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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. en 1964. El peor de los pecados, es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular de la revista Siglo Nuevo, suplemento del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en las revistas: Estepa del Nazas, Acequias, Cultura de Veracruz, La Manzana y Confabulario (suplemento cutural del periódico El Universal). Y en los libros colectivos Enseñanza superior, Coral para Enriqueta Ochoa, Voces del desierto, Sinfonía a doce voces, Cien puertas de Torreón, Perfiles sobre José Revueltas, Camerata de Coahuila. Dos décadas de música y Horizontes de sol y polvo I; Panorama del cuento lagunero. Es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón,UA de C. Correo electrónico: lopgan@yahoo.com

domingo, 7 de mayo de 2017

UN CHICHÓN, UN PLATO ROTO Y ELENITA ASUSTADA


Si hubiera imaginado el estado caótico en el que nos reuniríamos, Elena Poniatowska y yo, jamás la hubiera invitado a comer a ese restaurante. Esta experiencia puso en riesgo nuestra integridad física y mental.
8 de diciembre de 2016: Después de visitar varias veces a Elena Poniatowska en su casa de Chimalistac, ciudad de México, creí que era buena idea invitarla a comer a un restaurante. “Está bien el jueves. Escoge un lugar cercano a mi casa y allí no vemos a las tres. Dispongo de dos horas porque en la tarde tengo una entrevista que no puedo eludir”, me contestó. Me di a la tarea de buscar un restaurante que fuera su vecino. La búsqueda de Google ofrecía varias opciones, pero las más próximas a su domicilio eran: la taquería “El rincón de la lechuza”, una pizza “Hut” y “Casa Ávila” un restaurante de comida española. Los tacos me parecieron demasiado informales para la “Princesa Roja” y la pizza “Hut” aún más. Con terror imaginaba a muchos chiquillos descalzos corriendo para subirse a los juegos infantiles. Me dolía la cabeza sólo de pensar en el olor a pies y la gritería que tendríamos que soportar; la comida española terminó siendo el único lugar posible. Además, porque alguna vez había probado un lechón de sabor insuperable en una sucursal de este mismo establecimiento. Me ilusioné creyendo que iba a ser una buena experiencia.
Pero, “nada pasa sin anunciarse” y yo no pude vislumbrar las señales que advertían que nuestro encuentro iba a ser desastroso. Entré a Internet a ver los comentarios sobre el lugar donde comeríamos. Éste tenía cuatro estrellas y media de calificación. Sin embargo, algo en las opiniones de los comensales me producía cierta desazón: todos coincidían en que era excelente para ir con la familia; ello significaba ruido y niños. ¿Niños? Otra vez me volvía el espanto. Además de los elogios al lugar, el sitio web anunciaba que los jueves no estaba muy concurrido, por eso ya le había dicho a mi invitada dónde nos reuniríamos. De todos modos, unas horas antes llamé para reservar, por si acaso. Me dijeron que sólo tenían una mesa en el área de fumadores. Internet me había mentido con eso de “poco concurrido”. “No creo que le guste fumar pasivamente”, pensé. Luego, debo confesar que hice algo por lo que mis escrúpulos se precipitaban a la baja en la bolsa de valores. Usé mi gran bocaza: “Señorita, es que voy a ir a comer con Elena Poniatowska y me gustaría una mesa en área de no fumar”. Pasaron unos segundos de silencio y la muchacha al teléfono me aseguró que ya había una disponible. Si alguien me hubiera oído ya estaría bautizada como una lady cualquiera. No está bien usar el nombre de nadie para obtener una mesa, pero después de lo sucedido la microhistoria me absolverá.
         Saliendo del hotel: A las dos de la tarde hice la solicitud de un Uber; éste me indicaba que el viaje duraría 45 minutos. Pero apenas habíamos avanzado unos cuantos kilómetros, el reloj que indicaba la hora de llegada comenzó a cambiar de opinión: encontraría mi destino a las 3:15. Así fue aumentando el tiempo. Comencé a angustiarme por episodios (para mí es muy importante la puntualidad). Me desestresaba cuando el coche avanzaba y me ponía ansiosa en los embotellamientos. Cuando dieron las tres y cinco llamé al restaurante y pregunté si la premio Cervantes ya estaba allí y contestaron que no había llegado. A las 3:15 marqué a su casa y una señora me dijo que ya había salido, que la acompañaba Martina (asistente de Dña. Elena), que iban caminando. Bajé del Uber a las 3:25 y en ese momento, aparecieron Elenita y Martina muy alegres. Martina se despido deseándonos que comiéramos rico y se fue.
         Una joven sonriente nos indicó cual era nuestro lugar. Confieso que eso de hacerme la lady no había funcionado muy bien: La mesa estaba justo en la entrada, pegada a una pared donde a un metro de nuestras cabezas estaban empotrados unos candelabros de fierro negro que portaban tres velas gordas. Elenita les pregunto que si no tenían algo mejor. “Es lo único que hay”, dijo la muchacha. Resignadas, nos sentamos. Unos minutos después, las dos estábamos asustadas y con ganas de salir corriendo del restaurante.
 El mesero nos propuso de entrada unos pulpos a la gallega. De bebida ella pidió agua mineral y yo una limonada. También se nos antojó un gazpacho. De plato fuerte, doña Elena ordenó arroz negro con chipirones y yo un filete de huachinango con vegetales. Teníamos cerca de cinco minutos comiendo cuando oímos un estruendo y yo sentí un fuerte golpe en mi cabeza; vi sangre en mi mano derecha. Me di cuenta que mi plato estaba roto y los trozos de pulpo habían volado. Elenita estaba pálida e inmóvil. Lo primero que pensé era que se trataba de un sismo. Después ella me confesó: “Creía que nos estaban disparando, pero no entendía por qué seguía viva”. En seguida nos dimos cuenta que el candelabro de hierro, empotrado en la pared, se había caído sobre nuestra mesa y una de las velas gordas me había golpeado la cabeza. A partir de ese momento yo entré en un estado de confusión. Me dolía la testa y el orgullo; me palpaba un chichón en la región parietal derecha.
Hasta ese momento los comensales no habían visto a la autora de “La noche de Tlatelolco”; eso cambió con el estruendo: todos voltearon hacia nosotros y sin ninguna consideración comenzaron a desfilar los fanáticos de doña Elena, acomodándose para las fotos del Facebook. Todos le decían lo mucho que la admiraban. Mientras, alguien traía un botiquín y le daba los primeros auxilios a mi mano, la cual sólo mereció un curita. En cuanto las personas le dieron un respiro, Elenita, me dijo: “Vamos de aquí a los tacos de la vuelta”. A nadie le importó si estaba lastimada; únicamente querían la fotografía con ella.
         No salimos de allí. Un señor que comía en solitario nos ofreció su mesa. Empujadas por el personal y desconcertadas nos sentamos y volvieron a servirnos la comida. El jefe de meseros nos llevó una botella de vino tinto de cortesía. Le dijimos que no la queríamos e insistió. Terminamos tomando una copa de vino cada una. Apenas sí probamos la comida y después de pagar, salimos del restaurante. “Vamos a la casa, allí seguro hay chocolates”, me dijo. Me sentía extraña porque al ir caminando por las calles, sin importar los semáforos, los automovilistas le cedieran el paso a mi acompañante.
         A las cinco de la tarde: Caminamos sobre un invierno cálido. Al llegar a su casa la esperaban seis jóvenes. “Están haciendo un documental”, me aseguró.  Entramos a su casa y mientras ellos acomodaban las cámaras. Dña. Elena le dijo a Martina que nos preparara un té y que nos lo llevara al segundo piso de su casa. Allí me recosté en una sala donde, a través de un ventanal, se podían ver los limoneros y las buganvilias de su jardín. Vi un colibrí y como niña se lo señalé: “Aquí veo muchos pájaros, lo malo es ellos se confunden y creen que la ventana es continuación del cielo”, contestó. Mientras, su gato Monsi se paseaba por mi barriga, Váis su hermano lo veía desde lejos. Luego, mi vejiga reclamó descanso. Elenita me dijo que entrara a su baño, dentro de su recámara. Esa ha sido la única vez que me he sentado en el trono de una princesa.
         Veinte minutos después: Bajamos a la planta baja. El periodista Diego Ostos comenzó la entrevista. Se trataba de que la escritora describiera una fotografía que había tomado Pedro Valtierra en el año 1989; allí estaban, el dueño de la casa: Iván Restrepo; el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, Benjamín Wong Castañeda, Elena Poniatowska, Margo Su, Héctor Aguilar, Carlos Monsiváis, Granados Chapa, Gabriel García Márquez y León García Soler. El documental se titulaba “La muñeca tetona”. El nombre respondía a que en la fotografía también posaba una muñeca (tetona) de trapo a un lado de García Márquez. La entrevistada recreó los momentos de una cena con el presidente de México y comentó que por esa foto la habían acusado de ser “amigüita” (lo dijo así, con diéresis) de Salinas de Gortari. 
Todo ese tiempo me sentí obnubilada, extraña. Al terminar la entrevista una muchacha me pidió que le diera a firmar unos papeles a Poniatowska. Allí  se asentaba que ella renunciaba a cualquier derecho sobre la comercialización del documental. Se lo di y le aclaré: “Se trata de que no cobre nada”. “Nunca cobro”, contestó mientras firmaba.

         A las nueve de la noche: Me despedí con un abrazo de la Princesa Roja y de Martina. Aletargada, durante el regreso al hotel, veía el correr de las luces, los coches y la gente. No podía ver las imágenes con claridad, lo único que recuerdo es un anuncio de neón que me hizo sonreír: “Gilipollos”; claro, vendían pollos. Llegué al hotel a las diez. Eduardo, mi esposo, indignado por lo del restaurante, me revisó el hematoma: “Esperemos que no pase a más” Después, me quedé dormida durante diez horas seguidas.

sábado, 22 de abril de 2017

EL VAGABUNDO DE LA CARRIOLA


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Desde hace algunos años, mínimo tres, a través de diferentes personas me llega la imagen de un vagabundo de Torreón que recorre las calles empujando una carriola en la que lleva un perro. Yo lo he visto dos veces, una vez en un crucero del bulevar Independencia y una ocasión en que mi familia y yo viajábamos por la carretera hacia Saltillo. Caminaba lento empujando su carriola evitándole el cansancio a su perro. El perro que lleva se parece mucho a él; ambos están negros, llenos de suciedad y su olor fétido alcanza un perímetro de varios metros.
En todas las ciudades hay vagabundos. Internet dice que, en Torreón, existen doce. Eso significa que comen, duermen y defecan a la intemperie; su cuerpo sólo necesita de esas tres funciones primarias para sobrevivir. De los doce cuantificados, yo sólo he visto a cuatro: dos mujeres una de ellas era una ciega que tendía sus harapos en la salida de la iglesia de Guadalupe, en el centro de la ciudad. Otra andaba caminaba también por el centro ofendiendo a cualquiera que se le atravesara. Otro lo he visto por la calle Sicomoros en la colonia Torreón Jardín. Éste último, pasa muchas horas cortando papel y con eso se hace un colchón y el de la carriola. Me intriga mucho la vida de los vagabundos y si no me dieran miedo, me gustaría preguntarles qué fue lo que los llevó a ese estado. Sin duda es una renuncia a las preocupaciones del dinero, la familia, el gobierno y en general, de la sociedad. La pobreza como elección; una renuncia al fracaso. Unos dirán que es una renuncia al éxito, pero el éxito es una palabra tan abstracta y tan inexacta, que realmente no sabemos qué es.
 Los vagabundos nos recuerdan a Diógenes (412-323 a C) considerado un filósofo cínico. Cínico, proveniente de la raíz griega kynikos que significa similar a los perros; uno de los rasgos de Diógenes era su amor a los perros. Con frecuencia se representa con una lámpara y un perro. Diógenes se abstenía de todos los placeres y aunque se dice que dormía en un barril al parecer lo hacía en los pórticos de los templos. Se considera uno de los filósofos más brillantes. No dejó nada escrito pero sus pensamientos y su vida fueron recogidos por otro filosofo llamado Antístenes. Antístenes cuenta la anécdota de cuando Diógenes vio que un niño comía lentejas sobre un pan y tomaba agua de la fuente con sus manos, esto lo hizo prescindir de su cuenco: “Este muchacho, dijo, me ha enseñado que todavía tengo cosas superfluas”. Con esto rechazaba toda vanidad y artífico de la vida humana. Como dije: nuestros vagabundos nos recuerdan a Diógenes y ya que no puedo saber sus vidas se me ocurrió ponerle una historia al vagabundo de la carriola. Les comparto un fragmento del cuento que inspiró este hombre que ama a su perro y recorre nuestras calles.
 “¡Miren¡ ¡Ahí va Diógenes!”. Gritó una voz proveniente de un grupo de jóvenes estudiantes de comunicación. Los cuatro amigos andaban de juerga por el centro de la ciudad. “¡Le falta la lámpara y le sobra la carriola!”, dijo uno.  “¡No, le falta cinismo!”, “Mejor qué se bañe. ¡Qué asco!” Agregó otro. Envueltos en carcajadas, una mirada azul e infinita, los enmudeció. Sus ojos eran lo único que tenía color en él. Diógenes entregó unas hojas dobladas a uno de los muchachos y siguió hurgando en un bote de basura. Luego, el bulto negro siguió su camino empujando una carriola en la que llevaba un pequeño perro.

No son pocos los que aseguran que Torreón es una ciudad de locos. “Se podría amurallar y ganar el record Guinness al manicomio más grande del mundo”. Decían. Eso sí, jamás podría ser vomitada por Dios porque allí no hay lugar para los tibios. Es una ciudad exagerada. El verano es un infierno lleno de cucarachas y mosquitos. Es un lugar que no necesitará alumbrado público cuando las amibas sean fosforescentes (y no falta mucho) ¿Basura? por todos lados. Hay  polvo por montones y contaminación ni se diga: Eso provoca atardeceres de gran colorido que, cada día, la gente los ve maravillada como si sus ojos fueran vírgenes. Sus pobladores, aunque locos, son muy trabajadores... 

domingo, 9 de abril de 2017

VIGILIA NOCTURNA

Todas las madrugadas, cerca de la una de la mañana un tren carguero se oye hasta mi casa. Si logro oírlo es señal que tengo insomnio. A pesar de que no puedo dormir, lo disfruto porque me remonta a mi infancia. De niña me gustaba ese sonido. Escucho la noche que se vuelve uno estertor inacabable, pero que de pronto se mancha por un ladrido de perro; por el ulular de una ambulancia o por un balazo que, por fortuna, ya casi no oigo. También escucho a un loco que pasa en motocicleta a toda velocidad. El ruido de ese hombre, (porque estoy cien por ciento segura que es hombre), entra en mis oídos a las dos o tres de la madrugada. Yo pienso, “Tal vez ese motociclista tenga gatos en su casa”. Lo digo porque hay estudios científicos que asocian los accidentes de motocicleta con un alto porcentaje de toxoplasmosis. Es decir, con frecuencia la autopsia del accidentado revela que padecía toxoplasmosis cerebral. La toxoplasmosis es una parasitosis que trasmiten los gatos. Bueno, ojalá no tenga gato y si lo tiene, que se desparasiten los dos.
Pienso que el insomnio se debe de aprovechar: para hacer planes nuevos, para imaginarse historias, para resolver problemas. El caso es que a mí no me sirve para nada, solo para que en las mañanas yo sea una zombi, una muerta-viva (más muerta que viva), con dolor de espalda y con un mal humor.
¡Deseo dormir! Pero no quiero ir con el ginecólogo porque me va a prescribir una hormona maravillosa con la que volveré a los veinte, pero que hará que me duela la cabeza y las venas de las piernas. No quiero ir con el siquiatra o al neurólogo porque me recetara benzodiacepinas y voy a estar muy calmadita, pero aún más atarantada. Mejor voy al supermercado. Me compré diez cajas de tés, unos decían relajantes, otros de siete azahares y hasta de nueve azahares, de valeriana y uno que se llama Serena-T. Mis ojos se cierran pero siguen viendo imágenes. Ninguno de mis sentidos se clausura. No sé si no duermo porque tengo roto el corazón, los meniscos o el pensamiento. En mi pecho el caos y en mis ojos la desesperación. ¿Cuántos días se necesitan para volverse loco por no dormir?: Once días. Yo tengo dos noches sin dormir. ¿Qué busco? ¿Quién soy?, ¿A dónde voy? Muy mala hora para ponerse existencialista; a las tres de la mañana es lo peor que me podría pasar. Seguro me iré al infierno y mi castigo será el del dragón de la Cólquida, el que nunca dormía. Como a él que me hipnoticen para poder dormir. ¡Hipnotízenme! O leo el poema de Jorge Luis Borges que se titula “El sueño”: “Si el sueño fuera (como dicen) una/ tregua, un puro reposo de la mente,/ ¿por qué, si te despiertan bruscamente,/ sientes que te han robado una fortuna?/ ¿Por qué es tan triste madrugar? La hora/ nos despoja de un don inconcebible,/ tan íntimo que sólo es traducible/ en un sopor que la vigilia dora/ de sueños, que bien pueden ser reflejos/ truncos de los tesoros de la sombra,/ de un orbe intemporal que no se nombra/ y que el día deforma en sus espejos./ ¿Quién serás esta noche en el oscuro/  sueño, del otro lado de su muro?/
Pero si Borges tiene un poema para “El sueño” también lo tiene para el  “Insomnio”; es largo y no cabe en esta página y es aún más profundo que el primero: “Mi cuerpo ha fatigado los niveles, las temperaturas, las luces:/ en vagones de largo ferrocarril,/ en un banquete de hombres que se aborrecen,/ en el filo mellado de los suburbios,/ en una quinta calurosa de estatuas húmedas,/  en la noche repleta donde abundan el caballo y el hombre./ El universo de esta noche tiene la vastedad/ del olvido y la precisión de la fiebre./ En vano quiero distraerme del cuerpo…”

Necesito una tregua; necesito la vastedad del olvido. Tal vez cuando se publique este artículo ya habré podido dormir y  me habré distraído, por unas horas, de mi cuerpo.

sábado, 25 de marzo de 2017

El TINTE RUBIO Y BOSÉ

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Los rayos del sol me abrazan tibios. Me reconfortan. Por la mañana, camino solitaria por la calle Álvaro Obregón de la Colonia Roma, en la ciudad de México. Es un domingo luminoso y en los últimos cuatro años he hecho ese recorrido muchas veces. Veo las esculturas, los viejos árboles, los pájaros de los que desconozco sus nombres. Veo muchas personas paseando a sus perros; sobresalen los pug. Un artista dibuja sentado en una banca. Los comensales de los restaurantes hablan francés, inglés, alemán y otros idiomas que no logro identificar.  Veo los puestos de ropa, de tacos sudados y de los no sudados, las carretillas en la esquinas vendiendo fruta. Gente que viene hablando “sola” con los audífonos al oído. 
         Mientras observo, recuerdo la alegría de la noche anterior. Mi hija, Carolina,  en complicidad con su padre y debido a que cumplo años en febrero, me regalaron un boleto para ir a un concierto de Miguel Bosé  en el auditorio Nacional el dieciocho de febrero. Ellos saben que soy fanática de Bosé desde mi adolescencia. Pero sólo había estado en un concierto de él en Torreón, hace seis años en el Coliseo, que por cierto esa vez fue caótico; uno tenía que entrar a empujones. No sé cómo es ahora pero esa vez fue muy desagradable y demasiado caro para un lugar tan incómodo. En cambio mi hija y yo llegamos al Auditorio y todo fue organizado con mucha civilidad. Tomamos nuestros asientos y el concierto comenzó puntual, a las 20:00 hrs. Esa noche se me perdieron treinta años: canté  hasta enronquecer; bailé hasta que me dolió la cintura. Unos días antes alguien me había dicho en tono irónico, ¿acabas de ir a ver a la mezzosoprano Elīna Garančay y ahora vas a ver a Bosé?  Y yo pregunté si mi cerebro se puede extasiar sólo por lo clásico; mi cerebro tiene muchos compartimentos. Bosé me crea sentimientos de nostalgia y alegría: “Porque la música y los olores son los únicos que atrapan, genuinamente, los recuerdos”, dijo. También nos trajo reflexiónes, usa sus conciertos para llevar mensajes de paz. Hubo un momento en que, ante un Auditorio Nacional de lleno total, comenzó hablar del tinte rubio, que a las mujeres se nos veía bien, pero que cuando los hombres lo usaban les trastocaba el pensamiento y los hacía querer construir muros y expulsar inmigrantes. Habló de sus cuatro hijos y del deseo de dejarles un mundo mejor luchando por la paz: “La paz se construye dentro de muchos frentes y uno de ellos es la solidaridad; se trata de ser generosos y compasivos”. Sí, esa noche me volví loca con Lobo estepario: “Mi corazón, salvaje y estepario/ lamió poemas caídos de tus labios”, esta canción, seguramente a todos nos recordó a su joven sobrina Mimba Bosé, recientemente fallecida por cáncer de mama; él cantaba esa canción con ella. Después de muchos gritos, el concierto terminó con “Te amaré”: “Con la paz de las montañas te amaré/ con locura y equilibrio te amaré / con la rabia de mis años/ como me enseñaste a ser/ con un grito en carne viva te amaré…” Bosé y yo hemos envejecido, él se ve un poco cansado y yo también, pero él se ha vuelto  un ser místico.
         Ahora, después de los ecos del concierto Bosé, escribo este texto y confirmo: los albañiles me persiguen. Estoy en un tercer piso del edificio donde vive mi hija. A través de la ventana se cuelan sus gritos. Construyen lo que yo creo serán departamentos. Me divierto escuchando su  lenguaje lleno de improperios. Ellos cantan a coro. “Yo sentí que mi vida se perdía en un abismo profundo y negro como mi suerte/ quise hallar el olvido al estilo Jalisco./  Pero aquellos mariachis y aquel tequila me hicieron llorar…” Dejan caer material desde lo alto y más de uno lanza un alarido fingiendo que le cayó encima. De todos lo que he oído, estos son los únicos que hablan inglés, good morning, thank you very much, give me the Shovel, we will have a lunch. Yo me quedé pensando que el tinte rubio estaba haciendo sus efectos y que ahora los albañiles mexicanos son: repatriados y bilingües.


sábado, 11 de marzo de 2017

EL MURO O EL APRENDIZ DE MERLÍN


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Este texto es una contradicción: Me siento saturada de escuchar y leer en todos los medios de comunicación, sobre Donald Trump, pero por otra parte no puedo evitar escribir sobre el famoso muro que el presidente gringo quiere construir entre México y Estados Unidos.
         En principio, me llama la atención que haya cientos de artículos escritos sobre el tema y que varios de ellos se titulen: “El muro de Merlín”. Es normal que éste sea el destello primario que se nos ocurra, porque la idea del muro de Berlín está en la memoria colectiva; recordemos que éste duró 28 años (de 1961 a 1989) y que volvió a Alemania, en occidental y oriental; la representación del mundo dividido en dos extremos: uno capitalista y el otro comunista. Luego, los periodistas, aludiendo a este muro, le cambiaron la B por la M para traer a Merlín, el mago más famoso de la historia. Comparan a Trump con Merlín, el ilusionista, el embaucador, el que “atrae a los humanos al lado oscuro que todo hombre guarda” y porque, de acuerdo a lo que he leído, este muro es muy difícil de construir; Trump tendrá que ser un verdadero mago para hacerlo o al menos deberá crear la ilusión de que allí va a estar. La construcción del muro fronterizo, fue una de las promesas de campaña que, en parte, lo hizo ganar la presidencia. Ha exaltado de tal forma el nacionalismo (en un país de inmigrantes) que muchos lo han comparado con Hitler.  Sin embargo, cumplir su promesa, enfrenta grandes problemas. No se trata de dinero, sino por el uso de suelo, ya que los dueños de esas tierras no quieren vender. También está lo que aseguran los ecologistas: traerá desastres ambientales, por la fauna y flora que transita sin visa y porque se perdería el cauce natural del rio Bravo (Grande) y con las lluvias se provocaran grandes inundaciones en ambos países. 
         ¿Servirá de algo hacer una muralla como se hizo la china? (guardando las debidas proporciones), aquélla, que contaba más de 21 mil kilómetros de extensión y que no evitó la invasión de los mongoles a China. Ahora esta muralla se considera una de las maravillas modernas del mundo y es uno de los lugares turísticos más visitados. No cumplió su objetivo, pero durante su construcción (de miles de años) murieron más de 10 millones de chinos. Nuestra muralla o muro gringo tiene como objetivo evitar la  invasión pacifica de los mexicanos y otros latinos pobres, excepto los argentinos que no necesitan visa, pero no sabemos en qué terminará.
Al principio se podría creer que traería beneficios también para los mexicanos. En un mundo ideal, el muro haría que nuestro gobierno resolviera cómo ofrecer empleos a sus gobernados y que ellos (gobierno) tendrían que robar menos para evitar que se colapsara la economía por la disminución de las remesas de dólares. Pero eso es difícil y lo más seguro es que en México, al no contar con las fuentes de empleo gringas, aumentaría la delincuencia. Por otra parte, el muro evitaría las muertes de los indocumentados que fallecen deshidratados, por inanición e incluso por balas de la patrulla fronteriza o de los dueños de ranchos. Se evitaría el abuso de los llamados polleros y no pasarían las armas de allá para acá, pero, en cambio la droga se quedaría aquí.

         El muro ya está construido en una tercera parte, fue una iniciativa de la administración de Bill Clinton en 1994, hace 22 años. Primero fue en la frontera de Tijuana-San Diego, “El muro incluye tres barreras de contención, iluminación de muy alta intensidad, detectores de movimiento, sensores electrónicos y equipos con visión nocturna conectados a la policía fronteriza estadounidense, así como vigilancia permanente con camionetas todoterreno y helicópteros artillados. Existen otros tramos de muro en los estados de Arizona, Sonora, Nuevo México, Baja California”. Son 1123 km. construidos, lo que significa que faltan casi dos mil kms. No sabemos cuánto llegará a ser realidad de todo lo que firma el actor del programa televisivo “El aprendiz”, que quizá sólo sea un aprendiz de Merlín. No sabemos.

martes, 28 de febrero de 2017

DE LIBROS


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Tienen seis lados y son universo. Cuentan con hojas y algunos florecen y dan frutos. Pero no todos, otros son casi nada, son basura, polvo que ha ensuciado el tiempo y el espacio. Los libros están lleno de silencios, espacios, lunas, soles, estrellas,  planetas y vacíos. Todos, sin excepción están hechos de agujeros negros y blancos. En ellos, encontramos lo que ha sido, lo que es, y lo que será; una historia, una poesía, un suspiro, un asombro: la literatura. Un compruebo, un método, una fórmula química, física, matemática: la ciencia.
La ciencia y la literatura caben en el volumen de seis lados. Un beso o el movimiento del músculo orbicular de la boca. El brillo de la luna, satélite natural o dos astronautas pisoteándola. La sangre que se ha derramado o las pruebas cruzadas para comprobar si se es Rh positivo. El agua o el H2O. El viento suave o una mezcla de hidrógeno, nitrógeno, oxigeno y contaminantes. Un pozo vació y eterno o la dilatación de la pupila de un muerto. Una regla simple para tres o la regla de tres simple. La fatiga por tanto trabajo ¿trabajo? trabajo dice la física es fuerza por distancia y la fuerza a veces es contraria a las ideas, no las mueve en la distancia, las corrompe. Todos los universos hexaédricos son sueños, y... son libros. Libros que en México, generalmente, duermen tristes en un estante.
         El 23 de abril se celebra el día mundial del libro. Se instituyó ese día porque fue un 23 de abril  de 1616, murieron los dos más grandes escritores de la literatura española e inglesa: Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Desde hace siglos se ha establecido una controversia sobre la curiosa coincidencia en el fallecimiento de estos genios, por lo que desde hace años se intenta cambiar esta creencia romántica. Ahora existe una nueva versión que asegura que no es verdad el hecho de que estos escritores murieran la misma fecha. Igualmente hay quien asegura que Shakespeare no existió como individuo, sino que toda su obra en realidad es de un grupo de escritores. En fin, mientras se discute absurdamente si Shakespeare To be or no to be recordemos que para fines de goce y reflexión poco ha de modificarnos la percepción de Hamlet, Otelo, Romeo y Julieta, El mercader de Venecia...  y nada ha de agregarse a la obra de Cervantes por haber muerto, o no, el mismo día que Shakespeare.
          Otros, siguiendo una actitud catastrofista se han atrevido a decir  que el libro esta destinado a la extinción. Pronostican que, poco a poco, año tras años, la publicación de libros ira disminuyendo. Esto, debido a la gran cantidad de información y libros que circulan gratuitamente por Internet. Sin embargo, contrario a lo que se pensaría, en la actualidad se publican más libros que en toda la historia de la humanidad
         Se ha afirmado que cada mexicano lee un libro por año. En realidad si se tratara de un hecho efectivo y no un promedio establecido por la estadística, estaríamos en mejores condiciones educativas, porque en la practica se trata de que unos cuantos son capaces de leer muchos libros por año, mientras otros en muchos años no intentan siquiera leer uno solo. Lo más triste es que en la lista de las obras más vendidas siempre se encuentran los libracos de baja calidad, (mal escritos y desinformados) que nada tienen que ver con la ciencia o el arte. Se trata de los mal llamados libros de superación personal.

         En un artículo que publicó Oscar Wilde (Irlanda 1854- París 1900) y que se titula “Hay que leer o no leer” (1878) el autor de El Retrato de Dorian Gray sugiere leer (entre otros) Las cartas de Cicerón, Autobiografía de Benvenuto Cellini. Releer a los clásicos  griegos y nunca leer nada de la obra teatro de Voltaire y tampoco leer a los Santos excepto a San Agustín.  De todas formas lo más importante es hablar de lo que no hay que leer para ahorrarle tiempo a los lectores.  Y ya que todo mundo ha oído quienes son los buenos,  depende pues, del temperamento de cada quien, qué leer o qué no leer.

domingo, 12 de febrero de 2017

DALIA SOTO DEL VALLE: LA PRIMERA DAMA CUBANA QUE NUNCA LO FUE

Hoy en  El Siglo de Torreón se publica mi entrevista con la periodista y escritora cubana Lissette Bustamante

El 25 de noviembre de 2016, murió, oficialmente, Fidel Castro. 90 años de “aquél hombre devorado por el poder”,  la muerte le llegó en episodios y ésta no fue su partida definitiva. Casi medio siglo gobernando Cuba el espíritu del líder de la revolución cubana no llegó a la hoguera de “en polvo te convertirás”: él sigue hablando en la voz de otros.
         La frase ¡Fidel Castro ha muerto! fue un grito de libertad y sumisión; el mundo dividido en dos: dios y el diablo. En la escisión se escuchó el llanto de los que amaban el comunismo y la revolución cubana; el buen sistema educativo, los programas de alfabetización, los eficientes servicios de salud,  la potencia isleña en el deporte y las artes. Esa noche, la mitad que lo veneraba no pudo dormir porque extrañarían la presencia del dictador, el padre punitivo al que se le amaba, porque a los padres se les ama a pesar de todo. Y en el otro mundo, estaban los que se alegraron de su muerte, recordaron a los Marieles, a la expatriación forzada, a los balseros y a los cientos de cubanos que huyeron hacia la muerte. Recordaron la frase exilada de decenas de ellos: “no pude ir a ver morir a mis viejos”; venía a la mente la Cuba de los presos políticos, la del hambre, la prostitución y el olor a diesel quemado. Ese mundo que sufrió el destierro ahora bailaba en Miami, con un vaso lleno de “Cuba libre”. Por eso: “ser cubano es muy complicado, dentro y fuera de la isla; en cada sonrisa cubana se encierra mucho dolor”, me dice, desde Miami, la periodista cubana Lissette Bustamante autora del libro Raúl Castro, a la sombra de Fidel.
         Mientras me preguntaba cuál sería la razón del porqué hasta ahora apareciera una fotografía de la familia de Fidel Castro; el fenómeno de  sincronicidad hizo que en ese momento viera, en Telemundo, una entrevista que le hacían a Lissette Bustamante, en la que hablaba sobre la viuda de Castro: me quedé fijada en una de sus frases: “Dalia Soto del Valle nunca fue Primera Dama”. Busqué a Lissette y sostuve una larga conversación telefónica con ella, Enseguida comparto parte de esa  información.
Lissette, me llamó la atención la frase que dijiste en tu entrevista de  Telemundo sobre que Dalia Soto nunca había sido Primera Dama, ¿Podrías explicarme?
Es que Dalia Soto del Valle, fue la otra sombra de Fidel. Hubo una época en que no se sabía si él tenía esposa o no. Nunca aparecía en actos oficiales era una desconocida. Se le veía con sus hijos cuando iban los Papas a Cuba, pero nadie sabía de quién se trataba. La imagen de la esposa de Castro empezó a verse en los años 90, pero no como su acompañante sino como cualquier otra persona que iba en el grupo. Sin embargo, eso fue para el mundo pero no para los cubanos, porque en Cuba fue en el año 2003 cuando se supo formalmente quién era ella. Esto fue en un juego de pelota que Castro tuvo con Hugo Chávez. Fue la primera vez que los cubanos supieron abiertamente quién era su Primera Dama.
─ ¿Conoces la historia de cómo se conocieron?
Sí, claro. En el año de1961, Castro había ido a Trinidad (una región al sur de la isla) dónde conoció al papá de Dalia, (que por cierto, este señor era un hacendado que perdió muchas tierras con la Revolución). Fidel llegó allí para dar un discurso sobre la alfabetización y entre la multitud sobresalía una hermosa chica de 17 años, rubia de ojos azules. (las rubias siempre fueron su debilidad, Fidel era muy mujeriego) Y al Comandante, quien entonces tenía 36 años, le llamó la atención la chica. Entonces él ordena a su asistente, Pepín Naranjo, que invite a Dalia a la velada que tendrían esa noche. Los presentan, se quedan solos y al año siguiente tienen a su primer hijo Alexis. Luego Castro ordena que la trasladen a la Habana, pero no a su casa, él la visitaba a escondidas por las noches. Sin embargo, fue hasta después de la muerte de Celia Sánchez Manduley en 1979, que se casó con Dalia. Celia era Secretaria de la Presidencia del Consejo de Ministros, una mujer muy cercana a Fidel; ella era la única capaz de discutir cara a cara cuando él tomaba decisiones equivocadas. Una mujer poderosa que el pueblo cubano quería mucho. Muerta Celia, en 1980 se casa con Dalia que vivía en una casa en el barrio de Jaimani, una zona alejada del centro de la Habana. De Fidel nunca se sabía dónde dormía, tenía una obsesión por los satélites espías, por eso instituyó las llamadas “casas de visita” dónde él podía llegar cualquier noche. Además, él tenía una obsesión por el trabajo y trabajaba hasta la madrugada. Por eso recibía a sus invitados de noche.
¿Eran lujosas esas casas?
─ Bueno, comparado con el estándar cubano sí, pero el lujo de Cuba nada tiene que ver con el lujo mexicano. Digamos que eran casas austeras que tenían todo lo necesario, pero sin ostentación.
─ ¿Conociste en persona a Dalia Soto?
─ Una vez la vi en el salón de reuniones del Consejo de Estado, pero no la traté. Tenía fama de pesada. Te voy a decir algo que escribí en mi libro: “La familia Castro Soto del Valle no ha tenido color, solo la oscuridad del silencio. Dalia Soto del Valle nunca fue Primera Dama. Pero algún día la vida privada de Castro dejará de ser una conversación susurrada en el malecón”. Dalia fue una mujer sin influencia, un reflejo del machismo cubano.
¿Qué conoces de la vida privada de Fidel Castro?
─ Sé que, oficialmente, tiene seis hijos, uno con su primera esposa Mirta Díaz─Balart: Fidelito (un físico─matemático formado en Moscú) y cinco con Dalia, que, por cierto, todos sus nombres comienzan con A: Alexis, Alejandro, Alex, Antonio y Ángel Castro Soto. El hombre estaba obsesionado con Alejandro Magno. Pero extraoficialmente tuvo otros cinco hijos. Aunque hay dudas sobre cuántos fueron. Sé también que le gustaba jugar ajedrez, que iba de cacería o de pesca y disfrutaba mucho de la sopa de cherne.
¿Cómo es esa sopa?
─ Es una sopa hecha de cabeza de pescado. Le gustaba la pesca submarina y tenía una isla particular para él: Isla Cayo Piedra. Sólo él y sus allegados podían ir allí. Gabriel García Márquez sabía todo sobre Fidel pero nunca escribió un libro. Se llevó todos esos secretos a la tumba.
─Sé que tú estás haciendo un documental sobre Fidel Castro y allí abordaras la vida de Dalia Soto, que me puedes decir sobre eso?
─Sí, trabajo en ello y allí hablaré de ella. Es muy difícil, vivo en Miami pero aquí mi situación también es complicada; me acusan de comunista, sólo porque a mí no me gusta gritar tanto. Pienso que Raúl Castro es diferente a Fidel y que es cuestión de que se le dé oportunidad. Se desatan los demonios con los cambios que él hace; está rodeado de fidelistas que no lo dejan avanzar. Pero mira, ya fue Obama a la isla. Aunque no sabemos qué pasará con la llegada de Trump, porque muchos republicanos están a favor del embargo económico.
─¿Por qué era tan importante el embargo económico si solamente Estados Unidos era el único país que lo mantenía, el resto del mundo era libre de hacer negocios con Cuba?
─Bueno, eso era en apariencia porque si, por ejemplo, una empresa española compraba o vendía un producto a Cuba y luego quería hacer lo mismo con Estados Unidos, éste lo vetaba e igual sucedía con los demás, de modo que se cerraban las puertas. A Cuba no le da crédito Estados Unidos.
─¿Cuál el objetivo de tu documental?
Quisiera mover la sensibilidad más allá de izquierdas y derechas. Qué los cubanos dejen de preguntar si eres de Miami o de Fidel. Si logro mover una sola  neurona de un ser humano para que comprenda los últimos cincuenta años cubanos; si logro que los cubanos podamos discutir sin descalificarnos ni injuriarnos ni medir quién ha sufrimiento más; si por un segundo nos quitáramos las etiquetas, estaré satisfecha. Habrá valido la pena.
         He llorado mucho, te confieso que al ver la imagen de Fidel se me venía encima la primera vez que me tocó el hombro, la primera vez que hablé con él. Así como se fue dando mi trabajo, haciendo reportajes, documentales de salud y sobre él mismo. Pero a medida que tuve más acceso al poder me fui desencantando.
─¿Cuándo vino lo peor para Cuba?
─ Con la Perestroika, con la caída del muro de Berlín; se terminaron los apoyos económicos a la isla. Entonces comenzamos a vivir de imaginación. Llegamos a comer gato que se vendía como pollo. Se hizo un manual de plantas comestibles para casos de guerra y hambruna. 
─¿Por qué dejaste Cuba?
─ Porque estuve en desacuerdo con el asesinato del general Arnaldo Ochoa Sánchez, que junto con otros tres fueron fusilados, acusados de traición a la Patria por narcotráfico. Eso fue un 13 julio de 1989. Me dieron permiso de irme a Argentina y un año después de la muerte del general, el 13 de julio de 1990, regresé a cuba y fui al cementerio a visitar su tumba, pero las sepulturas no estaban identificadas. Me vieron los de seguridad y me acusaron. Me hicieron una especie de juicio, me mandaron a casa en “plan pijama” es decir sin trabajo pero me seguían pagando. Me llamaron traidora, gusana. En 1992, busqué la forma de irme a Madrid por invitación de una familia que por medio de una carta se comprometió que a los tres meses yo regresaría a Cuba e hice quedar mal a esta familia pues no volví. Ahora quiero ir a ver a mi mamá enferma, pero no puedo.

La periodista y escritora Lissette Bustamante, a quien Fidel Castro llegó a nombrarla “La Fallaci cubana”,  vive una situación difícil en Miami. De nada sirvió su trabajo en la televisión cubana cubriendo actos oficiales y entrevistas del gobierno, pues no puede viajar a ver a su madre. Ella sostuvo largas conversaciones con Raúl Castro, material que le dio para escribir su libro Raúl Castro a la sombra de Fidel. Por cierto, Raúl Castro es viudo desde el 2007, un año antes de ser el presidente cubano.