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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. El peor de los pecados es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016 y 2017. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en diversas revistas nacionales y libros colectivos. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales; es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón, UA de C. y estudió la Maestría en Apreciación y Creación Literaria en Casa Lamm en la Ciudad de México.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

JÉSSICA A LA KITSCH



El 1º de noviembre de 2011 dentro del 2º. Festival del Libro y la Lectura del Teatro Isauro Martínez, fue presentada la novela de Rosa Gámez Reyes-Retana: Jéssica a la kitsch. En la mesa estuvimos la escritora Lidia Acevedo, la autora y yo.
Jéssica a la kitsch es una obra concebida desde un narrador omnisciente que nos habla con un lenguaje sencillo, pero que en ocasiones se vuelve un poco técnico con el uso de palabras que comúnmente vienen de los médicos o sicológicos. Esto nos confirma la profesión de sicóloga de la autora. Jéssica a la kitsch es una historia contada en tiempo lineal, con una sola regresión temporal a través del recuerdo del personaje principal, pero siempre relatada en tercera persona. Se desarrolla en un ambiente de pueblo por lo que hay allí encontramos retratos de caminos pedregosos, de pozos de agua para la agricultura y en general, hallaremos la recreación de la vida de personas que están en pequeñas comunidades pero que se desenvuelven con holgura económica y que tienen cierto estatus social. Es una novela corta que mantiene la tensión en la trama principal. Infunde curiosidad al lector, por lo que se lee en una sentada.
El título del libro resultó ser un gran acierto porque muestra la mirada de la autora sobre la historia y de cómo fue concebida. Ello lo corrobora el prologuista de la novela, Jaime Torres Mendoza quien escribió: “Abordar un texto literario desde una de las estéticas de artificio, como lo es el kitsch, es una audacia que representa un riesgo; el más significativo, caer en el lugar común y quedarse atrapada allí”. Sin embargo. Asegura que la autora: “corre el riesgo de transitar por el melodrama, casi telenovelero, aun a sabiendas de que el precipicio está a la vista”. Pero aclara que “Era necesario plantearla así para encontrar en la obviedad exagerada la verdad del drama que viven los personajes con la auténtica conmoción que deja la tragedia”.
¿Por qué Jéssica se nos presenta a la kitsch? porque la protagonista pretende la felicidad y la belleza a través de la posesión y porque es kitsch viviendo en una época pasada; ella borda con esmero su vestido de novia y sufre al pensar que su futuro esposo se dará cuenta de que ha entregado su virginidad a otro. La joven es, en apariencia una mujer inocente, se dedica a las cosas que cree que son propias de su sexo, pero la narración nos muestra cómo la naturaleza sexual se impone aun en la más casta de las criaturas. “Jéssica sentía que desfallecía cada vez que su cuerpo experimentaba los ardores envolventes de la sexualidad…” apunta la autora. De manera que El manual de Carreño, aquél de las buenas maneras, citado en la novela, no alcanza para detener los impulsos del cuerpo.
Esta novela describe a la mujer que está desapareciendo de nuestra sociedad. Ya no existirá más una Jéssica que con ilusión borde un traje de China poblana hecho de chaquira, lentejuela y canutillo que estrenará un día de fiesta nacional. En la portada del libro ésta el dibujo de una mujer que no sabemos si intenta cubrirse el rostro o está mostrando sus uñas pintadas. Sin embargo, al leer el libro sabremos que ella guarda un secreto y que todo lo que siente, lo siente es un secreto. Primero hay que cubrir las apariencias y cumplir también con las obligaciones de esposa: “Roberto la abrazó, busco su cuerpo con vehemente pasión, la poseyó, pero ella, realmente no disfrutó de su apasionamiento y se dejó llevar como una autómata, desposeída de toda sensibilidad de toda simpatía entre ella y él, y respondió como un ser que cumple con una obligación, para no herir a su pareja, pero nada más”. Allí está la esposa que se conforma y el hombre de la casa hace planes sin tomar en cuenta a su mujer. Pero, el destino, en un momento inesperado, frustra cualquier plan.
Felicito a la escritora Rosa Gámez Reyes-Retana por esta nueva publicación, y le manifiesto mi admiración por su entusiasmo incansable.
Jéssica a la kitsch, Consejo Editorial del Estado de Coahuila, 2010. Rosa Gámez Reyes-Retana.

sábado, 10 de diciembre de 2011

CARTA A UN LECTOR




Estimado Sr. Raúl Calzada Pedroza:
A veces recibo mensajes de los lectores, pero nunca uno como el suyo. La carta que me envió es especial porque las opiniones de quienes me leen siempre llegan a la computadora, en cambio la suya llegó en papel y tinta. Usted se tomó el tiempo y el trabajo de escribir a máquina una carta para llevarla a las oficinas de El Siglo de Torreón. (Tal vez uso una máquina de marca Lettera, Olivetty, Brother, o quizá una Remington). Me dio mucho gusto recibir sus palabras de esa manera. Me dice que es usted jubilado del Servicio Postal Mexicano; que trabajó de cartero durante treinta y dos años, ello me hizo pensar que usted sabe muy bien que recibir cartas es, generalmente, una cuestión de alegría. Imagino que más de una vez le tocó ver una sonrisa al entregar un sobre. Imagino que esos treinta y dos años pedaleó una bicicleta que cargaba cerca de los manubrios una gruesa valija de cuero, repleta de papeles con destinatario y remitente. Seguramente muchas veces entregó un sobre con sellos y estampillas a una señora que traía en sus manos una escoba porque recién había regado y limpiado la calle, o algunas veces vio salir corriendo a una mujer o a un niño en respuesta al sonido del silbato que, inconfundible, anunciaba noticias de familiares en la lejanía. Con seguridad, también, tuvo que alejar a patadas a uno que otro perro. He reflexionado sobre lo difícil, pero también divertido, que debió ser dedicarse a este oficio. Supongo que fue difícil por el peligro de ser atropellado y el sol de nuestra tierra, o por las veces que sintió la lluvia (de tierra o agua). Sin embargo, andar en bici trae cierta sensación de libertad y además pienso que de vez en cuando --y sin querer— podía leer en alguna tarjeta postal un “Te extraño” o “Un siempre tuyo” y observó en el sobre un beso pintado con lápiz labial rojo, muy rojo. Pero, todo aquello ya se fue. Los carteros de hoy ya no representan romance porque ahora casi sólo traen las cuentas por pagar y publicidad.
Su carta fue en respuesta a mi artículo de "El baile de los viejitos". Usted me cuenta que tiene setenta y cuatro años de edad y que baila todos los ritmos que toquen; eso es muy bueno para mantener la salud. He observado a los bailadores de la Plaza de Armas y nada más de verlos contagian su alegría. Le platico que hace unas semanas por causas ajenas (que no contrarias) a mi voluntad fui a un baile de jóvenes, digamos, entre 18 y 24 años de edad y pude darme cuenta que ellos tienen muy limitada su música, tanto, que me asombraba que la repetición incansable de dos notas provocara los más extraordinarios y variados movimientos. En el baile de los de la tercera edad es diferente, tocan todos los ritmos y bailan hombres con mujeres, aunque ocasionalmente se acompañan dos señoras. Los de la primera edad, en cambio, rara vez bailan en pareja, ellos lo hacen todos contra todos. Claro, bailar de dos en dos tiene su encanto, pero la juventud de hoy es más libre. Especialmente las mujeres ya no tienen que sufrir la humillación de depender de que alguno “las saque” a bailar, asimismo, los hombres no se exponen al rechazo, al menos en el baile. Lo malo de los de la primera edad es que bailan y toman alcohol al mismo tiempo, y además cantan canciones indescifrables para mí; es increíble su malabarismo y capacidad que tienen de poner atención a tantas cosas a la vez. Tal parece que necesitan saturar todos los sentidos. Los de la tercera edad, en cambio, toman su ritmo sobrios y relajados, unos sonrientes, otros con verdadera solemnidad.
Como le decía, me dio alegría recibir su carta y ya que no traía dirección a donde contestar, pues decidí hacerlo por este medio. Hace algunos domingos me di la vuelta a su baile y me dio mucho gusto ver que estaba muy concurrido y de que ese día (noche) no estaban cobrando. Creo que ya no lo hacen.
Bueno, señor Calzada, me despido en espera de que siga disfrutando esto de sacudirse los años con música.
Gracias por decir lo que me dice. Reciba un afectuoso saludo.
Angélica

sábado, 26 de noviembre de 2011

VIAJE A LA ADOLESCENCIA

Esa mañana de octubre, Eduardo (mi esposo) y yo nos habíamos contado nuestros sueños. Él dijo que había hecho no sé qué disparate. Sorprendida, pregunté qué cuándo. Él contestó: “Hace un rato, antes de que sonara el despertador”. En ese momento yo tenía una pesadilla—le dije-- Soñaba que había sido nombrada responsable de arreglar todos los baches de la ciudad y que me sentía angustiada hasta el sofoco porque ésa era una empresa imposible. En la pesadilla los torreonenses, sentados en nuestros automóviles, estábamos condenados a zarandearnos y proferir maldiciones por toda la eternidad.
Más tarde, subimos al coche y tomamos la autopista rumbo a Saltillo. El tibio sol me reconfortaba junto con la vista del cielo sin nubes y el paisaje de cerros y palmeras torcidas por el viento. Veía el semidesierto y algunas palomillas estrellarse contra el parabrisas. Al frente, la autopista parecía sin fin. Eduardo y yo platicábamos del cáncer del presidente Hugo Chávez y de que padecía esquizofrenia de la que, según un periodista, el venezolano entraba y salía. Luego cambiamos al tema de siempre, hablamos de la estirpe cruel que se ha multiplicado y ha ensangrentado el país. Entonces, pregunté, ¿y si es verdad que Dios no existe?. Eduardo trajo unas palabras del genetista estadounidense Francis Collins que en su libro El lenguaje de Dios asegura que hay bases racionales para creer en un Creador y que los descubrimientos científicos acercan al hombre a Dios. Puso un ejemplo que escribió Collins: “Nadie que se encuentre un reloj en el desierto puede dudar de que ha sido construido por un experto relojero. Nadie puede pensar que es producto de la evolución. Sin embargo, cuando nos topamos ante la perfección de los organismos y en general del Universo siempre es fácil pensar que se hicieron solos y no que alguien los creó. Pero hay tal belleza y perfección en el Universo que no puede ser producto de la casualidad”. Le recordé la Teoría de la Evolución darwiniana, y que no se explica por qué en los libros de genética médica cunado describen una mutación cromosómica siempre resulta ser una enfermedad para el individuo que tiene alterado el código genético. ¿Por qué la evolución debería de ser contraria? ¿Por qué cambios aleatorios en el genoma darían organismos superiores? Los libros científicos no explican este fenómeno, al menos no en animales. En fin, continuamos conversando y disfrutando el camino, hasta llegar a la capital coahuilense.
En Saltillo me di cuenta que existían pocos baches y que me gustaba mucho la ciudad. Mientras mi esposo se iba a trabajar, me dirigí a saludar a Erika Flores la encargada de la Pinacoteca de la preparatoria Ateneo Fuente (lugar donde fui estudiante). Ella recorrió conmigo la exposición de pinturas. De algunas tenía recuerdos vagos, como la del toro, aquél que desde cualquier ángulo parece observar al espectador; un óleo pintado por F. Mas. Vi pinturas de: Miguel Cabrera, Saturnino Herrán y Rubén Herrera. También una escultura de la Venus de Milo de autor anónimo; los retratos de Manuel Acuña, Ramos Arizpe y Juan A. de la Fuente pintados por Antonio Ma. Costilla. Observé las copias perfectas de obras de Velázquez, El Greco, Rubens y Rembrandt. Me llamó la atención el retrato de Sor María Ágreda, escritora y Santa que tenía el don de la bilocación. Yo escuché dislocación y pensé que a voluntad podía desarticularse el hombro o la cadera; pero la bilocación es la capacidad de estar en dos sitios a la vez. Después, traté de bilocarme pero no pude, por eso mejor vagué caminando por mi antigua escuela: la biblioteca ya sin sus largas mesas, el museo con el oso grizzli disecado, los mismos álamos y cipreses en los jardines, el mismo piso, los estudiantes tirados en los pasillos. Casi todo intacto a mi recuerdo de hace treinta años. Por eso tuve la sensación de que me mudaba a mi adolescencia.

Eduardo y yo nos reencontramos cuando el sol pintaba el poniente de colores. Regresamos a casa entrando por las calles saltarinas de Torreón.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

TAN TONTO

Me gustaría escribir sobre los temas más interesantes, qué éstos dejaran reflexionando al lector, qué lo hicieran reír o llorar, que lo sorprendiera, que le provocarán rabia, qué fueran lo más emotivos posible.Qué lo excitáran, Qué fueran lo que fueran, pero los más… Sin embargo, las dificultades para lograrlo son infinitas. Eso trae como resultado cierta frustración. Desde luego, existe una forma infalible de eludir el fracaso y esa es dejar de aspirar a un hecho que, por más que uno se esfuerza, no logra alcanzarlo. Entonces, para solucionar el problema hay que soñar con la meta contraria. Así puedo dejar de buscar temas importantes y en cambio dar prioridad a las insignificancias. Por eso esta vez decidí que lo mejor que me podría pasar es que se me ocurriera una buena estupidez y escribir sobre eso. Pero, ¿cuál es el tema más tonto del que puedo hablar? La dificultad prácticamente es la misma que si busco el texto más atractivo. Todos pensarán que escribir sobre un asunto de lo más papanatas es fácil, y pudiera ser, siempre y cuando no sea intencionalmente. Porque la mayoría de los casos creemos que estamos tratando ideas trascendentes y es sólo autoengaño porque terminan siendo tonterías. El lío surge cuando al escribir uno se pone pretensioso y quiere torcerle el cuello al lector para que, aunque sea una bobería lo que lee, le den ganas de seguir pasando sus ojos hasta el punto final.
De manera que he estado buscando cuál sería el fondo más absurdo. Créanme es tarea difícil. Me propuse, por ejemplo, hablar de los métodos que tienen los adolescentes para exprimirse los barros y espinillas ante el espejo: con los índices, con los pulgares, con el índice y el pulgar de la misma mano, con pañuelo, sin pañuelo, recomendar la circunferencia exacta en donde habría que ejercer la presión perfecta para evitar que en lugar de expeler la mezcla de células muertas y bacterias se hundiera más. E igualmente, hablar del antes y el después de la operación y los estragos en la apariencia de la cara del muchacho desesperado, que queriendo verse bien, termina lleno de volcanes en erupción. Me desanimé, porque eso no sólo era una idiotez sino que resultaba ser una porquería y porque ahora hay muy buenos tratamientos para el acné. Además, es una práctica que los dermatólogos no recomiendan. Es un tema bobo, no hay duda, pero estaba segura de encontrar otro que lo superara.
Luego se me ocurrió hablar de la incomodidad que a veces se siente al saludar a otros. Sí, “sobre la incomodidad de saludar a extraños”. Más personas de las que se imaginan les incomoda saludar a otros que no conocen, especialmente en las reuniones sociales y a pesar de que se trate de seres muy sociables, siempre hay alguien que prefiere llegar temprano a las fiestas para no saludar a uno por uno a la legión. Los hay que eligen irse a escondidas de la fiesta para no despedirse de los demás. Cuántas personas fingen hablar por teléfono celular, únicamente para evitarse el, ¿hola, cómo estás? Todo debería de ser más natural, pero no. Quizá nos besuqueamos demasiado y ese sea el problema. No me molestan el beso en la mejilla, pero a veces no sé a quién saludar así, ya que hay personas a las que no les gusta o que temen a los virus o las bacterias. Y hacen bien. Ese asunto tampoco me dio para mucho.
Entonces se me ocurrió que hablar de las termitas que invadieron el marco de la sala de mi casa podría ganar el premio a la estulticia, ¿ustedes podrán creer que pegué la oreja a la madera sólo para escuchar cómo las desgraciadas y panzonas termitas no paraban de zamparse la madera a cualquier hora del día y la noche. Se oía el maldito crujir de dientes. Hasta que vino un señor a llenar de agujeros la casa.
Total, no supe cuál de todos mis temas era él más bobalicón. No obstante, no me importó. Quería olvidarme y evadir el asunto más impactante de nuestro país: la gente está perdiendo la cabeza, en todos los sentidos posibles. Los mexicanos somos seres que caminamos sin cabeza porque éstas se han ido con las que se les salió la sangre.

sábado, 29 de octubre de 2011

POESÍA Y MÚSICA DE SAÚL ROSALES




El 20 de septiembre en el museo Arocena leí el siguiente texto con motivo de la presentación del libro del maestro Saúl Rosales Poesía de la música grande, acompañé al autor y a la maestra Natalia Riazanova. Hoy, la revista Siglo Nuevo publica parte de esta reflexión. (Foto cortesía de Graciela Guzmán)Aaron Copland en su libro Cómo escuchar la música señala que con frecuencia las personas que escriben sobre música son músicos frustrados. Sin embargo, creo se puede hacer la diferencia entre un músico frustrado y un melómano puro o auténtico; el primero se enoja o se queja cuando detecta alguna imperfección en la ejecución de una obra, en cambio el segundo disfruta, incluso, los pequeños errores que pudieran existir en un concierto (desde luego, estoy hablando de interpretaciones profesionales, de aquéllas que ante todo guardan fidelidad a las partituras). El melómano auténtico puede apreciar ciertos desatinos en alguna ejecución pero lejos de hacer alharaca o alterarse por ello, reconoce que la emotividad del artista a veces presiona demás una tecla o alarga un poco más el arco sobre la cuerda. Saúl Rosales en su libro Poesía de la música grande nos demuestra que es un melómano auténtico, él ama a la música y se deleita en ella desde la contemplación auditiva, porque aun siendo capaz de detectar diferencias en las notas de una grabación y los de una interpretación en vivo, siempre deja ver el gran placer que significa para él escuchar música.
En uno de sus artículos que tituló: “Concierto de guitarras dionisiacas” habla de la presentación del cuarteto de guitarras clásicas Andrés Segovia y explica los extremos entre las personalidades apolíneas y las dionisiacas, dice: “En el juego de dualidades, la personalidad dionisiaca goza los placeres sin contaminar su disfrute con racionalizaciones; en el lado opuesto, las personalidades apolíneas necesitan aplicar el conocimiento para completar el disfrute de lo placentero”. Así, aunque la conducta del maestro Rosales como oyente musical tratará de ser dionisiaco, pero en el desarrollo de su libro podemos comprobar que Apolo está muy presente en los juicios sobre cada una de las obras que describe.
Poesía de la música grande es un documento que permite constatar que aquí en Torreón, a partir de la creación de la Camerata de Coahuila, ha ido creciendo la importancia de la música a la que llamamos clásica, culta, seria, o de concierto pero que el maestro Saúl Rosales prefiere llamarla “música grande” por lo que escribe en el prólogo: “Este libro es un homenaje a la música grande, fugaz visitante del éter, que se entrega a los oídos como sonidos órficos y a quienes le dan vida”. Y en efecto con esta obra se festeja a los músicos de La Camerata de Coahuila, a su director maestro Ramón Shade, que en cada concierto entrega su capacidad y sensibilidad, a los que nos visitan a manera de partitura y a los músicos invitados que han venido a mostrar su talento. Reconoce el privilegio que tenemos en la Comarca de que hayan llegado músicos extranjeros a enriquecernos. Entre todos ellos destaca la presencia de Natalia Riazanova, “nuestra Natalia” como la llama el autor. De la maestra Riazanova recuerda que ella, violinista y directora rusa, estrenó aquí en México, y en Torreón, varias obras de su compatriota Dimtri Shostakovich. Igualmente, nos hace ver el brillo de Uliana Akátova, pianista rusa compañera de CD de Natalia. Habla también de otra rusa: Tatiana Marouchak que con su voz soprano nos acerca a poetas como Pushkin y a otros autores anónimos. De ella resalta la interpretación de “La Reina de la noche” de La Flauta mágica de Mozart.
Esta obra reúne sesenta y tres artículos publicados, en su mayoría en El Siglo de Torreón, casi todos en los años 1996 y 1997. Se trata de las crónicas de conciertos especialmente de la Camerata de Coahuila pero también da testimonio de otras presentaciones. Resulta atractivo percatarse de que en varias ocasiones el autor habla de la promesa del concierto y de su experiencia al escucharla en grabaciones, para después darnos sus impresiones de la interpretación en vivo. En Poseía de la música grande podemos apreciar asomos a las biografías de los compositores, así también se hace manifiesta la especial admiración que tiene el escritor por Beethoven no sólo porque es uno de los compositores más interpretados por la Camerata, sino porque en el sordo de Bonn está presente la manifestación del dolor trasformado en belleza a través de las notas.
Con este libro podemos dar cuenta que en Torreón se toca música no sólo de Mozart, Beethoven, Bach o Vivaldi sino que hemos podido apreciar a Schubert, Gluck, Bartok, Ginastera, Britten y a compositores mexicanos como Moncayo, Chávez y a músicos contemporáneos como el maestro Manuel de Elías quien ha compuesto para la orquesta coahuilense.
La música es el arte más completo. Es el único que en el mismo momento puede contener todas las emociones y en él se pueden fundir todas las artes. Baste ir a cualquier ópera. La pintura, escritura o escultura, son artes que pueden ser creados por un solo artista. En cambio la música para lograr ser necesita mínimo de dos: el compositor y el intérprete. Un compositor de música imaginará la conjunción de ciertos sonidos en espera de que otros artistas puedan ser fieles a su creación. Igualmente el intérprete se completará con el compositor. Aunque sabemos que muchos grandes compositores han sido también sobresalientes instrumentistas como Mozart, Beethoven y quizá el más famoso sea Paganini. No obstante, la trascendencia de la música siempre irá acompañada de los buenos ejecutantes y directores.
Felicidades al maestro Saúl Rosales por esta nueva aportación a las letras, por fomentar y dar testimonio de la música grande en nuestra región.

sábado, 15 de octubre de 2011

EL BAILE DE LOS VIEJITOS


Este texto no se trata de “La danza de los viejitos”, aquélla del folclor michoacano. No es ese divertido zapateo donde los bailarines simulan ancianidad con cuerpos encorvados y máscaras narizonas y de gran mentón. Se trata de un baile torreonense en el que los viejos son auténticos y no fingen nada.
Cada tres semanas, en sábado, voy a la Plaza de Armas. Acompaño a mi esposo a que lleve sus pares de zapatos a bolear. Alrededor de las 6 y media de la tarde quedo sentada en un banco de madera cercano al señor lustrazapatos. Mientras él hace lo propio yo alzo la mirada al frente. Me topo con el hotel que tiene las ventanas de las habitaciones abiertas hacía la avenida Morelos, alcanzo a ver uniformes de policías colgados y a veces a uno que otro policía sentado en la cornisa en postura aburrida o triste; no distingo la diferencia porque es lejos. Si veo al cielo encuentro palomas que en las tardes de más calor dan la impresión de volar lentamente. Cuando los grados centígrados son de más cuarenta todo se pone aletargado. Mis ojos llegan a la visión cercana. Veo otras palomas en el piso buscando comida, también hay gente caminando y otros más que toman una agua celis en un estanquillo. Recuerdo que hace muchos años algunas veces llegué a tomar esas extrañas limonadas, ahora no se me antojan porque la memoria me trae un sabor a limón pasado. Podría decir que nunca conoceré una agua celis hecha con un limón saludable.
Luego, mi mirada topa con una revista que en la portada parece inocente pero al abrirla es francamente pornográfica. El señor que limpia los zapatos me quiso prevenir con un reojo que gritaba: “No la vea”. Dejo rápidamente a las encueradas en su sitio. El banquillo donde estoy sentada es para señores, me queda claro. Otras veces al menos encuentro a El libro vaquero o el periódico amarillo. Esta vez no leeré literatura que sólo allí puedo ver.
Me fijo que el baile de los de la tercera edad está concurrido como siempre. Ahora no se oye el señor que grita: “Por favor, no se permite a jóvenes ni a borrachos bailar. Esta es una diversión sana para las personas de la tercera edad”. Sin embargo sucede algo extraño; las parejas no están bailando “Fue en un cabaret”, “Carmen, se me perdió la cadenita”, “Mambo No. 5”, y otras cumbias, chachachás y rocanroles. ¿Acaso únicamente vinieron a escuchar? Sólo unos pocos le ponen ritmo al cuerpo. Entre las parejas veo a un señor que nunca falta y que se parece a Rigo Tovar trae lentes oscuros y el pelo largo, de su cinturón cuelga una larga leontina que termina escondiéndose en el bolsillo del pantalón, baila con una rubia llena de exuberancias, no se parecen a las de la revista que acabo de aventar, pero de cualquier manera exuberancias se llaman. Me fijo que ambos traen un pequeño moño incrustado en la manga. Le pregunto al señor del puesto de tinta fuerte el porqué de éste y me dice: “Es que ahora les cobran cinco pesos por bailar, porque el Municipio ya no quiere pagar el sonido, entonces por eso traen distintivo. Cada día el listón es de diferente color para que no hagan trampa”.
No sé si el cobro en el baile de los viejitos de la Plaza de Armas dependa del Municipio ni sé si seguirán poniendo sus moños. Lo cierto es que me parece un acto miserable, ¿por qué cobran, si siempre ha sido una diversión gratuita? Pues aunque no lo crean hay parejas que no traen los 10 pesos del derecho de pista, por eso se quedan bailando nomás de los ojos. Desde luego, la cuota no es grande, pero si se toma en cuenta que se trata de personas que, en el mejor de los casos, reciben una pobre pensión y sumando el precio del camión y el agua fresca que hay que tomar porque de otra manera se insolan, entonces el costo del recreo aumenta. Llegué a pensar que ahora que los árboles están tan calvos y que el calor enferma, no les vendría mal un toldo. Claro, eso sería demasiado. Ojalá que al menos dejen de venderles listones para que los viejitos sacudan la osteoporosis.




sábado, 1 de octubre de 2011

ADICTA A LA COMPASIÓN

Confieso que fui adicta a la compasión. Me di cuenta de este problema desde niña. No entendía por qué me causaba tanto dolor ver a cualquier ser vivo en estado de desventaja. Llegué a llorar por un perro callejero que no me dejaron llevar a casa. Nadie puede imaginar mi sufrimiento. Recuerdo que cuando tenía seis años vi a una niña ciega caminar al lado de su madre y muchísimas noches estuve rogando a Dios para que le devolviera la vista. Por supuesto siempre con el corazón estrujado. En fin, estoy llena de historias, algunas jamás me atreveré a contar. He sentido pena ajena hasta en situaciones absurdas; una vez estaba en un concierto de música clásica, en un momento, la pianista se quedó paralizada porque olvidó las partituras. Como si fuera yo la olvidadiza, tuve que disimular mi shock emotivo, y que decir de la vez que en el ballet, la primera bailarina, se acostó involuntaria y violentamente en el piso; un sudor frío me recorrió la espina dorsal y al día siguiente aún me sentía extraña.
Empecé a darme cuenta de que el problema era grave cuando mis hijos, abusando de mi condición compasioncólica, acudían conmigo con sus ojos suplicantes y terminaba quitándoles el castigo que bien se habían ganado. La compasiva y su autoridad devaluada. Con los años a cuestas, intenté salirme de eso. Practiqué por ejemplo, con la señora que, aquí en Torreón, pide limosna desde hace más de 20 años. Aquella mujer de medias beige y cara de mártir, que recorre la ciudad alegando que tiene un hijo enfermo (que ahora es nieto) en el Hospital Infantil. Un día me topé dos veces con ella y aproveché para tratar de deshacerme de mi adicción. Le dije: “Oiga señora, ya le di dinero esta mañana. Usted sí puede trabajar”. La mujer contestó molesta con una palabra ofensiva de por medio dijo que a mi qué me importaba. Y me curé un poco. Hice lo mismo con el limosnero que se hace el mudo. Pero él sólo chisto.
Anduve luchando con la enfermedad, leí mucho sobre la compasión, unos libros decían que éste era un valor que nos hacía buenas personas y mejores cristianos, otros que era uno sentimiento dañino porque escondía una necesidad de sentirse superior menospreciando al otro. En conclusión no me quedó claro el grado saludable de compasión que todos deberíamos de tener, pero estaba segura que el mío no era bueno.
Sin embargo, llegó el día en que me curé. El tratamiento me costó quinientos cincuenta pesos. Cuando dejé esta adicción, el proceso duró varias horas, sentí el estómago lleno de ácido, los músculos contraídos, la mirada oscura y la conciencia obnubilada. De esta manera encontré el tratamiento: Tocó a la puerta de mi casa un señor y decidí no abrir. Una hora después, volvió al timbre el mismo. En esta ocasión sí le pregunté lo que se pregunta. Dijo que había visto que la cochera de mi casa estaba descompuesta por los cables rotos que se asomaban y que él era técnico en eso, que se llamaba no sé qué Meraz, pero que le decían “El Chino”. Me explicó el mecanismo del mal funcionamiento. El hombre era muy flaco y con mirada adolorida, se adivinaba que tenía sed. Mientras hablaba me mostraba sus palmas callosas y sucias: “Deme trabajo, soy gente honrada, ¿usted cree que estás manos son de ratero?, le cobro barato, en una hora lo arreglo, deme trescientos cincuenta y la dejo trabajando”. La compasión me llenó las mandíbulas, ¿cómo yo, una buena mujer no iba a darle trabajo a un padre al que esperaban unos hijos hambrientos? Además, sí se necesitaba la reparación. Y en contra de todo el sentido común que dictan las medidas de seguridad, oí de mi boca saliendo palabras en tono amable: “Está bien, pase”. Trabajó diez minutos y luego me llamó para decir que necesitaba una pieza que no funcionaba y que habría que preguntar el costo a la ferretería. Llamé al número que dictó y dijeron que la refacción costaba quinientos cincuenta pesos. Le entregué el dinero. “Voy a comprar la pieza y regreso”. El señor estafador nunca volvió y después de la rabia, me creo curada.