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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. El peor de los pecados es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016 y 2017. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en diversas revistas nacionales y libros colectivos. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales; es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón, UA de C. y estudió la Maestría en Apreciación y Creación Literaria en Casa Lamm en la Ciudad de México.

lunes, 13 de junio de 2011

MIS INSTRUCCIONES PARA TENDER UNA CAMA

Mientras tendía la cama, vino a mi mente el filósofo alemán Arthur Schopenhauer. Él, en su libro Aforismos sobre el arte de vivir, asegura que la mayoría de las personas vivimos entre el tedio y el dolor. Así que, de acuerdo a él, cuando no estamos ocupados en sufrir, simplemente nos aburrimos. Al parecer los únicos que se salvan son los que son capaces de disfrutar de la soledad y que tiene una imaginación extraordinaria. Sin embargo, creo que todos pasamos por momentos en los que estamos en una especie de anestesia superficial que no permite ni el hastío ni el dolor. Existen períodos en el cerebro que no necesitan de ninguna pasión o aversión para realizar actividades aparentemente intrascendentes como tender o “hacer” la cama. Por eso me pregunté qué experimentaba mientras alisaba las sábanas de mi cama ¿dolor o tedio?, y encontré que me sentía absolutamente en la nada.
Alguna vez alguien me comentó sobre un texto que se titulaba “Instrucciones sobre cómo tender la cama” no recuerdo al autor pero buscando en Internet me topé con muchos artículos que se referían al tema. Me sorprendió que existiera quien se tomara en serio dichas instrucciones. Es decir, no eran una creación literaria sobre el arte de colocar bien las sábanas, cobijas y colchas, sino que realmente enseñaban paso a paso a cómo hacerlo. Por supuesto, me pareció absurdo. Era como si quisieran enseñar a quitarle la cáscara a una naranja y luego a cómo comerla. Pero luego recordé esas películas de militares o de internados en donde tender una cama es un ritual con un método estricto. Entonces llegué a la conclusión de que tender camas en forma repetida durante ocho horas era una de las actividades que, en esta vida y en cualquier otra, no me gustaría hacer. Ser recamarera de hotel me parece un trabajo muy difícil, eso de extender y sacudir sábanas en donde se concentran fluidos y pelos desconocidos: me dan náuseas. Pienso también en lo que se puede observar mientras se tiende una cama dependiendo de si es individual, matrimonial, king size, o queen size. Las camas en orden o desorden revelan demasiado. (En el pasado únicamente había tallas individuales o matrimoniales, y hace muchos años un petate familiar era bueno; por las mañanas habría que enrollarlo y ya). Es curioso darse cuenta que las personas que tienen una cama grande nunca duerman en el centro de ésta, siempre lo hacen en uno de los lados. En las que son de dos personas, y si el colchón es viejo o de esos modernos que no se pueden voltear pero que son de los más confortables, se encuentran inevitablemente dos depresiones a cada lado. La profundidad de los hoyos en el colchón da la idea de las horas cama de los durmientes pero sobre todo descubre el tonelaje de éstos que es directamente proporcional: a mayor volumen y peso, mayor la cuna.
En la cama se pasa, en el mejor de los casos, la tercera parte de la vida: se duerme, se ve televisión, se tiene sexo, se hace el amor, se sueña en seco o en mojado. Se come, es estancia de enfermedades y del origen de las ideas. Las parejas se cuentan cuentos y a veces los papás se los cuentan a los niños, quienes en ocasiones derraman líquidos uréicos tibios que les provocan frío. De manera que la tendida de la cama es importante porque si está en desorden produce desorden también en la conducta. Mis instrucciones son: ponga una sábana sobre la otra si hace frío que sea de franela (agregue cobijas). Si tiene calor use telas de algodón, no utilice seda o satín; son incómodas, se resbalan y hasta usted se puede caer de la cama. A mi caen mal los edredones con rodapié porque se dificulta colocarlos sobre el box spring. No guardo las orillas de la sábana debajo del colchón porque gusto de sentir libertad en las piernas. Y aunque se vean bonitos me parece fútil poner muchos cojines o almohadas. Se recomienda cambio de ropa de cama cada semana. Sacuda bien la cama por aquello de los ácaros, pulgas, oxiurus y pelos. Lo dicho, no siento ni dolor ni aburrimiento al tender una cama.

domingo, 29 de mayo de 2011

POSTALES MICHOACANAS



Nunca había viajado al estado de Michoacán, sin embargo guardaba imágenes que hablaban de él. Mis postales recordaban el terror y la maravilla. Por eso, para una imagen de “La familia”, secuestradora y matona, tenía un retrato con miles de mariposas monarca. A los heridos por el bombazo de Morelia del 15 de septiembre del 2008 los borraba con la placidez de los pescadores de Janitzio en sus embarcaciones mariposa. Para el “michoacanazo”, aquel circo en donde se encarceló temporalmente a funcionarios de gobierno, estaba la Danza de los viejitos. Para la amargura de saber que el medio hermano del gobernador Godoy era narco, servía el ate de membrillo. Idealmente era mejor fijarse en los colores y la magia del árbol de la vida, aunque, irónicamente, le rinda culto a la muerte.
Después de mi peor día de una enfermedad gastrointestinal, no pude, o no quise, evadir un viaje a Morelia, Michoacán. El traslado sucedió sin nada extraordinario con los obligados cacahuates japoneses signo, ahora, del viajero del aire. Así, antes de subir al avión revolvieron mi ropa y me obligaron a comprar por 25 pesos una bolsilla de plástico transparente para guardar allí una pequeña crema humectante. Al llegar a la ciudad me llamaron “acompañante” (acompañé a mi esposo a un congreso). Me informaron que había un programa de actividades para los sinquehacer. Al día siguiente subimos a un camión en donde un guía de turistas, bautizado como Francisco pidió que le dijéramos Pancho, explicó que el recorrido a la ciudad de Pátzcuaro tardaría aproximadamente 40 minutos y que iríamos también a un lugar llamado Quiroga; un centro artesanal. Pancho explicó que Vasco de Quiroga o “Tata” Vasco había sido el primer obispo de Morelia y que aunque en España se había destacado por ser un duro inquisidor, al llegar a México, a mediados del siglo XVI, se convirtió en protector de los indígenas que pertenecían a la etnia purépecha, a la que los españoles llamaron tarasca, que significa monstruo mitológico.
Al llegar a Pátzcuaro visitamos la hermosa Basílica donde mora la Virgen de la Salud, hecha de pasta de caña de azúcar. Pancho habló entusiasmado del vestido blanco bordado con hilo de oro y contó que la virgen estaba dentro de un cristal blindado porque hacía unos años un feligrés enojado, había querido destruirla a balazos (aunque ninguna proyectil dio en el blanco) porque al parecer la virgen tuvo a bien no realizarle el milagro pedido. Nos informó que los restos de “Tata” Vasco yacían allí y que estaba en proceso la canonización de tan generoso hombre. Después de allí fuimos a la casa de los once patios que fue fundada en 1742 y que estaba habitada por la orden de las monjas dominicas que fabricaban artesanías y tenían un lugar que era como un sauna con una ventana redonda para que uno que otro curioso se asomara. Luego caminamos por la plaza Vasco de Quiroga y justamente allí comí una nieve superlativamente rica. Caminé junto a altísimos árboles y una gran vegetación que me hizo sentir hipnotizada. Después con los colores de la artesanía de Quiroga me di cuenta que, no en ese momento, no sabía que en México existía una guerra.
Al día siguiente asistimos, al Palacio de Gobierno de Morelia, a una cena a la que llamaron Virreinal. Esto fue una experiencia extraña pero divertida, primero porque la ambientación virreinal, incluía luz de veladora y muchísimo calor. Me compadecí del pobre Virrey Antonio de Mendoza ataviado como tal y del obispo Quiroga con sus dobleces en la túnica y su gran cofia. La cena consistió en puchero gallego (para sudar más), pollo con garbanzo, y de postres; dulces morelianos. Por supuesto, estábamos en el siglo XVI y no había cubiertos. No se nos ocurrió ir al baño porque en la época en que vivíamos no existía el papel sanitario. Vi poco de Michoacán pero fue suficiente para conmoverme. Al regreso para Torreón, en el aeropuerto de la ciudad de México estaban “El loco” Valdés y Sergio Corona. Unos gritaban “Águilas” otros “Chivas”. Claro, también existía el futbol.

lunes, 16 de mayo de 2011

EN EL RINCÓN DE MI RECÁMARA




Estoy en el rincón de mi recámara, me siento enferma; estoy en cama. En el absurdo de mis pensamientos me ilusiono un poco, porque muchos escritores han creado sus mejores obras bajo los influjos del dolor, la fatiga y la desesperanza. Ahí están los sifilíticos: Charles Baudelaire, Guy Maupassat, Lord Byron; James Joyce, Alfonso Daudet; Los tuberculosos: Thomas Mann, Fiodor Dostoyevski, sólo por mencionar algunos. Pero, tenía que ser, la ilusión desaparece, no tarda mucho en llegar la decepción. Ellos tenían enfermedades serias. Además, huelga decirlo, eran genios. En cambio, yo no tengo más que una vulgar infección intestinal y además, también sobra decirlo, no se me ocurren grandes ideas y a veces ni pequeñas..
Además, que nadie me crea eso de que estoy en cama, al menos no por largos períodos; todo mundo sabe cómo son las prisas de las contracciones intestinales. Todos mis males actuales me pasan por comer porquerías. Aunque creí que no lo eran: Fui al cine a ver El discurso del rey y ahora sufro de tartamudez para escribir. Para hablar no tengo problemas, pero no imaginan lo que batallo para articular frases tecleadas. Disfruté de la película al mismo tiempo que me zampaba un yakimechi mixto (arroz con y camarones). ¿A quién se le ocurre comer camarones sin verlos y estando tan absorta? Quién sabe cuántos más estarán igual que yo.
Mi mente divaga sin control: estoy sudando, tengo fiebre, creo que deliro. El flujo de inconciencia aflora y no puedo evitar pensar en los chistes que no me dan risa. No me provocan siquiera una sonrisa los chistes que me contaron hace 30 años, ni la comicidad de “bueno pero no te enojes”, “chusma, chusma”. En este momento sudoroso, pienso que no divierten a nadie. Aunque “como digo una cosa, digo otra”. La repetición de tonterías es altamente adictiva. Lo he comprobado. Igual pasa en la música. No me gusta tampoco el humor inverso, aquél que intenta la ironía. Sí, cuando una persona dice que le gusta mucho algo que en realidad le desagrada. El hecho de decirle flaquitos a los gordos, y todas esas bromas que giran alrededor de ese recurso retórico. No me causa gracia que cuando las personas toman una foto griten: “¡Digan chiz!” es más, me cae bastante mal. Recuerdo (todo en mí en este momento es involuntario) que alguna vez vi una estadística que aseguraba que el 80% de las mujeres mexicanas decían que se habían enamorado y casado con su esposo porque éste las hacía reír. Por supuesto la causa de separación resultaba ser, la razón contraria: “porque las hacía llorar”. Seguramente la risa puede ser un factor muy importante, pero si fuera el más relevante, entonces todas las mujeres nos enamoraríamos de los cómicos.
De cualquier manera, no pienso bien, no estoy bien a pesar del Eskapar y de la Buscapina y de las bebidas hidratantes. Me siento desorientada. Temo que pueda ser tifoidea lo que padezco. Sí es así, tal vez podré escribir mejor o ¿peor? Estoy sola en casa y a mi derecha está una ventana. Puedo ver la palmera que me acompaña desde hace más de tres años y en la que he visto a cinco tórtolas tener diez hijos. Cuatro de las pajarillas habían usado el mismo nido, pero con la helada esa rama se murió y la tórtola actual hizo un nuevo nido. Allí está como las otras; durante tres semanas no se moverá más que por unos minutos para ir a comer, empolla sus dos huevos. Luego saldrán unos pajarillos feos que parecen más un montoncito de paja. A los tres o cuatro días ya toman forma de lo que van a ser. A los quince días, más o menos, los enseñará a volar, primero distancias cortas. Casi todos aprenden el mismo día y se van, y luego viene otra tórtola y así.
Sigo mal y las ideas tontas vienen a mi mente con más frecuencia. De repente tengo frío y tiemblo toda, a pesar de que afuera la temperatura es de 36 grados centígrados de las seis de la tarde. No vuelvo a comer en el cine. No vuelvo. Lo juro. .

viernes, 6 de mayo de 2011

RECETA DE MANZANAS EN CAMISA




Era una tarde cualquiera. Ella se echó en la cama. No podía mover ni un solo dedo. Boca abajo, piernas y brazos extendido. La mosca Tse-Tse le había picado; tenía la enfermedad del sueño, --decía--. Puras mentiras. Era, simplemente, una holgazana más en el universo. Le daba flojera ponerse memoriosa, y, en contra de su voluntad recordó que debía preparar el postre que les había prometido a sus hijos. Tenía que… tenía que… Un ratito, un rato más. Aunque sea diez minutitos. Aletargada, cuando hacía cualquier tarea, por simple que ésta fuera, se dilataba una eternidad. Su madre se lamentaba: “¡Dios mío, pero qué pasó contigo hija mía, de dónde saliste tan perezosa!”. Ella hablaba lentamente: “No soy floja, soy minuciosa”. Todo resultaba demasiado esfuerzo para aquella haragana.
Hay quienes aseguran que la pereza es sinónimo de depresión. ¿Será verdad? Pero, en la depresión no dan ganas de vivir ni existe entusiasmo por nada. Sin embargo, ella poseía mucho entusiasmo por vivir, siempre y cuando esto fuera sin hacer nada. Vivir en posición horizontal y no moverse. Qué alegría cuando le venían los recuerdos de los días de asueto, las mañanas de playa. ¿Estaría deprimida? ¿Sería por eso que al sueño le nombraban la pequeña muerte? Su cuerpo no respondía, quería, pero no podía. ¿No podía? A lo lejos oyó un estruendo. Se preguntó si serían balazos. Últimamente cualquier ruido le parecían disparos de arma de fuego. El día anterior, mientras esperaba en un consultorio médico, vio a un niño de 3 años que jugando decía: ¡Los balazos! ¡Los balazos! ¡Échense al piso! Y mientras eso gritaba, el chiquillo ponía pecho tierra o pecho piso. A la floja se le antojaba también tirarse al piso. Había encontrado, muy contenta, una nueva excusa para no ser puntual: “me tocó balacera”. La gravedad la había vencido; debía de caer.
Pero luego, pareciendo una anciana de 90 años se separó de su cama; dio inició a la bipedestación pesadamente. Arrastrando los pies llegó a la cocina, se lavó las manos. Abrió el recetario de postres y leyó: “Manzanas en camisa”
3 tazas de harina
200 grs. de mantequilla
½ taza de leche condensada
¼ de cucharadita de sal
¼ de taza de agua
6 a 8 manzanas
3 cucharas de mantequilla
Canela molida, la necesaria
1 huevo batido para barnizar
Cerezas las necesarias
Horno precalentado a 200 ºC
Cierna la harina sobre la mesa, forme un hueco en el centro y añada los 200grs de mantequilla, agregue la leche condensada y la sal hasta formar una pasta suave y tersa. Refrigérela 20 minutos. Mientras, pele las manzanas y sáqueles el centro, en ese hueco ponga a cada una un poco de mantequilla, una cuchara de azúcar y canela al gusto. Después de 20 min. Saque la masa y divídala en 6 partes y extienda cada una de ellas. Forre las manzanas con la pasta y barnícelas con el huevo y adorne con las cerezas. Meta al horno en una charola engrasada y enharinada, al servirlas báñelas con el resto de la leche condensada.
Y poco a poco fue perdiendo la apatía, limpió las manzanas, cernió la harina, amasó, olió las manzanas, probó la canela. ¡Ah, después de todo no es tan malo moverse de vez en cuando!. Al terminar la preparación y ver las manzanas cubiertas con la masa que preparó y adornó con las cerezas, exclamó orgullosa: ¡Realmente quedaron perfectas! Las colocó en el horno a 200 centígrados, como expresaba la receta. Ganó entusiasmo, pero éste resultó muy volátil. El desgano volvió a instalarse. Luego se sentó en una silla del antecomedor. No pudo evitarlo y recostó la cabeza en sus brazos cruzados sobre la mesa: se quedó profundamente dormida. La despertó un olor intenso a quemado. Las manzanas en camisa se habían bronceado demasiado. Imposible comerlas. De seguir así, aquella mujer sería una manzana en camisa de fuerza. Bostezó, bostezó. Estaba tan relajada que ni siquiera tuvo fuerzas para manifestar enojo por la frustración de la receta fallida. Se fue a la cama y se quedó otra vez dormida. Soñaba que era un lirón.

lunes, 18 de abril de 2011

SEÑORITA, QUE MI TRABAJO ME HA COSTADO


Hace poco me sorprendí al oír una frase de reclamo que hace mucho tiempo no escuchaba: una mujer que, en mi apreciación, rondaba los 75 años de edad, se indignó cuando la cajera del supermercado le preguntó: ¿Señora, coopera con el redondeo? En respuesta, la mujer mandíbula apretada, espetó: “Dígame señorita por favor. Y no, no voy cooperar”. Luego me pregunté: ¿Qué fue lo que motivó a aquella mujer para informar a una desconocida sobre su vida sexual? Seguramente se sentía orgullosa de su condición. Y es que hasta hace algunos años parecía que las vírgenes maduras eran cubiertas por un halo de pureza ante la sociedad. Actualmente se considera de mínima trascendencia el hecho de que una mujer mayor haya vivido en abstinencia sexual. Aunque, debe de ser difícil caminar la existencia en contra de la naturaleza; acallando los impulsos hormonales. Complicado es, pues, para la mayoría, apegarse al sexto mandamiento, a ese, del no fornicaras (que feo sonido el de esta última palabra). Sí, hace aproximadamente 30 años el vocablo señorita era sinónimo de virginidad y se le adjudicaba a toda persona femenina poseedora de una anatomía que no había sufrido (o disfrutado) de intromisión sexual alguna, o, como expresaba en forma horrenda, mi maestro de medicina legal: “Cuando no había ocurrido un acto en el que se encontrara miembro idóneo en vaso idóneo”. Ahora, en cambio, la integridad de aquel escaso tejido venéreo llamado himen casi no tiene valor, especialmente en el mundo occidental, porque en el medio oriente sí. Allí, los familiares masculinos del recién casado esperan afuera de la recámara nupcial para que el esposo salga a exhibir un pañuelo manchado de sangre, que será un trofeo representante de su honor. Al perder valor la palabra señorita igualmente ha cambiado su significado primigenio. Recuerdo que hace años cuando esperaba mi primer bebé me extrañaba que algunas personas que, a pesar de que yo portaba una senda barriga de preñez, me llamaran señorita. Entonces concluí que esa expresión tenía que ver más con la lozanía de la piel que con la vida sexual. Pero, asimismo ahora, esta voz se utiliza para nombrar varios oficios: secretarias, cajeras, enfermeras, dependientas, etcétera, simplemente las personas les llaman: señoritas, sin importar edad, vida sexual o estado civil. En definitiva el hecho de que en los tiempos modernos alguna mujer mayor sea virgen y reniegue del título de señora respondiendo con la frase: “Dígame señorita, que mi trabajo me ha costado” es una exigencia de reconocimiento para una situación que pareciera una ofrenda a la vida o a la religión. En sí la virginidad es una marca física que da respuesta a una conducta llena de cuestionamientos morales como es la sexualidad. Así, cada época le imprime los grados de importancia de las consecuencias orgánicas de los problemas morales, como son la asociación de la lujuria con enfermedades de trasmisión sexual y la gula con la obesidad, sólo por mencionar algunas. En la literatura hay muchos ejemplos de cómo la virginidad ha sido pretexto hasta de asesinatos, como se expresa en la novela Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, o en La celestina de Fernando de Rojas donde se habla de los artilugios ancestrales para que la joven parezca ser lo que fue; con zurcidos invisibles o sangre de paloma. (También los ginecólogos realizaban (¿o realizan?) himenoplastías para reparar el “daño”). En seguida les expongo un párrafo de la poesía “La tía Chofi” de Jaime Sabines que habla precisamente de una difunta que nunca conoció varón: Sofía, virgen, antigua, consagrada, / debieron enterrarte de blanco/ en tus nupcias definitivas./ Tú que no conociste caricia de hombre/ y que dejaste que llegaran a tu rostro arrugas antes que besos,/ tú, casta, limpia, sellada,/ debiste llevar azahares tu último día./ Exijo que los ángeles te tomen/ y te conduzcan a la morada de los limpios./ Sofía virgen, vaso transparente, cáliz,/ que la muerte recoja tu cabeza blandamente.

lunes, 4 de abril de 2011

BEETHOVENFEST EN LA SALA NEZAHUATLCÓYOTL






El domingo 13 de febrero se presentó en la Sala Nezahuatlcóyotl de la ciudad de México la Camerata de Coahuila, dirigida por el maestro Ramón Shade, y como solista el pianista coahuilense Alejandro Vela con el Concierto para piano no. 2 y la Sínfonía no. 2 de Beethoven (dentro del programa BeethovenFest). El concierto, ante más de 1000 personas, fue un gran éxito. Allí estuvieron personalidades de la cultural nacional: Pilar Rioja, Sonia Salum, Felipe Garrido, Jorge Federico Osorio, Luz María Puente, Lolo Vigatá, Sergio Kleinburg, Eva María Zuk, Gustavo Rivero, entre otros. Por esta razón solicité al maestro Shade la siguiente entrevista.

--¿Qué tan importante es el recinto para el director?

Es muy importante y tocar en la sala Nezahuatlcóyotl es aún más, porque es un lugar que tiene una magnifica acústica (la Camerata se ha presentado seis veces en el D.F y en este teatro encontramos la mejor acústica), además es un gran escaparate. Había mucha expectativa por saber qué y cómo se hacía música en Coahuila. Además la entrada del público al concierto fue muy buena porque otras orquestas no han tenido esa suerte. Estoy muy satisfecho con este concierto y creo que el público también. Tuvimos que hacer dos encore por el entusiasmo de la audiencia.

--Estamos acostumbrados a oír las sinfonías de Beethoven, y especialmente la Quinta y la Novena, con orquestas muy numerosas, pero, ¿cuál fue la idea original?

A mí me gusta mucho la tercera sinfonía, La heroica es la gran sinfonía, porque es la más enérgica. Beethoven la escribió para una orquesta más pequeña que la Camerata de Coahuila. Aunque en el siglo XIX se hicieron orquestas muy grandes, de 100, de 120 integrantes, pero actualmente tanto la Sinfónica de Viena como la Filarmónica de Berlín, reducen la orquesta para interpretar las sinfonías de Beethoven. Porque tanta masa, por ejemplo, de cuerdas, le resta transparencia al diálogo que hay entre maderas y cuerdas. Así se pueden apreciar mejor los sonidos de cada uno de los instrumentos sin que sean opacados por el exceso de algunos de éstos. Debemos de rescatar el equilibrio que había en el origen. Por eso en Europa se interpreta Beethoven con menos músicos.

--¿Cómo ha visto la evolución del público en La Laguna?

El público, definitivamente ha evolucionado. Ahora la gente sabe cuándo aplaudir, es más puntal, guardan silencio, no entran y salen a cada rato. Pero algo muy importante, exige más de la orquesta que también se ha superado. Asimismo una de las características es que aquí en Torreón tenemos público joven, aunque igualmente tenemos de todas las edades.

--¿Cómo ha afectado la inseguridad a la Camerata?

Esa misma pregunta me la hicieron en casa Lamm en la ciudad de México, porque cuando se oye, Coahuila, Durango, Chihuahua, lugares donde la inseguridad está en lo máximo se piensa que no hay espacio para la cultura, por ejemplo, en Monterrey cambiaron el horario de los conciertos. Aquí, es increíble, el público ha aumentado. Porque el único antídoto contra la violencia es la cultura, no hay de otra. Que alguien sea civilizado, que tenga amabilidad para el otro, que cuide del otro, eso lo da cultura. Difícilmente alguien que escucha música clásica es un asesino. Claro, hay sus excepciones. De cualquier manera no podemos ser rehenes de la inseguridad, así que todo espacio tiene que llenarse y nosotros llenaremos todos los que podamos.

--¿Cuál cree que será el reflejo de la violencia en el arte?

Bueno, realmente a quien afecta más es a los creadores, más que a nosotros que somos recreadores. El efecto de la guerra en Shostakovich o la consecuencia de lo que vivió Mahler es muy evidente en su obra. Lo que nos corresponde es respetar el estilo del creador, no se puede tocar a Richard Strauss como Tchaikovsky. Porque algunos le quieren corregir la plana al genio cambiando sus obras. Se justifican diciendo que las hacen más accesibles, eso no debe ser. Por eso hay que conocer los estilos y las épocas.

lunes, 7 de marzo de 2011

ÉRASE UN HOMBRE A UNA NARIZ PEGADO

Nariz respingada, chata, griega, aguileña y de alcanzaqueso. De Pinocho por mentiroso, de bola roja la del payaso, casi igual que la del borracho y con verruga si es de bruja. Nariz que estornuda porque tiene gripa o alergia, que aletea cuando se enoja. Nariz delatora de raíces étnicas. Pequeña, grande, o bien, nariz bonita a cambio de quince mil setecientos noventa y nueve pesos con IVA incluido; el perfil perfecto que vende el médico que se anuncia en el periódico.
En la poesía y en las canciones populares se habla mucho de los ojos y otro tanto de la boca, en cambio es rarísimo que se tome en cuenta la nariz. Los libros de fisiología aseguran que dentro de sus funciones esta la de inspirar y exhalar el aire. Pero a muy pocos inspira. La nariz, pirámide que forma parte del rostro, sirve para que se ventilen los pulmones y para percibir los olores. Región anatómica que con frecuencia es lugar de trabajo de los cirujanos plásticos y otorrinolaringólogos. Así es el órgano que motivó a Francisco de Quevedo (Madrid 1580- 1645) a escribir “El soneto a la nariz” y que dice: “Érase un hombre a una nariz pegado/ érase una nariz superlativa/ érase una nariz sayón y escriba/ érase un peje espada muy barbado/ érase un reloj de sol mal encarado, érase una alquitara pensativa, érase un elefante boca arriba, érase Ovidio Nasón más narizado...” También el ruso Nicolai Gogol le dedicó un cuento a La nariz que Dmitri Shostakovich convirtió en una ópera bufa: “Metió dos dedos y sacó... ¡una nariz! Iván Yákovlevich estaba pasmado. Se restregó los ojos, volvió a palpar aquel objeto: nada, que era una nariz. ¡Una nariz! Y, además, parecía ser la de algún conocido. El horror se pintó en el rostro de Iván Yákovlevich. Sin embargo, aquel horror no era nada, comparado con la indignación que se adueñó de su esposa”.
De igual manera la puerta del aparato respiratorio y complemento del rostro también fue pretexto para que el escritor francés Edmundo Rostand (1868- 1918) hiciera su obra de teatro Cyrano de Bergerac. Rostand incluye en su obra varios párrafos dedicados a la nariz. El narigón Cyrano se enorgullece de su nariz “...¡enorme es mi nariz! Chato ridículo, ¿no sabéis que es mi orgullo este adminículo? ¿Qué es una gran nariz, romo insolente? Condición de hombre honrado, fiel valiente, liberal, ingenioso y bien nacido....” a lo que su enemigo contradice “...Si en mi cara tuviese tal nariz me la amputara, ¿se baña en vuestro vaso al beber, o un embudo usáis al caso? [...] para colgar las capas y sombreros, esa percha muy útil ha de seros. Tal nariz es un exceso, buscad a la cabeza contrapeso...” gran parte de la obra habla en forma divertida de la nariz que en realidad acompleja a Cyrano.
Roxana era amada por Cristián y por Cyrano, en principio Roxana amaba sólo a Cristián. Cyrano parecía ser allí, él que sobraba. Curiosamente Roxana termina amando a los dos, porque ellos llegaron a ser complemento uno del otro. Cyrano él de nariz superlativa enamorado de su prima Roxana ve con tristeza que ella, que es hermosa, ama la hermosura también, atributo que a él, con tamaña nariz, le ha negado la naturaleza. Su nariz grande le hace pensar que no puede competir contra todo un cuerpo bien construido como es el de Cristian. Cyrano se resigna, sin tomar en cuenta que la belleza de su rival no vale, pues el joven es ignorante y escaso de ideas. Entonces Cyrano se ofrece para escribir las cartas de amor que Cristián le envía a Roxana. Se transforma en el alma inteligente y generosa del joven. Cyrano tan largo de nariz como de ingenio, escribe las más bellas cartas de amor. La pasión que provocan esos escritos se desbordan en besos para Cristián. Aunque al final Roxana acaba por amar únicamente a Cyrano pues su generosidad y su inteligencia aplastan cualquier belleza física.
En cine la versión más conocida de Cyrano de Bergerac fue interpretada por el actor francés Gérard Depardieu quien afortunadamente no ha ido al cirujano plástico y anda por el mundo muy orgullosa con su narizota.