir y comer sin que nadie moleste. Allí dentro somos nuevos, jugamos con el cordón umbilical, pateamos, intentamos estirarnos y como entrenamiento succionamos el dedo pulgar. Todo nos es dado hasta que somos expulsados del paraíso uterino. Llega el día en que, sin importar horarios de oficina (esto si se salva de la cesárea) una señal dolorosa anunciará que llegó el momento de salir de allí. Somos desalojados por medio de dolores cíclicos que serán preludio de lo que será la vida. Así, hemos sido hijas y hemos sido madres.
Hablemos de la relación madre-hija. Hablemos de Los días de mamá, de Rosario Ramos Salas; un libro concebido, originalmente, como una carta para Carmen Salas Falcón. Un texto autobiográfico que tiene como guía la vida de Carmen, madre de la autora, quien le presta su voz para narrar en primera persona la historia de su familia. Ambas mujeres, protagonistas principales.
        El impulso de escribir este relato llegó junto al sufrimiento de Rosario ante el diagnóstico de una enfermedad terminal de su mamá, que finalmente, después de una vida de noventa y un años, la llevó a la siesta sin ruptura. Al intuir la cercanía de la muerte, Rosario comenzó a redactar lo que terminaría siendo Los días de mamá: un retrato familiar, donde la escritora acomoda a su madre en el centro, como pilar y guía de sus hermanos y de su padre. Un retrato en el que se pueden ver varios planos de tiempo y espacio ensamblados, todos, por la  nostalgia. De manera que es posible asomarse a la infancia traviesa de los niños Ramos Salas, a sus veranos en el club social San Isidro y a aquél viaje a Mazatlán cuando  Bartola conoció el mar. Bartola, la sirvienta vomitona de todo el camino, la que dormía desnuda para beneplácito de los chiquillos (hijos de Carmen y Heriberto) quienes de puntitas alcanzaban la ventana para convertirse en mirones. Miradas  que provocaron el despido de aquella “Maja desnuda”.
Rosario nos presenta a una simpática mascota “Chirrios” (como el cereal de moda). “Chirrios”: feo pero galán. El perro sin pedigrí que vivió como todo un don Juan: enamorado, vago y pendenciero, motivo este último causante de innumerables vistas al veterinario. “Chirrios” él que se negó a hacer sus gracias (aprendidas con estricto entrenamiento) en un concurso canino, simplemente, porque no le dio la gana.
        También acudimos a las citas de Rosario con el baile: para exorcizar el dolor y hacer fluir la alegría. En el fondo de la imagen observamos a la joven Carmen (en 1930) viajando en tren con su familia al reencuentro con su padre. De San Buenaventura a Torreón. Y después, a los 20 años de edad, casándose con Heriberto Ramos. Carmen: cantando, leyendo, aprendiendo y criando a nueve hijos. O estudiando Humanidades, a los 60 años, en el Claustro de sor Juana, en la ciudad de México. Notamos  sonrisas, ojos de confusión y el absoluto amor de la autora por su madre y su familia.
En la narración se plasman algunos momentos difíciles entre Rosario y Carmen, pero sobre todo el aliento de amor y sabiduría que Carmen lego a sus hijos. La escritora camina por los últimos días de su madre: la vejez, el lugar del olvido y el dolor. El retorno a la infancia. Vemos a la hija junto a la madre cuidándola como se cuida al recién nacido. Con abrazos y paciencia. En algún momento escuchamos a la niña-madre decir: “¿Tú y yo chocamos, verdad?”. “Mamá, ya no chocamos”, le contesta una Rosario cariñosa. Y es que las mujeres estamos incompletas si no nos reconciliamos con nuestras madres, porque llega un tiempo en que nos confundimos la una con la otra.
        Este libro es un reconocimiento que hace la autora a su mamá. Y digo reconocimiento no sólo como muestra de cariño sino también en el sentido de reconocer que en toda relación hay debilidades, y que en el conjunto desemboca la fortaleza. Finalmente queda la certeza de que los padres hacen todo lo que pueden por sus hijos. Entonces se entiende que aceptar a los padres es aceptar, por fin, al mundo. Es el reencuentro con la esencia.
Los días de mamá es una obra que se lee con suavidad y admiración: Hay que tener templanza para hablar de la madre de una, sin caer en la victimización o en la cursilería. Decir con serenidad que, a veces, se puede estar enojado con quien nos dio la vida, pero poseer la certeza del entrañable amor que se le tiene. Recordar que todos los sentimientos se complementan. Luego, quedarse en paz para decir: “No te preocupes mamá. (…) Cerraremos bien las puertas, no dejaremos abierta la puerta principal”.
Ramos Salas, Rosario. Los días de mamá. Torreón. Amanuense Editorial, 2013.