Mi foto
Nació en Francisco I. Madero, Dgo. en 1964. Médica egresada de la Facultad de Medicina de UA de C. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular de la revista Siglo Nuevo, suplemento del periódico El Siglo de Torreón. Ha publicado en las revistas: Estepa del Nazas, Acequias, Cultura de Veracruz, La Manzana, Intermezzo y Edukt. Y en los libros colectivos Enseñanza superior, Coral para Enriqueta Ochoa, Voces del desierto, Sinfonía a doce voces, Cien puertas de Torreón, Perfiles sobre José Revueltas, Camerata de Coahuila. Dos décadas de música y Horizontes de sol y polvo I; Panorama del cuento lagunero. Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015. El peor de los pecados es su primer libro de cuentos. Correo electrónico: lopgan@yahoo.com

sábado, 21 de mayo de 2016

SAÚL ROSALES VISTO POR ÉL MISMO


Resultado de imagen para Saúl Rosales

Hace trece años leí la autobiografía del maestro Saúl Rosales, texto que pocos  conocemos porque nunca ha sido publicado. Con esta lectura tuve una idea de cómo se veía él a sí mismo y de cuáles fueron los hechos de su vida que consideraba relevantes. Allí, recuerda a su madre Epigmenia Carrillo, mujer de “talante festivo” a quien no le gustaba su nombre, por eso fue cuidadosa al escoger él de sus hijos. Así, llamó Saúl a su quinto hijo; un nombre bíblico para aquel niño que al hacerse hombre reclamaría su fe en el ateísmo. Rosales escribe de su madre con ternura, con admiración. Epigmenia es una mujer estoica, diligente en casas extrañas; mantiene a una familia de seis, porque el padre enfermo aporta poco o nada al sustento familiar. Su madre murió en 1983, a los 76 años, de un obstinado cáncer: “Me quedé para siempre con el autorreproche de no haber podido decirle nunca te quiero”, dice el autor.
         Los retratos junto a su padre son de colores tristes. En uno, el niño de cuatro años, de blanquísima piel y pelo negro (abundante y ensortijado) está encaramado en la barra de una cantina, mientras David Rosales, su padre, toma cerveza y presume de su hijo varón, (otros dos no habían sobrevivido). En otra imagen, el pequeño camina por algún burdel de la zona de tolerancia, acompañando a su progenitor. El último retrato es donde el escritor aparece preocupado por saldar las cuentas del Hospital Universitario, lugar donde falleció don David a la edad de 92 años.
         Saúl Rosales nació en Torreón en 1940 en la colonia Metalúrgica y creció en la colonia Ana, en el barrio de la Paloma Azul. Fue un niño tímido, inhábil jugador de beisbol, trompo, balero y canicas. Era malo para los juegos más no para el trabajo. A los doce años se desempeñó como aprendiz en una imprenta, pero al año lo nombraron linotipista, provocando el asombro de sus compañeros. Estudió en la escuela primaria federal Felipe Carrillo Puerto, dónde fue una víctima más, de quienes consideraban obligatorio a recitar “El brindis del bohemio” de Guillermo Aguirre:y a pesar del glamur precarista de una cosa así me sentí ridículo por el gigantesco moño negro de listón y el saco de supuesto bardo con que me caracterizaron”, asegura el escritor.
En sus días escolares, Rosales, se deslumbró con el libro América es mi patria de Wilberto Cantón; conoció la poesía con Hojas de hierba de Walt Whitman y la novela La buena tierra, de Pearl S. Buck, de esta obra expresa: “No recuerdo nada de la novela de Buck. Nunca he podido releerla […] no recuerdo nada, excepto que me hizo muy feliz leerla y que ella contribuyó a despertarme la idea de ser escritor algún día”.
El joven Rosales terminó la primaria y luego siguió trabajando en la imprenta para ayudar económicamente a sus padres. A los diecinueve años viajó a la ciudad de México dónde se enlistó como soldado y posteriormente ingresó a la Escuela Militar de Mecánicos de Aviación de la Fuerza Aérea Mexicana (que después sería trasladada a Zapopán, Jalisco). “Llegué a sargento segundo de alumnos y a comandante de la escolta de la escuela que para entonces ya integraba, con la de pilotos y la de meteorólogos, el Colegio del Aire de la Fuerza Aérea Mexicana”. Aun haciendo la carrera militar nunca dejó la literatura, recuerda sus lecturas y entre muchas, la de Las Novelas ejemplares de Cervantes. En 1956, recibía “un abultado sueldo” como mecánico de aviación en el hangar presidencial durante el sexenio de Adolfo López Mateos. “Había que dar mantenimiento a dos F-27 y a un DC-3”, fue en ese tiempo cuando comenzó a escribir. En 1965 dejó la fuerza aérea y se desempeñó como empaquetador de libros en las bodegas de una librería, después fue ascendido a vendedor y allí conoció a Juan Rulfo, quién lo recomendó para trabajar como reportero para el periódico El día.

En estas páginas está el amor de Saúl Rosales hacía sus hijos Igor y Nadia, sus andanzas de profesor, su militancia de izquierda, sus amargos recuerdos de su relación con una directora teatral y las historias con sus Dulcineas, relatadas unas con respeto y otras con cariño. Espero que el maestro Saúl Rosales publique pronto su autobiografía.

sábado, 7 de mayo de 2016

EL TRIPLE CERO DE SAVIANO

Kate del Castillo actuó como traductora en el encuentro de Sean Penn y el narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán. De lo anterior se deduce que el capo no entiende el idioma inglés. Por eso es extraño que en el video de su guarida aparezca el libro del italiano Roberto Saviano: Zero Zero Zero en la versión en inglés. ¿Por qué el Chapo tenía este tratado sobre la cocaína, en inglés? Pues se esperaría que leyera Cero Cero Cero, en español. Aunque es seguro que no era el Chapo quien lo estaba leyendo, es natural pues, que quisiera leerlo pues este ensayo hace alusiones recurrentes a él: su leyenda, sus tres mil asesinatos, y entre estos últimos, los periodistas Eliseo Barrón Hernández, de Torreón y Bladimir Antuna García, de Durango; no todos “los periodista empiezan con ganas de cambiar al mundo y terminan con ganas de ser directores”. Pero, los que siguen con las ganas de cambiar el mundo, muchos terminan muertos.
         El título de Cero Cero Cero, podría explicarse porque quienes entran al negocio de la cocaína, al poco tiempo, agregan tres ceros a sus ingresos. “La cocaína se vende más fácil que el oro y sus ganancias pueden superar a las del petróleo”, asegura el autor. O por la historia del narco colombiano: Salvatore Mancuso, apodado “Triple Cero” o “El Mono”. Sin embargo, Saviano expone: “La coca es el ingrediente sin el cual no existiría ninguna masa” e igual que la harina se clasifica por ceros de acuerdo a su pureza. “La mejor coca: 000”. Pero esa, la perlada, es para muy pocos. La mayoría la consume mezclada con anfetaminas, efedrina, lidocaína, manitol, harina, lactosa, e incluso, raticida.
         Este libro describe cómo Estados Unidos frenó el cultivo de amapola en México, para después, en la Segunda Guerra Mundial, exigir su producción, debido a que “sin morfina no se hace la guerra”, porque “la guerra es el dolor de los huesos rotos y las carnes desgarradas”. Entonces, el Jefe de jefes: Arturo Beltrán Leyva, en Sinaloa, comenzó la alucinante y cruel historia del narcotráfico en México.
         El autor retrata a los más prominentes narcotraficantes y explica cómo están conectados a través de una red que cubre los cinco Continentes. Historias que causan asombro como la del mafioso ruso Semión Moguilévich, licenciado en economía y poliglota, o los casi analfabetos asociados a Pablo escobar. Los hay con calzones de diseñador como Roberto Pannunzi llamado el Pablo Escobar italiano. Otros, visten marcas de tatuajes como los Mara Salvatrucha que mataron a Christian Poveda, el francés que filmó un documental sobre ellos. Los hay espías dobles, que se salen con la suya, como el mafioso italiano de la 'Ndrangheta Bruno Fuduli. También, relatos de telenovela como el de Natalia Paris que inspiró el libro Sin tetas no hay paraíso y que sucedió en Colombia, tierra donde “muere más gente por envidia que por cáncer”. Historias de crueldad y sangre: los Kaibiles, guatemaltecos, ejército entrenado con métodos deshumanizantes o el Lazca matando a sus víctimas de inanición. Allí, dos mujeres aparecen como jefas de cárteles: la colombiana Griselda Blanco, “Reina de la cocaína” o “Viuda negra”; mujer vulgar y cruel, que bautizó a su hijo como Michael Corleone. La otra, la mexicana Sandra Ávila Beltrán “La Reina del Pacífico”, quien tras siete años de cárcel fue liberada en 2015. (El libro tiene una imprecisión: dice que en el 2012 fue extraditada a Estados Unidos).
         Se escala el frondoso árbol de la cocaína. La droga que provoca sensaciones poderosas pero que su adicción hace guiñapos. La polvareda blanca omnipresente: “hay lugares donde falta lo indispensable pero no la droga”. La cocaína viaja como polvo, pastillas o líquida; por barco o submarinos; por avión, en maletas de doble fondo, en pañales… o a través de “mulas” que son personas o perros con su estómago-almacén. Y si una de esas bolsas plásticas revienta provocará una muerte de espanto.

Cero Cero Cero, deslumbra pero también angustia, encontramos allí párrafos escritos con un lenguaje metafórico y voces narrativas más propias de la novela que del ensayo. Roberto Saviano vive con escolta luego de que la mafia italiana lo amenazará de muerte por su novela Gomorra.¿Vale la pena el sacrifico?” se pregunta Saviano y responde que no. Entonces la frase bíblica adquiere sentido: ”Siervos inútiles somos; hemos hecho sólo lo que debíamos hacer”. (Lucas. 17, 10).

domingo, 1 de mayo de 2016

NUEVE SEMANAS DESPUÉS

Este cuento fue publicado hoy en Confabulario, suplemento cultural del periódico El Universal 

He tenido pesadillas. Llevo noches y noches soñando lo mismo. Soy la viuda de todo, de todos. En el sueño, solo se quedan conmigo perros, muchos perros. Me veo en una casa saturada de gruñidos, pelos y garrapatas. Seres que ladran. Los animales falderos me acompañan a la mesa. A unos los veo dormitando en los sillones, a otros en la alfombra, unos jugando y otros más peleando. En aquella región onírica, la metamorfosis me llega en uno de ellos. Ladro. No tengo manos, tengo patas. Es pues natural que despierte en mal estado; angustiada, sofocada. Supongo que las pesadillas tienen que ver con lo que he vivido.
Recuerdo. Los vi haciendo el amor. Aunque en realidad debería decir que los vi haciendo el instinto. Escuché unos gritillos y me asomé por la ventana para ver qué pasaba en el jardín. Fue entonces que me enteré de esas relaciones incestuosas. Continuar leyendo...

sábado, 23 de abril de 2016

Estepa y ¿Por qué tenías que hablarme del gato?

Este es Arno, el gato de Silvia

Me dio mucho gusto que el maestro Saúl Rosales me invitara a participar en la nueva edición Estepa del Nazas. Desde hace casi veintidós años se ha venido publicando esta revista, y aunque ha tenido algunos periodos de silencio, es un referente para conocer la literatura que se hace en La Laguna.
         En el más reciente número participé con un cuento que se titula “¿Por qué tenías que hablarme del gato?” es un cuento simple y recurrí a la forma epistolar para desarrollarlo, además escogí un narrador masculino. Enseguida les traigo un fragmento del cuento. Espero busquen Estepa y lo lean completo; allí encontraran textos muy interesantes de escritores laguneros. Aquí el fragmento:
Querida María:
Te escribo por prescripción médica. Según el psiquiatra tengo que hacer un recuento de lo que fue mi vida contigo y compartírtelo. Él dice que esto es necesario para que su tratamiento tenga éxito. Para que yo pueda retomar, definitivamente, la vida de manera normal; es decir, sin ti. Sólo sigo sus instrucciones. Quiero que quede claro que es el tratamiento, y no otro, el motivo de esta carta.
Hace exactamente un año que me dejaste. Con el pasar de los meses, y, quizá con la ayuda del psicoanalista (no estoy muy seguro) casi no me acordaba de ti. Pero tú, fiel a la costumbre de contradecirme, te dio por volver. No sé para qué. Pasaban días en que en mi imaginación aparecía poco tu rostro. Tu rostro, ése que era más hermoso cuando estabas triste. Sí, un efecto extraño ejercía la tristeza en tu semblante que te embellecía: tu nariz se afilaba, tus ojos adquirirían un efecto deslumbrante y la seriedad en tu boca se trasfigurada en sensualidad. Me estremezco nomás de recordar la postura que tomabas cuándo estabas triste. Te sentabas en cuclillas en el sillón, abrazabas tus piernas y tu mirada se iba al infinito. Tu infinito, ese misterio que jamás pude descifrar, por más que lo intenté. ¿Qué ves? ¿Qué tienes? ¿Qué piensas?, te preguntaba. Siempre respondías: “Nada”. Mirabas hacía adentro de ti. Cuando eso pasaba me daban ganas de tomarte y hacerte el amor.
         Te conocí en aquella reunión en la que, dirigidos por un chamán, tomamos ayahuasca. Ernesto, nuestro amigo en común, había actuado como Celestina. Él me había hablado de lo maravillosa que era María, una compañera del trabajo. Cuando le cuestioné el porqué de que no fueras su novia, respondió: “Es ideal para ti, no para mí”. Ya conoces a Ernesto, siempre me molestaba porque yo rebasaba los treinta y cinco y nunca había tenido una relación duradera. Me reía. La verdad es que no había encontrado a una mujer como tú, que me gustara para estar más de tres meses con ella y menos que fuera merecedora de ser la madre de mis hijos. Hasta que te conocí. Me sorprendió que te enojaras cuando te dije que deberíamos de tener hijos. Debí suponer que nunca ibas a complacerme. Deseaba tener un hijo y contigo sólo tuve un gato.

         […] Yo te hacía el amor, tú no hacías nada. Dejabas que te amara. Hasta que apareció el gato. Te despidieron del empleo y una de tus amigas, para consolarte, te regalo un gato bebé. Era blanco y tierno. Tierno, como todo bebé. Tu amiga dijo que era gata y la bautizamos con el nombre de Gertrudis. La Trudy por aquí, la Trudy por allá. Aunque, unas semanas después la llevamos al veterinario para que la vacunara y nos dijo que no era gata sino gato. De todos modos Trudy, fue el nombre. El gato trasfiguró tu cerebro. Ya casi no teníamos sexo y desde que llegó a nuestro hogar no paraste de hablar de él. Los primeros días lo alimentabas con un biberón de muñeca. Era tu hijo. Todo aquello era relatado como el gran acontecimiento de nuestras vidas. Esas miserias cotidianas se volvieron la razón de tu vida. Pasaban los días. Al llegar por las tardes al departamento me esperaba la narración de las actividades felinas. Qué sí estuvo adolorido porque lo castraron, qué si rasguñó el sillón…

sábado, 9 de abril de 2016

LUPE MARÍN EN LOS OJOS DE PONIATOWSKA

Dos veces única (Seix Barral, 2015), la más reciente novela de Elena Poniatowska, recrea la vida de Lupe Marín, esposa de Diego Rivera y de Jorge Cuesta; “dos veces única”, primero del pintor y después del poeta. esta obra plasma el México del siglo XX cubierto por los grandes pintores, arquitectos, músicos y escritores; sus convergencias y sus pleitos. Allí, el tiempo de la expropiación petrolera, de la matanza de Tlatelolco, del voto femenino y de la influencia de visitantes ilustres como Trotsky, Eisenstein, Huxley, Lawrence, Carpentier…
Poniatowska, eligió la microhistoria para tejer la trama de su novela, por eso encontraremos pasajes ensayísticos sustentados en citas bibliohemerográficas y epistolares. Conoceremos a María Guadalupe Marín Preciado, “un territorio florido y contradictorio” y sus alrededores; un lugar lleno de colores con aroma a mango, sandía, naranja y piña; colores que explotan en la boca con sabor a mole dulce, pechugas en vinagreta, pato envuelto en lodo, chapulines o frijoles refritos con leche y aceite de oliva. Lupe Marín, es cocinera extraordinaria, costurera hábil, crítica de arte instintiva, “peor que pésima” escritora y madre cruel. Una discusión eterna. Un animal herido.
 Rebautizada por Diego como Prieta Mula; alta y morena de ojos verdes, golpea al marido y a sus hijas Pico y Chapo. Pico, porque la embarazada camina con un pico que le sobresale. Ese pico es Lupe, la hija mayor de los Rivera Marín, la que se hace abogada por la UNAM, priista, diputada y senadora; la misma que se enamoró de Juan Manuel Gómez Morín, hijo del enemigo de su padre. Y bajo el signo de la ironía, nace un nieto hecho de ideologías opuestas. A la más chica, Ruth, su padre al verla apuntó: “es tan prieta como el chapopote”. Es Chapo, la primera arquitecta egresada del Politécnico, la que fuera esposa del pintor Rafael Coronel; una mujer incansable que murió de cáncer de mama y que sólo así doblegó a su madre.
La frialdad de Lupe Marín, tiene su mayor expresión en el hijo que tuvo con Jorge Cuesta. Abandona al recién nacido y al padre. Pero a los siete meses, ella desea saber por qué no lo quiere. Reclama al niño y confirma su desamor. El pequeño Antonio, inocente, explora sus genitales y a la madre eso le parece una depravación: “Chiquillo degenerado, se masturba todo el tiempo”. Lo regresa a la casa paterna. Y, como si fuera un conjuro, el joven Cuesta, consumidor de alcohol, peyote y marihuana, escribe versos pornográficos; se siente más grande que el Marqués de Sade y que George Bataille.
Musa de Jorge cuesta y modelo de Diego Rivera, Frida Khalo y Juan Soriano. Lupe quiso ser escritora. Publicó dos novelas La única y Un día patrio. La única, intenta poner a la literatura al servicio del rencor. Habla mal de todos los intelectuales. Lo único que vale de la edición es el dibujo de la portada que hizo Rivera donde aparecen las hermanas Isabel y Lupe Marín con la cabeza de Cuesta en una charola. Recuerda a Juan Bautista.
Arrepentida de dejar a Rivera por Cuesta, Lupe vocifera: “cambié un hombrón por un tlacuache”. Perfecciona la humillación, es “un veneno sin antídoto”. Jorge Cuesta, el químico-poeta, (al que Huxley consulta sobre los hongos alucinógenos) aparece como una figura triste. Intentó mutilarse los genitales; experimenta en su propio cuerpo imitando al Dr. Hoffman, descubridor del LSD. Ingiere una mezcla de drogas en busca del elixir de la juventud y sólo logra sicotizarse. Se suicida en el hospital siquiátrico La Castañeda. Logrando, finalmente, ser “ajeno a su cuerpo”.
Madre egoísta pero abuela generosa. “Oye, Guagua, fíjate que no me gustan las mujeres” le confiesa su nieto Juan Coronel a Lupe, que ante la revelación responde: “Te voy a presentar un amigo”. Le regala una camisa rosa y otra morada. Ella misma las cose en su máquina Singer.

La vemos platicando con su amiga Concha Michel o bailando con Juan Soriano. “¿Usted es hombre o mujer?” le pregunta un borracho. Lupe contesta con una bofetada y con un: “Soy más hombre que tú y más mujer que tu chingada madre”. Dos veces única, un referente para entender nuestro pasado reciente.

sábado, 26 de marzo de 2016

MUJERES GUERRERAS VISTAS POR SOTOMAYOR GARZA


La mujer en los movimientos armados en México (Editorial Porrúa, 2016), escrito por el magistrado Dr. Jesús G. Sotomayor Garza, es un libro que, destacando la participación de la mujer, hace un recuento de las guerras mexicanas. Retrata a mujeres que se liberaron del rol impuesto; insatisfechas por las injusticias que les tocó vivir, tomaron las armas y salieron de su casa. “Tomaron las armas”, esa frase hay que entenderla en todos los sentidos posibles, porque si bien unas aportaron su fortaleza física, sus ideas, su dinero, otras (además) recurrieron a su capacidad seductora. Allí, la descripción de la batalla que los mexicas libraron contra Moquíhuix, en dónde se envió a mujeres “descubiertas de sus partes vergonzosas (…) mostraban las tetas y exprimían la leche de ellas…”
Este libro es relevante no sólo por los retratos de mujeres bravas, sino también porque es un paseo por la historia de México. Comienza con la descripción de la época prehispánica y colonial, avanzando por la Independencia, las intervenciones extranjeras, la Reforma, la Revolución, la guerra Cristera, finalizando con los derechos de igualdad y la participación militar femenina actual. En este ensayo es posible visualizar la vida de los pueblos prehispánicos, vemos cómo estos rendían culto a diosas guerreras y podemos concluir que la fuerza femenil siempre se ha manifestado, que no hay novedad en ello y que la novedad radica en el reconocimiento a la mujer, que hasta hace poco se había negado.  
En La mujer en los movimientos armados en México, encontramos que el perfil de estas mujeres combativas no puede ceñirse a un estereotipo; allí aparecen mujeres pobres, ricas, indígenas puras y mestizas; hermosas y arrogantes como (de la Independencia): La Güera Rodríguez, y hombrunas como Guadalupe Rangel, de la que se escribió: “Era una mujer varonil y de ánimo atrevido”. Vemos mujeres que murieron fusiladas como Gertrudis Bocanegra y otras de muerte feliz como la misma Güera Rodríguez. Encontramos a otra Gertrudis de apellido Vargas de Magaña, que, como dato curioso. la llamaban igual que a Torreón: “Perla de la Laguna” ella era oriunda de Guanajuato. En las mujeres de la Independencia nos topamos con tres María Josefas, una de ellas, hace aproximadamente 40 años, aparecía en las monedas de cobre de cinco centavos: María Josefa Ortiz de Domínguez (La Corregidora) y las otras dos, de escaso recuerdo María Josefa Huerta y María Josefa Martínez.
Con prólogo de Juana Leticia Herrera Ale, que destaca la relevancia de este ensayo por la escasísima literatura que reconoce la influencia de la mujer en la vida socio-política de México. En este libro observamos el retrato de la legendaria Juana Gallo, de la que se pone en duda su participación en la Revolución, la que se describe como: “menuda, morena, hombruna, y con abundante velo facial”. De manera que (de nombre de pila Ángela), Juana Gallo, en efecto, parecía más gallo que gallina. En este libro se puede encontrar el origen de la canción “La Rielera” esa de “yo soy rielera y tengo mi Juan” inspirada en una joven soldadera anónima que por las calles de Chihuahua, se plantó con un letrero que decía “Defenderé a mi Juan”, ahí se habla de “La Valentina”: la durangueña María Valentina Ramírez Avitia; de “La Adelita”: la chihuahuense, Adela Velarde Pérez, o de “La Coronela” también de Chihuahua, Carmen Parra de Alanís. Todas, de recuerdos melódicos.
En la Revolución, las mujeres mexicanas incursionaron por primera vez en la publicación de textos de rebelión. Leemos pues, un país de asombro y llanto; de desgracia y maravilla. Igualmente, en esta obra, queda constancia de una veintena de mujeres coahuilenses que participaron en la Revolución. Aquellas mujeres que, vestidas como hombres, se incorporaron a las fuerza armadas. Algunas como Encarnación Mares que fue nombrada Sargento Segundo por las fuerzas carrancistas. Allí también la sampetrina, Petra Herrera, rebautizada como Pedro Herrera, al igual que otra Petra, Petra Ruiz, conocida como “Pedro echa balas”.

El lagunero José G. Sotomayor Garza, vecino de estas páginas, ha tenido una carrera brillante en la abogacía y es autor de más de una docena de libros académicos entre los que destacan Nuevo derecho agrario en México, Nuevo Divorcio en México y El secreto profesional, entre otros.

sábado, 12 de marzo de 2016

DON QUIJOTE PARA CRIMINALES

Las supuestas lecturas de El Chapo

Entre las preguntas que a nadie se le ocurriría hacerle a “El Chapo” Guzmán, uno de los criminales más brutales y astutos de México, sería sobre cuáles han sido los tres libros que han marcado su vida. Se prejuzga que él no lee. Por eso causó sorpresa que en su cama se encontrara el libro Zero Zero Zero, del escritor italiano Roberto Saviano. También se informó que, ahora que está de nuevo en prisión, le han regalado el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha;para que se cure de la depresión. Dicen
En la segunda estancia en la cárcel de El Altiplano, se aseguró que este narco comenzaría a escribir sus memorias. El Chapo, apenas terminó la primaria y le acompañan muchas faltas de ortografía y pocas palabras, pero podría convertirse en un célebre escritor. En su tercera captura, este nuevo estudioso de El Quijote, creerá que esta novela no lo retrata, como si lo hace el libro de Saviano. Sin embargo, Guzmán Loera, estará equivocado porque existen muchos pasajes en los que puede sentirse identificado. Enseguida cito algunos ejemplos.
En un pasaje, don Quijote observa que un maleante va más esposado que los demás: traía candados y grilletes en el cuello, en la cintura, en las manos y en los pies y una cadena tan grande “que se la liaba por todo el cuerpo”, de tal forma que “ni con las manos podía llegar a la boca ni podía bajar la cabeza a llegar a las manos”. Pregunta por qué “iba aquel hombre con tantas prisiones”. A lo que el guardia responde que “tenía aquél solo más delitos que todos los otros juntos y que era tan atrevido y tan gran bellaco, que, aunque le llevaban de aquella manera, no iban seguros de él, sino que temían que se les había de huir”; un arcaico pero fiel retrato del capo en cuestión. Allí mismo se apunta: “y que harta ventura tiene un delincuente que está en su lengua su vida o su muerte,  y no en la de los testigos y probanzas“. En efecto, su comunicación (su lengua) lo privó de la bonita libertad, como diría el devoto al subterráneo.
Cualquier narcotraficante mexicano encontraría frases que le recordarán su oficio como: “que tanta mano ha querido dar a este desuellacaras en su casa. […] que le mates, como yo pienso que quieres hacer, ¿y qué hemos de hacer de él después de muerto?” Lo de desuellacaras trae a la memoria lo que hicieron los Z en los primeros días de enero del 2010, en Culiacán, Sinaloa: le desollando la cara a Hugo Hernández de treinta y seis  años y la cosieron a un balón de futbol. El sadismo del martirio de san Bartolomé, común en nuestros días. Y la pregunta ante el asesinato sobre qué se hace con el muerto. Fuego. Sierra. Ácido. Fosa común. Los narcos saben qué hacer. “Pon, ¡oh miserable y endurecido animal!”. “Ladrón desuellacaras”. “Enemigo del género humano”…
 “Se volvió loco, y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas e hizo otras cien mil insolencias dignas de eterno nombre y escritura?”. Allí, el lector se recordará a sí mismo y traerá a la memoria, el fuego como origen de su estirpe: La quema, en Sinaloa, de cultivos de amapola ordenada por el gobierno y el incendio de pueblos enteros de Durango perpetrado por sus enemigos los Z. En ese pasaje, don Quijote vagaba por Sierra Morena (la sierra, el hogar del cártel de Sinaloa) y hablaba de uno que usaba más de tres nombres distintos.
El lector podrá divertirse con el licenciado y cura Pedro Pérez, que salvó a don Quijote de los cuadrilleros de la Santa Hermandad, evitando que lo hiceran preso. El licenciado Pérez aparece travestido, lo que entonces se decía “ataviado en hábito de doncella”; se leerán versos reconfortantes: “Busco en la muerte la vida,/ salud en la enfermedad,/ en la prisión libertad,/ en lo cerrado salida/ y en el traidor lealtad…”,

“¿Y dónde has visto tú o leído jamás que caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por más homicidios que haya cometido?” Muchos criminales, por más asesinos que sean, se sienten como don Quijote: protectores de los desposeídos. Y prosigue: “Probásemos otra vez la suerte de buscar más aventuras; y si no nos sucediese bien, tiempo nos queda para volvernos a la jaula”. Tal vez eso ya no será posible. Tal vez.