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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. El peor de los pecados es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016 y 2017. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en diversas revistas nacionales y libros colectivos. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales; es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón, UA de C. y estudió la Maestría en Apreciación y Creación Literaria en Casa Lamm en la Ciudad de México.

domingo, 25 de julio de 2010

VECINO VIGILANTE

Me he dado cuenta que en ocasiones me irrita escuchar a las personas cuando hablan de la violencia que estamos viviendo en la Comarca Lagunera y en todo país. Hay días en los que siento que me lastima y evito leer las notas rojas o le cambio al noticiero de la televisión. Mi mente, mis ojos, mis oídos están fatigados de ver y oír sobre tanta sangre. No sé por qué me sucede eso si yo misma no puedo evitar expresar opiniones sobre el tema. Algo pasa; tengo la sensación de que si soy la que trae a la plática dichos acontecimientos es como si me exorcizara o alejara de la inseguridad, en cambio, cuando es otro quien lo habla siento que me acerca más. Sin embargo hay momentos en que resulta inevitable que nuestros espacios de convivencia se llenen irremediablemente de queja y, sobre todo, de preocupación. Les contaré una anécdota sobre una cara más de la inseguridad: El robo a casa-habitación, que se ha vuelto cada vez más frecuente. Los crímenes más crueles hacen que se desaten otros que no por ser puramente materiales, son menos preocupantes. Es decir, el delincuente no organizado o medianamente organizado aprovecha que las autoridades son rebasadas por los secuestros y asesinatos, entonces, otro tipo de maleantes, en su laxa moral, se dedican a robar casa por casa. Las técnicas de detección de hogares vacíos comienzan por ir tocando a cada uno y verificar si no hay nadie. Lo hacen en repetidas ocasiones; preguntan si se desea que se haga algún trabajo o cualquier tontería. Sé de un hombre joven que anda pidiendo 20 pesos y que se enoja si no se le dan, pero al parecer su interés principal es saber si hay personas o no en la vivienda.
Cierta tarde iba a salir de mi casa para ir a la tienda, pero al asomarme a la calle vi que había muchos policías corriendo y hablando por radio. ”Algo pasó, algo está pasando o algo va a pasar”, me dije. Así, ¿a quién se le puede ocurrir salir de su casa? Esperé y en un rato más vino mi vecina a preguntarme si no había visto alguna camioneta o a alguien extraño en su casa (enfrente de la mía) porque le habían robado sus televisores, joyería y otras cosas. La casa estuvo sola de 4:30 a 6 de la tarde. A los ladrones no les importó que nuestra calle fuera una de las más transitadas de la colonia, ni les impidió que fuera pleno día. Sentí pena de no poder ser de ayuda, pues de haber coincidido en mi salida y percatarme del robo, habría llamado a la policía. No fui útil para mis vecinos. Además, cuando los robos son tan cercanos a nosotros, irremediablemente sentimos como una agresión anticipada. ¿Quién sigue? Sí, porque hace algunos meses también a mis vecinos de a lado les ocurrió lo mismo (aun teniendo un circuito de seguridad). Definitivamente todo eso hace que se esté en constante alerta y temor.
Tantos robos a casas han hecho que la convivencia con las personas que nos prestan servicios se haga de desconfianza porque surgen las conclusiones: ¿Quién fue? Y la respuesta natural es: alguien que sabía los horarios de salida de quienes viven allí o los albañiles o los que fueron a componer los aparatos de aire, el plomero, etcétera. Surgen muchos sospechosos.
Por eso tenemos que estar más en contacto con los vecinos. Sí, que nos ayudemos unos a otros para comunicarnos cuando veamos algo sospechoso. Aunque como me decía una amiga, es que mi vecino es ya en sí un sospechoso. Pero creo que la mayoría tenemos vecinos confiables. Aun así tengo esperanza en que los problemas de inseguridad que estamos viviendo se autolimiten como pasa con las ratas de campo: Cuando hay cosecha se reproducen sin medida, pero luego, al terminar la cosecha, se vuelven caníbales, se comen unas a otras y la sobrepoblación termina y así las ratas siguen viviendo, pero de una manera funcional para el ecosistema.

martes, 13 de julio de 2010

HABLA DE LO QUE SABES

Una versión encogida de esta reseña salió publicada el sábado 10 de julio en la revista Siglo Nuevo. Aquí la versión completa
El libro Habla de lo que sabes, de Geney Beltrán Félix, es una imagen contemporánea plasmada en alta definición. Es la manifestación del artista que demuestra que la bajeza humana fragmenta las emociones y obnubila la conciencia, pero que puede ser útil como alimento para el arte.
Beltrán Félix nos presenta una obra de diez cuentos forrados con un retrato que avisa, para que sepamos, de lo que va a hablar. La primera visión del lector será un recordatorio a la intimidación: un cráneo descarnado, incompleto (pues le falta la mandíbula) trepanado por un clavo. Todo habrá de entrar al cerebro, aunque sea por la fuerza -grita la portada-. Así, desde el contacto externo inicia la invención de una atmósfera agresiva y en ocasiones sofocante. Igualmente, para dejar claro cuál será el manejo de su prosa, encontramos que la dedicatoria puede ser una advertencia: “Para Andrea y Osvaldo, que viven antes del futuro”, y desde allí suponemos que se trata de un escritor provocador que mueve al lector a la duda: ¿Cuándo o dónde viven? ¿Qué es lo que se encuentra antes del futuro? Tal vez el presente, pero expresarlo así sería una ocurrencia simple. En cambio el escritor prefiere la ruta de las ideas indirectas, del trayecto elaborado. Reta al espectador de sus historias creando imágenes delirantes que, sin embargo, las reconocemos como familiares, como cotidianas. Por ello se antoja contagiosa la angustia o la locura de los protagonistas.
Allí, en la ciudad o celda, deambula un contador al que le han sustituido todo y tenemos la sensación de haber visto un muerto que se quedó después de morir, porque el secuestro se ha de perpetuar más allá del último aliento. Un muerto que no puede huir porque le angustia el futuro insalvable de su hijo: “¿Es todo una trampa? Tal vez lo quieran secuestrar. Cree ver la imagen de su hijo en un crucero, lavando parabrisas a raíz de la muerte del padre asesinado al no haber tenido Ingrid dinero para el rescate. Traga saliva”. Pero la sobrevivencia a su propia muerte dura un día: “Al amanecer es ya sólo un cadáver, contraído el rostro en una mueca de fijos gestos asustados”.
“Keppel Croft” es un lugar en Canadá y es una mujer; es una “muchacha de aire detrás de la cortina”, es la imaginación necesaria para poder soportar el hastío de la rutina desgastada y exasperante de la ciudad, de su mujer y de “las aventuras anodinas de ambos”. Le sirve para soportar las calles con las fotografías de los políticos en los postes de “una ciudad que se niega a envejecer”. De manera que le es mejor –en vísperas de navidad– quedarse en casa y hacer el amor hasta que su sueño quede sepultado en la nieve, pese a que mirando a través de su ventana se imponga la frialdad de un escenario sin nieve.
En su primer libro de cuentos, Beltrán Félix nos lleva a visitar los lugares más sórdidos que existen y que se sitúan dentro de la mente humana. En su cuento “Anoche soñé que volaba”, escuchamos los pensamientos de Joaquín, él, que quiso no ser el naco que es y no haber dejado la prepa por güevón y burro y desmadroso. Joaquín maldiciendo a su hermana Celia y tocándola incestuosamente y vendiéndola por una pistola. Celia en la fascinación por el retrete. Muchacha drogada que en la inconsciencia acepta el ultraje. Ultraje que desde niña recibió. Joaquín, el cajerillo del Superama, viendo a la joven rica, superflua y hermosa que despierta en él el retorno a la caverna, al primitivismo. Porque mientras repite una vez más: “Encontró todo lo que buscaba” o “gracias, vuelva pronto”, se va transformando en asesino. Y convertido en homicida experimenta, por fin, el poder de la libertad. El crimen lo libera, por lo tanto lo engrandece. Sueña que vuela porque desde arriba todo se ve pequeño.
“En un mundo de extraños” o “departamento tomado” como diríamos con el irremediablemente recuerdo de Julio Cortázar. Nada es propio, nada es privado, todo es rentado y público. Lo único propio y privado será el dolor y la salida débil de gritar groserías y maldiciones. Habla de lo que sabes narra también la historia un esquizofrénico: Porfirio, el maestro que lee una novela de Navobokov y poemas de Browning, mientras ríe cuando “alguien lo espiaba y lo hostigaba a todas horas”. Y por eso quizá, sólo quizá, su amigo lo asesina casi con ternura.
Beltrán Félix presenta cuadros de mujeres humilladas y despreciadas por el abuelo, por el padre, por el hermano, por el júnior amante ocasional, o por el marido borracho. En “Hondonada” o la fragmentación del individuo, observamos cómo la percepción del otro cambia la percepción propia. El último cuento titulado “El cuerpo de Sicrano”, es la historia de un cartero novelista que hace entregas de sus textos a la joven que espera cartas y el regalo de un corazón para que se lo trasplanten. Es precisamente en esta historia donde el manejo regresivo de la cronología, el perfil sicológico de los personajes y las voces narrativas, nos hacen pensar que estamos ante la semilla a punto de germinar de un novelista.
En este libro de cuentos Geney Beltrán Félix, como decía en un inicio, se hace presente una especial capacidad para crear atmósferas. Toda la arquitectura del libro está hecha para que lo retratado haga sentir al lector que está involucrado; que es culpable.

sábado, 26 de junio de 2010

POR FIN, EL ÚLTIMO CAPÍTULO DE ULISES


Tres veces lo engañé. La primera lo abandoné cerca de la 50, creí que jamás volvería. La segunda me separé de él dando vuelta en la esquina que decía 100. La tercera vez, cuando juré que era la definitiva, mantuve mi fidelidad hasta la página 220, pero no; ante mí revoloteaban otros más atractivos y lo mandé al rincón más oscuro del librero. Sin embargo, por fin, en la cuarta ocasión me acerqué sin temor y alcancé la última palabra de la novela Ulises, de James Joyce (Dublín 1882–Zúrich 1941).
Ulises es en latín; Odiseo es en griego, de allí que se trate de una alegoría de La Odisea, de Homero. Odiseo viaja al extranjero a luchar en la guerra de Troya por muchos años, mientras que en Ulises, de Joyce, tres personajes principales exploran el interior de su conciencia en Dublín, y luchan contra las mezquindades cotidianas de ellos mismos y de los demás. Todo ocurre en un solo día: el jueves 16 de junio de 1904. Cabe mencionar que la técnica de tomar un texto antiguo e invertir la estructura del argumento ya se ha hecho muchas veces. Por ejemplo, ahora recuerdo a Ernesto Sábato y su novela El Túnel, una historia que habla de celos de un origen contrario al que presenta William Shakespeare en la obra de teatro Otelo. El personaje de Sábato recoge sus celos de conjeturas propias creadas por sus pensamientos, mientras que Otelo enloquece por lo que le dice Yago. Las dos historias terminan en tragedia con el asesinato, por parte del celoso, de las mujeres protagonistas
Ulises es una novela complicada, tanto, que me atrevería a decir que sólo los eruditos o los mentirosos podrían asegurar que se trata de una historia para deleitarse. Yo podría ser una gran mentirosa y decir que fue un gozo leerla, pero prefiero aceptar que el abordaje de Ulises fue una experiencia que en ciertos momentos me hizo sentir un poco humillada. Es ineludible que a veces el lector no se sienta derrotado al estar leyendo una historia de estructura tan compleja que, además, incluye en su narración citas en hebreo, griego, alemán, francés, latín; de La Odisea, La Biblia, Madame Bovary, Hamlet…, y no conforme con escribir una novela políglota, agrega partituras e igualmente habla de música, filosofía, física, medicina o astronomía. Es como si Joyce fuera Funes el memorioso, de Jorge Luis Borges, el ser que contiene todos los conocimientos del universo en la cabeza de tres personajes principales: Stephan Dedalus, Leopoldo Bloom y Molly Bloom. Joyce une vocablos como:
gymnasummuseumsanatoriummandsuspensoriumsordinarypryvatdosentgeneralhistoryspecialprofessordoctorkriegfried, que tiene 107 letras, de palabras del alemán juntas, lo cual resulta chocante.
Ulises es una novela que jamás podría ser la primera lectura de nadie; alude a demasiadas obras que, si no se tiene idea de su existencia, es imposible saber a qué se refiere. Cuando se lee esta novela se tiene que estar consciente de lo que es el estilo indirecto libre, que es cuando el autor describe algo sin mencionar directamente de lo que se trata; el lector deberá deducir la intención. Otra característica es que recurre con frecuencia al monólogo interior, que es como estar dentro del pensamiento del personaje y seguir sus ideas. El ejemplo cumbre es el monólogo de Molly Bloom correspondiente al capítulo final de la novela. Allí se está ante el fluir de pensamientos de Molly, sin puntos ni comas ni mayúsculas; un andar sin freno como sucede en nuestro cerebro. Podrá no gustarnos el pensamiento obsceno de la Molly infiel, que pareciera estar en excitación sexual casi permanente. Pero hay que tomar en cuenta que el autor es un hombre que intenta recrear lo que siente una mujer; considero que no conocía la fisiología sexual femenina. Aunque, el último capítulo fue el que más me gustó, por su forma, claro.

lunes, 14 de junio de 2010

GRACIAS POR MI LIBRO

Desde que era niña llegué a escuchar que todo ser humano tenía la consigna de que después de nacido, debía crecer, reproducirse y morir, y que a aquello habría que agregarle lo de plantar un árbol y escribir un libro. Con el tiempo me di cuenta de que lo seguro era que si nacías, morirías. Ésas eran las únicas partes fijas de la ecuación. El resto eran variables prescindibles. Me di por enterada de que a muchas personas no les interesaba, en absoluto, reproducirse; para algunas tener hijos no era necesario, unas por imposibilidad y otras por decisión propia, y ello no las transformaba en seres incompletos. Igualmente vi que a la mayoría eso de plantar árboles tampoco les importaba, y que al contrario, el mundo estaba lleno de zopencos que mataban bosques completos. Sin embargo yo seguí la ecuación en orden: nací, aunque me hubiera gustado primero morir y después nacer, como igualmente me hubiera gustado primero ser madre y después tener hijos. Desde luego con este incoherente juego de palabras, de ser posible en el mundo del revés, me hubiera ahorrado un sinfín de desatinos. He plantados varios árboles, unos ya no los he vuelto a ver. Tuve un hijo y una hija, mi primer libro fue la tesis profesional para titularme como médico. Se trataba de una investigación farmacológica hecha sobre corazones de cobayos (conejillos de indias) que intentaba probar sustancias que a la postre sustituirían a la digital, sustancia usada principalmente para el tratamiento de la insuficiencia cardiaca. Casi sentí que había cumplido mi misión con mi tesis. Después me vi envuelta en pañales, leche y papillas; pero mientras amamantaba leía en voz alta a mis bebés historias terribles (aprovechando que no entendían), como La triste historia de Eréndira y su abuela desalmada de Gabriel García Márquez, o Cándido, de Voltaire, con su Cunegunda, hermosa y dulce jovencita metamorfoseada en vieja malvada, fodonga y fea. Leía y reía al imaginar a la acompañante de Cunegunda a la que le habían rebanado una nalga. Leí casi toda la obra de Moliere, especialmente la de temas médicos; supongo que era para no separarme de alguna manera de la medicina. Recuerdo: El médico a palos, El enfermo imaginario, Doctor enamorado, Médico volador y Tartufo, que aunque ésta última no lleva en su nombre nada sobre medicina, sí habla mucho de los médicos. Todas son obras de teatro que quizá ahora nos parezcan ingenuas, pero que encierran verdades que siguen siendo actuales. Mi pasión por los conocimientos médicos seguirá siempre porque además lo alimento diariamente, ya que mi esposo es cardiólogo y de manera irremediable coopera con ello. Y así, sin darme cuenta, me dio por escribir lo que imaginaba desatado por algo real. Lo anterior viene a mí como remembranza porque El Siglo de Torreón me ha hecho un gran regalo: publicó mi primer libro El peor de los pecados (cuentos), y este hecho ha sido un gran aliciente para mí. Me enorgullece porque en esta casa editora es donde he colaborado durante 10 años, desde que el Lic. Miguel Ángel Ruelas publicó mi primer artículo en la sección de deportes, titulado “Un ama de casa y el fútbol”; era chistoso. Todo mi agradecimiento a Doña Olga de Juambelz y mi cariño a esa mujer entrañable a quien tanto admiro. Gracias al Lic. Antonio González-Karg de Juambelz, director general de El Siglo de Torreón, y al Lic. Alfonso González-Karg de Juambelz, director general adjunto. Fue el Lic. Alfonso el primero en recibir mi manuscrito, aceptando desde un principio su publicación. A pesar de la crisis y de los problemas que a todos nos han alcanzado, mi libro se publicó en estos tiempos tan arduos en que a los escritores y a los artistas se les dificulta manifestarse, porque siempre surge la respuesta de que no hay recursos. Por ello, hoy más que nunca me siento comprometida a superar mi escritura. Pienso en lo importante que es no dejar de prepararme y seguir leyendo a los grandes y, hasta donde mi capacidad alcance, aprender de ellos. Muchas gracias por mi libro.

miércoles, 9 de junio de 2010

RESEÑA DE GRACIELA GUZMÁN SOBRE EL PEOR DE LOS PECADOS...

ESCASEZ DE PECADOS
En la búsqueda de la punta del hilo conductor que me llevara a hablar sobre El peor de los pecados, el primer libro de cuentos de Angélica López Gándara, mi mente se instaló en seguida en una de las frases iniciales que llamaron mi atención en el cuento Palabravejera, que da entrada a su quehacer narrativo, y ésta es: “Todos vivimos en prosa”. Me detuve en ella un momento y concluí que, en efecto, todos vivimos habitando una estructura de conceptos susceptibles de ser contados y transformados, con la imaginación, en mentiras disfrazadas de verdad y viceversa. Juan Rulfo decía: “Todo escritor que crea, es un mentiroso; la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación”.

Bajo esta premisa, la autora nos hace sumergirnos en las realidades y mentiras de sus múltiples personajes y, como ella, quisiéramos hallar nuevas palabras; crear un nuevo lenguaje para encontrar la vida, una vida que no sea tan corta, pero sí muy ancha; nuevas palabras que no sean tan baratas cuando las vende un escritor. Sin embargo, en este caso de El peor de los pecados, la narradora les da su debido valor para ofertarnos la vida y sus variantes como debe ser, en protagonistas lúdicos, dramáticos, oscuros, infieles, ladrones, científicos, tiranos, bondadosos hasta la saciedad, dementes, entre otros, como la Palabravejera a la que se le pudrió el lenguaje, pero no sus sueños; como Margarita y sus implacables celos; como los sueños rotos de una joven de los años 50 retratados en un diario; como el cínico hombre maduro que desea estar informado a toda costa; como Elpidio, casi ahogándose en su humedad; como la panza guadalupana de Don Abundio; como Santa Teresita del Niño Jesús Vázquez García, alias Teresa o Tere, “incubada” por no poder dejar de hacer la bolsa delantera derecha de los pantalones de mezclilla, y todo para intentar descansar de más; como Laura que lamenta parecer nueva en eso del vivir; como Fulanito Pan de Dios que desaparece cuando todos lo devoran… Y así, tantos personajes como imaginación nos regala López Gándara.

Cito a Julio Cortazar que consideraba que “… el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema debe ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector…”. De esta manera, Angélica nos sube a su vehículo, la palabra, y nos lleva a dar un paseo divertido, angustiante a veces, nostálgico otras, hilarante, cáustico; nos introduce en la psique de sus máscaras literarias para revelarnos que todo es posible, como descubrir que se puede ser feliz en la tristeza; descubrir la felicidad que da una mordida a un taco de frijoles y una mordida a un chile jalapeño; descubrir la urgencia de una sed de venganza que no sabe a nada; descubrir que la mayoría de las personas aprende a querer sus desgracias; descubrir que a veces el ser bueno es muy fatigoso...

El peor de los pecados es, asimismo, un compendio médico que nos enriquece, pues varios de sus cuentos muestran la influencia de la autora como profesionista en esta área, y nos enseña que el corazón late 150 veces por minuto a los 40 días, y que al crecer disminuyen a la mitad, y que el corazón lleva y trae 5 litros de sangre por minuto a todo el cuerpo, y que un “morcito” no es un “amorcito”, sino un abrazo del sueño, porque la tercera parte de la vida hay que estar en el mundo de Morfeo, y que… y que… Hay que asomarse a él para continuar aprendiendo. Por otra parte, no oculta su gusto por la música clásica cuando Liszt, Shostakovich, Mozart, Beethoven se convierten en incestuosas mascotas caninas, mismas que estuvieron a punto de llamarse Ninel y Niurka.

Con un lenguaje sencillo, pero con frases inteligentes y contundentes, como:
- “El espíritu pesa porque es pesada la vida de la moderna esclavitud”.
- “Hay días enfermos donde el respirar tiene un precio”.
- “No hay que desesperanzar a la gente. Al contrario, hay que obligarlos a la alegría”.
- “Ten mucho cuidado con lo que te metes en el cerebro. Recuerda que la tristeza y el sufrimiento producen adicción”.
- “La soledad es un mito”,
Angélica López Gándara logra la paradoja de que disfrutemos la lectura de su libro de cuentos El peor de los pecados, aunque éste sea el no ser feliz, y aun cuando nos presuma que ha “andado escasa de pecados”.



Graciela Guzmán
Mayo de 2010

jueves, 3 de junio de 2010

HABLA DE LO QUE SABES


Mañana en el taller de gráfica El Chanate (Matamoros 539 ote.) a las 8 p.m. presentaremos Daniel Maldonado y yo, el libro de cuentos Habla de lo que sabes, de Geney Beltrán Félix. Esto es literatura plasmada en alta definición. Nos dará mucho gusto verlos.

lunes, 31 de mayo de 2010

EL IMPULSO DE ESCRIBIR


Hace unas semanas fuimos convocados por Jaime Muñoz: Ivonne Gómez Ledezma, Daniel Maldonado, Daniel Herrera, Miguel Morales, Iván Hernández y yo, para compartir nuestra experiencia sobre por qué escribimos. El siguiente texto es el que leí en el Taller de gráfica “El Chanate”.
Como casi todos, de niña fui grafitera, descubrí que en una pared o en una puerta con un lápiz podía hacer algún garabato que testificara: “Angélica estuvo aquí”. En mi casa infantil alguna vez escribí en la esquina inferior de una puerta de madera la palabra: “pinchi”, así, con i. Aquello era un acto de rebeldía ya que en mi familia las llamadas malas palabras eran un verdadero sacrilegio. Pero Silvia, mi hermana mayor, a quien yo hacía mucho renegar, ampliaba mi vocabulario. Un día le jale el cabello, volteó a verme muy enojada mientras profería algunos pinchi. La palabra me gustó por eso decidí no ir con el chisme a las autoridades correspondientes (para mis papás era más grave decir una “malarrazón” que un estirón de trenza). No sucedió lo mismo un día que, a ella y a mí, nos pusieron a barrer: Silvia se encontró tirada en el piso una canica de las grandes; la lanzó con fuerza y ésta fue a topar con un espejo que, por supuesto, se rompió. Entonces escuché por primera vez en voz de niña un “¡ay, cabrón!”. Esa palabra no me gustó tanto, tal vez por eso en esa ocasión sí fui a delatarla y junto con la noticia del espejo roto agregué la palabra prohibida; era un gran placer poder repetirla sin ser castigada. Mi mamá amenazó a mi hermana con lavarle la boca con jabón. Claro, sentí remordimientos nomás de imaginármela arrojando espuma de fab limón hasta por las orejas.
Como decía, Silvia hacía crecer mi vocabulario de varias formas. Gracias a ella acerqué mis doce años a Hermann Hesse, con El lobo estepario y Bajo la rueda. Igualmente leíamos la novela Mujercitas de Louisa May Alcott donde aparecían cuatro hermanas, y ya que éramos cuatro niñas, nos poníamos a escoger en el dibujo de la portada con la que cada una se identificaba. Recuerdo que una de las protagonistas quería ser escritora y la novela planteaba que ésta no se casaría precisamente por eso, por aspirar a crear literatura. Quizá, inconscientemente, esa fue la razón por la que comencé a escribir tan tarde. Sí, después de varios años de casada, y cuando mis hijos habían alcanzando cierta independencia fue que me dio por expresarme a través de la escritura.
De niña leí otros textos, aunque nunca en orden como los Cuentos de los hermanos Grimm y los Cuentos de Andersen (muchos de estos relatos después los vi en películas de Disney acompañando a mis hijos). En la época de secundaria recuerdo el título de Pregúntale a Alicia. Diario de una joven drogadicta, de autor anónimo. En aquel tiempo no sabía diferenciar entre la buena o mala literatura creo que por eso lo leí. Aunque debo reconocer que todavía, a veces, me equivoco. Igualmente en mi desarrollo me acompañaron otras lecturas pero éstas fueron las más importantes.
Supongo que la tarea de escribir nació como una necesidad primaria de comunicarme y de decir “estuve aquí”, “por aquí pasé” o simplemente para tener la posibilidad de contar mentiras sin ser censurada. También creo que escribo porque los procesos de aprendizaje se esclarecen más en la palabra escrita, así, entiendo mejor la vida o me resigno más fácil a no entenderla. Y aunque no puedo decir exactamente a qué obedece este impulso, tengo claro que las personas a las que nos gusta escribir no podemos ser ingenuas y conformarnos con satisfacer un apetito o una catarsis, sino que tenemos la obligación de pararnos, como diría Newton, en hombros de gigantes para ver más allá, y de esa manera no caer en la autosimpatía y cuidar de no sorprendernos a nosotros mismos.