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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. en 1964. El peor de los pecados es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular de la revista Siglo Nuevo, suplemento del periódico El Siglo de Torreón. Ha publicado en las revistas: Estepa del Nazas, Acequias, Cultura de Veracruz, La Manzana, Intermezzo y Edukt. Y en los libros colectivos Enseñanza superior, Coral para Enriqueta Ochoa, Voces del desierto, Sinfonía a doce voces, Cien puertas de Torreón, Perfiles sobre José Revueltas, Camerata de Coahuila. Dos décadas de música y Horizontes de sol y polvo I; Panorama del cuento lagunero. Es médica egresada de la Facultad de Medicina de UA de C. Correo electrónico: lopgan@yahoo.com

lunes, 20 de junio de 2016

OCHO PENSAMIENTOS RENCOROSOS Y UN ACTO INMORAL



Ocho pensamientos rencorosos
1.- En Coahuila, a mediados de marzo de este año, un niño perdió la pierna y otro más perdió la vida a causa de ataques por perros de la raza pitbull, Algunos salen con la patraña de que un niño vale igual que un perro. Si un perro matará o fuera causa de sufrimiento moral y físico para una familia, y si en mis manos estuviera, sin miramientos, lo mandaría a dormir. Esto, porque el otro día leí a un payaso que llamaba a los perros “personas no humanas”. ¿Qué tan idiota hay que ser para no diferenciar a las personas de los animales? Y miren que amo a los animales aunque a veces me los coma en salsas de colores, pero prefiero eso a la histeria del que llora por la muerte de una vaca pero usa zapatos y cartera de piel de ternera.
2.-Ojalá a nadie se le ocurriera venir a mi cocina y decirme cómo debo hace el mole verde o cómo picar la cebolla. Me quedo callada y no discuto cuando vienen a mi dándome consejos de cómo llevar la vida; lecciones que, justamente, son las que estas personas deberían de tomar. El silencio es mi desquite, no hago caso absolutamente de nada.
3.-En esta etapa de mi vida, soy por completo inflexible; no cedo ni un milímetro, cuando se trata de ir a ver películas de acción donde el número de coches o edificios destruidos son lo importante. No soporto ni los comerciales de estos filmes. No voy, pero muchas veces fui, que es peor.
4.-A los que me dicen damita o seño, les digo que solo me detienen las represalias pero bien podría arrancarles los cabellos de un solo tirón. Me disgustan porque son los mismos que dicen que hay que cuidar a las “cabecitas blancas” y que presumen de reconocer la capacidad de la mujer pero que en realidad son misóginos.
5-¿A quién se le ocurrió decir que nacimos para ser felices?, esas actitudes de felicidad eterna me pudren, por falsas. No venimos para ser felices, venimos para ser tristes, enojados, aburridos, asombrados y claro también para ser felices. Pero, ¿por qué esa presión de que estemos con una sonrisa sempiterna como si fuéramos idiotas?
6.-Le doy valor de menos uno al top ten de la literatura, no me dejo llevar por las modas en esta materia. Me gustan muchos autores actuales, sin embargo, me fastidian cuando me preguntan sobre algún escritor de bestsellers, que por supuesto, nunca conozco.
7.- A veces leo la Biblia, libro que, aclaro, nunca he leído completo. Este libro me hace enojar por tanto menosprecio que se manifiesta hacia la mujer. Aunque me gusta la historia incluida en Jueces sobre Deborah, una gobernante israelita; mujer justa y valiente. Pero se me retuerce el hígado junto con el páncreas, que Eva sea la perversa y Dalila la traidora entre muchas otras. Y, ¿por qué Dios escogió que todos sus autores fueran hombres? Y no me trago eso de que fue por la época.
8.- La persona que venga a decirme que elimine los pensamientos rencorosos puede irse mucho a la casa de su madre y poner sus palabras donde mejor le acomoden; eso sí, que no sean mis oídos ni mis ojos. Estoy orgullosa de mis rencores he sido muy feliz con ellos. Además, a mis rencores les debo decisiones trascendentes de mi vida, entre otras, sacudirme a una que otra alimaña.
Un acto inmoral

Sí, lo hice. Pero a mi favor puedo decir que no fue de manera intencional y ni siquiera fue mi culpa. Aunque sí soy culpable de no ponerle remedio, eso que ni qué. Lo reconozco. Hace algunas semanas fui a Sam´s Club, a esa tienda donde, encima de que vas a comprarles, tienes que pagar membresía. Escogí lo que iba a comprar y pagué. Al salir revisaron la mercancía y adiós. Al llegar a casa me di cuenta de que no me había cobrado diez kilos de comida para perros. ¿Y qué hice? Nada. Me los quedé. Me puse contenta y sonreí maliciosamente. Tan fresca. 

domingo, 5 de junio de 2016

CUANDO EL MUNDO PERDIÓ A SHEREZADA



La cultura árabe ha hecho grandes aportaciones a la humanidad, entre otros,  no sólo le debemos los números con los que ahora contamos; le debemos el álgebra y uno de los más importantes libros de la literatura: Las mil y una noches. En el año 850 se hizo la recopilación de estos relatos de tradición oral. Historias que se desarrollaban en Persia (hoy Irán), China, Siria, Irak, India y Egipto. Originalmente fue escrito en persa; en el siglo V se tradujo al árabe y en el siglo XVIII apareció la primera versión en francés. Actualmente se encuentra en casi todos los idiomas.
Este libro cuenta la historia de un sultán que después de saber que su esposa le había sido infiel, la manda decapitar. Posteriormente, cada noche, él desposa a una joven virgen para asesinarla la mañana siguiente. Hasta que llega Sherezada quien le propone contarle cada noche un cuento, retándolo a que si ella no es capaz de entretenerlo le dé la misma suerte que a sus antecesoras. El libro dice que tuvieron que pasar mil y una noches de historias para que el sultán Shahriar, perdonara, definitivamente, la vida a Sherezada. Sin embargo, esta obra está muy lejos de contener mil y un cuentos, (la edición que yo tengo, de quinientas páginas, contiene apenas sesenta y seis). Los cuentos más famosos de este libro son “Aladino y la lámpara maravillosa”, “Simbad el marino y “Ali Babá y los cuarenta ladrones”.
La primera lectura presenta la crueldad con la que pueden llegar a ser tratadas las mujeres en el mundo árabe: Una mujer es infiel y ella, y todas las de su sexo, pagarán las consecuencias. Pero, en contraparte, también se trata del reconocimiento de la inteligencia y la creatividad femenina, pues recurriendo a estos dones, Sherezada logra detener la violencia.
Por lo anterior, cuando alguien me dijo que escribiera un breve texto que hablará de las Torres Gemelas, (ya que el próximo 11 de septiembre se cumplirán 15 años de su destrucción perpetrada por Al-Qaeda) pensé que la imaginación de Sherezada se había extraviado. Al parecer no hay forma de negociar con la palabra sólo con el terror. Entonces escribí un pequeño relato que titulé: “Sherezada ha perdido la imaginación”, a continuación lo comparto:                 
Mis padres me llaman mamá en lugar de decirme Layla, y a mi hermano Yamil, le dicen papá. Mis amigas me preguntan el porqué de ese contrasentido. Les explico que es una costumbre árabe. Crecí entre hojas de parras, Kebbe, kabab, Kafta, tabulé y pitas árabes. Crecí en una familia de barbas y cejas abundantes; ojos y narices grandes; con unos abuelos paternos imposibilitados para pronunciar la P, misma que cambiaban por B.
         El día 11 de septiembre de 2001, cuando las Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York colapsaron por los ataques terroristas, yo tenía siete años de edad y vivíamos en Torreón, una pequeña ciudad del norte del México. Al ver las imágenes del atentado por televisión, y saber que eran árabes los responsables, mi abuelo dijo ensombrecido: “Los terroristas han arruinado al mundo y junto al mundo, a todos los ‘baisanos’”. Yo, sin saber por qué salí corriendo hacia el baño, tomé un rastrillo y eliminé mis cejas. Luego, con unas tijeras trasquilé mi abundante cabellera negra. Regresé con el abuelo, lo abracé y le pedí que me llevara al cirujano plástico para que me hiciera una nariz pequeña. Él, con los ojos llorosos, me dijo que me veía “esbantosa”, qué dejara en paz mis “belos”. Días después me regalo el libro de Las mil y una noches y su inicio me pareció cruel.

         Quince años después, en las noticias se habla casi lo mismo.  Tomo una pequeña taza de café negro con sabor terroso. Releo el libro que me regaló mi abuelo. Tengo la sensación de que el texto que ahora enfrentó estará cambiado. Esta Sherezada será como las demás deposadas muertas por Shahriar. Sherezada ha perdido la imaginación, ya no tiene más cuentos que contar, por eso el sultán Shahriar la matará y seguirá confundiendo al mundo llamándole honor a la maldad.

sábado, 21 de mayo de 2016

SAÚL ROSALES VISTO POR ÉL MISMO


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Hace trece años leí la autobiografía del maestro Saúl Rosales, texto que pocos  conocemos porque nunca ha sido publicado. Con esta lectura tuve una idea de cómo se veía él a sí mismo y de cuáles fueron los hechos de su vida que consideraba relevantes. Allí, recuerda a su madre Epigmenia Carrillo, mujer de “talante festivo” a quien no le gustaba su nombre, por eso fue cuidadosa al escoger él de sus hijos. Así, llamó Saúl a su quinto hijo; un nombre bíblico para aquel niño que al hacerse hombre reclamaría su fe en el ateísmo. Rosales escribe de su madre con ternura, con admiración. Epigmenia es una mujer estoica, diligente en casas extrañas; mantiene a una familia de seis, porque el padre enfermo aporta poco o nada al sustento familiar. Su madre murió en 1983, a los 76 años, de un obstinado cáncer: “Me quedé para siempre con el autorreproche de no haber podido decirle nunca te quiero”, dice el autor.
         Los retratos junto a su padre son de colores tristes. En uno, el niño de cuatro años, de blanquísima piel y pelo negro (abundante y ensortijado) está encaramado en la barra de una cantina, mientras David Rosales, su padre, toma cerveza y presume de su hijo varón, (otros dos no habían sobrevivido). En otra imagen, el pequeño camina por algún burdel de la zona de tolerancia, acompañando a su progenitor. El último retrato es donde el escritor aparece preocupado por saldar las cuentas del Hospital Universitario, lugar donde falleció don David a la edad de 92 años.
         Saúl Rosales nació en Torreón en 1940 en la colonia Metalúrgica y creció en la colonia Ana, en el barrio de la Paloma Azul. Fue un niño tímido, inhábil jugador de beisbol, trompo, balero y canicas. Era malo para los juegos más no para el trabajo. A los doce años se desempeñó como aprendiz en una imprenta, pero al año lo nombraron linotipista, provocando el asombro de sus compañeros. Estudió en la escuela primaria federal Felipe Carrillo Puerto, dónde fue una víctima más, de quienes consideraban obligatorio a recitar “El brindis del bohemio” de Guillermo Aguirre:y a pesar del glamur precarista de una cosa así me sentí ridículo por el gigantesco moño negro de listón y el saco de supuesto bardo con que me caracterizaron”, asegura el escritor.
En sus días escolares, Rosales, se deslumbró con el libro América es mi patria de Wilberto Cantón; conoció la poesía con Hojas de hierba de Walt Whitman y la novela La buena tierra, de Pearl S. Buck, de esta obra expresa: “No recuerdo nada de la novela de Buck. Nunca he podido releerla […] no recuerdo nada, excepto que me hizo muy feliz leerla y que ella contribuyó a despertarme la idea de ser escritor algún día”.
El joven Rosales terminó la primaria y luego siguió trabajando en la imprenta para ayudar económicamente a sus padres. A los diecinueve años viajó a la ciudad de México dónde se enlistó como soldado y posteriormente ingresó a la Escuela Militar de Mecánicos de Aviación de la Fuerza Aérea Mexicana (que después sería trasladada a Zapopán, Jalisco). “Llegué a sargento segundo de alumnos y a comandante de la escolta de la escuela que para entonces ya integraba, con la de pilotos y la de meteorólogos, el Colegio del Aire de la Fuerza Aérea Mexicana”. Aun haciendo la carrera militar nunca dejó la literatura, recuerda sus lecturas y entre muchas, la de Las Novelas ejemplares de Cervantes. En 1956, recibía “un abultado sueldo” como mecánico de aviación en el hangar presidencial durante el sexenio de Adolfo López Mateos. “Había que dar mantenimiento a dos F-27 y a un DC-3”, fue en ese tiempo cuando comenzó a escribir. En 1965 dejó la fuerza aérea y se desempeñó como empaquetador de libros en las bodegas de una librería, después fue ascendido a vendedor y allí conoció a Juan Rulfo, quién lo recomendó para trabajar como reportero para el periódico El día.

En estas páginas está el amor de Saúl Rosales hacía sus hijos Igor y Nadia, sus andanzas de profesor, su militancia de izquierda, sus amargos recuerdos de su relación con una directora teatral y las historias con sus Dulcineas, relatadas unas con respeto y otras con cariño. Espero que el maestro Saúl Rosales publique pronto su autobiografía.

sábado, 7 de mayo de 2016

EL TRIPLE CERO DE SAVIANO

Kate del Castillo actuó como traductora en el encuentro de Sean Penn y el narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán. De lo anterior se deduce que el capo no entiende el idioma inglés. Por eso es extraño que en el video de su guarida aparezca el libro del italiano Roberto Saviano: Zero Zero Zero en la versión en inglés. ¿Por qué el Chapo tenía este tratado sobre la cocaína, en inglés? Pues se esperaría que leyera Cero Cero Cero, en español. Aunque es seguro que no era el Chapo quien lo estaba leyendo, es natural pues, que quisiera leerlo pues este ensayo hace alusiones recurrentes a él: su leyenda, sus tres mil asesinatos, y entre estos últimos, los periodistas Eliseo Barrón Hernández, de Torreón y Bladimir Antuna García, de Durango; no todos “los periodista empiezan con ganas de cambiar al mundo y terminan con ganas de ser directores”. Pero, los que siguen con las ganas de cambiar el mundo, muchos terminan muertos.
         El título de Cero Cero Cero, podría explicarse porque quienes entran al negocio de la cocaína, al poco tiempo, agregan tres ceros a sus ingresos. “La cocaína se vende más fácil que el oro y sus ganancias pueden superar a las del petróleo”, asegura el autor. O por la historia del narco colombiano: Salvatore Mancuso, apodado “Triple Cero” o “El Mono”. Sin embargo, Saviano expone: “La coca es el ingrediente sin el cual no existiría ninguna masa” e igual que la harina se clasifica por ceros de acuerdo a su pureza. “La mejor coca: 000”. Pero esa, la perlada, es para muy pocos. La mayoría la consume mezclada con anfetaminas, efedrina, lidocaína, manitol, harina, lactosa, e incluso, raticida.
         Este libro describe cómo Estados Unidos frenó el cultivo de amapola en México, para después, en la Segunda Guerra Mundial, exigir su producción, debido a que “sin morfina no se hace la guerra”, porque “la guerra es el dolor de los huesos rotos y las carnes desgarradas”. Entonces, el Jefe de jefes: Arturo Beltrán Leyva, en Sinaloa, comenzó la alucinante y cruel historia del narcotráfico en México.
         El autor retrata a los más prominentes narcotraficantes y explica cómo están conectados a través de una red que cubre los cinco Continentes. Historias que causan asombro como la del mafioso ruso Semión Moguilévich, licenciado en economía y poliglota, o los casi analfabetos asociados a Pablo escobar. Los hay con calzones de diseñador como Roberto Pannunzi llamado el Pablo Escobar italiano. Otros, visten marcas de tatuajes como los Mara Salvatrucha que mataron a Christian Poveda, el francés que filmó un documental sobre ellos. Los hay espías dobles, que se salen con la suya, como el mafioso italiano de la 'Ndrangheta Bruno Fuduli. También, relatos de telenovela como el de Natalia Paris que inspiró el libro Sin tetas no hay paraíso y que sucedió en Colombia, tierra donde “muere más gente por envidia que por cáncer”. Historias de crueldad y sangre: los Kaibiles, guatemaltecos, ejército entrenado con métodos deshumanizantes o el Lazca matando a sus víctimas de inanición. Allí, dos mujeres aparecen como jefas de cárteles: la colombiana Griselda Blanco, “Reina de la cocaína” o “Viuda negra”; mujer vulgar y cruel, que bautizó a su hijo como Michael Corleone. La otra, la mexicana Sandra Ávila Beltrán “La Reina del Pacífico”, quien tras siete años de cárcel fue liberada en 2015. (El libro tiene una imprecisión: dice que en el 2012 fue extraditada a Estados Unidos).
         Se escala el frondoso árbol de la cocaína. La droga que provoca sensaciones poderosas pero que su adicción hace guiñapos. La polvareda blanca omnipresente: “hay lugares donde falta lo indispensable pero no la droga”. La cocaína viaja como polvo, pastillas o líquida; por barco o submarinos; por avión, en maletas de doble fondo, en pañales… o a través de “mulas” que son personas o perros con su estómago-almacén. Y si una de esas bolsas plásticas revienta provocará una muerte de espanto.

Cero Cero Cero, deslumbra pero también angustia, encontramos allí párrafos escritos con un lenguaje metafórico y voces narrativas más propias de la novela que del ensayo. Roberto Saviano vive con escolta luego de que la mafia italiana lo amenazará de muerte por su novela Gomorra.¿Vale la pena el sacrifico?” se pregunta Saviano y responde que no. Entonces la frase bíblica adquiere sentido: ”Siervos inútiles somos; hemos hecho sólo lo que debíamos hacer”. (Lucas. 17, 10).

domingo, 1 de mayo de 2016

NUEVE SEMANAS DESPUÉS

Este cuento fue publicado en Confabulario, suplemento cultural del periódico El Universal 

He tenido pesadillas. Llevo noches y noches soñando lo mismo. Soy la viuda de todo, de todos. En el sueño, solo se quedan conmigo perros, muchos perros. Me veo en una casa saturada de gruñidos, pelos y garrapatas. Seres que ladran. Los animales falderos me acompañan a la mesa. A unos los veo dormitando en los sillones, a otros en la alfombra, unos jugando y otros más peleando. En aquella región onírica, la metamorfosis me llega en uno de ellos. Ladro. No tengo manos, tengo patas. Es pues natural que despierte en mal estado; angustiada, sofocada. Supongo que las pesadillas tienen que ver con lo que he vivido.
Recuerdo. Los vi haciendo el amor. Aunque en realidad debería decir que los vi haciendo el instinto. Escuché unos gritillos y me asomé por la ventana para ver qué pasaba en el jardín. Fue entonces que me enteré de esas relaciones incestuosas. Continuar leyendo...

sábado, 23 de abril de 2016

Estepa y ¿Por qué tenías que hablarme del gato?

Este es Arno, el gato de Silvia

Me dio mucho gusto que el maestro Saúl Rosales me invitara a participar en la nueva edición Estepa del Nazas. Desde hace casi veintidós años se ha venido publicando esta revista, y aunque ha tenido algunos periodos de silencio, es un referente para conocer la literatura que se hace en La Laguna.
         En el más reciente número participé con un cuento que se titula “¿Por qué tenías que hablarme del gato?” es un cuento simple y recurrí a la forma epistolar para desarrollarlo, además escogí un narrador masculino. Enseguida les traigo un fragmento del cuento. Espero busquen Estepa y lo lean completo; allí encontraran textos muy interesantes de escritores laguneros. Aquí el fragmento:
Querida María:
Te escribo por prescripción médica. Según el psiquiatra tengo que hacer un recuento de lo que fue mi vida contigo y compartírtelo. Él dice que esto es necesario para que su tratamiento tenga éxito. Para que yo pueda retomar, definitivamente, la vida de manera normal; es decir, sin ti. Sólo sigo sus instrucciones. Quiero que quede claro que es el tratamiento, y no otro, el motivo de esta carta.
Hace exactamente un año que me dejaste. Con el pasar de los meses, y, quizá con la ayuda del psicoanalista (no estoy muy seguro) casi no me acordaba de ti. Pero tú, fiel a la costumbre de contradecirme, te dio por volver. No sé para qué. Pasaban días en que en mi imaginación aparecía poco tu rostro. Tu rostro, ése que era más hermoso cuando estabas triste. Sí, un efecto extraño ejercía la tristeza en tu semblante que te embellecía: tu nariz se afilaba, tus ojos adquirirían un efecto deslumbrante y la seriedad en tu boca se trasfigurada en sensualidad. Me estremezco nomás de recordar la postura que tomabas cuándo estabas triste. Te sentabas en cuclillas en el sillón, abrazabas tus piernas y tu mirada se iba al infinito. Tu infinito, ese misterio que jamás pude descifrar, por más que lo intenté. ¿Qué ves? ¿Qué tienes? ¿Qué piensas?, te preguntaba. Siempre respondías: “Nada”. Mirabas hacía adentro de ti. Cuando eso pasaba me daban ganas de tomarte y hacerte el amor.
         Te conocí en aquella reunión en la que, dirigidos por un chamán, tomamos ayahuasca. Ernesto, nuestro amigo en común, había actuado como Celestina. Él me había hablado de lo maravillosa que era María, una compañera del trabajo. Cuando le cuestioné el porqué de que no fueras su novia, respondió: “Es ideal para ti, no para mí”. Ya conoces a Ernesto, siempre me molestaba porque yo rebasaba los treinta y cinco y nunca había tenido una relación duradera. Me reía. La verdad es que no había encontrado a una mujer como tú, que me gustara para estar más de tres meses con ella y menos que fuera merecedora de ser la madre de mis hijos. Hasta que te conocí. Me sorprendió que te enojaras cuando te dije que deberíamos de tener hijos. Debí suponer que nunca ibas a complacerme. Deseaba tener un hijo y contigo sólo tuve un gato.

         […] Yo te hacía el amor, tú no hacías nada. Dejabas que te amara. Hasta que apareció el gato. Te despidieron del empleo y una de tus amigas, para consolarte, te regalo un gato bebé. Era blanco y tierno. Tierno, como todo bebé. Tu amiga dijo que era gata y la bautizamos con el nombre de Gertrudis. La Trudy por aquí, la Trudy por allá. Aunque, unas semanas después la llevamos al veterinario para que la vacunara y nos dijo que no era gata sino gato. De todos modos Trudy, fue el nombre. El gato trasfiguró tu cerebro. Ya casi no teníamos sexo y desde que llegó a nuestro hogar no paraste de hablar de él. Los primeros días lo alimentabas con un biberón de muñeca. Era tu hijo. Todo aquello era relatado como el gran acontecimiento de nuestras vidas. Esas miserias cotidianas se volvieron la razón de tu vida. Pasaban los días. Al llegar por las tardes al departamento me esperaba la narración de las actividades felinas. Qué sí estuvo adolorido porque lo castraron, qué si rasguñó el sillón…

sábado, 9 de abril de 2016

LUPE MARÍN EN LOS OJOS DE PONIATOWSKA

Dos veces única (Seix Barral, 2015), la más reciente novela de Elena Poniatowska, recrea la vida de Lupe Marín, esposa de Diego Rivera y de Jorge Cuesta; “dos veces única”, primero del pintor y después del poeta. esta obra plasma el México del siglo XX cubierto por los grandes pintores, arquitectos, músicos y escritores; sus convergencias y sus pleitos. Allí, el tiempo de la expropiación petrolera, de la matanza de Tlatelolco, del voto femenino y de la influencia de visitantes ilustres como Trotsky, Eisenstein, Huxley, Lawrence, Carpentier…
Poniatowska, eligió la microhistoria para tejer la trama de su novela, por eso encontraremos pasajes ensayísticos sustentados en citas bibliohemerográficas y epistolares. Conoceremos a María Guadalupe Marín Preciado, “un territorio florido y contradictorio” y sus alrededores; un lugar lleno de colores con aroma a mango, sandía, naranja y piña; colores que explotan en la boca con sabor a mole dulce, pechugas en vinagreta, pato envuelto en lodo, chapulines o frijoles refritos con leche y aceite de oliva. Lupe Marín, es cocinera extraordinaria, costurera hábil, crítica de arte instintiva, “peor que pésima” escritora y madre cruel. Una discusión eterna. Un animal herido.
 Rebautizada por Diego como Prieta Mula; alta y morena de ojos verdes, golpea al marido y a sus hijas Pico y Chapo. Pico, porque la embarazada camina con un pico que le sobresale. Ese pico es Lupe, la hija mayor de los Rivera Marín, la que se hace abogada por la UNAM, priista, diputada y senadora; la misma que se enamoró de Juan Manuel Gómez Morín, hijo del enemigo de su padre. Y bajo el signo de la ironía, nace un nieto hecho de ideologías opuestas. A la más chica, Ruth, su padre al verla apuntó: “es tan prieta como el chapopote”. Es Chapo, la primera arquitecta egresada del Politécnico, la que fuera esposa del pintor Rafael Coronel; una mujer incansable que murió de cáncer de mama y que sólo así doblegó a su madre.
La frialdad de Lupe Marín, tiene su mayor expresión en el hijo que tuvo con Jorge Cuesta. Abandona al recién nacido y al padre. Pero a los siete meses, ella desea saber por qué no lo quiere. Reclama al niño y confirma su desamor. El pequeño Antonio, inocente, explora sus genitales y a la madre eso le parece una depravación: “Chiquillo degenerado, se masturba todo el tiempo”. Lo regresa a la casa paterna. Y, como si fuera un conjuro, el joven Cuesta, consumidor de alcohol, peyote y marihuana, escribe versos pornográficos; se siente más grande que el Marqués de Sade y que George Bataille.
Musa de Jorge cuesta y modelo de Diego Rivera, Frida Khalo y Juan Soriano. Lupe quiso ser escritora. Publicó dos novelas La única y Un día patrio. La única, intenta poner a la literatura al servicio del rencor. Habla mal de todos los intelectuales. Lo único que vale de la edición es el dibujo de la portada que hizo Rivera donde aparecen las hermanas Isabel y Lupe Marín con la cabeza de Cuesta en una charola. Recuerda a Juan Bautista.
Arrepentida de dejar a Rivera por Cuesta, Lupe vocifera: “cambié un hombrón por un tlacuache”. Perfecciona la humillación, es “un veneno sin antídoto”. Jorge Cuesta, el químico-poeta, (al que Huxley consulta sobre los hongos alucinógenos) aparece como una figura triste. Intentó mutilarse los genitales; experimenta en su propio cuerpo imitando al Dr. Hoffman, descubridor del LSD. Ingiere una mezcla de drogas en busca del elixir de la juventud y sólo logra sicotizarse. Se suicida en el hospital siquiátrico La Castañeda. Logrando, finalmente, ser “ajeno a su cuerpo”.
Madre egoísta pero abuela generosa. “Oye, Guagua, fíjate que no me gustan las mujeres” le confiesa su nieto Juan Coronel a Lupe, que ante la revelación responde: “Te voy a presentar un amigo”. Le regala una camisa rosa y otra morada. Ella misma las cose en su máquina Singer.

La vemos platicando con su amiga Concha Michel o bailando con Juan Soriano. “¿Usted es hombre o mujer?” le pregunta un borracho. Lupe contesta con una bofetada y con un: “Soy más hombre que tú y más mujer que tu chingada madre”. Dos veces única, un referente para entender nuestro pasado reciente.