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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. en 1964. El peor de los pecados, es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular de la revista Siglo Nuevo, suplemento del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en las revistas: Estepa del Nazas, Acequias, Cultura de Veracruz, La Manzana y Confabulario (suplemento cutural del periódico El Universal). Y en los libros colectivos Enseñanza superior, Coral para Enriqueta Ochoa, Voces del desierto, Sinfonía a doce voces, Cien puertas de Torreón, Perfiles sobre José Revueltas, Camerata de Coahuila. Dos décadas de música y Horizontes de sol y polvo I; Panorama del cuento lagunero. Es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón,UA de C. Correo electrónico: lopgan@yahoo.com

sábado, 22 de julio de 2017

VIOLENCIA RETORNABLE


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Hace unos meses me enteré de una señora que mató a su marido. La historia tendría que ser de espanto para quién la oyera, pero la verdad era que al escuchar, en la televisión, a la mujer cómo lo hizo, uno no podía sentir ningún sentimiento de compasión o de horror. Aquella mujer hablaba con mucha naturalidad sobre su acto de asesinato. Se justificaba asegurando que su marido la había maltratado durante toda la vida; con golpes, borracheras, violaciones... El hombre no aceptaba irse de la casa, por eso la mujer sintió que la única forma de liberarse de él era asesinándolo. Contó que primero lo atarantó dándole una bebida que se prepara con un sobre de polvo de sabor artificial (Zuko) y agua a la que le agregó una frasquito lleno de Clonazepam, (una sustancia ansiolítica usada también como inductor del sueño). Ella no pensaba que se iba morir con el medicamento sino que lo quería dormido. Una vez dormido, la mujer lo golpeó en la cabeza y después lo partió con un serrucho en pedazos, lo guardó en un costal y en su triciclo fue a tirarlo a un basurero. La historia es terrible, pero es extraño que cuando se descubrió quién había sido la asesina, ésta nomás decía que se sentía aliviada de que se supiera que había sido ella, porque no podía vivir cargando eso en su consciencia. La asesina se veía bastante relajada y hasta contenta, pareciera que no le importaban los años que pasaría en prisión. Seguramente se sentía liberada de que ya no iba a caminar sus días en el sobresalto de: ¿Me golpeará hoy? ¿Llegará borracho? ¿Me obligará a tener sexo? ¿Me contagiará alguna enfermedad? El terror; el miedo al extremo.
         Recordé que hace años cuando trabajé (una corta temporada) en el desaparecido Centro Sí Mujer, lugar de asistencia a mujeres maltratadas, llegaban casos repetidos de violencia intrafamiliar. Recordé a una mujer con una historia similar:
Una mujer corpulenta entró al consultorio. Una mirada desconfiada respondió a mi saludo. La recién llegada traía los ojos de desconfianza. La expresión de rudeza era remarcada por los moretones en la nariz, párpados y pómulos. Su gastada blusa exhibía costras de sangre. Era posible percibir que no existía fragilidad emocional en ella. Lo anterior confirmaba que muchas mujeres que guardan una larga historia de violencia quedan imposibilitadas para llorar. La fuerza de los golpes termina endureciéndolas. Se fabrican una coraza que se vuelve necesario e inevitable. La paciente manifestaba que tenía miedo porque desde la madrugada del sábado (día de la última golpiza) no sentía movimientos en su vientre pues tiene cinco meses de embarazo. Eso es lo que le importaba. Lo demás, lo había aguantado muchas veces.
El marido borracho usó puños y botas y una botella de vidrio para atacarla, esto le provocó dos heridas en la cabeza que fueron suturadas en la Cruz Roja. Pudo haberla matado de no ser por la intervención de sus vecinos. Y dan ganas de reclamarle: ¿Por qué no se ha divorciado si ya son once años viviendo así? Pero para qué cuestionar si no habrá respuesta. Para la abusada todo es incierto. Todo es confusión, pues se sabe que quién vive violencia pierde su identidad y sus ¿Por qué? Siempre las voces y los actos de desprecio hacen su trabajo: “No obedeces, eres fea,  gorda, tonta, sucia... haces todo mal. Tú, tú, tú tienes la culpa de todo”. El golpeador se justifica. Y ella termina creyéndole. Se pierde a sí misma. Aunque a veces queda el instinto de sobrevivencia.
La violencia puede ser física, sexual, emocional o económica, en esta mujer cabían todas las violencias. Ella hablaba con rencor como si todos fuésemos culpables de sus estigmas. Sin embargo, no se puede explorar el pensamiento manchado de rojo. De color rojo su mirada y sus madrugadas. Rojo, el mismo color de la nota que apareció en el periódico difundiendo su caso. “La violencia genera violencia” y a veces (pocas) hay algunas que se les ocurre ponerle Clonazepam en el Zuko para así regresarle al marido todo el daño recibido.

viernes, 21 de julio de 2017

EL ARREPENTIMIENTO IMPOSIBLE


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 El sol brilló, al no tener
otra alternativa, sobre nada nuevo.
Samuel Beckett
La mitología griega cuenta que Sísifo, después de enfrentarse a Zeus, fue castigado a empujar eternamente una gran piedra hacia la cima de una montaña sin alcanzarla nunca. Esto podría ser la representación del esfuerzo inútil. Tal imagen provoca cuestionamientos: ¿Acaso Sísifo es la simbolización del optimismo que dice que siempre hay que esforzarse aunque no se logré tocar la cima; “la esperanza muere al último”, o quizá se trata de la representación del pesimismo que establece que se haga lo que se haga siempre estaremos igual: empujando la piedra. El esfuerzo perpetuo, porque aun los que creen que llegaron a la meta tendrán que seguir contrarrestando el peso de la piedra porque si no los aplastará. O visto de otro modo, tal vez el hecho mismo de empujar la piedra es lo que le da sentido a la vida, a todo, es el medio y es el fin, y es lo que sostiene al ser humano. Así pues el mito de Sísifo parece ser el leitmotiv de la obra de Samuel Beckett (Irlanda,1906- Francia, 1989) premio Nóbel Literatura 1969.
¿Puede ser que una lectura provoque la sensación de estar sofocado? Me pasó con el libro Cómo es de Samuel Beckett. Se trata de un experimento literario donde el autor hace un relato donde no existe la puntuación. No hay comas, mucho menos una interrogación o admiración. Nada, ni un punto y seguido, ni punto y aparte, ni siquiera un punto final. Solamente separación de espacios por estrofas poéticas que pueden leerse como una metáfora. Una difícil lectura que requiere de la colaboración activa del lector quien tendrá que puntuar la escritura. La lectura es voz alta sería prácticamente imposible o bien podría usarse para cuantificar el tiempo que el lector aguanta sin respirar. Una obra que habla de un personaje que repta en el lodo y que vive antes de Pim, con Pim y después de Pim. Que es lo mismo que hablar de las formas en que el ser humano vive antes del amor, con el amor y después del amor, con el irremediable abandono.
El libro más famoso de Samuel Beckett es sin duda la obra de teatro Esperando a Godot. Una historia en donde dos amigos se pasan el día debajo de un árbol porque están esperando a Godot. Aunque nadie sabe quién o qué es Godot. Los personajes, dos principales y dos secundarios, esperan, hablan, esperan, se contradicen, esperan, se cuestionan, esperan... Aquí parte de su dialogo:
Vladimiro ¾¿Y si nos arrepintiéramos?
         Estragón  ¾¿Y de qué?
         Vladimiro ¾ Pues... no hace falta entrar en detalles.
Estragón ¾¿De haber nacido?
Así la presencia del absurdo. ¿Podremos arrepentirnos de un hecho en el que no tuvimos decisión alguna? ¿Podremos arrepentirnos de haber nacido? Por supuesto que no, nadie puede arrepentirse de nacer, de ser mujer u hombre. Nadie podrá arrepentirse de ser blanco, negro o amarillo. Nadie. Aunque para muchos el arrepentirse por haber nacido se hace efectivo con el suicidio. Los protagonistas de Esperando a Godot  planean su suicidio, en momentos desean morir. Sin embargo, no lo hacen efectivo. Los personajes se deciden por la esperanza, día a día.  Esperando a Godot  es para muchos el libro de Job de nuestra época porque habla de esperanza y fe. Pero los protagonistas nunca tienen la recompensa que Dios le dio a Job. Recordemos que Dios para probar la fe de Job ante Satanás, le quita bienes y familia dejándolo solo y en la miseria. “... toca todo lo que tiene y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia” Job 1-11. Pero sabemos, “la paciencia de Job” le permitió soportar todo. Su fe hizo que Dios le regresara lo que tenía y mucho más. No obstante Beckett nunca  recompensa a sus personajes, los deja así, únicamente con la esperanza, sin premio alguno. Y es allí donde, en la obra de Beckett, encontramos más la historia de Sísifo que la Job.

Samuel Beckett, escribió su obra en francés y vivió la mayor parte de su vida en Paris, donde convivió con su coterráneo James Joyce. Otros de sus libros son una trilogía de novelas: Watt, Molloy, y Malone muere. En su obra Beckett recurre abundantemente a las escrituras bíblicas, es sorprendente, poético y algunas veces complicado.  

jueves, 20 de julio de 2017

LAS OTRAS PASIONES


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El amor y otras pasiones del alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) es un libro de ensayos, que inicialmente puede resultar molesto, pues hay en él grandes dosis de misoginia. Frases como: “...el hombre propende por naturaleza a la inconstancia en el amor y la mujer a la fidelidad [...] para el hombre parece que cualquier otra mujer tiene más atractivo que la que posee; aspira siempre al cambio”. De allí que una mujer al leer esto piense que definitivamente que Schopenhauer no escuchó jamás los pensamientos o sentimientos de una mujer. A quién se le ocurre asegurar que: “Resulta que la fidelidad en el matrimonio es artificial para el hombre y natural en la mujer”. En el libro abundan este tipo de sentencias. Él asegura que: “El amor no se trata más que de una cosa muy sencilla: de que cada macho se ayunte con su hembra”. Pues considera que el único fin de la unión hombre-mujer es la procreación, opina que el amor es un trabajo en pro de la especie y no del individuo. Por supuesto todas los pronunciamientos que hace el filósofo alemán sobre el amor no dejan de ser interesantes, sin embargo resultan muy ofensivas para la mujer.
         Hay que  tratar de tener una mirada más abierta y profunda a la vez. Quitarse de prejuicios y aunque se esté en desacuerdo con las sentencias del filósofo tener claro que uno lee para aprender y dudar no para estar de acuerdo con los autores. Habrá que tener un pensamiento crítico y aprender. Por ejemplo: ¿No es Madame Butterfly una ópera ¾como muchas¾ absurda y cursi en su historia? Y no nos importa puesto que la música y sus arias son bellísimas, o, ¿no son algunos sonetos de sor Juana unos verdaderos monumentos al servilismo cuando escribe los romances; “Ilustrísimo don Payo o  “Gran Marqués, Señor mío”? No obstante eso resulta poco relevante ya que la adulación excesiva se presenta en poesías perfectas y hermosas.
         De manera que en El amor y otras pasiones, se pueden hacer a un lado los conceptos relativos a la mujer, pero nunca podremos despreciar las reflexiones sobre las otras pasiones: la muerte, el dolor, la música, la moral, la política, la religión y la sociedad.   
         Schopenhauer, ha pasado a la historia como un gran pesimista. El filósofo que aseguraba que la vida transcurría entre el tedio y la frustración y que la única salida para soportarla era el arte. (Recordemos que su pensamiento tuvo mucha influencia  sobre otros personajes; uno de ellos es el músico Richard Wagner).
         El pesimismo del autor se hace presente a cada página, así, al hablar de la muerte  afirma: “Exigir la inmortalidad del individuo es querer perpetuar un error hasta el infinito. En el fondo toda individualidad es un error especial, una equivocación, algo que no debería de existir, y el verdadero objetivo de la vida es liberarnos de él”.
         Schopenhauer considera al dolor, como algo positivo para la vida: “En todo tiempo necesita cada cuál cierta cantidad de cuidados, de dolores o de miserias como necesita lastre el buque para sostenerse a plomo y navegar derecho”, para el filósofo alemán la felicidad es una quimera y sólo el sufrimiento es real.
         Quizá este pesimista tenga razón y seamos una humanidad perdida en la que el egoísmo es un actor principal, por eso asevera: “Muchas gentes serían capaces de matar a un hombre para coger la grasa del muerto y untarse con ella las botas”, él se pregunta a sí mismo si se trata de una hipérbole, pero ya sabemos que  Hitler y otros más le han dado la razón.
         Sobre el artístico atenuante de la miseria humana,  queda la admiración que sentía el autor por la música: “Una sinfonía de Beethoven nos descubre un orden maravilloso bajo un desorden aparente. Es como un combate encarnizado que un instante después se resuelve en un hermoso acorde”.
El amor y otras pasiones, no es libro para deleitarse sino para remover los conceptos esperanzadores y optimistas concernientes a la humanidad.
        



domingo, 7 de mayo de 2017

UN CHICHÓN, UN PLATO ROTO Y ELENITA ASUSTADA


Si hubiera imaginado el estado caótico en el que nos reuniríamos, Elena Poniatowska y yo, jamás la hubiera invitado a comer a ese restaurante. Esta experiencia puso en riesgo nuestra integridad física y mental.
8 de diciembre de 2016: Después de visitar varias veces a Elena Poniatowska en su casa de Chimalistac, ciudad de México, creí que era buena idea invitarla a comer a un restaurante. “Está bien el jueves. Escoge un lugar cercano a mi casa y allí no vemos a las tres. Dispongo de dos horas porque en la tarde tengo una entrevista que no puedo eludir”, me contestó. Me di a la tarea de buscar un restaurante que fuera su vecino. La búsqueda de Google ofrecía varias opciones, pero las más próximas a su domicilio eran: la taquería “El rincón de la lechuza”, una pizza “Hut” y “Casa Ávila” un restaurante de comida española. Los tacos me parecieron demasiado informales para la “Princesa Roja” y la pizza “Hut” aún más. Con terror imaginaba a muchos chiquillos descalzos corriendo para subirse a los juegos infantiles. Me dolía la cabeza sólo de pensar en el olor a pies y la gritería que tendríamos que soportar; la comida española terminó siendo el único lugar posible. Además, porque alguna vez había probado un lechón de sabor insuperable en una sucursal de este mismo establecimiento. Me ilusioné creyendo que iba a ser una buena experiencia.
Pero, “nada pasa sin anunciarse” y yo no pude vislumbrar las señales que advertían que nuestro encuentro iba a ser desastroso. Entré a Internet a ver los comentarios sobre el lugar donde comeríamos. Éste tenía cuatro estrellas y media de calificación. Sin embargo, algo en las opiniones de los comensales me producía cierta desazón: todos coincidían en que era excelente para ir con la familia; ello significaba ruido y niños. ¿Niños? Otra vez me volvía el espanto. Además de los elogios al lugar, el sitio web anunciaba que los jueves no estaba muy concurrido, por eso ya le había dicho a mi invitada dónde nos reuniríamos. De todos modos, unas horas antes llamé para reservar, por si acaso. Me dijeron que sólo tenían una mesa en el área de fumadores. Internet me había mentido con eso de “poco concurrido”. “No creo que le guste fumar pasivamente”, pensé. Luego, debo confesar que hice algo por lo que mis escrúpulos se precipitaban a la baja en la bolsa de valores. Usé mi gran bocaza: “Señorita, es que voy a ir a comer con Elena Poniatowska y me gustaría una mesa en área de no fumar”. Pasaron unos segundos de silencio y la muchacha al teléfono me aseguró que ya había una disponible. Si alguien me hubiera oído ya estaría bautizada como una lady cualquiera. No está bien usar el nombre de nadie para obtener una mesa, pero después de lo sucedido la microhistoria me absolverá.
         Saliendo del hotel: A las dos de la tarde hice la solicitud de un Uber; éste me indicaba que el viaje duraría 45 minutos. Pero apenas habíamos avanzado unos cuantos kilómetros, el reloj que indicaba la hora de llegada comenzó a cambiar de opinión: encontraría mi destino a las 3:15. Así fue aumentando el tiempo. Comencé a angustiarme por episodios (para mí es muy importante la puntualidad). Me desestresaba cuando el coche avanzaba y me ponía ansiosa en los embotellamientos. Cuando dieron las tres y cinco llamé al restaurante y pregunté si la premio Cervantes ya estaba allí y contestaron que no había llegado. A las 3:15 marqué a su casa y una señora me dijo que ya había salido, que la acompañaba Martina (asistente de Dña. Elena), que iban caminando. Bajé del Uber a las 3:25 y en ese momento, aparecieron Elenita y Martina muy alegres. Martina se despido deseándonos que comiéramos rico y se fue.
         Una joven sonriente nos indicó cual era nuestro lugar. Confieso que eso de hacerme la lady no había funcionado muy bien: La mesa estaba justo en la entrada, pegada a una pared donde a un metro de nuestras cabezas estaban empotrados unos candelabros de fierro negro que portaban tres velas gordas. Elenita les pregunto que si no tenían algo mejor. “Es lo único que hay”, dijo la muchacha. Resignadas, nos sentamos. Unos minutos después, las dos estábamos asustadas y con ganas de salir corriendo del restaurante.
 El mesero nos propuso de entrada unos pulpos a la gallega. De bebida ella pidió agua mineral y yo una limonada. También se nos antojó un gazpacho. De plato fuerte, doña Elena ordenó arroz negro con chipirones y yo un filete de huachinango con vegetales. Teníamos cerca de cinco minutos comiendo cuando oímos un estruendo y yo sentí un fuerte golpe en mi cabeza; vi sangre en mi mano derecha. Me di cuenta que mi plato estaba roto y los trozos de pulpo habían volado. Elenita estaba pálida e inmóvil. Lo primero que pensé era que se trataba de un sismo. Después ella me confesó: “Creía que nos estaban disparando, pero no entendía por qué seguía viva”. En seguida nos dimos cuenta que el candelabro de hierro, empotrado en la pared, se había caído sobre nuestra mesa y una de las velas gordas me había golpeado la cabeza. A partir de ese momento yo entré en un estado de confusión. Me dolía la testa y el orgullo; me palpaba un chichón en la región parietal derecha.
Hasta ese momento los comensales no habían visto a la autora de “La noche de Tlatelolco”; eso cambió con el estruendo: todos voltearon hacia nosotros y sin ninguna consideración comenzaron a desfilar los fanáticos de doña Elena, acomodándose para las fotos del Facebook. Todos le decían lo mucho que la admiraban. Mientras, alguien traía un botiquín y le daba los primeros auxilios a mi mano, la cual sólo mereció un curita. En cuanto las personas le dieron un respiro, Elenita, me dijo: “Vamos de aquí a los tacos de la vuelta”. A nadie le importó si estaba lastimada; únicamente querían la fotografía con ella.
         No salimos de allí. Un señor que comía en solitario nos ofreció su mesa. Empujadas por el personal y desconcertadas nos sentamos y volvieron a servirnos la comida. El jefe de meseros nos llevó una botella de vino tinto de cortesía. Le dijimos que no la queríamos e insistió. Terminamos tomando una copa de vino cada una. Apenas sí probamos la comida y después de pagar, salimos del restaurante. “Vamos a la casa, allí seguro hay chocolates”, me dijo. Me sentía extraña porque al ir caminando por las calles, sin importar los semáforos, los automovilistas le cedieran el paso a mi acompañante.
         A las cinco de la tarde: Caminamos sobre un invierno cálido. Al llegar a su casa la esperaban seis jóvenes. “Están haciendo un documental”, me aseguró.  Entramos a su casa y mientras ellos acomodaban las cámaras. Dña. Elena le dijo a Martina que nos preparara un té y que nos lo llevara al segundo piso de su casa. Allí me recosté en una sala donde, a través de un ventanal, se podían ver los limoneros y las buganvilias de su jardín. Vi un colibrí y como niña se lo señalé: “Aquí veo muchos pájaros, lo malo es ellos se confunden y creen que la ventana es continuación del cielo”, contestó. Mientras, su gato Monsi se paseaba por mi barriga, Váis su hermano lo veía desde lejos. Luego, mi vejiga reclamó descanso. Elenita me dijo que entrara a su baño, dentro de su recámara. Esa ha sido la única vez que me he sentado en el trono de una princesa.
         Veinte minutos después: Bajamos a la planta baja. El periodista Diego Ostos comenzó la entrevista. Se trataba de que la escritora describiera una fotografía que había tomado Pedro Valtierra en el año 1989; allí estaban, el dueño de la casa: Iván Restrepo; el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, Benjamín Wong Castañeda, Elena Poniatowska, Margo Su, Héctor Aguilar, Carlos Monsiváis, Granados Chapa, Gabriel García Márquez y León García Soler. El documental se titulaba “La muñeca tetona”. El nombre respondía a que en la fotografía también posaba una muñeca (tetona) de trapo a un lado de García Márquez. La entrevistada recreó los momentos de una cena con el presidente de México y comentó que por esa foto la habían acusado de ser “amigüita” (lo dijo así, con diéresis) de Salinas de Gortari. 
Todo ese tiempo me sentí obnubilada, extraña. Al terminar la entrevista una muchacha me pidió que le diera a firmar unos papeles a Poniatowska. Allí  se asentaba que ella renunciaba a cualquier derecho sobre la comercialización del documental. Se lo di y le aclaré: “Se trata de que no cobre nada”. “Nunca cobro”, contestó mientras firmaba.

         A las nueve de la noche: Me despedí con un abrazo de la Princesa Roja y de Martina. Aletargada, durante el regreso al hotel, veía el correr de las luces, los coches y la gente. No podía ver las imágenes con claridad, lo único que recuerdo es un anuncio de neón que me hizo sonreír: “Gilipollos”; claro, vendían pollos. Llegué al hotel a las diez. Eduardo, mi esposo, indignado por lo del restaurante, me revisó el hematoma: “Esperemos que no pase a más” Después, me quedé dormida durante diez horas seguidas.

sábado, 22 de abril de 2017

EL VAGABUNDO DE LA CARRIOLA


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Desde hace algunos años, mínimo tres, a través de diferentes personas me llega la imagen de un vagabundo de Torreón que recorre las calles empujando una carriola en la que lleva un perro. Yo lo he visto dos veces, una vez en un crucero del bulevar Independencia y una ocasión en que mi familia y yo viajábamos por la carretera hacia Saltillo. Caminaba lento empujando su carriola evitándole el cansancio a su perro. El perro que lleva se parece mucho a él; ambos están negros, llenos de suciedad y su olor fétido alcanza un perímetro de varios metros.
En todas las ciudades hay vagabundos. Internet dice que, en Torreón, existen doce. Eso significa que comen, duermen y defecan a la intemperie; su cuerpo sólo necesita de esas tres funciones primarias para sobrevivir. De los doce cuantificados, yo sólo he visto a cuatro: dos mujeres una de ellas era una ciega que tendía sus harapos en la salida de la iglesia de Guadalupe, en el centro de la ciudad. Otra andaba caminaba también por el centro ofendiendo a cualquiera que se le atravesara. Otro lo he visto por la calle Sicomoros en la colonia Torreón Jardín. Éste último, pasa muchas horas cortando papel y con eso se hace un colchón y el de la carriola. Me intriga mucho la vida de los vagabundos y si no me dieran miedo, me gustaría preguntarles qué fue lo que los llevó a ese estado. Sin duda es una renuncia a las preocupaciones del dinero, la familia, el gobierno y en general, de la sociedad. La pobreza como elección; una renuncia al fracaso. Unos dirán que es una renuncia al éxito, pero el éxito es una palabra tan abstracta y tan inexacta, que realmente no sabemos qué es.
 Los vagabundos nos recuerdan a Diógenes (412-323 a C) considerado un filósofo cínico. Cínico, proveniente de la raíz griega kynikos que significa similar a los perros; uno de los rasgos de Diógenes era su amor a los perros. Con frecuencia se representa con una lámpara y un perro. Diógenes se abstenía de todos los placeres y aunque se dice que dormía en un barril al parecer lo hacía en los pórticos de los templos. Se considera uno de los filósofos más brillantes. No dejó nada escrito pero sus pensamientos y su vida fueron recogidos por otro filosofo llamado Antístenes. Antístenes cuenta la anécdota de cuando Diógenes vio que un niño comía lentejas sobre un pan y tomaba agua de la fuente con sus manos, esto lo hizo prescindir de su cuenco: “Este muchacho, dijo, me ha enseñado que todavía tengo cosas superfluas”. Con esto rechazaba toda vanidad y artífico de la vida humana. Como dije: nuestros vagabundos nos recuerdan a Diógenes y ya que no puedo saber sus vidas se me ocurrió ponerle una historia al vagabundo de la carriola. Les comparto un fragmento del cuento que inspiró este hombre que ama a su perro y recorre nuestras calles.
 “¡Miren¡ ¡Ahí va Diógenes!”. Gritó una voz proveniente de un grupo de jóvenes estudiantes de comunicación. Los cuatro amigos andaban de juerga por el centro de la ciudad. “¡Le falta la lámpara y le sobra la carriola!”, dijo uno.  “¡No, le falta cinismo!”, “Mejor qué se bañe. ¡Qué asco!” Agregó otro. Envueltos en carcajadas, una mirada azul e infinita, los enmudeció. Sus ojos eran lo único que tenía color en él. Diógenes entregó unas hojas dobladas a uno de los muchachos y siguió hurgando en un bote de basura. Luego, el bulto negro siguió su camino empujando una carriola en la que llevaba un pequeño perro.

No son pocos los que aseguran que Torreón es una ciudad de locos. “Se podría amurallar y ganar el record Guinness al manicomio más grande del mundo”. Decían. Eso sí, jamás podría ser vomitada por Dios porque allí no hay lugar para los tibios. Es una ciudad exagerada. El verano es un infierno lleno de cucarachas y mosquitos. Es un lugar que no necesitará alumbrado público cuando las amibas sean fosforescentes (y no falta mucho) ¿Basura? por todos lados. Hay  polvo por montones y contaminación ni se diga: Eso provoca atardeceres de gran colorido que, cada día, la gente los ve maravillada como si sus ojos fueran vírgenes. Sus pobladores, aunque locos, son muy trabajadores... 

domingo, 9 de abril de 2017

VIGILIA NOCTURNA

Todas las madrugadas, cerca de la una de la mañana un tren carguero se oye hasta mi casa. Si logro oírlo es señal que tengo insomnio. A pesar de que no puedo dormir, lo disfruto porque me remonta a mi infancia. De niña me gustaba ese sonido. Escucho la noche que se vuelve uno estertor inacabable, pero que de pronto se mancha por un ladrido de perro; por el ulular de una ambulancia o por un balazo que, por fortuna, ya casi no oigo. También escucho a un loco que pasa en motocicleta a toda velocidad. El ruido de ese hombre, (porque estoy cien por ciento segura que es hombre), entra en mis oídos a las dos o tres de la madrugada. Yo pienso, “Tal vez ese motociclista tenga gatos en su casa”. Lo digo porque hay estudios científicos que asocian los accidentes de motocicleta con un alto porcentaje de toxoplasmosis. Es decir, con frecuencia la autopsia del accidentado revela que padecía toxoplasmosis cerebral. La toxoplasmosis es una parasitosis que trasmiten los gatos. Bueno, ojalá no tenga gato y si lo tiene, que se desparasiten los dos.
Pienso que el insomnio se debe de aprovechar: para hacer planes nuevos, para imaginarse historias, para resolver problemas. El caso es que a mí no me sirve para nada, solo para que en las mañanas yo sea una zombi, una muerta-viva (más muerta que viva), con dolor de espalda y con un mal humor.
¡Deseo dormir! Pero no quiero ir con el ginecólogo porque me va a prescribir una hormona maravillosa con la que volveré a los veinte, pero que hará que me duela la cabeza y las venas de las piernas. No quiero ir con el siquiatra o al neurólogo porque me recetara benzodiacepinas y voy a estar muy calmadita, pero aún más atarantada. Mejor voy al supermercado. Me compré diez cajas de tés, unos decían relajantes, otros de siete azahares y hasta de nueve azahares, de valeriana y uno que se llama Serena-T. Mis ojos se cierran pero siguen viendo imágenes. Ninguno de mis sentidos se clausura. No sé si no duermo porque tengo roto el corazón, los meniscos o el pensamiento. En mi pecho el caos y en mis ojos la desesperación. ¿Cuántos días se necesitan para volverse loco por no dormir?: Once días. Yo tengo dos noches sin dormir. ¿Qué busco? ¿Quién soy?, ¿A dónde voy? Muy mala hora para ponerse existencialista; a las tres de la mañana es lo peor que me podría pasar. Seguro me iré al infierno y mi castigo será el del dragón de la Cólquida, el que nunca dormía. Como a él que me hipnoticen para poder dormir. ¡Hipnotízenme! O leo el poema de Jorge Luis Borges que se titula “El sueño”: “Si el sueño fuera (como dicen) una/ tregua, un puro reposo de la mente,/ ¿por qué, si te despiertan bruscamente,/ sientes que te han robado una fortuna?/ ¿Por qué es tan triste madrugar? La hora/ nos despoja de un don inconcebible,/ tan íntimo que sólo es traducible/ en un sopor que la vigilia dora/ de sueños, que bien pueden ser reflejos/ truncos de los tesoros de la sombra,/ de un orbe intemporal que no se nombra/ y que el día deforma en sus espejos./ ¿Quién serás esta noche en el oscuro/  sueño, del otro lado de su muro?/
Pero si Borges tiene un poema para “El sueño” también lo tiene para el  “Insomnio”; es largo y no cabe en esta página y es aún más profundo que el primero: “Mi cuerpo ha fatigado los niveles, las temperaturas, las luces:/ en vagones de largo ferrocarril,/ en un banquete de hombres que se aborrecen,/ en el filo mellado de los suburbios,/ en una quinta calurosa de estatuas húmedas,/  en la noche repleta donde abundan el caballo y el hombre./ El universo de esta noche tiene la vastedad/ del olvido y la precisión de la fiebre./ En vano quiero distraerme del cuerpo…”

Necesito una tregua; necesito la vastedad del olvido. Tal vez cuando se publique este artículo ya habré podido dormir y  me habré distraído, por unas horas, de mi cuerpo.

sábado, 25 de marzo de 2017

El TINTE RUBIO Y BOSÉ

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Los rayos del sol me abrazan tibios. Me reconfortan. Por la mañana, camino solitaria por la calle Álvaro Obregón de la Colonia Roma, en la ciudad de México. Es un domingo luminoso y en los últimos cuatro años he hecho ese recorrido muchas veces. Veo las esculturas, los viejos árboles, los pájaros de los que desconozco sus nombres. Veo muchas personas paseando a sus perros; sobresalen los pug. Un artista dibuja sentado en una banca. Los comensales de los restaurantes hablan francés, inglés, alemán y otros idiomas que no logro identificar.  Veo los puestos de ropa, de tacos sudados y de los no sudados, las carretillas en la esquinas vendiendo fruta. Gente que viene hablando “sola” con los audífonos al oído. 
         Mientras observo, recuerdo la alegría de la noche anterior. Mi hija, Carolina,  en complicidad con su padre y debido a que cumplo años en febrero, me regalaron un boleto para ir a un concierto de Miguel Bosé  en el auditorio Nacional el dieciocho de febrero. Ellos saben que soy fanática de Bosé desde mi adolescencia. Pero sólo había estado en un concierto de él en Torreón, hace seis años en el Coliseo, que por cierto esa vez fue caótico; uno tenía que entrar a empujones. No sé cómo es ahora pero esa vez fue muy desagradable y demasiado caro para un lugar tan incómodo. En cambio mi hija y yo llegamos al Auditorio y todo fue organizado con mucha civilidad. Tomamos nuestros asientos y el concierto comenzó puntual, a las 20:00 hrs. Esa noche se me perdieron treinta años: canté  hasta enronquecer; bailé hasta que me dolió la cintura. Unos días antes alguien me había dicho en tono irónico, ¿acabas de ir a ver a la mezzosoprano Elīna Garančay y ahora vas a ver a Bosé?  Y yo pregunté si mi cerebro se puede extasiar sólo por lo clásico; mi cerebro tiene muchos compartimentos. Bosé me crea sentimientos de nostalgia y alegría: “Porque la música y los olores son los únicos que atrapan, genuinamente, los recuerdos”, dijo. También nos trajo reflexiónes, usa sus conciertos para llevar mensajes de paz. Hubo un momento en que, ante un Auditorio Nacional de lleno total, comenzó hablar del tinte rubio, que a las mujeres se nos veía bien, pero que cuando los hombres lo usaban les trastocaba el pensamiento y los hacía querer construir muros y expulsar inmigrantes. Habló de sus cuatro hijos y del deseo de dejarles un mundo mejor luchando por la paz: “La paz se construye dentro de muchos frentes y uno de ellos es la solidaridad; se trata de ser generosos y compasivos”. Sí, esa noche me volví loca con Lobo estepario: “Mi corazón, salvaje y estepario/ lamió poemas caídos de tus labios”, esta canción, seguramente a todos nos recordó a su joven sobrina Mimba Bosé, recientemente fallecida por cáncer de mama; él cantaba esa canción con ella. Después de muchos gritos, el concierto terminó con “Te amaré”: “Con la paz de las montañas te amaré/ con locura y equilibrio te amaré / con la rabia de mis años/ como me enseñaste a ser/ con un grito en carne viva te amaré…” Bosé y yo hemos envejecido, él se ve un poco cansado y yo también, pero él se ha vuelto  un ser místico.
         Ahora, después de los ecos del concierto Bosé, escribo este texto y confirmo: los albañiles me persiguen. Estoy en un tercer piso del edificio donde vive mi hija. A través de la ventana se cuelan sus gritos. Construyen lo que yo creo serán departamentos. Me divierto escuchando su  lenguaje lleno de improperios. Ellos cantan a coro. “Yo sentí que mi vida se perdía en un abismo profundo y negro como mi suerte/ quise hallar el olvido al estilo Jalisco./  Pero aquellos mariachis y aquel tequila me hicieron llorar…” Dejan caer material desde lo alto y más de uno lanza un alarido fingiendo que le cayó encima. De todos lo que he oído, estos son los únicos que hablan inglés, good morning, thank you very much, give me the Shovel, we will have a lunch. Yo me quedé pensando que el tinte rubio estaba haciendo sus efectos y que ahora los albañiles mexicanos son: repatriados y bilingües.