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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. en 1964. El peor de los pecados, es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016 y 2017. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular de la revista Siglo Nuevo, suplemento del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en las revistas: Estepa del Nazas, Acequias, Cultura de Veracruz, La Manzana y Confabulario (suplemento cutural del periódico El Universal). Y en los libros colectivos Enseñanza superior, Coral para Enriqueta Ochoa, Voces del desierto, Sinfonía a doce voces, Cien puertas de Torreón, Perfiles sobre José Revueltas, Camerata de Coahuila. Dos décadas de música y Horizontes de sol y polvo I; Panorama del cuento lagunero. Es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón,UA de C. Correo electrónico: lopgan@yahoo.com

jueves, 4 de enero de 2018

MANUAL PARA LA CURSÍLERIA

Todas las obligaciones aquí establecidas, en este pequeño texto, sobre la cursilería, son también derechos, de tal forma que quién se crea que puede comportarse de manera cursi no sólo deberá creerlo sino que tendrá que hacerlo una forma de vida. Es importante aclarar que aunque, según  la creencia popular dicen que las mujeres son más proclives a la cursilería, no existe evidencia alguna que las ponga en desventaja con respecto al sexo masculino.
Debe tomar en cuenta que la cursilería ha sufrido transformaciones, lo que antes era aceptado como buena educación ahora resulta de mal gusto y, por supuesto, cursi. Incluso muchas situaciones que antes se consideraban caballerosidad (como abrirle la puerta del coche a la mujer) ahora, para muchas, es tomado como cursilería y hasta machismo. Enseguida los requisitos mínimos que el cursi deberá cumplir:
1.   Todo cursi debe llorar por las penas ajenas, aunque no le importen e incluso le alegren. Debe de demostrar un sufrimiento que esté lejos de sentir. Recuerden: El cursi es hipócrita por naturaleza.
2.   Tiene la obligación, y el derecho, de sorprenderse con cualquier tontería, que le parezca una maravilla, (con lo que la mayoría estará en desacuerdo).
3.   Cuando el cursi vea a un mendigo echado entre harapos, en alguna banqueta; mirando el mundo a través de sus genitales desnudos, debe fingir que esa persona no existe. Piense en que no hay que fijarse en los miserables.
4.   Hay que parecer muy bondadosos, es una excelente forma de  tratar de sentirse superiores a los demás y hay que decir siempre que se es de “buena cuna”, despreciando a los otros.
5.   A pesar de que esté viviendo las peores circunstancias de su vida, repetirá incansablemente: “Nosotros venimos a esta a vida a ser felices”. No se permita un atisbo de pesimismo hacía el exterior; se deberá tragar toda su amargura.
6.   Generalmente, el cursi antes tomaba toda su información de Selecciones de Readers Digest. Ahora lo hace de Facebook o cualquier página sin sustento científico.
7.   Los cursis hablan de todo y siempre quieren tener la razón. La personalidad cursi quiere influir hasta en la ropa interior que usa su familia.
8.   Un poema cursi se escribirá así: “Te quiero como a mis ojos / Como a mis ojos te quiero. / Pero más quiero a mis ojos / Porque mis ojos te vieron primero”
9.   El cursi, tiene ganas de mandar todo al diablo, pero no lo hace porque se  puede ver mal.
10.       Y lo dice la definición: “Pretende ser fino, elegante y distinguido pero suele resultar ridículo, de mal gusto o pretencioso.”
11.       El cursi siempre da limosna, para sentir que es buena persona y le gusta que todos piensen que lo es.
12.       Nunca esta despeinado y si es mujer, siempre estará bien maquillada.
13.        Tendrá problema de negación porque jamás aceptara que es cursi y si lo acepta dejará de serlo y le da miedo no existir.
14.       Muere por una flor en la solapa.

El cursi pensará que debe de escribir un Manual de cursilería, pero ya que le parecerá demasiado, entonces escribirá lo que sea. Y después se pondrá a recitar un Padre Nuestro; luego de un rato se reirá; un rato más tarde se quedará dormida pensando en ¿Cuál debió haber sido el título de este artículo?.

jueves, 21 de diciembre de 2017

PARALIZADA EN LA DUDA


Tal vez tengas veinte años. Casi a diario deambulas por una avenida. Tu destino fue herido antes del nacimiento; la parálisis cerebral  ha sido la manutención de tu familia. Viven gracias a ti: joven sin tentaciones. Vas ofreciendo tu mirada de abismo mientras entre balbuceos y suplicas entrecortadas pides: “Peso para taco”. Con las piernas muertas, te arrastras empujándote con las manos y apoyándote en los glúteos. Tu madre te ha colgado un recipiente en el pecho para que allí te depositen las limosnas. Recorres los restaurantes que tienen mesas en la banqueta. Las personas tratan de no mirarte, pero sobre todo, tratan de no olerte; emanas la fetidez de la miseria. Los comensales sacan una moneda, algunos no por compasión sino porque no quieren ver el espectáculo que entregas. Se oyen comentarios: “La madre viene y lo deja todos los días para que pida limosna”, dice una señora mientras se come un filete de salmón con una copa de vino tinto. Otra exclama indignada, pero ¿Dónde están los derechos humanos para este pobre muchacho? Un señor te mira con lástima y desembolsa veinte pesos. Todos se apresuran a la dádiva para que te retires rápido de su mesa.
         Te he visto con tu madre y con tu hermana de seis o siete años. Haces tú recorrido y regresas a la base materna. Ella, tu madre, vende dulces en la misma calle; es gorda y siempre está sentada en el suelo. Los he visto a los tres acurrucados por las noches; los he visto como ríen ante los bailes de tu pequeña hermana. Con ojos brillantes sueltas espasmos de carcajadas. Cuando te alejas de ellas pierdes la poca luz que te cubre, eres oscuridad cuando te arrastras. ¿Adónde se van tú y tu familia cuando terminan la jornada? ¿Quién va por ustedes? ¿Acaso existe tu padre?
         Creo que tu condición te permite tener consciencia de lo que significas para tu familia y para los extraños. Los extraños creen que tu propia sangre abusa de ti, que aprovecha tu condición para vivir a costa tuya, y es verdad. Sin embargo, tal vez estás orgulloso de ser el sustento familiar y hasta te permites alguna pequeña burla hacía los demás. Habitualmente serías una carga en otra familia pobre, pero en ésta, eres su salvación. No sé si albergues rencor en tu corazón o disfrutas un poco al insultar con tu mal olor mientras otros comen ricos platillo. O quizá estés realmente cansado de ese fatigoso trabajo de moverte y de intentar esas tres palabras con dificultad. Los espasmos no te abandonan nunca.

         Me he preguntado qué pasaría si los Derechos Humanos intervinieran y tomaran la resolución de que están abusando de ti: Te llevarían a un albergue en donde serias atendido por extraños; estarías lejos de la alegría que te provocan la gracia de tu hermana y la calidez de los grandes brazos de tu madre. ¿Para quién eres un problema? Quizá tú familia ya no te ve con tristeza sino con resignación y como su medio de sobrevivencia. Para las personas que se topan contigo eres un aguijón de compasión, de suciedad. Para otros eres casi un insulto; he visto sus gestos, sus reacciones. Para otros más, sólo un espectáculo de miseria que tiene que hacerse presente para recordarles su fortuna. ¿Qué eres para ti mismo? Qué te dice tu cuerpo despojado de la bipedestación, de limpieza, de cátedra. En ti, la mitad de un cuerpo inerte; la mitad de la palabra; la mitad de la vida. Todo te ha sido impuesto. Abres los labios y abres la compasión y un rencor inmóvil porque destruyes el placer de los otros. Cada día comienzas tu historia y cada día la terminas. Y la duda se paraliza: ¿Eres un problema social? ¿Una solución económica? o ¿Un tranquilizante para la conciencia?

viernes, 15 de diciembre de 2017

MALES PRESIDENCIABLES


Todas las enfermedades son emocionales, ya que no se puede separar el cuerpo de la mente. Sin embargo, no es verdad lo que dice la escritora Louise Hay, que asegura que somos, completamente, responsables de nuestra salud. No es así, el medio ambiente, la tecnología y las nuevas terapias influyen también. No es lo mismo contagiarse de sífilis ahora que antes del descubrimiento de la penicilina, y ¿cómo se podrían explicar las enfermedades genéticas, siendo el individuo culpable de padecerlas? Fuera de eso, sería ideal escoger gobernantes sanos.
Benito Juárez sufrió mucho por enfermedad, durante su mandato presidencial, padecía intensos dolores provocados por angina de pecho; no existía la nitroglicerina como vasodilatador coronario, en cambio, le ponían agua casi hirviendo en el tórax para que le mejorara el dolor cardiaco, agregándole sufrimiento por quemaduras en la piel. Juárez murió de infarto a los 66 años, en 1872. Otro caso fatal fueron los aneurismas cerebrales de Adolfo López Mateos que lo postraban por cefalea. Murió a los 61 años, en 1969. Otras enfermedades, no graves, las hemos conocido en los presidentes que nos han gobernado recientemente: se encuentran el traumatismo de rodilla de Ernesto Zedillo; la hernia de disco en la columna vertebral de Vicente Fox; la fractura de húmero, por caída de bicicleta, de Felipe Calderón y, por último, el presidente Enrique Peña Nieto que fue sometido a una cirugía de extirpación de tiroides, debido a un tumor benigno. De acuerdo a eso, él está recibiendo hormonas sustitutivas.
De acuerdo a la encuesta del Reforma, estas serían las enfermedades que tienen la posibilidad de habitar Los Pinos:  
El infarto cardiaco es el primer lugar en las encuestas. Este infarto fue tratado con revascularización con la colocación de stens, que son unas férulas (pequeños tubos) que se colocan dentro de las arterias coronarias cerradas y que de este modo se abren y restablecen la circulación en el tejido dañado. Es lo mismo que padeció Benito Juárez, sólo que los adelantos científicos, ahora, permiten alcanzar mejor calidad y (sobre todo) esperanza de vida. Los riesgos de volver a tener un infarto, aunque ya se haya revascularizado, son mayores que en la población general. Pese a eso, una persona de 64 años hace una vida, aparentemente, normal.
En segundo lugar, está una enfermedad visible: la ausencia de melanina en algunas áreas de la piel, principalmente en cara y manos. El origen del vitiligo se reconoce como hereditario, autoinmune o metabólico; el problema que presenta es principalmente estético, sin embargo, también provoca ansiedad por el cambio de apariencia de la piel. No es peligrosa, sólo que si la persona está sometida a mucho estrés es común que se haga más aparente.
El tercer lugar sería para el desprendimiento de retina, que en una mujer presidenciable es un problema serio porque es frecuente que sea el signo de otra enfermedad; por sí mismo pone en riesgo la visión, más no la vida. No es tan preocupante como las enfermedades cardiacas. De este desprendimiento de retina, se desconoce la causa, pero lo más común es que sea por traumatismo, diabetes o miopía severa.
En el cuarto lugar de las encuestas estuvo la arritmia cardiaca. Esta patología es también un problema serio, ya que si no recibe tratamiento es causa de muerte súbita, al igual que el infarto. Esta arritmia fue tratada con un método que se llama ablación y consiste en destruir las fibras nerviosas cardiacas que están enviando impulsos excesivos y/o desordenados: El corazón no late de manera normal. En este caso, el procedimiento fue primero con cateterismo, pero terminó en cirugía de corazón abierto por una perforación cardiaca, producto de un error médico. La persona ha seguido haciendo ejercicio y gobernando.
No encontré otras enfermedades presidenciables. Aunque la juventud, esa que se cura con los años, podría ser una y la otra es la coprolalia; ninguna de las dos es relevante, excepto porque denotan ausencia de serenidad. ¿Cuál enfermedad sería menos dañina para el país?




domingo, 3 de diciembre de 2017

LA SONORIDAD DE MI CALLE


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Recuerdo que desde niña en cualquier lugar en el que he estado siempre me acompaña, como sonido de fondo, el cantar de las palomas torcazas. Y ahora, que paso la mayoría de mis días en la Ciudad de México, no es la excepción.
         La calle donde vivo es novedosa para mí. Me sorprende a cada instante: con frecuencia pasa un flautista que me recuerda la música prehispánica, luego le hace competencia una guitarra con un violín tocando el “Querrequere”. En otro momento un vecino del edificio de departamentos, donde vivo, toca en su saxofón jazz de una manera tan suave y  sensual que me hace suspirar. Todos los días y a cualquier hora pasa un camión que trae una grabación que anuncia con  una voz femenina y muy nasal: “Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras,  microondas o algo de fierro viejo que vendan” pero tiene el poder la ubiquidad al parecer está en toda la ciudad. Al principio me parecía pintoresco, ahora mis oídos se cansan. Por mi calle, ocasionalmente pasa un cilíndrero interpretando “Cielito lindo”. No es menos frecuente el silbido nostálgico del camotero que me trae recuerdos de hace treinta años, cuando yo vivía aquí. Otros que se escuchan son los vendedores de tamales oaxaqueños: “Venga y pida, los ricos y deliciosos tamales oaxaqueños. (¿Qué diferencia habrá entre ricos y deliciosos?) Calientitos tamales oaxaqueños”, repite una y otra vez la grabación. Pasan los que venden plátanos de diez pesos, aguacates y cerezas de a veinte. Y como se me hace tan barato salgo corriendo a encontrarme con ellos. Llegó cansada al camión y al regreso jadeando al departamento y mi hija se carcajea. Ay, mamá ¿Cuánto te puedes ahorrar? No importa, el aguacate en Torreón cuesta a ochenta pesos. También hay un señor que vende tamales pero que canta “amales” de una forma tan alargada y sostenida que me hace sonreír. Otros gritan pero no entiendo nada. En cambio, el otro día pasó un señor que compraba fierro pero lo anunciaba a manera de no sé qué ritmo: “Fierro…   fierro… fierro, fierro, fierro y enseguida saltaba un fragmento de un canto árabe. Esta ciudad es toda sonoridad junto con las torcazas que siempre traigo dentro de mí.
Recuerdo que recién había llegado aquí, una noche alrededor de la doce, comencé escuchar unos gritos que provenían de un edificio contiguo, me parecía que escuchaba mi nombre. Así era, me acerqué a la ventana y una voz joven y masculina gritaba: “¡Angélica!”, lo hacía de manera desesperada y con mucha pasión. Pensé “tocaya mía regresa con este hombre” ha gritado diez veces nuestro nombre, se lo merece. La segunda noche lo volvió a hacer pero solo tres veces y hubo una más, pero solo fueron dos ¡Angélica!. ¿Qué pasaría con esa mujer? En tres días se recuperó ese amante que no le importaba despertar a decenas de personas con sus gritos o bien mi tocaya volvió con su gritón. .
Aquí en la Ciudad de México, los días en que tengo clase, salgo por la mañana y cuando el sol esta radiante y no me quema como el de Torreón, observo que las personas de esta calle se conocen, gritan, bromean. Muchos caminan con sus perros. Me gusta ver a tanto perro que no ladra, a veces están sentados esperando fuera del restaurant mientas su dueño se alimenta. En este barrio de la Roma, a veces no muy limpio, se camina y se ve arte hasta en un árbol muerto que talló un escultor.
Mi calle actual tiene árboles viejos y algunas cuarteaduras en memoria del reciente temblor, tiene restaurantes, comercios y departamentos. Es un lugar con mucho movimiento, muy vivo; contrasta con mi calle de Torreón en la que solo oigo el “Vals las olas” en un carrito que vende nieve y en donde tiempo antes escuchaba al “Pan panadero” que creo que se le endureció el pan y ya no lo vende. Otro es el que vende escobas y trapeadores. En las tardes cuando estoy allá y salgo a caminar y me topó con un joven con síndrome de Down que camina con sus audífonos puestos cantando y que de tanto vernos le parezco familiar, por eso él siempre me dice: hola. Yo admiro a ese muchacho tan independiente 

         Muy distintas son mis dos calles: una tan viva y otra tan llena de baches; una tan temblorosa y otra impávida como si nada ocurriera y quizá nada ocurre. 

sábado, 18 de noviembre de 2017

LENGUAJE LLANO


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“En literatura no existe un estilo ornamental. Lo que está es porque debe estar y se justifica por alguna razón. El gran poeta Antonio Machado lo dice muy claro. ¿Qué es más poético: "Los eventos consuetudinarios que suceden en la rúa" o "Lo que pasa en la calle"? Machado afirma que es mucho más poético decir "Lo que pasa en la calle" que "Los eventos consuetudinarios que suceden en la rúa". Lo segundo es ornamentación gratuita, vacía y afectada, pues lo que se pretende decir es algo muy sencillo. En esto coinciden todos los buenos escritores. Los malos escritores confunden ornamentación con estilo literario.” Lo anterior, lo afirma el Dr. Juan Antonio Rosado Zacarías  promotor del lenguaje llano.
          El lenguaje llano tiene muchos detractores, porque se cree que puede limitar la creatividad, cuando es todo lo contrario; eso no significa que se tenga que renunciar a la profundidad, como explica el Dr. Rosado: “Cervantes defendió la llaneza del lenguaje; lo mismo hizo Machado y lo mismo han hecho muchos. Por "llaneza" entendieron claridad y concisión; en suma: conciencia de la forma. No siempre es fácil determinar el grado de claridad porque depende del nivel de cultura que tenga el lector. Hay lectores sin educación, a quienes les cuesta trabajo comprender algo que vaya más allá de la novela de la semana o de la lista del mercado. Para ellos se diseñó el lenguaje llano. ¡Uno quiere entender un instructivo o un señalamiento! No vamos a escribir un formato o un contrato en lenguaje barroco. Por necesidades expresivas, el barroco recurrió a un lenguaje oscuro. En el estilo literario barroco no se pide ni se requiere llaneza. Es un estilo acumulativo y dirigido a un puñado de lectores. Aun así, lo importante es que no sea un barroquismo gratuito.”
Asimismo, dice: “Disfruto mucho a Góngora, a Sor Juana Inés, a Lezama Lima, a Carpentier, a Miguel Ángel Asturias, a Elizondo, a Juan Vicente Melo o a Virginia Woolf, autores muy barrocos y complejos por necesidades expresivas y de profundidad. No me los imagino en otro estilo: fondo es forma. Sin embargo,  también disfruto de los autores llanos, sencillos y claros, como  Cervantes, Pérez Galdós, Unamuno, García Márquez, Martín Luis Guzmán, Josefina Vicens, Rafael F. Muñoz o García Ponce.”
La ensayista, narradora y crítica literaria, Karina Castro González, quien fuera alumna del Dr. Rosado, es de las principales escritoras, de México, que se han especializado en lenguaje llano. En una conferencia/taller  explicó las ventajas de que nos comuniquemos de manera clara y concisa. Nos dijo que escribir de manera llana es más complicado de lo que se piensa. A diario nos encontramos con textos confusos, por ejemplo, documentos legales o instructivos. Lo mismo sucede con muchas notas periodísticas y obras literarias. Así, expuso que para facilitar la comprensión de la lectura es necesario evitar palabras oscuras, tecnicismos innecesarios, arcaísmos, neologismos… Y que sería muy bueno que los gobiernos tuvieran una relación clara a través de la comunicación escrita, que traería más confianza entre los gobernados. Manifestó que en el sexenio del presidente Vicente Fox se presentó una iniciativa que proponía la trasformación de los textos de gobierno en un lenguaje llano, pero la iniciativa no tuvo éxito y todo quedó en buenas intenciones. Sin embargo, ya hay muchos países que han reformado sus leyes haciéndolas claras, de tal manera que los ciudadanos no necesitan traductores de su propio idioma.
El lenguaje llano o plain language ayudaría a que hubiera más justicia al momento de enjuiciar a las personas que comenten un delito, pues nuestras leyes están escritas de forma ambigua y hasta contradictorias. Por eso los abogados recurren a estas fallas para evadir la justicia sin quebrantar la ley. 

sábado, 21 de octubre de 2017

DERRUMBE Y DESOLACIÓN


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“— Sí, si yo me acordaba bien. Fue en septiembre del año pasado, por el día veintiuno. Óyeme, Melitón,[…]  —Fue un poco antes. Tengo entendido que fue por el dieciocho.” Lo anterior es parte del cuento de Juan Rulfo titulado “El día del derrumbe” y se refiere al terremoto que devastó Colima, el 18 de septiembre de 1932: “Hasta vi cuando se derrumbaban las casas como si estuviera hechas de melcocha; nomás se retorcían así, haciendo muecas y se venían las paredes enteras contra el suelo. Y la gente salía de los escombros toda aterrorizada corriendo derecho a la iglesia dando de gritos…”
Pasaba la media noche del 7 septiembre del 2017. Dormía, mi hija Carolina hacía lo mismo en la habitación contigua. Nos despertó la alarma sísmica, le grité. Ella tomó como si fuera un trapo a nuestra pequeña perrita y corrimos. Todo se movía de un lado a otro, bajamos las escaleras (un piso) como si de un puente colgante se tratara. Batallé para abrir la puerta. Pronto bajaron los demás vecinos. Abrazo a mi niña y a nuestra mascota. El temblor continúa. Es la eternidad en un corazón sofocado. Cada cuerpo padece su propio sismo, pero el mío es más evidente. Es la novedad, desde hace mes y medio vine a la Ciudad de México a estudiar la maestría en literatura. El terror, el verdadero terror había nacido en mí. No hablo, pero mi cuerpo no puede estar sosegado, parece convulsionar. Un vecino me toma de los hombros y me habla con voz serena. Me tranquiliza. Todo ha pasado; nada ha pasado.
El 19 de septiembre suena la alarma sísmica a las once de la mañana, sabemos que es un simulacro por el recuerdo de hace treinta dos años. Carolina ha faltado a la escuela porque tiene gripa y yo ese día no tenía clases. En ese momento estoy leyendo la novela La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán, como parte de mis tareas. A la 1:15 pm comienzan las paredes a moverse, el aullido sísmico se retrasa unos segundos. Nuevamente le grito a mi hija. Ahora es diferente, el movimiento no es solamente lateral, el piso pareciera ondularse y hace que demos saltos. Logramos salir. Afuera hay mucho polvo. Qué afortunada soy de poder abrazar a mi hija. Las personas se abrazan no importa si son extraños. Mientras, un viento sucio y frío nos envuelve. Se ha caído una torre de la escuela primaria que está a cincuenta metros de nuestro departamento (en la Roma). Después deja de temblar. Las mamás de los niños pasan corriendo: lloran, hablan solas, rezan. A cuarenta metros de distancia a un Vocho se le ha caído encima una pared y veinte metros adelante, un Porsche también esta aplastado (los dos coches son blancos, los dos fueron diseñados por el alemán Porsche: un automóvil para pobres y otro para ricos) la naturaleza no distingue estados socioeconómicos. “Se murió un conserje y también el dueño del edificio”: saltan cientos de anécdotas. La muerte nos iguala a todos, no importa cuán pretensioso, perverso o bueno seas.  
Caminamos hacia la Av. Álvaro Obregón. Se oyen algunos rezos, otros, intentan hablar por teléfono (las comunicaciones son intermitentes). Otros, toman fotografías y videos. Caminar y caminar todo el día porque nadie quiere entrar a sus lugares. Llegamos al edificio en donde más personas murieron. Buscamos en las listas el nombre de una de mis compañeras de clase; la señalan como desaparecida. Apenas sí la conozco pero siento una opresión en el pecho. A los dos días en el grupo de Whatssap de la clase pusieron la fotografía del momento de su rescate. Una alegría, un regalo inesperado.
 En los edificios derrumbados nos dijeron que ya no se necesitaban manos. Había suficientes. Vemos gente ofreciendo comida, agua, chocolates. Nuestra ayuda será de otra manera. Mi cuerpo esta adolorido por completo como si hubiera recibido una golpiza. Entre tanto rostro extraño y ante los aplausos de un recate más, tengo deseos de cubrirme la cara y llorar a gritos. Sin embargo, solo mis ojos alcanzan a gritar y no traigo pañuelos desechables. Un grillete invisible me toma el cuello. Mis mandíbulas se contraen.  He perdido mucho de mí y he rescatado mi esencia. Soy afortunada porque los que amo están, a través de la distancia, conmigo.

El sábado 14, a las 8:30, otra vez se escucha la alarma. ¿No es esto demasiado? Descanso un poco porque mi Caro se ha ido con unas amigas a Querétaro. Al menos se evitó uno. Dos personas mueren por infarto. El miércoles 27 de septiembre (día en que nació mi amado hijo) regreso a Torreón y la que se fue, no regresó. Tanta sacudida y tanto dolor me han cambiado. Soy afortunada entre tanta desolación.

sábado, 7 de octubre de 2017

HUMOR ESCATOLÓGICO EN EL QUIJOTE

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Desde el punto de vista de la Teología, la Escatología es el tratado de los  últimos tiempos, de la muerte, del purgatorio, del fin del mundo… este es un tema que se ha estudiado mucho en la obra de Cervantes, pero El Quijote, también contiene varios párrafos que hablan de la otra acepción de la Escatología: la de los excrementos y las suciedades.
        Especialmente en el capítulo XX, de la primera parte, se refiere a este tópico: Mientras don Quijote y Sancho cenan en un bosque y van en busca de un río para tomar agua. El viento y el ruido de los árboles y los animales crean un ambiente terrorífico, es entonces cuando Sancho siente miedo. Y en ese momento don Quijote le dice que se irá en busca de aventuras por tres días, que lo espere allí y que si no regresa vaya con Dulcinea y le diga que su amado a muerto: “En esto, parece ser o que el frío de la mañana que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural —que es lo que más se debe creer—, a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar de no hacer lo que tenía gana tampoco era posible; y, así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con la cual bonitamente y sin rumor alguno se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían sin ayuda de otra alguna, y, en quitándosela, dieron luego abajo y se le quedaron como grillos; tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto, que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia…”
Algo había comido Sancho que le provocó diarrea, pues así lo explica Cervantes: “le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas diligencias, fue tan desdichado que al cabo vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote y dijo:
—¿Qué rumor es ese, Sancho?
No sé, señor —respondió él—. Alguna cosa nueva debe de ser, que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.”
        Y al tercer intento, finalmente Sancho queda satisfecho: “Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que sin más ruido ni alboroto que el pasado se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que algunos no llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos, y con tono algo gangoso dijo:
—Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
—Sí tengo —respondió Sancho—, mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?
—En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar —respondió don Quijote.”
        Don Quijote se queja de la excesiva confianza en la que entrado con Sancho: “Retírate tres o cuatro allá, amigo —dijo don Quijote (todo esto sin quitarse los dedos de las narices)—, y desde aquí adelante ten más cuenta con tu persona y con lo que debes a la mía; que la mucha conversación que tengo contigo ha engendrado este menosprecio.”
        Lo más sorprendente de estos párrafos es que en ningún momento se usan palabras vulgares, si no que el juego es a través de un ingenio en las palabras.