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Angélica López Gándara (Francisco I. Madero, Dgo. 1964) Se tituló de médico en la UAC. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales. Escribe cuento y ensayo. Colabora regularmente en la revista Siglo Nuevo, suplemento del periódico El Siglo de Torreón. Ha publicado en las revistas: Estepa del Nazas, Acequias, Cultura de Veracruz, La Manzana, Intermezzo y Edukt, además en los libros colectivos Enseñanza superior, Coral para Enriqueta Ochoa, Voces del desierto, Sinfonía a doce voces y Cien puertas de Torreón. Coconductora del programa “Las letras al aire” de radio Torreón. Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” (2000 y 2015). El peor de los pecados es su primer libro de cuentos.
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lunes, 3 de agosto de 2015

EL ESPANTAPÁJAROS DE GIRONDO



Un día, me volví loca. Fui un estallido en el pecho; un colibrí en levitación. Me creí la mujer que volaba. Me creí, el espantapájaros de Girondo. Un día, ya no caminé: Fui el espantapájaros que la hace de pájaro. Perdí la razón y qué. Ni me dolió. La locura no duele, al menos no la mía. Todo eso era necesario si pretendía ser aquella mujer, de aquel poema, de aquel poeta argentino llamado Oliverio Girondo. Ése, que se nació en1891, que se murió en 1967 y que se escribió versos titulados  “Espantapájaros” y que comienzan así:
“No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;/ un cutis de durazno o de papel de lija./ Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida./ Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias;”
            Hasta allí, ya había olvidado que existían las arrugas y la ley de gravedad. Aunque me preocupó y pareció excesivo eso del “aliento insecticida”. Pero ya que mi demencia iba en caída libre, regresé a los golpes de luz:
“¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!/ Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa./ ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?/ ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?”
            Y quise ser como su María Luisa y viajar por el aire y deseé tener esos labios en abonos y las extremidades de pato. Pero no supe cómo tener “miradas de pronóstico reservado”. Sólo seguí comiendo ansiosa los versos:
“¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio/ a la cocina, volaba del comedor a la despensa./  Volando me preparaba el baño, la camisa./ Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.../ ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores!”
Y sí, volé por la cocina y sus alrededores, aunque tampoco fue posible ser del todo ser tan ligera como una pluma. Aun así me maravillaba:
“Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.”
            También intenté, como María Luisa, llevármelo volando, lo abracé y me quedé muda. En ese momento mi locura ya no tenía remedio:
“Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso;/  durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles,/  y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.”
            Me sonrojé, si es que un pájaro pudiera hacerlo. No obstante, sé que la imaginación tiene grandes efectos fisiológicos. Y con la fisiología continué:
“¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!/ ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes.../ la de pasarse las noches de un solo vuelo!/  Después de conocer una mujer etérea,/ ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? / ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?”
            Y tuve la tentación de una cinta de medir y una báscula pesa kilos que no pudiera darme una certeza y confirmará que yo era etérea:
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre,/ y por más empeño que ponga en concebirlo,/  no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.”

            Sí, un día me volví loca leyendo el poema “Espantapájaros” de Oliverio Girondo, e iba del asombro a la risa. Fascinada, la metamorfosis me llevó a la volatilidad. 

sábado, 18 de julio de 2015

QUIÉN DEMONIOS ENTIENDE A KANT



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El filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) en su libro Filosofía de la historia, asegura que debemos de ser autodidactas y que es por pereza por lo que seguimos siendo alumnos: La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro […] La pereza y la cobardía son causa de que una gran parte de los hombres continúe a gusto en su estado de pupilo.” Seguramente este filósofo hablaba así porque no se había topado con pensamientos tan complejos como los de él. Aunque a veces uno piensa que no es legible por fallas en la traducción del alemán al francés y de éste al español. Quién sabe.
         Me emociona mucho tener a la mano información sobre cualquier tema y poder estudiarlo por mí misma. Así se me ha ocurrido hojear libros de física cuántica o relativista. Aunque, a lo más que he llegado es a concluir que los quantum son paquetitos de energía que interactúan con la materia, que el fotón tiene la dualidad de comportarse como materia y energía y que el salto cuántico es el momento en que un electrón salta de una órbita a otra. Por eso cuando oigo a personas que cotidianamente hablan de conceptos como: “saltos cuánticos”, “relatividad” o “efecto mariposa”, me doy cuenta de que no tienen idea, en absoluto, de lo que están hablando. Hay muchísimos estudiantes de física que no logran comprender la Teoría de la relatividad. ¿Cómo voy a ser tan pretensiosa de querer entender, en una leída, algo tan complejo? Pero, me conformo con vislumbrar ciertas imágenes.
         Lo mismo sucede con otras ciencias, entre ellas la filosofía, se puede leer a los griegos, a Schopenhauer o a Nietzsche y entender lo que dijeron. Aunque después uno se tope con especialistas que anulan nuestras percepciones. Así, me asomo a otros apartados del pensamiento humano, pero lo que más me atrae es el arte. Especialmente la literatura se presenta ante mí como un mundo deslumbrante, porque allí caben todas las sensaciones e interpretaciones. Y aunque hay métodos aplicados a las obras literarias, todo puede ser subjetivo y aun así ser bello, o por eso ser bello. Desde luego hay autores difíciles, como lo es James Joyce en su Ulises, pero en general, todo mundo puede disfrutar y aprender de la literatura.
         Esta reflexión me vino porque un día, mi hija, Carolina, comentó que tenía que escribir un ensayo sobre el libro La crítica del juicio de Immanuel Kant. Yo había intentado leer La crítica de la razón pura, sin embargo, unas páginas recorridas y lo acomodé de nuevo en el librero. Entonces me puse a leer La crítica del Juicio. Luego, le hablé a mi hija para decirle que no entendía nada y que además me fastidiaba que en un pequeño párrafo, se pudiera encontrar tantas veces la frase latina a priori (previo a, de lo anterior) Ella me respondió soltando una hermosa carcajada, (claro, para ella es menos difícil; tiene un maestro que la encamina). De muestra este párrafo: “Sin embargo, el juicio viene a ser dentro de nuestras facultades de conocer un término medio entre el entendimiento y la razón, ¿tiene por sí mismos principios a priori? ¿Son éstos principios constitutivos o simplemente reguladores, no suponiendo, por tanto, un dominio particular? ¿Suministra esta facultad a priori una regla al sentimiento como término medio entre la facultad de conocer y la de querer, del mismo modo que el entendimiento prescribe a priori leyes a la primera y la razón a la segunda? He aquí de lo que se ocupa la presente critica del juicio.” Me quedó claro que en filosofía no existen sinónimos. En literatura se puede escribir entendimiento y razón como lo mismo pero aquí tienen significados diferentes. De todos modos, mi hija, me tranquilizó asegurándome que era muy difícil. “Espérate a Hegel”, continuó divertida.

         En general, lo que he aprendido sobre literatura ha sido de manera autodidacta; sé a quién leer para evitar que un autor incapaz me haga perder el tiempo. No obstante, en otras ramas siempre habrá autores para los que necesitaremos maestros, Kant es uno de ellos.

sábado, 4 de julio de 2015

HUMILDAD Y PEDANTERÍA


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Alguna vez escuché –en la televisión– a Carlos Monsiváis definirse como: “Humilde, pero no modesto”, pues aseguraba que así se lo había enseñado su maestro Carlos Pellicer cuando decía: “Yo soy humilde, modestos los pendejos”. Por supuesto, la referencia no es a la humildad como sinónimo de pobreza económica, sino a la humildad como conducta social. Y sí, creo que hay un mal entendido con la humildad. En general las personas piensan que ser humilde es negar cualquier talento o habilidad que se posea. Pero la Real Academia de la Lengua Española precisa: Humildad: Virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento. En tal caso si la humildad se basa en el conocimiento de las limitaciones; la propia definición lleva implícito también el juicio sobre las capacidades. El problema viene cuando la persona no se percata de sus limitaciones y actúa como si no las tuviera; de allí nace la pedantería.  Pedante: Se dice de la persona engreída, que hace inoportuno y vano alarde de erudición téngala o no en realidad. La pedantería entonces se presenta cuando la persona siente una necesidad irrefrenable de exhibir su sapiencia sin que la ocasión lo amerite. En contraparte el humilde reconoce sus talentos pero no es inoportuno al mostrarlos. Por eso a veces la pedantería y la humildad son difíciles de valorar por el propio individuo. Sin embargo, la evaluación para quienes lo rodean es simple: Cualquiera capta la diferencia entre una persona humilde y una pedante.
Podemos ejemplificar la humildad y la pedantería con dos pintores mexicanos que son muy reconocidos aquí en México e internacionalmente. Como pedante recordemos al fallecido José Luis Cuevas, que no perdía la oportunidad de decir lo grande que era. Y en el lado de la humildad tenemos al oaxaqueño Francisco Toledo que no hace alarde de nada, pero que consciente de su talento enseña sin recelo su arte. 
Samuel Ramos en su libro El perfil del Hombre y la cultura en México, en el capítulo “La pedantería” dice que la pedantería tiene un  fin, y que no sería remoto que esta finalidad fuera ignorada por el sujeto que practica este vicio. La pedantería es un vicio que, como todos los vicios, actúa como máscara. Algo oculta. La pedantería se refiere principalmente al estilo de hablar y de escribir y tiene como intención hacer gala del talento y de la erudición del sujeto que se expresa. “El pedante aprovecha toda ocasión para exhibir ante grandes o pequeños auditorios sus prodigiosas cualidades, pero siempre lo hace con inoportunidad. [...] Hablan de cosas profundas, en una conversación familiar. El pedante choca siempre a los demás. Parece decir: aquí yo soy el único que vale, ustedes son unos imbéciles”. Explica Ramos.

  ¿Qué es lo que pretende disimular la pedantería? Según el escritor  de El perfil del hombre... consiste en que el pedante desea ocultar su déficit intelectual y su sentimiento de menor valía. Y respecto al complejo de inferioridad, el autor afirma que todos los mexicanos lo tenemos pero que no nos viene de lo económico ni de lo intelectual ni de lo social, él dice: “.... el sentimiento de menor valía, proviene, sin duda del mero hecho de ser mexicano”. Así, manifiesta que este mismo sentimiento de inferioridad es igual para burgueses que para proletarios. La diferencia estriba en que el rico es experto en disimularlo, en tanto que el pobre exhibe su sicología sin mayor cuestionamiento. No obstante, yo no estoy de acuerdo totalmente con Ramos, pues no creo que todo mexicano tenga complejos de inferioridad sólo por el hecho de ser mexicano, ya que en 1934, cuando Samuel Ramos escribió este libro México era otro; las nuevas generaciones de mexicanos cada vez surgen más seguras de sí mismas, pues tienen acceso a más educación y más cultura. Ojalá eso nos ayudara a ser más humildes -no modestos- y menos pedantes.

sábado, 20 de junio de 2015

ESTAR LOCO


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Hay muchas maneras de estar loco, incluso, algunas llenas de gracia y creatividad. En cambio, las hay destructivas y perversas. Como la locura que atenta contra la vida de los demás. Por eso les han llamado locos a los pilotos que derrumbaron las Torres Gemelas; loco todo aquél que se ha hecho estallar para matar a otros; locos los que han perpetrado asesinatos masivos. Así, somos impotentes ante lo impredecible de la locura. A pesar de lo que la psiquiatría ha estudiado; una mente perturbada siempre encuentra un camino inédito para expresarse. Entonces, se decretan medidas cautelarías: “para que no vuelva a suceder”, dicen.
El 24 de marzo de este año, el copiloto alemán Andreas Lubitz, estrellóstrellar el Airbus A320 de Germanwings en los Alpes franceses, en donde murieron 150 personas (dos jóvenes mexicanas, entre ellos). Desde el 11 de septiembre del 2001, se decidió que para evitar que los terroristas tuvieran acceso a la cabina de control, ésta sólo se abriría por dentro. Irónicamente, esta vez el asesino iba adentro. La puerta quedó sellada de tal forma que el piloto, que había ido al baño, ya no pudo entrar.
A Lubitz le habían diagnosticado “Depresión con tendencias suicidas”. Y es extraño, porque no es común oír que una persona deprimida se convierta en asesina. Lo usual es que escuchemos que se hacen daño sólo a sí mismas. Por lo que obliga a que el sistema de selección de pilotos sea reformado. Ya no sólo se tratará de pruebas psicológicas o psiquiátricas, sino de exámenes neurológicos y bioquímicos específicos. Lubitz de 27 años de edad, aparentemente estaba deprimido, recién había roto su compromiso matrimonial e iba a tener un hijo con quien llevaba 10 años de relación.
“La depresión es la peor enfermedad que una persona puede padecer”, asegura, el neurocientífico estadounidense Robert Sapolsky. La depresión es un padecimiento grave por la ignorancia que existe en torno a ésta y porque muchas personas creen que es cuestión de voluntad. Según la OMS, actualmente la depresión ocupa el 4º. lugar de incapacidad laboral, después de la diabetes, hipertensión y enfermedades cardiovasculares; dentro de 10 años será la segunda causa. El 50 % de la población ha tenido depresión en algún momento de su vida. Ello explica la gran cantidad de antidepresivos que hay en el mercado.
Sin embargo, la depresión es una de las enfermedades más complejas. En una conferencia impartida por Sapolsky, titulada: “On depression” (Youtube), explica porque la depresión no se pueda modificar a voluntad, como muchos creen. Allí, el científico expone las alteraciones bioquímicas cerebrales que provocan que las personas depresivas tengan anodinia (pérdida del placer), culpa, retardo sicomotor (desgano), autoengaño, deseos de autoagredirse (en algunos casos suicidio) y trastornos del sueños. En la depresión existe deficiencia de algunos neurotrasmisores como serotonina, dopamina y noradrenalina. Por eso cuando éstas disminuyen el estado de ánimo de una persona no se puede mejorar con un “anímate”, “échale ganas” o “ponte las pilas”. Sapolsky explica que eso equivaldría a decirle a un paciente con diabetes tipo I: “Vamos, anímate, ponte a fabricar tu propia insulina”, así de absurdo.

Hay grandes avances en el conocimiento de la depresión, aun así se estigmatiza a quien la padece. Pues es verdad que se crean asociaciones para recaudar fondos para  padecimientos raros, más no para las alteraciones psiquiátricas. Robert Sapolsky describe cómo varios pacientes con cáncer están agradecidos con la vida por padecerlo, pues aprenden a disfrutar cada momento de su vida. En contraste, la depresión no tiene ninguna compensación ya que parte de los síntomas es, precisamente, la incapacidad para sentir placer. Tal vez si Lubitz, hubiera tenido un tratamiento y diagnóstico adecuados, se habría evitado la tragedia. No es tan trivial como decir: “¡Ah, estaba loco!” Tristemente tenía razón cuando dijo: “Todo cambiará…”, y cambiará, especialmente para los pilotos. Aunque la responsabilidad recaerá sobre los médicos que evalúan quién está apto mentalmente, o no, para ser piloto.

sábado, 6 de junio de 2015

A YUCATÁN CON CEFALEA

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Un miércoles, a las 2 de la tarde y con 40 grados centígrados, llegamos a Mérida, Yucatán. Cerca de donde algunos científicos consideran que hace 65 millones de años cayó un meteorito que permitió que la tierra se reseteara. Llegamos al lugar de los mayas y sus imponentes pirámides. Yucatán, estado de pueblos mágicos; de la ceiba y el henequén; de la jarana y la vaquería; de la cochinita pibil, el poc-chuc, el chimole, los papadzules, el relleno negro, la sopa de lima, el chile habanero y el dulce de papaya. Pasear por esta tierra fue como estar en paz con todo. Aunque, en este viaje hubo momentos en que la paz no estaba conmigo.
 Una de esas noches yucatecas, oí a un grupo de niños que cantaban en lengua maya canciones que yo no entendía, pero que podía sentir. Ellos eran pequeños y con gracia. Bailaban un poco de jarana y gritaban: “¡Bomba!: Un yucateco de una iglesia se cayó y ni un hueso se rompió, porque él, de cabeza cayó”. Caminé las calles del centro histórico, vi sus iglesias del siglo XXVI y XXVII. Buscaba los motivos de los conquistadores entre aquellas construcciones de gruesos muros, tan gruesos como de metro y medio. “Iglesias católicas hechas de las piedras de pirámides destruidas”, así lo decía un meridano y señalaba los símbolos mayas inscritos en algunas losas que forman parte de las construcciones. En el templo de la virgen del Carmen, se exhibían grandes cuadros que representaban la vida de Cristo: de niño, en el juicio (cuando Poncio Pilatos se lava las manos)  en el viacrucis y la resurrección. Éstas son obras muy emotivas.
         Un día fuimos a Celestún. Una lancha nos llevaba por un río limpio y apacible. Vi manglares y sólo algunos flamencos. Pocos flamencos porque: “no es época de que estén aquí. Ahora están incubando”, dijo el conductor. Mientras la lancha avanzaba, veía garzas, pelícanos, águilas, patos… Había unas pozas azules donde las personas podían nadar. Después fuimos al mar, a ese mar azul turquesa.

         Un día más, la naturaleza me dio un pequeño revés. Fui atacada por un dolor de cabeza que no cedió a los analgésicos y trasformó mi ánimo. Aun así, subí al camión turístico. Un hombre nos guiaba hacía las pirámides de Uxmal. Yo lo escuchaba aturdida por la cefalea que me amargaba, por eso cuando él decía cosas como: “Dicen que…”, “se cree…”, “tal vez…” yo renegaba para mis adentros. “Bah, ¿y la historiografía? ¿Y los datos duros”. Yo respondía muda a sus enseñanzas: “Este es la montaña más grande que tenemos por el momento”. A lo que yo respondía: “¿Hasta el momento?, quizá por la tarde nazca otra.” El hombre prevenía: “En Yucatán, la comida es muy condimentada y con frecuencia hace muchos estragos”. En mi estado semiconsciente agregaba: “Sí, condimentada con salmonella. Ya supimos de varios casos de diarrea”. Después dijo que las pirámides tenían más de mil quinientos años y que estaba comprobado por pruebas de carbono 14”. A pesar de que: “El carbono 14 sólo se realiza en materia orgánica, no en piedras”. Después nos dijo que tuviéramos a la mano identificación porque las personas “normales” pagaban menos que los extranjeros, “¿los extranjeros eran anormales?”. Sin dolor de cabeza todo esto me hubiera parecido gracioso, pero... Alguien le preguntó en francés no sé qué cosa, a lo que él respondió en ese idioma y dijo que también hablaba alemán. Con eso me aplacó, un poco. Subí a la pirámide permitida casi ahogándome, con la decepción de que a mi condición física la tenía sobrevalorada. Esa vez, después de comer regresamos al espectáculo de luz y sonido en las pirámides, algo muy emotivo a pesar de mi condición de testa adolorida. Se oían pájaros pero también el chillido de murciélagos que sobrevolaban la planicie entre las pirámides. Yo pensé: “No me vayan a contagiar la rabia”. Aunque rabia yo ya tenía. Luego la cefalea desapareció y me permitió disfrutar el resto del viaje. Fue una gran experiencia pisar tierras mayas. El domingo por la noche, de regreso a Torreón me sorprendió que la primavera siguiera fresca.

sábado, 23 de mayo de 2015

CUATRO, TREINTA Y TRES


Una de las disciplinas que me hubiera gustado aprender es la interpretación de música; en piano, violín o en lo que fuera. Pero, eso no fue para mí. Desde luego, estoy lejos de sentirme frustrada por esa razón, y menos ahora que sé que sí puedo tocar una obra. No sólo eso, considero que la interpretaría perfectamente. No creo que haya nadie que pudiera encontrarle defectos a mi ejecución, o al menos dudo mucho que se atrevieran a decir que lo hice mal. Tan segura estoy de lograrlo que alguna vez divagué con ofrecer ese concierto en público. Se trata de una obra que, aunque nació para piano, de igual forma puede ser para timbales, violín, trompeta, chelo o cualquier otro instrumento. Es curioso, nadie ha hecho las adaptaciones para cada ocasión, sin embargo, se creó con la peculiaridad de que se puede tocar con lo que se desee, incluso por una orquesta.
         La composición, la cual sería la única que yo podría interpretar, se llama “Cuatro, treinta y tres” (4´33´´) y como el nombre lo indica, su duración es de cuatro minutos con treinta y tres segundos. Consta de tres movimientos y fue imaginada por el compositor estadounidense John Cage en 1952. Al inicio de cada uno de los movimientos, (que duran 1. 31 minutos, cada uno) está escrita la palabra Tacet del latín calla, es decir silencio. Esta obra ha sido interpretada ante los más variados públicos y en muchas salas de prestigio (se pueden ver las muestras en Youtube). Lo extraordinario de estas partituras es que todo lo que tiene escrito es el título de la obra y el de los movimientos. No tiene plasmada, ni una, ni una sola nota. El papel pautado está limpio. Si es una orquesta la que la va interpretar el director llega, levanta la batuta, la baja y en seguida se queda por un minuto y treinta y un segundos, catatónico, al igual que los demás músicos. Esto se repite dos veces más. El director, hasta se limpia el sudor y toda la payasada, sin haber tocado nada de nada. Lo mismo sucede si es pianista o cualquier otro solista. Se supone que la música se produce con el ruido del ambiente.
         Algunos críticos dicen que es una propuesta artística interesante y que cada vez que se tenga esa obra enfrente será una experiencia diferente de ruidos ambientales. Pero, ¿necesitamos de eso para estar conscientes del ambiente? Porque si yo soy fiel a mi instinto, recibo este tipo de creaciones como una simple curiosidad. Imagino si sería posible que el violinista Itzhak Perlman programara, en uno de sus conciertos, el 4’ 33’’ de John Cage, y concluyo que eso no sucederá jamás. Por eso digo que la puedo interpretar, y es verdad. ¿Quién podría decirme que no? La vanguardia es tolerante con cualquier tipo de expresión y los críticos insisten en ensalzar obras que no tienen ningún mérito y ello hace que se ensucie nuestro juicio sobre el verdadero arte. Los críticos hacen que el público dude y generan inseguridad en las personas cuando se tropiezan con obras que no les gustan y terminan aceptándolas porque tal o cual experto dice que son extraordinarias.
         Con frecuencia los artistas hacen innovaciones (de eso se trata), pero alegan como su principal valor, precisamente, que “nadie lo había pensado”. Sin embargo, muchas de esas creaciones no es que a otros no se les hayan ocurrido sino que lo consideraron tonterías y por esa razón no se llevaron a cabo. Imaginemos que en el Barroco, a Vivaldi o a Bach, les hubieran mostrado una obra sin una sola nota, eso sería una simple broma. En cambio ahora se paga por esas expresiones.
Desde luego, sin el silencio no hay música, pero el silencio sin sonido es sólo ruido del ambiente, porque el silencio absoluto sólo existe en el espacio sideral. Los silencios no son algo nuevo en el arte, sabemos de libros en los que únicamente tienen el nombre del autor y el título con más de doscientas páginas en blanco, cuadros con el lienzo mudos, artículos periodísticos publicados en blanco y poemas que no son nada; considero a estos curiosidades (insisto), no más.

Pensándolo bien, y ya que yo no soy músico, me daría mucha vergüenza interpretar el “Cuatro, treinta y tres” de John Cage.

sábado, 9 de mayo de 2015

EL ARTE DE SER JUMENTO


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Me pasó una de esas noches en las que no podía dormir, y, como otras veces, decidí leerme un cuento. Ese día le había puesto punto final a un artículo sobre un tema político; para ello había leído múltiples textos. Esa fue la causa del desasosiego que sentía y que no me dejaba dormir. Tenía la sensación de haber entrado a un gran contenedor de basura en donde yo buscaba algo a lo que  pudiera darle una apariencia diferente. Pero en el intento, sin remedio,  mi mente se llenó de inmundicia; decidí limpiarla y tomé el libro de Platero y yo del malagueño Juan Ramón Jiménez (1881-1956). Esa hermosa narración poética fue un baño de cielo, un respiro de verdes prados y aves canoras, una probada de tierra húmeda. Fue la mirada de inocencia que necesitaba para ver la belleza del este mundo.
         Platero y yo, es la historia de la relación de un hombre y un burro. Especialmente, es la vida y muerte de un asno que parece estar hecho de algodón y que se llama Platero. Después de toparme con la ternura de este blanco rebuznador, me puse a pensar en tantos jumentos, rucios, onagros, pollinos o asnos que tiene la historia. Sí, hay muchos burros importantes, tantos, que no podría enumerarlos. Desde luego no esperemos que tengan la fama de sus parientes  caballos, como el Rocinante de don Quijote, el Babieca del Cid Campeador, el (senador) Incitatus de Calígula, el Lazlos de Mahoma, el Bucéfalo de Alejandro Magno, el Merengo de Napoleón, el Siete Leguas de Villa y hasta uno de madera que es el de Troya, entre otros.
         El primer burro que aparece en la Biblia lo hace como cadáver, en forma de arma huesuda. Se trata del primer asesinato de la historia de la humanidad que, según Moisés, fue perpetrado con una quijada de burro cuando Caín mató a su hermano Abel. Luego Sansón con otra quijada asnal da muerte a mil filisteos. De manera que el miedo sí puede andar en (quijada de) burro. En el Nuevo Testamento aparece otro burro ilustre y es el transporte de María a Belén. E igualmente la entrada de Cristo a Jerusalén es en uno de éstos: “He aquí, tu rey viene a ti, justo y dotado de salvación, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de asna” Zacarias 9:9
         Otro asno célebre, aunque también sin nombre, es el que acompaña a Sancho Panza,  el escudero de don Quijote. “El asno de Sancho” y aquí, el enunciado aplica en los dos sentidos: en el de pertenecía y en el de ausencia de inteligencia. Al menos eso es lo que frecuentemente le dice don Quijote a Panza, “falto de entendimiento”. Aunque en realidad Sancho no es menso, Cervantes lo personifica como bastante ingenioso. Algunos han dicho que este  asno se llama Rucio, pero rucio es sinónimo de burro y  El ingenioso Hidalgo... se refiere a él así, sin mayúscula. También es famoso porque en el capítulo XXIII de la novela  se lo roban, desaparece,  y en el capítulo XXX vuelve sin ninguna explicación. Miguel de Cervantes se olvidó de ese robo; se dieron cuenta de eso después de la primera publicación.       
         Siempre me han gustado estos animales tradicionalmente de carga, (“trabajo como burro”, dicen) pero considero han sido discriminados porque los comparan con las personas tontas. Por eso antes, cuando parte de la educación era basada en la humillación, se les ponían orejas de burro a los niños. Recuerdo que en el lugar donde fui niña era frecuente oír sus rebuznos. Desde entonces el sonido que emiten me parece nostálgico. Ahora mismo vienen a mi mente otras significaciones asnales, por ejemplo: los niños que jugaban al “bríncate burro” diciendo frases muy chistosas y que en las kermeses nos vendaban los ojos para competir a ver quién le ponía la cola al burro. En fin, en el lenguaje cotidiano lo encontramos en las comidas de “burritos” o en el trabajo doméstico en los burros de planchar ropa. Sin embargo, con todo y la primavera, algunos dicen que los asnos están en peligro de extinción. Quién sabe si sea cierto.

Mientras escribo esto, suspiro y recuerdo que es tan fácil, y tan difícil, ser el burro que tocó la flauta. Por eso para ser ese burro se requiere arte. El arte que siempre estará allí para salvarnos de la inmundicia.