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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. El peor de los pecados es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016 y 2017. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en diversas revistas nacionales y libros colectivos. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales; es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón, UA de C. y estudió la Maestría en Apreciación y Creación Literaria en Casa Lamm en la Ciudad de México.

lunes, 31 de agosto de 2009

Hélder Gándara


Hoy abrí el correo y me sorprendió una carta que enviaba mi primo Hélder Gándara. Me dió mucha alegría. Conocí a mi primo cuando él era un hermoso bebé, despúes lo vi en varias ocasiones pero nunca habíamos tenido comunicación. Sabía sí, que él era artista plástico, y, aunque él dice que no, yo sí creo que es poeta. En la carta que me mandó adjuntó su primer libro de poemas titulado Los días capturados y me gustó de verdad. Me hizo sentir lo ideal para un día, como hoy, nublado y de manga larga. Sus poemas me trajeron nostalgia, melancolía, y un cariño especial para él, porque coincidimos en el espacio de la imaginación. A pesar de que en la familia nos han dicho, he insisten en demostrarlo, que en la sangre de los Gándara no hay lugar para lo intangible; todos son tan prácticos. Aunque fueron precisamente ellos, los tíos Gándara, quienes en su juventud nos trasmitieron, a mis hermanos y mí, la visión de otras maneras de pensar. Después cambiaron."¿Para qué pierdes el tiempo en cosas raras que no te dejan dinero?", me dijo alguna vez una tía. Sin embargo, de vez en cuando pasa, que en las familias hay alguien que descubre la vida que no se ve, la vida que no tiene masa ni peso atómico, entonces la va acumulando y un buen día, sin que pueda evitarlo, aquella visión estalla en un cuadro, en un poema, en una nota musical o en cualquier palabra ... (la primera imágen se llama Nostalgia de la novedad y la segunda El piano, fotomontajes de Hélder)
Les dejo tres poemas de Hélder Gándara.

La sombra en mi costadoMi costado es un pájaro lastimado
que se quedó a morir conmigo este invierno,
respira con dificultad por las noches,
es un vagabundo espejo noctámbulo de mis silencios.
Fabrica huecos de sombras perfumadas
alrededor de mi cama,
su mano siembra de alfombras inasibles,
pedacitos del mar en mis tristezas.
Mi costado aun sueña despertar en el país de las disculpas,
antes de dormir, abre los cajoncitos de mis ojos,
los llena de sal y barre mi corazón de memorias extraviadas.
En mi costado vive un recaudador de caricias necesitadas,
un misterioso pájaro enamorado,
recostado cómodamente,
en el silloncito de mi corazón para contemplar la vida.





En las manos de la tristeza
Con las manos semidormidas por un hambre pasajera,
acaricio las formas que olvidó el otoño.
Desnudo y roto...
Como una flor que enviuda;
untado de un profundo sueño invisible.
¿En qué manos?
¿En qué aroma ausente está mi tristeza?

Cansado de besar silencios
Tanto silencio cansa,
tanta lejanía estorba.
Devuelvo a la vida su indiferencia,
se puebla el silencio de imágenes,
vacías y rotas...
Esta vida,
es decir:
esta muerte,
me estorba.

sábado, 29 de agosto de 2009

El ente vengador de los malos escritores



Hace unos días platiqué con un escritor sobre otro escritor. Mi opinión era que aquél (el ausente) tenía una prosa con muchos errores de concordancia y sintaxis. Desde luego, consideraba que tales defectos eran más por negligencia o descuido que por ignorancia. Al terminar de hablar sentí cierta molestia con mi aduana verbal, sentí que no había funcionado bien. Después de todo, ¿quién era yo para juzgarlo?. Además, como dicen: "pero hay un karma que todo lo ve, y lo regresa", un ente vengador e irónico que hace que uno cometa los mismos errores que criticó, por eso generalmente trato de cerrar la boca. Así, pasa que cometo errores al escribir, y a veces ni me entero o me entero tarde. La ventaja con esto de los blogs es que, aunque el texto ya esté publicado, se puede corregir al infinito, a veces tanto que puede perder su esencia. Sin embargo, aunque no me sirva de consuelo, siempre existirá la posibilidad de que el ente vengador de los malos escritores vengue mis defectos. Así como lo hace con él que critiqué.

jueves, 27 de agosto de 2009

Baños públicos o la verdadera libertad de expresión

Era una mañana fría de viernes. Un viernes que parecía sábado; los días de asueto siempre cambian de personalidad. Ese día, mis vecinos albañiles habían venido a trabajar a la casa de a lado, a pesar de la festividad. Ellos invadían mi tiempo y espacio con su música. Oímos, ellos y yo, las radiodifusoras; “La caliente”, “La zeta”, “Estéreo gallito”, entre la mezcla presentaban al difunto, asesinado por el narco, Valentín Elizalde, que no cantaba muy bien las rancheras, pero que lo hacía con mucho sentimiento, como dijo el locutor. También llegó a mí la canción de “La abeja miope”; un violín muy apretado... En contraste, mi hijo la pasaba sintiendo las notas azules de Gershwin e insistiendo en defender la idea de que él (Gershwin) es el mejor compositor de música clásica gringa. Y a pesar de tanta distracción, leía. Estaba muy divertida mientras iba saltando aquellas páginas. Se trataba de dos librillos de la argentina Silvana Castro. Uno titulado Mujeres, poéticas, irónicas, y desesperadas (en versos escondidos en el baño) y el otro Las cartas que no te mandé (pero que escribí en el baño). Ambos textos son una recolección de frases escritas en las paredes y puertas de varios baños públicos femeninos y argentinos.
Esas lecturas me hicieron recordar mi paso por estos lugares, la mayoría de las veces, pestilentes: La primera frase que recuerdo haber visto en un baño público fue cuando cursaba el 5o. año de primaria, lo que leí me impresionó, decía: "A Nicha ya se la cochan", cochar en mi pueblo era lo mismo que hacer pleberías, y Nicha era mi compañera de salón e igual que yo sólo tenía diez años. Así, en el baño aparecía, cronologicamente, quien se iba cochando a Nicha. Luego llegué a la conclusión que la precocidad de Nicha era culpa de sus papás por endilgarle el nombre de Dionisia, el femenino de aquel Dios griego de los excesos.
Hace tiempo, mientras recorría con mi familia alguna carretera del país, la obligación biológica de hacer altos en las casetas de cobro, hizo que me encontrara con las leyendas en los baños de carretera. Me sorprendía ver tantas inscripciones; que casi siempre eran letras talladas sobre la pintura. Decidí iniciar una recolección de frases de los baños públicos que visitara. Comencé a recolectar los textillos, pero no encontré el cuaderno donde las anoté, sólo recuerdo una inscripción: “Caga en paz, caga a gusto, pero con una chingada, la cagada va adentro”.
He preguntado a algunos hombres sobre qué hay escrito en los baños públicos de ellos. Entonces han liberado una retahíla de frases, que si bien dan risa, en ningún momentos dejan de ser vulgaridades: “Si quieres crecer fuerte y sano comete la que tienes en la mano", o “si tu padre fue pintor y heredaste los pinceles píntale el culo a tu madre y no rayes las paredes” .... En cambio en los baños de mujeres no sólo hay groserías sino que ellas buscan en ese pequeño lugar público (pero muy privado) otras expresiones que pretenden la emancipación del pensamiento. Así, algunas mujeres en la intimidad y el anonimato encuentran la manera de liberarse de sus temores, de sus rencores y de implorar por sus anhelos. Pensamientos que en ningún otro lado podrían ser salvos. Los libros de Silvana Castro nos traen lo que las argentinas escriben en las paredes de ese lugar que intenta ser inodoro; frases como: “Ninguna mujer es fea si se le mira por donde mea”, o “Me quiero matar, pero temo que todo siga igual”, para que nos surja la duda de si está hablando de un suicido fallido o de la vida eterna. O en un baño de la Facultad de Filosofía y Letras gritan “Mueran los zurdos", “La libertad es siempre de aquél que piensa diferente: la resistencia", "El poder ama la ignorancia pero no a lo ignorantes”. Son frecuentes la expresiones políticas y el rechazó a las doctrinas de izquierda ; zurdos les dicen las argentinas a los comunistas. El rechazo a las ideas de izquierda es algo muy extraño en una facultad de Filosofía y Letras, pues es bien sabido que el estudio de Carlos Marx deja a su paso comunistas en cualquier lugar del orbe. Frases alusivas al cristianismo: “Jesús te ama”, a lo que otra contesta: “No se nota”. O, “Estoy feliz. Acabo de salir del curso y durante la clase sentí que algo me bajaba ¡Me vino!, escribió una chica de la Universidad de Buenos Aires, quien seguro padeció la angustia de un retraso menstrual por miedo a un adelanto gestacional. Declaraciones de amor para alguien que nunca las podrá leer, porque entra al baño de a lado. Peticiones a Dios, o deseos frustrados... Sobre cualquier tema han escrito algunas mujeres en los baños públicos.
En el viernes disfrazado de sábado, pasé un rato entretenido leyendo los dos libros de bolsillo de la argentina Silvana Castro (Buenos Aires, 1960). Aunque no me gustó que la autora haya presentado las frases con letras de diferentes tipos y tamaños, porque eso resulta molesto para la lectura. Me hubiera gustado que comentara algo sobre el contexto de cada baño público que visitó. Asimismo, y ya que la autora respetó la ortografía original, el lector puede percatarse que las argentinas, a pesar de tener un nivel de lectura muy superior a las mexicanas, igualmente tienen muchas faltas de ortografía, incluso en los baños de las Universidades.
Entonces aunque pinten y repinten las paredes de los baños públicos siempre habrá alguien que quiera expresarse libre y sin censura. El anonimato siempre ayuda, porque como garabateó una mujer en el baño de una Facultad de Economía bonaerense: “Los que escriben en los baños, son poetas de ocasión, porque encuentran en la mierda su mayor inspiración”.

Los revolucionarios no sonríen

Eran los días en que el río Nazas corría como niño
haciendo damnificados; días en que la desconfianza se convirtió en necesidad. Tiempos de historias de crueldad. Eran los días en que los poseedores de coches de lujo sentían que su vida peligraba porque la marca se transformó en provocación. Mañanas de albañiles levantando muros que cubrían las fachadas de las casas. Muros temerosos que procurando encubrir el interior, en realidad lo revelaban; habían obtenido la señal de la tentación. Paredes altas que cambian la visión de las colonias, de la ciudad y del pensamiento. Días de confusión en que no sabíamos si todas las historias, contadas con gesto alarmante, realmente sucedían o correspondían a los inventos de la sicosis colectiva. Todo eso me había revuelto el cerebro y entonces contradije a mi instinto para no seguir hablando siempre de lo mismo. Comidas, cafés y helados monotemáticos. En verdad deberíamos buscar ideas nuevas, y poner atención en el espejo retrovisor no únicamente para buscar maleantes, sino para conocernos a nosotros mismos. ¿Podríamos ver nuestro pasado histórico con claridad? ¿Podríamos entender lo que nos sucede? Ojalá. Mientras tanto, no quiero seguir hablando de lo mismo. Habrá otras imaginaciones; buscaré en las ilusiones perdidas o en las curiosidades no exploradas.
Entonces digo: Eran los días en que por toda nuestra ciudad aparecieron infinidad de caras sonrientes (y algunos cuerpos enteros). Se trataba de los candidatos a diputados locales. Y aquellos rostros me producían tantas dudas: ¿Por qué sonríen cuando por todos lados el panorama es de desconfianza? ¿No sabrán que sus fotografías no son bien acogidas por la gente? Sin embargo, al ver tanto poste y espectacular sonriente, la pregunta que más me removía la conciencia era: ¿Desde cuándo comenzó esa absurda costumbre de fingir felicidad?, es decir, de sonreír al retratarse. ¿Desde cuándo fue el mandato de digan “chis”, digan “güisqui”…? En los inicios de la fotografía, y en la primera mitad del Siglo XX, solamente se decía: “pajarito, pajarito” para que la gente fijara la mirada en la lente de la cámara fotográfica. El resultado era una copia de una partecita de realidad. Y qué agradable resulta ver fotos antiguas; observar aquellos rostros y caer en cuenta que en las primeras fotografías la gente posaba sin sonreír. Son hermosos esos retratos de quienes no tenían una sonrisa exprés. Así, se podía valorar la personalidad del retratado con sólo mirar la imagen.
Luego entonces encuentro la ocasión para buscar fotografías en blanco y negro y retratos al óleo a todo color de más allá de cincuenta años, y veo caras atormentadas, alegres (sin sonrisas), sabias, idiotas. Gestos adustos, enojados, satisfechos, brillantes y pícaros, pero rara vez sonrientes. Porque hasta la sonrisa de la Gioconda me parece más bien una mueca desdeñosa. Creo que hemos perdido mucho de autenticidad en la fotografía actual; una máscara que intenta decir: “Soy tan feliz y además soy bonito”. El fotoshop retoca todo. Y más aún, inventaron una cámara fotográfica que capta automáticamente la imagen al momento en que los que posan fabrican una sonrisa.
Recuerdo que alguna vez, en las fechas cercanas al 20 de noviembre, aniversario de la Revolución Mexicana, en el periódico aparecían imágenes de personas disfrazadas de revolucionarios, y escuché: “Mira, parecen de verdad: el Zapata, el Villa y la Adelita”. A lo que mi papá respondió: “No es cierto. No parecen revolucionarios. Los revolucionarios no sonríen”. Y sí, no imagino sonriendo en un retrato a Nietszche, Beethoven, Mozart, Kafka o Joyce. Es verdad, los verdaderos revolucionarios no sonríen.
Ciertos científicos aseguran que el hombre es el único animal que sonríe. Aunque yo diría que es el único que sonríe sin razón alguna. Ni un gato ni un perro fingen sus estados de ánimo, y es que para nosotros es facilísimo: se estiran las comisuras labiales hacia los lados y hacia arriba (se puede mostrar o no la dentadura), y luego se toma la foto. lopgan@yahoo.com

martes, 25 de agosto de 2009

Deflación


Veo a Carstens en televisión, habla de inflación e infecciones respiratorias. Imagino que alguien le da un pinchazo en la región periumbilical, entonces él se eleva pintando inversa y cursivamente letras e en el aire. Cae, da tres rebotes, y queda tirado en el suelo, hecho un alfeñique. Entonces sí, todos hablan de deflación. (La caricatura es de Alan Rodríguez de Sonora)

lunes, 24 de agosto de 2009

Literatura y enfermedad


Quizá la locura que describe Miguel de Cervantes en El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, encuentre nombre en la siquiatría como una sicosis paranoide en la que predominaban las alucinaciones visuales y auditivas. Una sicosis que logra contagiar a su escudero Sancho Panza. Algunos dicen que todo médico debería leer la máxima obra de Cervantes para estudiar medicina. Así, si queremos saber los remedios en los tiempos de los caballeros andantes, con don Quijote seremos testigos de que las heridas eran curadas con romero, sal y vendas engrasadas. Sabremos que las sangrías (con sanguijuelas o con la incisión en una vena) eran remedio para casi cualquier enfermedad, y al decir “eran remedio”, me refiero a que se usaban de medicina, pero que sólo daban alivio a unas cuantas enfermedades como son la hipertensión y la policitemia. Igualmente en esta novela se puede apreciar cómo se describe la muerte por insolación cuando el autor refiere al joven Antonio muerto de amor, cuando en realidad de tanto llorar se deshidrató ayudado por quedarse tirado en el llano bajo el ardiente sol.
Podemos aprender sobre el escorbuto y el cólera en la novela El amor en tiempos del cólera, y allí mismo ser testigos de las medicinas usadas por el doctor Juvenal Urbino: Bromuro de potasio para levantar el ánimo; gotas de cornezuelo de centeno para los vahídos y belladona para el buen dormir. Y si queremos saber todo sobre la tuberculosis, existen dos tratados sobre ella, la primera y más extensa: La montaña mágica, del alemán Thomas Mann, y la segunda, La Dama de las camelias, de Alejandro Dumas, aunque allí el hilo conductor no es la enfermedad, pero sí encontramos una buena representación de la patología y el tratamiento que en esos tiempos se centraba principalmente en estar en lugares ventilados y muy soleados, ya que el bacilo de Koch, causante de tuberculosis, es sensible al sol.
En fin, la medicina es un tema recurrente en la literatura. Y ya que están de moda las epidemias y que infinidad de artículos periodísticos han mencionado La peste, novela del argelino Albert Camus (1913-1960), me sentí motivada a leerla. En ella pude constatar que para estudiar la peste bubónica no hay mejor libro que éste (a pesar de que esta novela, según su biógrafa, Paloma Blanco, es una alegoría de la invasión alemana a Argelia). La historia se desarrolla en los años 40 del siglo pasado en Orán, Argelia. La narración da inicio con la muerte de miles de ratas por el mal que les fue transmitido por la pulga que aloja la bacteria Yersinia pestis, causante de la peste bubónica y pulmonar. Después de que mueren las ratas comienzan a morir los humanos, llegando a fallecer hasta noventa en un día. Al principio los entierran en ataúdes, después en fosas comunes y, como nada es suficiente, otros van a los hornos crematorios. Igualmente muestra el desarrollo de la enfermedad, la descripción de signos y síntomas como la fiebre, la aparición de los ganglios inflamados o bubas, y cómo éstos son operados. Desde luego la epidemia de peste bubónica o peste negra nada tiene que ver con nuestra epidemia de influenza humana. Sin embargo, Camus describe cómo la comunidad se divide ante un hecho así: los indiferentes que no se enteran que existe la epidemia, los abusones que hacen negocio de la tragedia, los alegres que desafían la enfermedad, las autoridades y las reuniones que tienen para decidirse o no a llamar a la peste por su nombre, la economía mermada y el aumento en los negocios ilícitos. La peste presenta, sobre todo, la lucha y el dolor del doctor Rieux por combatir la epidemia y el sufrimiento de la separación de los que se aman. Hay un pasaje muy conmovedor, y es donde el padre Paneloux y el doctor Rieux son testigos de la agonía y muerte de un niño. El padre intenta convencer al ateo doctor de la existencia de Dios, pero al no lograrlo simplemente le dice que los dos trabajan para la misma causa: la salvación del hombre, a lo que el doctor le contesta: “La salvación del hombre es una frase demasiado grande para mí. Yo no voy tan lejos. Es salud lo que me interesa, su salud ante todo”. lopgan@yahoo.com

JAIME MUÑOZ: CATADOR DE LIBROS


Cierto temorcillo me alcanza cada vez que escribo sobre autores laguneros. La timidez viene porque sé que los aludidos serán prontos receptores de mis apreciaciones. Temo pues, a no expresarme correctamente, y a que mi mirada sobre su obra no sea clara. Así me sucedió al hablar de Saúl Rosales, de Magda Madero y de Vicente Rodríguez. Sin embargo, igual que con ellos hago a un lado la quisquilla para traer ahora a este espacio Tientos y Mediciones (Breve paseo por la reseña bibliográfica) el más reciente libro de Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Dgo. 1964). Donde el autor, buen catador, prueba una treintena de libros a los que les sintetiza el aroma, el sabor, la cosecha y la robustez. Nos dice si se trata de productos secos o demasiado espumosos. Recomienda su consumo y da su veredicto sobre el grado de añejamiento que estos escritores toleraran. Nos deja claro que hay que leer algunos litros de tinta para refinar el gusto y reconocer el buen buqué.

            El escritor Jaime Muñoz Vargas es maestro (Universidad Iberoamericana), periodista y editor. Ha publicado El principio del terror (novela), Juegos de amor y malquerencia (novela), Pálpito de la sierra Tarahumara (poesía), El augurio de la lumbre (cuento) y Miscelánea de productos textuales (periodismo cultural). Ha ganado el premio nacional de narrativa joven y el premio nacional de novela Jorge Ibargüengoitia. Poco a poco está dejando la localidad, pues algunos de sus textos pasean ahora por Argentina y España.

            Esta vez, Muñoz Vargas reseña dos libros que se encuentran en extremos ideológicos, por ejemplo: en  “Arcángeles”  nos habla de los arcángeles de Paco Ignacio Taibo II, los rojos, los de izquierda, de los que Muñoz asegura fueron: “hombres que se aferraron a una astilla en medio del océano y la defendieron hasta el último buche de oxigeno. En estos días que corren uno se siente fracasado si no tiene dos tarjetas de crédito…” Luego hace una reflexión que retrata muy bien nuestro tiempo: “nosotros todos los días reímos con la desvergonzada farsa de la Excelencia, el Éxito, la Optimización, la Filosofía de la Eficiencia y de toda la selva de maravillas que solo tapan la luz y matan de indigencia mental y física, al género humano”. Más adelante nos lleva a la derecha con Vargas Llosa en “Lenguaje de la pasión” del que el lagunero opina: “Vargas Llosa sólo parece encontrar la felicidad del hombre en el mercado y la sociedad abiertos, y de la socialdemocracia para abajo, a todo lo considera peligrosa enfermedad. No faltan aquí, eran de esperarse, puyazos al endemoniado Castro”. El catador parece no estar de acuerdo con las doctrinas de Vargas Llosa, sin embargo no le regatea el reconocimiento a su talento  y lo marca con sello de garantía de “una prosa que raya en lo perfecto”.

            En éste menú hay, especialmente, dos sugerencias que desee salir a comprar. La primera se trata de Tierra Santa, poesía de Alda Merini, italiana que vivió veinte años en un manicomio: “la opresión de una alma que se niega a las ataduras…” La otra es Segundo diario mínimo. “Humor ecológico” le llama Muñoz, ecológico por Eco, Umberto Eco, otro italiano, el de El nombre de la rosa. Se antojan muy divertidos los textos periodísticos de Eco.

            Tientos y mediciones es un libro de portada azul nostalgia, (bueno, la nostalgia la da la viñeta de una vieja máquina de escribir Smit&Corona hecha por Gerardo Suzán). Es un texto de abordaje fácil, donde se muestra una prosa madura, sin aspavientos. Al leerlo se tiene la convicción de que el autor está libre de duda, pues avienta la primera palabra ―y la última― en forma muy segura, toma los vocablos sin prejuicios, no importa si son gastados o desconocidos. Un ejemplo: la frase “llenar el boquete”. Boquete, palabra ordinaria, pero que sirve para evadir el lugar común de “llenar el vacío”. Después puede recurrir a léxico poco conocido como cuando dice: “alguien ripostará” donde se intuye que el significado de ripostar es responder, reclamar, o cuando expresa: “guardan en la faltriquera” se entiende que guardan en la bolsa o en cualquier escondite, no importa. Así que, no se crea que Tientos y mediciones es una lectura que necesite el diccionario a lado, de ningún modo. Las ideas vienen claras. El uso de palabras poco gastadas sólo le dan brillo a la prosa.

            Tientos y mediciones fue concebido para fines didácticos, pero ese objetivo fue rebasado, pues como dijo Vicente Rodríguez: “En este libro Jaime Muñoz mató seis pájaros de un tiro, o mejor dicho de un tiraje”. La primera aportación  es sin duda la enseñanza. Paso a paso el autor nos muestra el mejor camino a seguir para escribir una reseña bibliográfica. El muestrario incluye treinta obras que van desde la filosofía de Savater hasta el futbol de Maradona. Camina entre la poesía de Guillén o los cuentos de Borges. Seguro es que la literatura de Jaime Muñoz aguantará el añejamiento. 

Tientos y mediciones. Breve paseo por la reseña literaria, Jaime Muñoz Vargas, UIA/Icocult/Gobierno de Coahuila. Torreón, 2004. 181 pp.