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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. El peor de los pecados es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016 y 2017. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en diversas revistas nacionales y libros colectivos. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales; es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón, UA de C. y estudió la Maestría en Apreciación y Creación Literaria en Casa Lamm en la Ciudad de México.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Presentaciòn del libro Màs allà de una mirada

Un video sobre la presentación del libro de Olga de Juambelz y Horcasitas.

http://www.elsiglodetorreon.com.mx/siglotv/v8098

sábado, 7 de diciembre de 2013

CRÓNICA CHIAPANECA


Desde que estalló la guerrilla en Chiapas, el 1 de enero de 1994, deseé conocer aquella herida de la selva Lacandona. Al evocar esa tierra encontraba una mezcla de poesía de Jaime Sabines, textos de Rosario Castellanos, un pasamontañas con su Subcomandante Marcos, una sotana con su obispo Samuel, las orejas, omnipresentes, de Carlos Salinas y grupos indígenas con rifles de palo. Mucha agua y un lienzo verde lleno de colores. Tierra generosa, de jade, ámbar, café, chocolate y magia. Pero, paradójicamente, albergue de mucha pobreza.
           Llegué a Chiapas. Me abandoné. Desperté al máximo los sentidos. Quería guardar muy bien esas vivencias. Una tarde, el avión aterrizó en el aeropuerto de Chiapa de Corzo a 40 minutos de la capital Tuxtla Gutiérrez. La primera novedad fue que el taxi no podía llegar hasta hotel porque la carretera estaba bloqueada por los maestros de la CNTE. “Tendrán que caminar uno o dos kilómetros y tomar otro taxi”. Decidí que nada me iba a quitar la actitud zen con la que viajaba. Dispuesta a arrastrar la maleta bajo el sol, sucedió que no sucedió: El bloqueo anunciado se había disuelto. “Es la hora de comer de los maestros”. Al llegar al hotel me convertí en una “Mi vida” y en una “Mi amor”, el personal de allí nos ponía esos nombres indistintamente. aquello era bueno.
         Quisimos comer y buscamos el restaurante más representativo de la ciudad: “Las Pichanchas”, dijeron. La entrada principal del lugar estaba ocupada por carpas con maestros dormidos debajo de ellas. Antes, el chofer del taxi había dicho “Los maestros han hecho que se cierren muchos comercios. Vean…” Señalaba. Los meseros nos recibieron con una alegría inusual, continuamos siendo unos “Mi vida” y unos “Mi amor”. Otra vez vi que eso era bueno, y mejor aún, cuando la marimba acompañó a los tamales, al cochito y la sopa de chipilín… Al regresar al hotel se oía otra vez la marimba y unos bailarines se movían de manera grácil con máscaras de hombres rubios y barbados. Era la danza de Los Parachicos.  
         El zoológico “Miguel Álvarez del Toro” o ZOOMAT fue la hora de sentir la selva, con chachalacas y ardillas a cada paso. La guía advirtió sobre el recorrido cuesta arriba (y luego cuesta abajo) de 2.5 kms.: “Deben tener cuidado los hipertensos. Me avisan si sienten que les falta el aire o se marean”. Explicó que oiríamos el rugir del jaguar y el llamado a la hembra del mono saraguato. Estar allí fue volverse parte del verde. Éramos un grupo de mujeres. La guía explicaba que el tejón era un ser solitario porque únicamente acudía a la hembra para aparearse; algunas dijeron que su marido desde ahora se llamaría Tejón. Qué la zorra tenía hábitos nocturnos y que era trepadora: “Yo conozco varias de ésas”, alegaban. Luego reírse porque el jaguar era un gatote, el cocodrilo una lagartijota, la serpiente una lombrizota y así… Eso era la evolución y de acuerdo a ello concluir que el chango era simplemente un hombrecillo peludo. Así entre grandes y viejos árboles, de trecho en trecho aparecían leyendas que nos recordaban destrucción de la naturaleza hecha por el humano.
         Hubo una mañana de paseo por el Cañón del Sumidero en el río Grijalva. Antes de llegar al lugar donde rentan las lanchas vi un hotel de paso que se llamaba “Sumidero” (sic). Al embarcar nos entregaron un chaleco salvavidas de color rojo que olía intensamente a sudor. El consuelo sería que el siguiente que se lo pusiera le  habríamos agregado lo propio. Las cascadas (en especial la llamada árbol de navidad), la cueva rosa, los pelicanos, las garzas, los cocodrilos… Todo aquello era bueno hasta que nos topamos con la basura: grandes montones de botellas de plástico contaminado el río Grijalva.
         Luego, San Juan Chamula. Bajamos del camión y dos niñas tzotziles nos recibieron repitiendo: “Después” “Al ratito”. Sólo hablaban su lengua pero imitaban lo que el turista les decía cada vez que ofrecían sus artesanías. La iglesia católica del pueblo resultó extraña. Cobraban 20 pesos por entrar y prohibían tomar videos, fotografías y hablar por teléfono. Había también turistas franceses, italianos y alemanes. El templo olía a copal al igual que todo el pueblo. Adentro, diez grupos de oradores hincados. Todos tenían enfrente veladoras prendidas y gallinas que sacrifican cada determinado tiempo. Fue raro ver a un indígena dentro (seguramente autoridad) hablando por teléfono celular portando un llamativo reloj y joyas. El ritual incluía Coca-Cola, a la que le hacían una "limpia" con la gallina a la que le torcerían el pescuezo. Los extranjeros mostraban un discreto horror ante eso. Al salir compré  postales del interior y desprecié la del Subcomandante Marcos.
Me falta decir tanto sobre lo que vi y lo que no: los museos, iglesias y la visión de indígenas con los párpados a medio camino y su mirada de vidrio por el efecto del posh: aguardiente de poca agua y mucho ardiente.

jueves, 28 de noviembre de 2013

ENRIQUETA OCHOA SIN ATADURAS

Aquí, con Marianne Toussaint (hija de Enriqueta Ochoa) en la presentación del libro Coral para Enriqueta Ochoa el 9 de noviembre de 2013 en el TIM
Enriqueta Ochoa, sigue siendo la mejor poeta lagunera, pero también es una de las máximas exponentes de la poesía de nuestro país. Por eso me da mucho gusto que el maestro Jaime Muñoz Vargas, haya realizado la reedición del libro Coral para Enriqueta Ochoa (poesía y prosa de escritores laguneros). Hace cinco años que desde el Icocult, Jaime, convocó a La Laguna para que se uniera a los homenajes que se realizaron con motivo del fallecimiento de la autora de “Retorno de Electra” el 2 de diciembre de 2008. Con admiración le devolvimos a nuestra escritora sus propias palabras: “Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos./ No me atreví a buscar/ porque no habría/ un roble con tu sombra y tu medida/ que me cubriera de la llaga de sol en mi verano./ Uní la sangre que me diste a otra sangre./ Malherida. (…)No podemos hacer nada con un muerto, padre./ Se suda sangre,/ se retuerce el aullido tirado sobre las tumbas/ en un charco de culpa…”
Con frecuencia surge la pregunta, ¿de qué viven los poetas? Y algunos dicen que de puro milagro. Sin embargo, una vez que el poeta ha muerto hay una forma segura de mantenerlo vivo y esto es, leyéndolo, por eso para que Enriqueta Ochoa siga viviendo aquí en la laguna debemos seguir leyendo su poesía. Además, aunque sus versos tienen su propio poder desde que nacieron, sabemos que la muerte siempre le da fuerza a la buena poesía. Porque una vez que han dejado las ataduras de esta vida (y ya que generalmente sus detractores desaparecen) entonces los poetas retoman la vida sin estorbos. Y así, libres entran en cerebros que antes no habían visitado.
Enriqueta Ochoa llegó a mí como un murmullo que la nombraba uno de los mejores poetas de México. Un murmullo que decía que era lagunera y maestra. Me llegó prestada en un libro titulado Retorno de Electra. Allí mismo aparecían: “Las vírgenes terrestres” y las “Urgencias de Dios” los tres títulos poéticos que forman parte de su nombre. También la encontré en una antología de poesía erótica femenina titulada Mujeres que besan y tiemblan donde comprobé la fuerza de sus versos en “La fiesta del sentido”: “Abrumada de tedio/ a duras penas entiendo mi destino de perro castigado:/ sumisa, fiel y con el gruñido roto”. La conocí también en algunas fotografías donde percibí unos ojos interrogantes y la afirmación de que “era una mujer cálida y sencilla” como hablan de ella quienes tuvieron el privilegio de tratarla.  Internet, me la trajo con una voz  suave y pausada; ella  leyendo sus poemas, y yo escuchándola una y otra vez. Allí, en “Asalto a la memoria” se encuentra con su bisabuela de 110 años, con su tía Vence de pelo de relámpagos de miel y caoba y por primera vez con  la muerte.
El tema de la poesía de Enriqueta Ochoa es la duda y el dolor, así lo palpamos en los versos de “Hambre de ser” que dicen: “Busco un hombre y no sé si sea para amarlo,/ o para quebrarlo con mi angustia./ Tengo hambre de ser/ y me siento frente a la ventana/ a masticar estrellas/ para que  este dolor de estómago sea cierto./ La verdad es que duele en los nervios/ todo el cuerpo, esta noche, hasta los tuétanos”.
 Es un orgullo que uno de los mejores poetas de México sea mujer y que además sea lagunera. Aunque sentir orgullo por la luz ajena podría parecer absurdo, sin embargo, no por absurdo dejamos de sentirlo”.

sábado, 9 de noviembre de 2013

LA MATAMOYOTES

En La Laguna usamos la palabra Náhuatl: moyote, para nombrar a los mosquitos o zancudos. Por eso aquí en esta tierra soy una matamoyotes (o matamoyotas, pues son las hembras las que pican). Sí, confieso que tengo una larga historia de exterminadora de insectos. Aunque no soy una profesional, he mandado al otro mundo a moscas, cucarachas, hormigas, arañas, y claro, mosquitos. Sólo he matado seres de seis u ocho patas. Bueno, una vez maté a un cuadrúpedo que era un ratón muy gracioso: panzón y de pelo brillante. Curiosamente no me pareció repugnante como suelen parecerme los ratones, por eso me dio pena sorrajarle tanto escobazo.
Soy parte de la mayoría; todo lo que como, otros lo matan por mi (pollo, pescado y carnes rojas) por eso en mi alimentación cada vez hay menos animales. Me he vuelto pacífica.  Aunque si somos estrictos, habrá que aclarar que los vegetales también son seres vivos, entonces, tampoco los mato, los matan los que se los arrancan a la madre tierra. Eso sí, los moyotes que me tocan los aniquilo sin ayuda. No me los como, me comen.
Para mis propósitos insecticidas (una vez raticidas) he usado armas químicas, armas contusas y mi propio cuerpo. Aunque de mi cuerpo únicamente sirven, para ese fin, manos y pies. Pisoteando o dando manotazos he demostrado mi superioridad. Es un decir eso de “superioridad” porque los moyotes siempre me han ganado y no paran de extraerme sangre. En nuestras batallas salgo llena de ronchas y comezones y nunca he logrado liberarme de ellos por completo.
           Reconozco que ya no soy la misma de antes. Ya no los agarro al vuelo. Aunque algunas veces sí lo logro, sin embargo, abro el puño y se escapan. Me caen mal esos insectos porque desde niña me molestaban todo el verano y parte del otoño. Afortunadamente nunca me han trasmitido ni dengue ni paludismo. Sólo me han usado para nutrirse.
           Tuve una experiencia rara con un bicho de estos: me disponía a calentar un café en el horno de microondas. La taza con agua, que habitualmente uso, necesita calentarse un minuto con diez segundos para tomar el café a mi gusto. Ya estaba dando vueltas la taza dentro del horno, cuando me percaté que había un moyote dentro y que intentaba salir pegándose a la puerta. Me quedé viéndolo mientras me sentía un poco malvada. Una cosa era aplastarlos, matarlos de una vez por todas y otra era someterlos a una larga agonía con ondas micro. Quise justificarme. Dije, soy como algunos grupos indígenas ancestrales que mataban, no por crueldad, sino como un acto de amor a la muerte y a sus dioses. Ofreceré este sacrificio, pensé, mientras me asomaba al infierno "moyotesco". A la mitad del tiempo ya no vi al chupasangre. Esperaba encontrarlo difunto al sacar el agua caliente. Pero, lo vi al fondo. Estaba inmóvil. Deduje que había quedado embalsamado por el efecto deshidratante de las microondas. Y, sorpresa. El hematófago quiso salir. Logré sacar la taza con agilidad. Cerré la puerta y lo volví encarcelar. Enseguida quise otro alimento con un minuto de calor. Otra vez vi al mosquito intentando escapar. Daba y daba vueltas. Pero en esos momentos yo ya tenía un cuestionamiento, ¿cuántos minutos se necesita exponer a un moyote a las microondas para que muera? Porque si son capaces de durar muchos minutos probablemente son más resistentes que los humanos y en una catástrofe quizá sean los únicos sobrevivientes (junto con las cucarachas, desde luego) pero ya que los mosquitos tienen dentro el DNA que extraen cada vez que nos pican, quizá allí esté la vuelta  a la vida de cualquiera. Sí, la misma historia de Parque Jurásico. Después del minuto en que calenté mi comida, abrí la puerta esperando ver el cadáver, y otra vez me sorprendió. Se escapó.
            Llegué a varias conclusiones: A) Dos minutos con diez segundos dentro del horno de microondas encendido de mi cocina, no son suficientes para matar a un moyote lagunero. B) No sé qué tan higiénico sea calentar comida junto con un insecto. C) Los moyotes seguirán molestándome todos los veranos y parte de los otoños. D) Tengo una gran capacidad contemplativa (no me refiero a cuestiones filosóficas sino a la perdedera de tiempo) y, E) Este artículo es una cortina de humo y si usted leyó hasta aquí, logré mi objetivo.

sábado, 26 de octubre de 2013

YO TAMBIÉN LEO (la mente)

Yo leo la mente. Sé lo que pensaron al toparse con esta declaración. Lo sé. Pero no, no lo crean del todo. Sí estoy loca pero no tanto. Aunque mi clarividencia no va a llegar a niveles de poner un consultorio que anuncie: “Aquí se lee la mente” donde se sugiera al usuario olvidar la lectura del café, tarot, caracoles, mano, iris, pies, etcétera, y que invite a desnudar el cerebro de la esposa, esposo, suegra, hijo, o bien, que ofrezca a cada cual el descubrimiento de lo que su mente esconde. Claro, eso nunca va a suceder. Reconozco que soy ignorante de muchos tipos de lecturas, pero, aunque comercialmente nunca voy a explotar ese don, lo mío, lo mío, es decir, mi especialidad, es leer la mente.
         Por ejemplo, adivino que algunos de los que leyeron el título de este artículo pensaron que iba a hablar sobre la campaña de lectura de El Siglo de Torreón, y bueno, ya que no siempre me gusta decepcionar a las personas (ni a los animales), sí voy a hablar de eso. Es que, sin querer, me vi involucrada en esa campaña. Digo, no fue decisión mía pero lo hice con  mucho gusto. Llegaron a casa dos jovencitas (Miryam y Erika) preguntándome por qué o para qué leía. Parte del objetivo de la respuesta era la espontaneidad. Entonces me quedé pensando unos segundos y respondí: “Leo para tratar de entender la vida”, allí en mi respuesta iba implícito el porqué, porque en efecto, no entiendo la vida, al menos no muy bien. Y aunque di mi contestación en ese momento, la pregunta me acosó el resto del día, la noche y hasta la mañana siguiente (¡obsesiva!, sentenció el lector que todo lo juzga). En realidad, no me especificaron a qué tipo de lectura se referían, pero claro, no era necesario porque cuando se asegura que alguien es un “lector voraz” es lo mismo que decir que le atañe la literatura, que se involucra con la novela, poesía o cuento. Desde luego, atendiendo a mi respuesta, sí creo que leer ayuda a entender la vida, porque en las letras conocemos más sobre la conducta humana. Sin embargo, a veces pienso que lo único seguro es que la literatura sirve como método anticonceptivo. Está comprobado; siempre coincide que los países que más leen son los que menos nacimientos tienen. La explosión demográfica de un país aumenta cuando su población basa su criterio únicamente en lo que le dicta la televisión. Muy contrario al sentido del chiste estúpido de: “¿Qué, tus papás no tenían tele?”. (Acertaron. Me pasó más de una vez, aludiendo a que provengo de una familia exagerada en múltiples sentidos).
         México es un país lector, pero no de lo que  debería. Sí, todo mundo está gastándose los ojos en las redes sociales o en el teléfono celular. No sé si esté cuantificado el tiempo que perdemos involucrándonos en textos banales, en videos tontos o husmeando perfiles. Aunque también es cierto que se ojean periódicos, revistas, instructivos, música (los que pueden), recetas de cocina y libros didácticos. Lástima que la mayoría no toma en cuenta que acudir a la escritura de arte es igual que leer la mente. No hay mejor oportunidad de conocer las grandes testas que leyendo lo que escribieron.
         Estarán preguntándose, y, ¿dónde quedó la arrogancia de la sentencia inicial de “yo leo la mente”? Les digo, sí sé lo piensan los otros. La telepatía existe. Aunque no es exclusiva de mi persona. En realidad todos tenemos ese don, pero no nos fiamos de él, especialmente los jóvenes no creen en lo que comúnmente se llama intuición o sexto sentido que corresponden a lo que es leer la mente. Al pasar de los años es muy importante confiar en lo que creemos que los otros piensan porque cuando acertamos crece la autoestima. ¿De qué se trata eso de leer la mente? Se trata de saber interpretar los signos de una mueca,  palabra o acción. A todos nos ha pasado que al llegar a un lugar y sentimos cómo allí se llena de un pesado silencio y eso nos hace deducir que estaban hablando de nosotros. No, no es paranoia, eso sucede. O, a veces, vemos gestos de fastidio en la cara de enfrente y todavía se nos ocurre preguntar, ¿estás aburrido? ¿Por qué existen las “miradas que matan”?, porque a través de la mirada se lee el pensamiento. Entonces yo, tú, él, vosotros leéis la mente y todo lo que se le atraviese.

sábado, 12 de octubre de 2013

DESEOS SEXUALES

Con frecuencia me sorprende la avalancha de anuncios sexuales a los que estamos expuestos. Pareciera que, para muchos, las relaciones sexuales fueran algo que está de moda. Olvidan que, aunque existen seres vivos que se reproducen asexualmente, y a pesar de la clonación y la probeta, casi todos somos producto de un acto sexual entre un hombre y una mujer. Desde luego, la finalidad de tanta alharaca erótica nada tiene que ver con la reproducción animal sino con los usos recreacionales del apareamiento.
Viajamos al DF, todos. Dos hijos y dos papás. Los cuatro subimos a un pequeño taxi y nos compactamos como pudimos. Antes, el chofer había abierto la cajuela para guardar lo comprado. Nos mostró un fastidio reflejado en la boca y la nariz. Quizá ese era el momento de buscar otro vehículo. Pero estábamos muy cansados. No dijimos nada. Enfilamos a la dirección predicha. El chofer prendió el radio y oímos un programa donde alguien llamaba a una especie de “línea caliente”. A nuestros oídos entraba la voz de una mujer que fingía tener sexo. Ya saben, la poca creatividad de estos casos: “Te cumpliré todas tus fantasías. Papito… y demás frases y gemidos asociados al placer libidinoso. Lo mismo de siempre. Así estuvo durante un rato hasta que ella pareció alcanzar la cumbre del Everest. El caso es que iba con mi familia y allí se respiraban aires un tanto incomodos. A pesar de que todos, en ese apretujadero, éramos adultos, y, supongo, de mente abierta. Aun así, pensé en decirle al taxista “porno”, que apagará a esa señora pujona, falsamente ronca y melosa. Estuve imaginando la exigencia que le haría al chofer: enojada, indignada, amable, muy amable, indiferente… En fin, de todas las formas posibles. Pero yo estaba agotada y sentía que aquel descarado me iba a responder violentamente. Dijéraselo como se lo dijera. ¿Qué tal que nos baja del coche y se queda con nuestras cosas, y si nos asalta? “No hay que juzgar a las personas por su apariencia”, recordé eso. La verdad, el hombre tenía una pinta de maleante que en momentos me asustaba. Tal vez no era dañino, pero lo parecía.  Opté por hacer mutis. Igual que los demás. Mientras, mi hija volteaba a verme alzando unas cejas que me decían: “¿Qué pasa, mamá?”, respondí con el mismo gesto. En mi imaginación seguí reclamadora hasta que llegamos a donde teníamos que llegar. Nada sucedió.
La situación anterior me hizo recordar aquella frase de Aldos Huxley de su novela Un mundo feliz, que dice “A medida que la libertad política y económica disminuye, la libertad sexual tiende, en compensación, a aumentar.” Es verdad, ahora hay más libertad sexual y más acceso a la pornografía. En la ternura de mi despertar hormonal, sabía que mis contemporáneos mandaban a la revisteria, al más avejentado de sus amigos adolescentes para que comprara “literatura de una sola mano”. Sí, se cooperaban entre varios y hojeaban el Pimienta o el Penthouse o no sé cuáles otras. Antes se compraba esa fantasía y los jóvenes experimentaban cierta culpa y la sensación de estar haciendo algo inmoral o ilegal, ahora ese recato se perdió; la pornografía se encuentra sin costo en Internet y en cualquier lado. Ojalá, Huxley, tuviera razón cuando escribe: “En colaboración con la libertad de soñar despiertos bajo la influencia de los narcóticos, del cine y de la radio, la libertad sexual ayudará a reconciliar a sus súbditos con la servidumbre que es su destino.” Ojalá que todos nos reconciliáramos, pero, como veo el panorama… soy pesimista.
Considero que tanta publicidad sexual da origen a otras manifestaciones perversas que han dañado mucho a nuestra sociedad, y esto se ha reflejado principalmente en la trata de personas. Son excesivos los estímulos para las hormonas sexuales, porque además, los viejos que carecen de estas hormonas, las compran en la farmacia para satisfacer sus deseos sexuales.
La pornografía no me asusta, no obstante, para mí, es una resonancia interminable de egos frustrados. Claro, respeto toda expresión erótica, siempre y cuando se trate de adultos libres y conscientes a los que no se les imponga nada.

lunes, 30 de septiembre de 2013

TRABAJADORAS DEL HOGAR


La limpieza del hogar es uno de los trabajos más pesados y monótonos. Quitar polvo, lavar ropa (y aceptar que es irremediable la pérdida constante de calcetines), sacar montones de pelusa de los rincones y de debajo de las camas, preguntándose, ¿cómo demonios fabricamos tanta pelusa?, lavar platos, limpiar ventanas, pisos y sentir alivio cuando el camión de la basura retira las bolsas que se dejan en la banqueta de casa. Alguien tiene que hacer ese trabajo para que el mundo funcione.
A las mujeres que ayudan a otras mujeres en el trabajo casero se le ha les ha llamado de muchas formas: Sirvientas, asistentas, fámulas, criadas, mozas, muchachas, “chachas”, “maids” y otro nombre felino. Ellas, las trabajadoras domésticas, logran que los hogares de la clase media y alta funcionen bien. De éstas señoras se cuentan historias de acoso sexual y maltrato. Son de “quedada” o de “salida” si ellas “no se hallan” se van y con ellas se llevan la historia íntima de la familia y la pasean por todos los lugares a donde llegan. Indiferentes, interesadas o con cariño de madre, sobre sus historias se hacen chistes y telenovelas en las que son representadas por una chica hermosa que se enamora del joven de la casa, el cual es un papanatas que no la valora hasta que esta se transforma en una rica empresaria. Así de irracional y cursi es nuestra televisión mexicana.
La mayoría de las asistentes del hogar cargan una vida de abandono por parte del padre de sus hijos, otras trabajan: “sólo quiero ayudarle a mi viejo con el gasto”. En México, su escolaridad es baja, sólo el 68% ha terminado la educación primaria y 4.3 % son analfabetas. Entran a trabajar sin contrato, sin prestaciones, ganan un promedio de 150 pesos diarios. Por desgracia a veces no consiguen trabajo si ya son mayores o tienen sobrepeso.
Ellas son siempre plática de otras mujeres, generalmente hablan como si fueran un objeto de propiedad, “mi muchacha”, dicen. Comentan de lo buena que le salió una y de lo mal hecha de la otra, de la que se fue sin decir adiós o de la que pide aumento con la amenaza de que se va y la otra, una más, que se llevó la ropa interior o el juego completo de cubiertos de fiesta.
De las mujeres mexicanas casi dos millones se dedica a esta actividad, que constituye el 11% de la fuerza laboral económica de la mujer. Hay empleadora que con frecuencia subestima su inteligencia, creen que por no haber estudiado no pueden ser deductivas o perceptivas o que tienen un concepto pobre de la vida, pero hay muchas historias de mujeres, como la de la indígena guatemalteca Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz en 1992, que siendo sirvienta casi toda su vida, luchó por los derechos de los indios. Cuentan que su antigua patrona se desmayó cuando la vio en televisión recibiendo el premio Nobel.
Las trabajadoras domésticas son uno de los grupos al que menos se respetan sus derechos laborales que vienen estipulados en la Ley Federal del Trabajo, abarcan desde el artículo 331 hasta 343, tienen derecho a una jornada de 8 horas diarias, salario mínimo que puede ser reducido si recibe techo y comida, un día libre, los patrones deberán pagar gastos médicos en caso de enfermedad y pagar hasta un mes de salario si la trabajadora está incapacitada y en caso de muerte los empleadores deberán hacerse cargo de los gastos del funeral, esto si no se cubrió con la cuota del Seguro Social. La ley no contempla la jubilación ni ahorro para el retiro.
Ahora que han aumentado las empresas maquiladoras y más mujeres prefieren ser obreras, actualmente es más difícil encontrar quien ayude en las tareas del hogar, esto ha servido para que el trato hacia ellas sea más cordial y a veces afectivo.