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Angélica López Gándara (Francisco I. Madero, Dgo. 1964) Se tituló de médico en la UAC. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales. Escribe cuento y ensayo. Colabora regularmente en la revista Siglo Nuevo, suplemento del periódico El Siglo de Torreón. Ha publicado en las revistas: Estepa del Nazas, Acequias, Cultura de Veracruz, La Manzana, Intermezzo y Edukt, además en los libros colectivos Enseñanza superior, Coral para Enriqueta Ochoa, Voces del desierto, Sinfonía a doce voces y Cien puertas de Torreón. Coconductora del programa “Las letras al aire” de radio Torreón. Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” (2000 y 2015). El peor de los pecados es su primer libro de cuentos.
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lunes, 31 de agosto de 2015

PONIATOWSKA: DE PRINCESA AZUL A PRINCESA ROJA



Mujer de seis nombres y de más de cuarenta libros escritos; ganadora de docenas de premios y del máximo de la literatura en español: el Premio Cervantes 2013. La generosa, la sonriente, la que vive en una casa tapizada de libros. Una “Quijota” sin la razón extraviada; ella, Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores, hija del príncipe polaco Jean E. Poniatowski y de Paula, la mexicana que le dio el mejor apellido posible: Amor.
Elena Poniatowska Amor, nació en París, Francia, y a los diez años de edad llegó a México. Huía, junto con su familia, de la segunda Guerra Mundial. Una escritora que, siendo princesa, le importó más la aristocracia intelectual de sus dos gatos por eso les dio los títulos de: Monsi y Váis, en honor a su amigo Carlos Monsiváis. Prefirió ser “La Princesa roja” que ser una princesa azul.
Poniatowska es una escritora y periodista de izquierda, sabe mirar hacia abajo, hacía los pobres. Y para contrastar, se casó con alguien que miraba hacia arriba, que tenía los ojos pegados al cielo: el astrónomo mexicano Guillermo Haro (1913-1988). Tiene tres hijos: Emmanuel, Felipe y Paula.
Llegué puntual a la cita en su casa de Chimalistac, en el D.F. Era un tibio lunes y yo iba en plan de preguntarlo todo.Martina, la ayudante de Poniatowska, me abrió la puerta y entré a un jardín de jacarandas y bugambilias. Vi a Shadow acostado en una banca; el perro negro de raza labrador que tiene ojos de bondad. Después, Martina, me sentó en la sala ante un: “Ahorita baja la señora”. La autora de Las palabras del árbol, vino conmigo y fue muy amable. Conversamos bajo la supervisión de Monsi y de Vais que se paseaban por nuestro regazo o por nuestros hombros. Pregunté:
 ─ ¿Cómo visualiza el periodismo actual en México?
 ─ Yo toda la vida he trabajado con periódicos contestaríos, de combate, como son La Jornada y Proceso. Siempre he escrito artículos contestatarios. Los visualizo como órganos de indignación y de protesta.
 ─ ¿Cree que el periodismo en México va bien encaminado, cree que realmente está ayudando a la sociedad?
─ Bueno, el periodismo en el que yo creo sí. El otro, pues, simplemente sigue haciendo lo mismo, son un negocio más de personas que defienden sus intereses económicos.
 ─ ¿Cómo cree que el periodista debe protegerse para no ser noticia, ya sea por despido (por censura) o, peor aún, por asesinato?
 ─ Sí, acaban de asesinar a Rubén Espinoza junto con cuatro mujeres, por lo cual todos estamos muy indignados. México es el país en donde más se mata a periodistas. Es una cantidad enorme la de periodistas que mueren por hacer su trabajo. Lo que tiene que hacer el gobierno es darle garantías. Esa es la única forma. Y desde luego, lo primero sería que no viviéramos en un Estado corrupto. Porque la protección de los periodistas sólo se da en un Estado democrático que acepta la crítica, algo que, obviamente, no sucede en México. Porque los periódicos que critican siempre están sujetos a muchas represalias.
 ─ ¿Cree que no hemos avanzado en cuanto a la libertad de expresión?
 ─ Bueno, si se matan cada vez más periodistas, eso habla muy mal de la libertad de expresión.
─ ¿Se ha olvidado el 2 de octubre?
No, se habla mucho del 2 de octubre. Los políticos hablan mucho de eso porque “lo que no fue en su año no fue en su daño”. En cambio no dicen nada de Ayotzinapa, no hablan de los 43 normalistas asesinados. Se agarran del pasado para no hablar del presente.
 ─ ¿Cómo pasó de ser una princesa de sangre azul a ser “La Princesa roja”. Cómo es que se sintió solidaria con la izquierda?
─ Yo creo que al ser periodista puede hacer muchísimos reportajes sobre la vida de la gente y entrar a muchos sitios de los que no hubiera entrado de no ser periodista. Así puede tener conciencia de muchos hechos y una capacidad de indignación que sigo cultivando.
 ─ ¿En un inicio tuvo que ver la señora Josefina Bórquez?
─ Sí, es la protagonista de mi novela Hasta no verte Jesús mío. Ella era una mujer que estuvo en la Revolución. Era una soldadera que me contó su vida.
 ─ ¿Su trabajo con el antropólogo Oscar Lewis la influyó para sentirse cercana a los pobres?
No, yo trabajé un mes con Oscar Lewis, pero no influyó en mí porque eso fue antes de que yo escribiera. Pero de todos modos sí leí sus libros Los hijos de Sánchez y uno que se llama Pedro Martínez que era un campesino de Tepoztlán que se vino a vivir al Distrito Federal cerca de la cárcel de Lecumberri.
 ─ En su novela La piel del cielo, usted denuncia lo difícil que es el desarrollo científico en los países latinoamericanos. ¿Tuvo que ver con el trabajo de su esposo?
─ La piel del cielo es una novela de ficción pero cuando salió publicada todo mundo me preguntaba que si era por mi esposo, pero no es así y por eso mismo hice una biografía de Guillermo Haro, bien documentada que se llama El Universo o nada y que la publicó Editorial Planeta. Una de las cosas más valiosas que él hizo fue impulsar la ciencia mexicana y enviar a muchísimos jóvenes a universidades norteamericanas y europeas.
Por eso pienso que debería de haber más presupuesto para la ciencia, en lugar de que los políticos se enriquecieran. No hay ninguna razón para que un político salga de su puesto siendo millonario.
 ─ ¿Cómo ve el estado actual de la literatura mexicana?
─ Creo, en principio, que México es muy inferior a su pasado, no sólo en la literatura sino en el arte en general. Ya no hay un Diego Rivera, un José un Clemente Orozco, un David Alfaro Siqueiros, un Juan Rulfo, una Frida Khalo, un Carlos Fuentes, un Octavio Paz, un Jaime Sabines, un Carlos Monsiváis… Desde luego, entre los jóvenes de ahora puede surgir gente muy valiosa. Nada más que tenemos que esperar.
 ─ ¿De la literatura hecha por mujeres, cuál le gusta más?
─ Me parecen muy importantes Rosario Castellanos y Elena Garro y desde luego la mejor de todos y más grande poeta del continente americano: sor Juana Inés de la Cruz.
─ ¿Qué me puede decir del taller literario que usted dirigía?
─ Sí, duró mucho más de lo pensábamos, duro años y años. Fue hace más de 30 años en la casa de Alicia Trueba. Ella, construyó su casa en función del taller, incluso con un pequeño escenario porque le gustaba mucho la actuación. Algunas de las que acudían al taller ganaron premios importantes, estuvieron allí: Rosa Nissan, Guadalupe Loaeza, Silvia Molina, también Olga de Juambelz, la directora de El Siglo de Torreón. Olga es encantadora. Ella es una mujer con mucha seguridad, muy “echada para delante”;  hermosa y elegantísima. Su padre, Dn. Antonio, estaba fascinado de tener esa hija. La escuchaba con verdadero embeleso, estaba orgulloso de su belleza, de su alegría, de su inteligencia. Lo pude ver porque Dn. Antonio me invitó a comer dos veces a su casa, cuando fui a Torreón. Comimos con su esposa y con él y estaba encantado con Olga. Ella siente mucho orgullo por su periódico.
 ─ ¿Cuál es su mayor satisfacción y qué es lo que más le preocupa?
Mi mayor satisfacción es el premio Cervantes, que es considerado el Nobel en español. Ha sido una gran alegría. También me da mucha satisfacción mi relación con la gente, recibo muchísimo cariño. Lo que más me preocupa es seguir manteniendo mi salud, porque sin salud no puedo trabajar. Me cuido mal.
Después seguimos platicando un poco más y tomamos té.

México, D.F. a 17 de agosto 2015

sábado, 29 de agosto de 2015

ESTIMADO SR. VALENZUELA


Sr. Miguel Ángel Valenzuela de Santiago
Presente.-
Estimado Sr. Valenzuela:
Agradezco mucho la carta que amablemente me hizo llegar; en ella usted asegura que mi artículo “Borges, Jung y el I Ching” le provocó una reflexión y la necesidad de explicarme sus puntos de vista sobre el libro I Ching. Su mensaje también me hizo reflexionar porque me gusta discutir en el desacuerdo, desde luego, siempre y cuando el desacuerdo se sostenga en buenos argumentos. Aunque en este caso no podríamos discutir pues entre usted y yo no hay diferencias sustanciales de opinión. Además, la visión que tengo del libro de las mutaciones es muy reducida. Mi artículo nació de una simple observación que concluyó en que consideré relevante el hecho de que el poeta argentino Jorge Luis Borges y el siquiatra suizo Carl Gustav Jung hayan escrito para esta obra. Y como bien apunta: “deje ver mi asombro”, porque muchos consideran este texto como adivinatorio. Pero usted me dice que lo de “adivinatorio” es una percepción falsa, cuando la realidad es que desde hace más de tres milenios se ha consultado con ese fin. Sí, se ha utilizada para hacer preguntas del futuro y obtener respuestas. Está documentado que muchos gobernantes han recurrido a él para establecer estrategias de guerra. Por ejemplo, puedo citar al mongol Gengis Khan quien lo requería para saber cómo planear sus ataques. Yo no  digo que se trate de: “triviales asuntos del azar y prestidigitación” (no digo tales palabras) nunca hablaría así de un libro tan importante en la historia de la humanidad.
Sr. Valenzuela, usted manifiesta que la obra en cuestión es un gran estímulo para las funciones cerebrales y el computo de la memoria automática. No podría refutar tales afirmaciones ya que desconozco la magnitud de la influencia del I Ching, si bien conozco el poder general de los buenos libros y en especial de la poesía (el I Ching es poético, claro) y puedo vislumbrar que influyen el intelecto de las personas, pero no sabría establecer el poder de un libro en específico.
 Fuera de lo anterior, hay una parte de su mensaje que me entusiasmó y fue la siguiente: “En el I Ching encontramos las mismas posibilidades de respuesta del ser humano que la cantidad numeral contenida del ajedrez en sus 64 casillas y las distintas potencialidades al mover las piezas para responder al contrincante. Si multiplicamos progresivamente las casillas del tablero entre sí tendremos un número infinito, igual a las posibilidades de respuesta del ser humano (…) el infinito se divide en el ajedrez entre el blanco y negro y en el potencial cualitativo de cada pieza: peón, alfil, caballo, torre, rey y reina. Por lo que no existe magia o adivinación en ello, sino el estudio del comportamiento humano ante el cosmos y ante sí mismos. Hemos estado estudiando sus gestos, sus muecas según se mueva o conmueva el alma…” Considero que es la mejor parte porque con ésta se me develó otra coincidencia. Le explicó: cuando recibí su carta no tenía mis lentes a la mano (para mí es imposible leer sin ellos), entonces le pedí a mi hijo, Eduardo, que me hiciera favor de leérmela. Mi hijo es médico pasante y se ha abocado al estudio de la genética. Al estar leyendo él se sorprendió ante su aclaración de que el I Ching cuanta con 64 hexagramas y que igualmente el ajedrez tiene 64 apartados que si se multiplicasen entre sí progresivamente se tendría un número infinito, como usted lo señala. Al leer eso, mi hijo, me aclaró que el código genético también cuenta con 64 codones (imposible de explicarlo aquí), de manera que en el sinfín de posibilidades del genoma humano, o el eterno bucle del DNA, también existe un 64 como base. ¡Ah! El misterio de las coincidencias.
Sin más, me despido con la alegría de saber de usted.
Afectuosamente, Angélica

sábado, 15 de agosto de 2015

NACER A LOS TREINTA Y CINCO



Mis ojos, un océano. Mi  corazón, un abismo. Camino una calle conocida. Tengo en la mirada una versión limitada de Heráclito. El camino es y no es el mismo, igual que yo. Me resigno a lo que pasa, diciéndome: “Uno nace como puede y hace lo que alcanza. Y a veces ni eso”. No me duele nada ajeno (si es que existe algo que sea ajeno). Me duele lo propio; la sangre entremezclada con la mía. Aquella que bulle fuera de mi comprensión. Soy una mujer que sueña. Y el sueño incluye pesadillas.
 Me hubiera gustado nacer a los treinta y tres años como el “Altazor” de Huidobro, él que aseguraba: “Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo (…) Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.” Sin embargo, a mí me tocó nacer a los treinta y cinco. El profundo mirar de pichón me persigue. Muchas veces me he preguntado si soy culpable de ese nacimiento tan tardío; si  soy culpable de ser una mujer nacida después de tiempo; de ser producto de un parto postmaduro. Me fui formando poco a poco sin sentir el verdadero sentido de la vida, de la muerte. La inconciencia del nonato me cobijaba. Sé que no podría explicarlo pero un día un resplandor me golpeó la mirada y fue cuando dije: “He nacido”. Así, fue la mía una gestación prolongada y en ese tiempo de gravidez hablé mis primeras palabras y di mis primeros besos. Jugué, reí y exploré lo que pude. Encontré amigos. Luego fui a la universidad y después me convertí en una esposa y tuve hijos. Madre, dos veces madre. Al momento de mi alumbramiento descubrí los tormentos de mis padres y las confusiones de mis hermanos. Conocí a mis hijos, jóvenes de esperanza que me prodigan saberes. Hijos que creen que yo los he creado cuando han sido ellos los que me han ido dando forma. He sido el vehículo para traerlos al mundo. He sido receptáculo de su conocimiento, amor y queja.
 Hasta mi alumbramiento, la ignorancia me liberaba de toda culpa. Si hice bien lo que correspondía o si lo hice con defecto; estoy perdonada. Todos tendrán que perdonarme. Nací en una edad madura y me volví una de esas mujeres que se enternece con facilidad; una de ésas que se emocionan con actos cotidianos y repetidos como los atardeceres. Por eso creen que no sé qué es el pragmatismo. Dicen que no soy una mujer práctica porque me gusta la poesía y la música y en la tormenta finjo tranquilidad. Si no se entiende lo que digo, no importa. Soy la que sabe que en la inutilidad se puede vivir el sentido del todo. Estoy pegada al mismo cielo, a las mismas palabras, a los mismos conjuros. Siempre.
Quince años después de los treinta y cinco, reconozco el trauma del nacimiento: el deslumbramiento que siguió de la oscuridad. Oigo mi llanto. Recuerdo lo poco festivo que fue (que es) ese acontecimiento. Sin bautizo ni felicitaciones ni visitas ni un solo, ¿a quién se parece?. Todo pasó tan desapercibido y yo tenía hambre y tomé pequeños tragos del mundo. Comencé a probar y me quedé temblando con el “Arte Poética” de Vicente Huidobro: Que el verso sea como una llave/ que abra mil puertas./ Una hoja cae; algo pasa volando;/ cuanto miren los ojos creado sea,/ y el alma del oyente quede temblando./ Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;/ el adjetivo, cuando no da vida, mata./ Estamos en el ciclo de los nervios./ El músculo cuelga,/ como recuerdo, en los museos;/ mas no por eso tenemos menos fuerza:/ el vigor verdadero/ reside en la cabeza./ Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!/ hacedla florecer en el poema./ Sólo para nosotros/ viven todas las cosas bajo el sol./ El poeta es un pequeño Dios.”

Sí, quisiera cuidar mi palabra y buscar el verdadero vigor en mi cabeza. Ahora tengo claro el pensamiento: siempre habrá una oportunidad para volver a nacer. Y yo, ya llevo tres veces. 

lunes, 3 de agosto de 2015

EL ESPANTAPÁJAROS DE GIRONDO



Un día, me volví loca. Fui un estallido en el pecho; un colibrí en levitación. Me creí la mujer que volaba. Me creí, el espantapájaros de Girondo. Un día, ya no caminé: Fui el espantapájaros que la hace de pájaro. Perdí la razón y qué. Ni me dolió. La locura no duele, al menos no la mía. Todo eso era necesario si pretendía ser aquella mujer, de aquel poema, de aquel poeta argentino llamado Oliverio Girondo. Ése, que se nació en 1891, que se murió en 1967 y que se escribió versos titulados  “Espantapájaros” y que comienzan así:
“No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;/ un cutis de durazno o de papel de lija./ Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida./ Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias;”
            Hasta allí, ya había olvidado que existían las arrugas y la ley de gravedad. Aunque me preocupó y pareció excesivo eso del “aliento insecticida”. Pero ya que mi demencia iba en caída libre, regresé a los golpes de luz:
“¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!/ Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa./ ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?/ ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?”
            Y quise ser como su María Luisa y viajar por el aire y deseé tener esos labios en abonos y las extremidades de pato. Pero no supe cómo tener “miradas de pronóstico reservado”. Sólo seguí comiendo ansiosa los versos:
“¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio/ a la cocina, volaba del comedor a la despensa./  Volando me preparaba el baño, la camisa./ Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.../ ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores!”
Y sí, volé por la cocina y sus alrededores, aunque tampoco fue posible ser del todo ligera como una pluma. Aun así me maravillaba:
“Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.”
            También intenté, como María Luisa, llevármelo volando, lo abracé y me quedé muda. En ese momento mi locura ya no tenía remedio:
“Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso;/  durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles,/  y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.”
            Me sonrojé, si es que un pájaro pudiera hacerlo. No obstante, sé que la imaginación tiene grandes efectos fisiológicos. Y con la fisiología continué:
“¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!/ ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes.../ la de pasarse las noches de un solo vuelo!/  Después de conocer una mujer etérea,/ ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? / ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?”
            Y tuve la tentación de una cinta de medir y una báscula pesa kilos que no pudiera darme una certeza y confirmará que yo era etérea:
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre,/ y por más empeño que ponga en concebirlo,/  no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.”

            Sí, un día me volví loca leyendo el poema “Espantapájaros” de Oliverio Girondo, e iba del asombro a la risa. Fascinada, la metamorfosis me llevó a la volatilidad. 

sábado, 18 de julio de 2015

QUIÉN DEMONIOS ENTIENDE A KANT



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El filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) en su libro Filosofía de la historia, asegura que debemos de ser autodidactas y que es por pereza por lo que seguimos siendo alumnos: La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro […] La pereza y la cobardía son causa de que una gran parte de los hombres continúe a gusto en su estado de pupilo.” Seguramente este filósofo hablaba así porque no se había topado con pensamientos tan complejos como los de él. Aunque a veces uno piensa que no es legible por fallas en la traducción del alemán al francés y de éste al español. Quién sabe.
         Me emociona mucho tener a la mano información sobre cualquier tema y poder estudiarlo por mí misma. Así se me ha ocurrido hojear libros de física cuántica o relativista. Aunque, a lo más que he llegado es a concluir que los quantum son paquetitos de energía que interactúan con la materia, que el fotón tiene la dualidad de comportarse como materia y energía y que el salto cuántico es el momento en que un electrón salta de una órbita a otra. Por eso cuando oigo a personas que cotidianamente hablan de conceptos como: “saltos cuánticos”, “relatividad” o “efecto mariposa”, me doy cuenta de que no tienen idea, en absoluto, de lo que están hablando. Hay muchísimos estudiantes de física que no logran comprender la Teoría de la relatividad. ¿Cómo voy a ser tan pretensiosa de querer entender, en una leída, algo tan complejo? Pero, me conformo con vislumbrar ciertas imágenes.
         Lo mismo sucede con otras ciencias, entre ellas la filosofía, se puede leer a los griegos, a Schopenhauer o a Nietzsche y entender lo que dijeron. Aunque después uno se tope con especialistas que anulan nuestras percepciones. Así, me asomo a otros apartados del pensamiento humano, pero lo que más me atrae es el arte. Especialmente la literatura se presenta ante mí como un mundo deslumbrante, porque allí caben todas las sensaciones e interpretaciones. Y aunque hay métodos aplicados a las obras literarias, todo puede ser subjetivo y aun así ser bello, o por eso ser bello. Desde luego hay autores difíciles, como lo es James Joyce en su Ulises, pero en general, todo mundo puede disfrutar y aprender de la literatura.
         Esta reflexión me vino porque un día, mi hija, Carolina, comentó que tenía que escribir un ensayo sobre el libro La crítica del juicio de Immanuel Kant. Yo había intentado leer La crítica de la razón pura, sin embargo, unas páginas recorridas y lo acomodé de nuevo en el librero. Entonces me puse a leer La crítica del Juicio. Luego, le hablé a mi hija para decirle que no entendía nada y que además me fastidiaba que en un pequeño párrafo, se pudiera encontrar tantas veces la frase latina a priori (previo a, de lo anterior) Ella me respondió soltando una hermosa carcajada, (claro, para ella es menos difícil; tiene un maestro que la encamina). De muestra este párrafo: “Sin embargo, el juicio viene a ser dentro de nuestras facultades de conocer un término medio entre el entendimiento y la razón, ¿tiene por sí mismos principios a priori? ¿Son éstos principios constitutivos o simplemente reguladores, no suponiendo, por tanto, un dominio particular? ¿Suministra esta facultad a priori una regla al sentimiento como término medio entre la facultad de conocer y la de querer, del mismo modo que el entendimiento prescribe a priori leyes a la primera y la razón a la segunda? He aquí de lo que se ocupa la presente critica del juicio.” Me quedó claro que en filosofía no existen sinónimos. En literatura se puede escribir entendimiento y razón como lo mismo pero aquí tienen significados diferentes. De todos modos, mi hija, me tranquilizó asegurándome que era muy difícil. “Espérate a Hegel”, continuó divertida.

         En general, lo que he aprendido sobre literatura ha sido de manera autodidacta; sé a quién leer para evitar que un autor incapaz me haga perder el tiempo. No obstante, en otras ramas siempre habrá autores para los que necesitaremos maestros, Kant es uno de ellos.

sábado, 4 de julio de 2015

HUMILDAD Y PEDANTERÍA


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Alguna vez escuché –en la televisión– a Carlos Monsiváis definirse como: “Humilde, pero no modesto”, pues aseguraba que así se lo había enseñado su maestro Carlos Pellicer cuando decía: “Yo soy humilde, modestos los pendejos”. Por supuesto, la referencia no es a la humildad como sinónimo de pobreza económica, sino a la humildad como conducta social. Y sí, creo que hay un mal entendido con la humildad. En general las personas piensan que ser humilde es negar cualquier talento o habilidad que se posea. Pero la Real Academia de la Lengua Española precisa: Humildad: Virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento. En tal caso si la humildad se basa en el conocimiento de las limitaciones; la propia definición lleva implícito también el juicio sobre las capacidades. El problema viene cuando la persona no se percata de sus limitaciones y actúa como si no las tuviera; de allí nace la pedantería.  Pedante: Se dice de la persona engreída, que hace inoportuno y vano alarde de erudición téngala o no en realidad. La pedantería entonces se presenta cuando la persona siente una necesidad irrefrenable de exhibir su sapiencia sin que la ocasión lo amerite. En contraparte el humilde reconoce sus talentos pero no es inoportuno al mostrarlos. Por eso a veces la pedantería y la humildad son difíciles de valorar por el propio individuo. Sin embargo, la evaluación para quienes lo rodean es simple: Cualquiera capta la diferencia entre una persona humilde y una pedante.
Podemos ejemplificar la humildad y la pedantería con dos pintores mexicanos que son muy reconocidos aquí en México e internacionalmente. Como pedante recordemos al fallecido José Luis Cuevas, que no perdía la oportunidad de decir lo grande que era. Y en el lado de la humildad tenemos al oaxaqueño Francisco Toledo que no hace alarde de nada, pero que consciente de su talento enseña sin recelo su arte. 
Samuel Ramos en su libro El perfil del Hombre y la cultura en México, en el capítulo “La pedantería” dice que la pedantería tiene un  fin, y que no sería remoto que esta finalidad fuera ignorada por el sujeto que practica este vicio. La pedantería es un vicio que, como todos los vicios, actúa como máscara. Algo oculta. La pedantería se refiere principalmente al estilo de hablar y de escribir y tiene como intención hacer gala del talento y de la erudición del sujeto que se expresa. “El pedante aprovecha toda ocasión para exhibir ante grandes o pequeños auditorios sus prodigiosas cualidades, pero siempre lo hace con inoportunidad. [...] Hablan de cosas profundas, en una conversación familiar. El pedante choca siempre a los demás. Parece decir: aquí yo soy el único que vale, ustedes son unos imbéciles”. Explica Ramos.

  ¿Qué es lo que pretende disimular la pedantería? Según el escritor  de El perfil del hombre... consiste en que el pedante desea ocultar su déficit intelectual y su sentimiento de menor valía. Y respecto al complejo de inferioridad, el autor afirma que todos los mexicanos lo tenemos pero que no nos viene de lo económico ni de lo intelectual ni de lo social, él dice: “.... el sentimiento de menor valía, proviene, sin duda del mero hecho de ser mexicano”. Así, manifiesta que este mismo sentimiento de inferioridad es igual para burgueses que para proletarios. La diferencia estriba en que el rico es experto en disimularlo, en tanto que el pobre exhibe su sicología sin mayor cuestionamiento. No obstante, yo no estoy de acuerdo totalmente con Ramos, pues no creo que todo mexicano tenga complejos de inferioridad sólo por el hecho de ser mexicano, ya que en 1934, cuando Samuel Ramos escribió este libro México era otro; las nuevas generaciones de mexicanos cada vez surgen más seguras de sí mismas, pues tienen acceso a más educación y más cultura. Ojalá eso nos ayudara a ser más humildes -no modestos- y menos pedantes.

sábado, 20 de junio de 2015

ESTAR LOCO


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Hay muchas maneras de estar loco, incluso, algunas llenas de gracia y creatividad. En cambio, las hay destructivas y perversas. Como la locura que atenta contra la vida de los demás. Por eso les han llamado locos a los pilotos que derrumbaron las Torres Gemelas; loco todo aquél que se ha hecho estallar para matar a otros; locos los que han perpetrado asesinatos masivos. Así, somos impotentes ante lo impredecible de la locura. A pesar de lo que la psiquiatría ha estudiado; una mente perturbada siempre encuentra un camino inédito para expresarse. Entonces, se decretan medidas cautelarías: “para que no vuelva a suceder”, dicen.
El 24 de marzo de este año, el copiloto alemán Andreas Lubitz, estrellóstrellar el Airbus A320 de Germanwings en los Alpes franceses, en donde murieron 150 personas (dos jóvenes mexicanas, entre ellos). Desde el 11 de septiembre del 2001, se decidió que para evitar que los terroristas tuvieran acceso a la cabina de control, ésta sólo se abriría por dentro. Irónicamente, esta vez el asesino iba adentro. La puerta quedó sellada de tal forma que el piloto, que había ido al baño, ya no pudo entrar.
A Lubitz le habían diagnosticado “Depresión con tendencias suicidas”. Y es extraño, porque no es común oír que una persona deprimida se convierta en asesina. Lo usual es que escuchemos que se hacen daño sólo a sí mismas. Por lo que obliga a que el sistema de selección de pilotos sea reformado. Ya no sólo se tratará de pruebas psicológicas o psiquiátricas, sino de exámenes neurológicos y bioquímicos específicos. Lubitz de 27 años de edad, aparentemente estaba deprimido, recién había roto su compromiso matrimonial e iba a tener un hijo con quien llevaba 10 años de relación.
“La depresión es la peor enfermedad que una persona puede padecer”, asegura, el neurocientífico estadounidense Robert Sapolsky. La depresión es un padecimiento grave por la ignorancia que existe en torno a ésta y porque muchas personas creen que es cuestión de voluntad. Según la OMS, actualmente la depresión ocupa el 4º. lugar de incapacidad laboral, después de la diabetes, hipertensión y enfermedades cardiovasculares; dentro de 10 años será la segunda causa. El 50 % de la población ha tenido depresión en algún momento de su vida. Ello explica la gran cantidad de antidepresivos que hay en el mercado.
Sin embargo, la depresión es una de las enfermedades más complejas. En una conferencia impartida por Sapolsky, titulada: “On depression” (Youtube), explica porque la depresión no se pueda modificar a voluntad, como muchos creen. Allí, el científico expone las alteraciones bioquímicas cerebrales que provocan que las personas depresivas tengan anodinia (pérdida del placer), culpa, retardo sicomotor (desgano), autoengaño, deseos de autoagredirse (en algunos casos suicidio) y trastornos del sueños. En la depresión existe deficiencia de algunos neurotrasmisores como serotonina, dopamina y noradrenalina. Por eso cuando éstas disminuyen el estado de ánimo de una persona no se puede mejorar con un “anímate”, “échale ganas” o “ponte las pilas”. Sapolsky explica que eso equivaldría a decirle a un paciente con diabetes tipo I: “Vamos, anímate, ponte a fabricar tu propia insulina”, así de absurdo.

Hay grandes avances en el conocimiento de la depresión, aun así se estigmatiza a quien la padece. Pues es verdad que se crean asociaciones para recaudar fondos para  padecimientos raros, más no para las alteraciones psiquiátricas. Robert Sapolsky describe cómo varios pacientes con cáncer están agradecidos con la vida por padecerlo, pues aprenden a disfrutar cada momento de su vida. En contraste, la depresión no tiene ninguna compensación ya que parte de los síntomas es, precisamente, la incapacidad para sentir placer. Tal vez si Lubitz, hubiera tenido un tratamiento y diagnóstico adecuados, se habría evitado la tragedia. No es tan trivial como decir: “¡Ah, estaba loco!” Tristemente tenía razón cuando dijo: “Todo cambiará…”, y cambiará, especialmente para los pilotos. Aunque la responsabilidad recaerá sobre los médicos que evalúan quién está apto mentalmente, o no, para ser piloto.