lunes 16 de noviembre de 2009

Presentación de Arno y los ojos de Rea

El 1 de octubre fue presentada, en la biblioteca “José García de Letona”, la novela Arno y los ojos de Rea, escrita por Magda Madero Gámez. Las palabras de bienvenida para dicha obra vinieron de parte de Jaime Muñoz Vargas, Rosa Gámez Reyes Retana y yo.
La escritora Rosa Gámez consideró que Magdalena Madero G., en su novela Arno y los ojos de Rea, nos enfrenta a los problemas del oficio de escribir a través de Arno, el protagonista. Dijo asimismo que un universo dentro de otro se encuentran en esta obra de largo aliento que no se detiene ante nada. Elogió la construcción de atmósferas, pero también la edificación temporal que sustenta a Arno y los ojos de Rea, ya que ponderó el manejo del tiempo como la cualidad estilística más importante en una novela. Añadió que esta obra enaltece la literatura lagunera, pero también a la tan vapuleada literatura femenina, ya que está llena de conocimientos, emociones y fuertes vivencias que Magdalena Madero transmite con la sencilla transpiración del artista. Resaltó por último la edición del libro que estuvo a cargo de su autora.
El nacimiento de dicha novela es un hecho inédito en la región, como lo destacó Jaime Muñoz en su texto titulado “La montaña de Magda”: “Para empezar, lo evidente: Arno y los ojos de Rea, novela de Magda Madero que presentamos esta noche, es el emprendimiento narrativo de mayores dimensiones en la historia de la literatura lagunera. Tal vez me equivoco, pero entre todo lo que he visto publicado de autores nacidos a la vera del Nazas, nada como la nueva obra de Magda, libro poblado con 485 páginas a renglón ceñido, caja amplia y tipografía no precisamente grande. Es, por ello, un trabajo descomunal; la más ambiciosa tentativa lagunera por atrapar y reconstruir un mundo a partir de la palabra”.
Por mi parte, lo que escribí sobre la más reciente publicación de Magda fue basándome, principalmente, en el contenido. Enseguida cito dos párrafos de lo que allí expresé: “Desaparecer, he allí la gran pesadumbre, la gran tragedia para seres reales o imaginarios (…). Nadie quiere desaparecer, y para evitarlo, se inventan toda clase de ardides: El arte es un ardid contra el olvido... Estas líneas son del primer párrafo de la novela Arno y los ojos de Rea de Magda Madero. Observamos a Arno el escritor, en sus movimientos cotidianos, por eso sabemos que vive entre libros y música clásica, y que con frecuencia se asoma a través de la ventana. La mirada hacia afuera no le alcanza para inventar universos, entonces recurre a los libros y a la introspección; deduce e imagina. Así, descubre a la pordiosera Rea, aquélla de los ojos esmeralda, a quien el novelista llevará a pasear por las calles de Torreón y le hará conocer a sus personajes.
“Historias creadas en una atmósfera que permite percibir dimensiones que se contraen o se expanden de acuerdo a las vivencias de los personajes. De manera que los protagonistas alargan la existencia en una plática, en tomar un café o en la añoranza de una caricia. Asimismo acortan la vida en un acto sexual obligado que termina en asesinato. Y se puede sentir el mundo encogido en un suicidio culposo, en donde, gracias a la habilidad literaria de la autora, la soga también consigue sofocar al lector. Se camina despacio en el gusto por la costumbre y el paso se acelera en el odio, en los golpes y en la lubricidad del autoplacer cuando el otro prefirió el abandono. La tristeza se estaciona, la felicidad corre. La violencia y la felicidad se parecen porque ambas son hijas de la rapidez, de la brusquedad; estallan en un universo contraído”.
Al final la autora dejó en claro que a partir del 1 de octubre Arno y los ojos de Rea le había dejado de pertenecer y ahora sería de quien la leyera. Agradeció a todos, pero especialmente a su mamá, Rosa Gámez y a su hija Marisol.

jueves 5 de noviembre de 2009

Miradas blogueras


Adán y Eva se sintieron el centro del Universo. Luego el mundo se pobló y sus moradores creyeron vivir en un limitado mundo plano. Y se descubrió la redondez de la Tierra, que sin embargo se movía. Se supo también que el Universo tenía miles de millones de planetas y estrellas conformadas en galaxias, y que (aunque no se ha comprobado) es factible que exista vida en otras coordenadas del Cosmos. Asimismo, los europeos descubrieron que en la otra cara de la Tierra moraban otros seres; la evolución ha caminado demostrando que a los humanos el envase nos queda cada vez más grande. Nos empequeñecemos a cada minuto. Pero a pesar de ello y de la globalización no hemos perdido la necesidad de buscar una identidad y de desear que alguien nos lance aunque sea una mirada instantánea. De modo que, aunque portemos el herraje de la manada, al mismo tiempo aspiramos a otro sello de identidad que nos haga diferentes. Vida irónica: la mayoría nos perdemos en la gran montaña del anonimato.
Recibí una invitación para formar parte de una asociación de escritores que luchan contra el anonimato. Con escepticismo leí la carta, ya que desde el momento en que a alguien se le ocurre luchar contra el montón, amontonándose, eso no es una situación alentadora, algo anda mal. Sobre todo porque la asociación presumía tener más de seis mil agremiados. Un mazacote así no puede luchar jamás contra el anonimato literario, sino al contrario, preserva y fomenta el anonimato. Podrán luchar contra el calentamiento global o la matanza de focas y hasta quitar a un Presidente, pero no servirá para crear literatos famosos. Podrá ayudar, sí, la invitación en compilaciones, y por supuesto estar junto a escritores reconocidos en publicaciones que tengan prestigio, pero ni siquiera eso garantiza que cuando un escritor publica un libro éste se vuelva famoso. Realmente es un misterio, porque en ocasiones hay escritores muy buenos que rara vez venden un libro y en cambio hay otros, no tan buenos, que venden miles de ejemplares. Desde luego, los hay buenos, ricos y célebres.
Y, aunque parezca difícil de aceptar, existen personas que escriben asegurando que no les importa que los lean. Por eso pregunto: ¿entonces para qué publican si su objetivo es la catarsis, sin ir más allá? Aún recuerdo el esquemita que en la secundaria nos mostró el maestro de Ciencias Sociales, que decía: La comunicación se conforma de un emisor, un transmisor y un receptor. Concluía que todos necesitábamos de ella, y que en determinado momento podríamos ser uno de los tres elementos. De modo que el emisor-escritor busca un transmisor-revista-periódico-libro, y ahora Internet, y busca un receptor, y es allí donde falla el proceso; el ciclo de la comunicación se interrumpe. Pocos reciben la señal, pocos leen.
Así, recordé el ensayo El escritor lagunero y su blog. Sorpresas y decepciones, del escritor Daniel Herrera, que expuso en el Encuentro de Escritores Coahuilenses en marzo del año pasado en el Teatro Isauro Martínez. Herrera defendía la idea de la importancia de publicar en Internet por medio de los blogs; mencionaba lo difícil que era que alguien aceptara publicar los textos propios en algún periódico o revista. Cuando escuché a Herrera no creí que tener un blog fuera relevante a pesar de que nos dijo todas las ventajas de ello. Sin embargo ahora reconozco que él tenía razón. En el blog: no se pide permiso a nadie para divulgar lo que se desea, no cuesta dinero, es fácil de crear, se pueden corregir textos ya publicados, se rescatan otros, el archivo se va haciendo solo por fechas y temas, y los textos difícilmente se perderán. Y siempre habrá alguien que se estacione allí un momento. La desventaja es que, aunque se logra la comunicación, la mayoría de las veces el anonimato sigue presente; pues quien lee los textos satisface su curiosidad, pero generalmente no le importa quién lo escribió. Aun así, definitivamente, Daniel Herrera acertó en su ensayo, el blog es muy buena herramienta para publicar; para comunicarse.

sábado 24 de octubre de 2009

Notas desconcertantes sobre la Camerata

Este artículo se publicó en El Siglo de Torreón en la columna "Las Laguneras opinan" pero por un error viene firmado por la Sra. Lucrecia Martínez. En cambio se me adjudicó el texto de la señora Lucrecia "Nava, uno en la Cámara, otro en los medios".

En la versión digital están correctos los nombres
Considero desatinado el artículo que apareció en el más reciente número de la revista Intermezzo que se titula “Tres lustros de la Camerata de Coahuila”, porque ha cuestionado lealtades. Incluso para mí ha sido muy difícil manejar la necesidad que tengo de contradecir conceptos que vienen de personas que, debo reconocer, han hecho una gran aportación a la difusión cultural de La Laguna. Pero realmente el texto me pareció injusto, por eso no pude sofocar mi opinión y decidí expresarla.
En varias ocasiones he colaborado para la revista Intermezzo; la última vez que lo hice fue en el número 21. Me habían dicho que se hablaría sobre el 15 aniversario de la Camerata de Coahuila, por lo que creí que era un festejo para la cumpleañera, pero no fue del todo así. El artículo “Tres lustros de la Camerata de Coahuila” presenta, según entendí, un recuento de los aciertos y errores de la orquesta; no obstante, el texto es desconcertante y confuso, porque contradice sus propias afirmaciones. Las cualidades que allí se le reconocen a la Camerata en seguida son anuladas por los defectos que ven en la agrupación. Un ejemplo de la argumentación contradictoria es que en los primeros párrafos se resalta la gran labor del maestro Ramón Shade y su relevante papel en el desarrollo de la orquesta, sin embargo, a continuación se afirma que ésta tiene elementos que “cuentan apenas con una preparación precaria, muchas veces deficiente y mediocre”. ¿Cómo sería posible que el maestro Shade, con la formación que tiene, pudiera traicionarse a sí mismo contratando a músicos que no pasan una selección rigurosa, si es a él a quien más debemos en el desarrollo de la orquesta? Parece demasiado incongruente. Simplemente se contradicen, como lo hacen al expresar: “Algunas temporadas (la Camerata) aparece con una técnica pulida y radiante, mientras que en otras suena desafinada, descuadrada y con un sonido pastoso”. Tales sentencias harían pensar que se trata de dos orquestas distintas. ¿Qué critico se atrevería a afirmar que toda una temporada desafinó y otra se oyó radiante y con técnica pulida?, ¿cómo es posible que los músicos que son malos intérpretes se transformen en buenos de una temporada a otra? Desde luego que hay conciertos mejores que otros, pero mencionen una orquesta a la que no le suceda esto. Igualmente todas las instituciones musicales cuentan con artistas que tienen diferentes capacidades interpretativas, por ello aparecen dispuestos jerárquicamente en el escenario. Se quejan de la repetición de los programas; afirman que han tocado mucho Las cuatro estaciones de Vivaldi, pero por otra parte señalan que cuando Tatul Yeghiazarián ejecutó esta obra como solista, se trató de un concierto memorable. Por fin, ¿se pueden o no repetir algunas obras? A veces es acertado volver a tocarlas, sobre todo si el público las disfruta. Se sabe que todas las orquestas repiten su repertorio, con más razón en Torreón, donde existe siempre gente nueva o que no siempre acude. Es decir, no todos somos público cautivo.
A nuestra ciudad no se le puede comparar con otras como Berlín, que cuenta con la mejor -para muchos- filarmónica de mundo, (para otros la mejor del mundo es la de Viena), ¿Cuántas grandes orquestas de música clásica tiene Berlín? Tal vez seis o siete. ¿Cuántas cameratas, cuartetos, tríos, dúos? Quizá entre todos los grupos sumen 50 ó 60, quién sabe. Aquí solamente tenemos una orquesta capaz de acompañar a solistas de reconocimiento internacional, una Camerata para todo un Estado y parte de otro. Una institución que ha tenido que luchar no sólo por lo económico, sino contra detractores que, no sabemos porqué, reniegan de su existencia; ha tenido que presentarse ante un público que no estaba acostumbrado a la música clásica, un público que al principio, en pleno concierto, abría latas de refresco, comía papas fritas, hablaba y tomaba fotos con flash sin ninguna consideración. Se ha caminado poco a poco para revertir todo esto.
Las ideas tan generales y contradictorias que se plantearon en Intermezzo me hicieron recordar que hace algún tiempo estuve expuesta a comentarios muy parecidos a los que esta vez se manifestaron: “La orquesta anda mal”. “Hay muchas deficiencias técnicas”. “Sólo cuando tal o cual solista se presenta está fabulosa”, etcétera. Estos juicios venían de personas conocedoras, pero no creí mucho en sus apreciaciones porque consideré que en aquellos casos las percepciones estaban contaminadas de cierta frustración personal. De todas maneras pensé que sería bueno solicitar a otros artistas una opinión, para mí más importante. Así, tuve la oportunidad de entrevistar a Jorge Federico Osorio (el más reconocido pianista mexicano), al que le pregunté cuáles deficiencias veía en la Camerata, a lo que contestó un poco extrañado: “Ustedes son muy afortunados de tener una orquesta con una gran calidad interpretativa.. Hay muy pocas en México como ésta. En verdad deben hacer todo para apoyarla”. Tiempo después entrevisté a Carlos Prieto (chelista con gran reconocimiento internacional) y luego a Horacio Franco (flautista de pico, para muchos el mejor del mundo), a quienes les insistí con la misma pregunta, y todos respondieron en el mismo sentido que Osorio. Asimismo recuerdo a uno de los mejores tenores del mundo, Ramón Vargas, quien al final de un aria se volvió hacia el público para decirnos que ninguna orquesta en el mundo había logrado acompañarlo tan bien, y en otra de sus presentaciones de nuevo nos felicitó por tener una excelente orquesta. Creo que la crítica es sana, siempre y cuando ésta sea clara y justa; que señale defectos específicos cuando haya qué señalarlos.
Con frecuencia al arte se le atribuyen responsabilidades que no tiene; el arte puede atenuar el sufrimiento en tiempos de crisis, pero no será éste el que resuelva los problemas, no es ése su papel. Al final del artículo hacen una alegoría por demás exagerada, que pareciera querer amortiguar las descalificaciones: “Hoy los polacos hablan de un Szering y los rusos de un Shostakovich que los hicieron fuertes y capaces de resistir guerras y magnicidios, por qué no permitirnos el lujo de que en 50 años La Laguna se jacte de gritar a los cuatro vientos que si se logró salir de una crisis de valores fue gracias a la Camerata”. Los polacos deberían hablar también de Ignacy Jan Paderewski, ese gran pianista, compositor y político que luchó por la independencia de Polonia y que llegó a ser Primer Ministro de su país, pero fue su discurso político el que hizo cambios, no su música, aunque también era buena. Además generalizan diciendo que los rusos soportaron la guerra gracias a Shostakovich; a lo lejos suena muy romántico, pero la verdad es que la mayoría de los rusos no lo valoraron en su tiempo. Darle a la Camerata la tarea de que nos salve de la crisis de valores en que vivimos es un absurdo superlativo. Nos conformamos con menos: con que la dejen trabajar, que sigamos disfrutando de su arte y que nuestro gobierno la apoye y así podamos seguir yendo los viernes a un concierto que algunas veces nos cautivará y otras no tanto, y ese vez servirá para reafirmar nuestros gustos.

sábado 17 de octubre de 2009

¡Guau!


Lo he decidido, me someteré a una remodelación cerebral completa. He pasado noches enteras pensando en cómo encontrar un efectivo paquete o programa que ofrezca un económico rediseño neuronal. Y es que ya estoy realmente cansada de ver el gran deterioro cerebral al que estoy sometida a cada paso, a cada imagen. Fue primero en mí que descubrí tal descomposición, pero luego observé varios espejos. Fue el descubrimiento personal lo que me permitió que viera que los otros igualmente van en decadencia. Confieso que la chispa que provocó el incendio fue el día que me di cuenta que yo también había comenzado a ladrar, ¡imagínese! Desde luego no tengo nada en contra del lenguaje perruno, al contrario, cuando son moderados y afables quiero a los perros, no así cuando ladran por todo. Sin embargo, mi afecto hacia ellos no llega a las alturas de querer robarles el lenguaje. Pero sí, admito, con vergüenza, que más de una vez los he imitado. Recuerdo: me contaban no sé qué suceso supuestamente extraordinario, y yo contesté con un ¡guau! ¡Qué vergüenza! Créame, esto ya se está volviendo una epidemia. Lo raro es yo no me contagié de los canes sino de las personas, y, desde luego, de la televisión. Porque hasta en los programas culturales de televisión no falta el sorprendido que se pone a ladrar una y otra vez. Hace unos días, en un noticiero, una mujer indígena hablaba de un parque ecológico de una manera tan elocuente y sabihonda que de momento me llené de un orgullo ajeno, mismo que no duró gran cosa porque se cayó al momento en que aquélla no supo manifestar la gran satisfacción que el proyecto le provocaba más que con repetidos ¡guau!
Porque por sus ladridos los conoceréis, por la repetición de frases tontas, por hablar babosamente en tercer persona de sí mismas, y por los anuncios fallidamente alambicados de Peña Nieto, por los chismes que no pedí, por la envidia que mueve montañas, por todo lo que nos vuelve menos propositivos; por todo ello, busco el paquete económico de remodelación cerebral, uno que evite la carrera a la regresión del animalismo. Busco que no se fortalezca la teoría de la involución que decía Nietzsche: “del hombre al chango” o “del hombre al perro”.
¿Por qué la gente se enorgullece de tener sangre Azteca? Esos salvajes, esos bárbaros. Si pudiera escoger, elegiría a los Mayas. Pero está claro, dicen, nuestra sangre es Azteca: una cabeza; un trofeo. Pero hoy no estoy para elucubraciones históricas, lo único que quiero es dejar de escuchar tanto guau. ¿O qué?, al rato estaremos maullando, graznando, gruñendo o piando. El guau es una tara más que nos contagiaron los gringos, porque de allá viene eso de ladrar; no saben cómo expresar asombro, agrado o aceptación, sino con un ¡wow!, como ellos lo escriben.
¿Alguien sabe cómo hacer para que en mi testa no entre tanta estupidez, o al menos que una vez que la basura esté dentro de la cholla, ésta se pueda desterrar, o descerebrar? Ojalá tuviera un experto en Feng Shui, uno que diga el lugar exacto en que deben ir los espejos para que no me identifique con cualquier idiota. Sí, que me diga en qué sitio se deben colocar las entradas de luz para que en el cerebro ésta sea real y efectiva. Que sugiera dónde colocar el mobiliario hecho sesos, es decir, las imágenes de personas y las actividades; que las coloque de tal manera que dejen espacios amplios para que no se obstruya el movimiento de ideas. Quizá también debería ocupar los servicios de un sicoanalista para que eche de mi coco todo el polvo añejo y que me deje libre de taradeces que me tienen enmantecada en ciertas ideas. Alguien me sugirió la contratación de un motivador profesional, pero lo deseché. Creo que me caen mal por payasos y megalómanos.
Aunque pensándolo bien, y ya que no tengo dinero para contratar a tanto especialista que me rehaga la sesera, lo intentaré sola, con la misma alma de siempre y, por supuesto, sin decir ¡guau!

viernes 9 de octubre de 2009

Hertha Müller



De 102 Premios Nobel de Literatura que se han otorgado, es la rumano-alemana Hertha Müller (1953) la 12a. mujer en ganarlo. Le anteceden:
  • Selma Lagerlöf (1909)Suecia, 1858-1940
  • Grazia Deledda (1926)Italia, 1871-1936
  • Sigrid Undset (1928)Noruega, 1882-1949
  • Pearl S. Buck (1938)EEUU, 1892-1973
  • Gabriela Mistral (1945)Chile, 1889-1967
  • Nelly Sachs (1966)Alemania, 1891-1970
  • Nadine Gordimer (1991),Sudáfrica, 1923
  • Toni Morrison (1993),EEUU, 1931
  • Wislawa Szymborska, (1996) Polonia 1923
  • Elfriede Jelinek (2004)Austria, 1946

  • Doris Lessing (2007)Irán, 1919

domingo 4 de octubre de 2009

Una tarde con Liszt


Aquí, el video de la obra más conocida de Franz Liszt: "Rapsodia húngara no.2" con dos grandes intérpretes; Tom y Jerry. Enseguida, una pintura entrañable: "Una tarde con Liszt", después una descripción subjetiva de dicha obra
En las primeras páginas del libro Classical composers de Peter Gammond, se encuentra la imagen de una pintura excepcional titulada "Una tarde con Liszt". En 1840 el pintor Josef Danhauser captó con fidelidad una escena que para quien ama el arte, resulta entrañable. La National Gallery de Berlín, en Alemania, alberga esta obra en la que aparecen reunidos importantes artistas del siglo XIX.
En las tardes parisinas, el pianista y compositor húngaro Franz Liszt invitaba a sus amigos a su casa. En el retrato, el autor de las Rapsodias húngaras ofrece a sus acompañantes un recital de piano. Aunque más bien pareciera estar tocando sólo para Beethoven, representado allí en un busto colocado frente a él. La actitud de Liszt parece de veneración: “Yo he recibido el beso de Beethoven”, dijo alguna vez, y era cierto, pues un día el autor de La Quinta Sinfonía fue invitado a escuchar tocar a un niño pianista llamado Franz Liszt. Fue aquella vez que el maestro cabeza de león emocionado besó la frente del pequeño artista (recordemos que Beethoven comenzó a perder la audición en forma progresiva a los 30 años de edad).
A espaldas de Liszt, sentados, vemos al escritor francés Alejandro Dumas, aunque también se cree que podría ser el escritor Alfred De Musset. Dumas es autor de El conde de Monte Cristo, Los tres mosqueteros y Veinte años después. Entonces es verdad que: “no es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después”, no es lo mismo, pero es la continuación escrita sólo un año más tarde. Este mosquetero fue padre de otro narrador del mismo nombre: Alejandro Dumas hijo, autor de La dama de las camelias, novela que se convirtió en ópera gracias a Verdi con La Traviata. Allí se habla de una joven muy hermosa, de muy ligera moral y tuberculosa. Se trata de Margarita Gautier, la que se adornaba con camelias blancas veinticinco días del mes y con camelias rojas los cinco días restantes. En el libro no lo dice, pero seguro que era una manera elegante de prevenir a sus novios: “Que nadie me moleste porque estoy en mis días”.
Sentada también, encontramos a la novelista francesa Aurore Dupin, mejor conocida como George Sand, la mujer que llevaba bien puestos los pantalones –de hecho, la primera que los usó–; amante de Frédéric Chopin (muerto de tuberculosis), de Alejandro Dumas y de Alfred De Musset, entre otros. De allí que surja la duda de quién es el que está cerca de ella en el retrato: De Musset o Dumas. Alfred De Musset fue un escritor francés que murió de sífilis. En medicina es conocido porque lleva su nombre el “Signo de De Musset” que se presenta en personas con sífilis terciaria y que consiste en un movimiento constante de la cabeza, como diciendo sí, y corresponde a una lesión ―insuficiencia― aórtica.
Enseguida vemos a Víctor Hugo, de pie, con libro en mano y mirada perdida; sí, aquél de Los miserables, la novela en la que se conoce a Jean Valjean ―el hombre cuerdo más generoso que he leído―, una obra muy conmovedora. Recordemos: Víctor Hugo envió en 1867 una carta al presidente Benito Juárez donde le solicitaba que no ejecutara a Maximiliano de Habsburgo. El literato escribió en su petición: “…a esos verdugos obedecidos por la muerte, a esos emperadores que con tanta facilidad hacen cortar la cabeza de un hombre, ¡demuéstreles cómo se perdona la cabeza de un emperador! Por encima de todos los códigos monárquicos chorreados de sangre, abra usted la ley de luz, y, a la mitad de la más sagrada de las páginas del libro supremo, que se vea el dedo de la República posarse sobre este mandamiento de Dios: No matarás”. Pero en ese tiempo las cartas tardaban meses en llegar a su destino –lástima, no existía el correo electrónico– y la solicitud llegó después del fusilamiento del esposo de Carlota.
De pie también aparecen dos italianos: el flaco y caprichoso Paganini, quien aparece abrazado por el gordo y operístico Rossini. Niccolo Paganini, el músico que exaltó la individualidad y el exhibicionismo en las interpretaciones. Un gran artista del que decían tenía pacto con el diablo, virtuoso compositor y violinista –también buen guitarrista–. Su aspecto era poco agraciado, tenía cara de pocos dientes y cuerpo hecho de casi puros huesos, no obstante, las mujeres se perdían por él y en él. Su más famosa obra es La Campanella concebida para violín y transcrita por Liszt al piano.
Gioacchino Rossini pasó a la historia como un genio flojo y tragón, un hedonista. Aún así, Rossini escribió en trece días El barbero de Sevilla, una de las óperas más representadas en el mundo: ¡Fígaro, Fígaro, Fígaro…! Curiosamente en esos trece días Rossini no se rasuró. Este goloso compositor era un hombre de asombrosa memoria, a los quince años prometió a una soprano, amiga suya, la partitura de un aria. Para conseguirla acudió al jefe de la compañía, quien también era el tenor principal de esa ópera y le negó la copia, fue entonces con el bibliotecario y la negativa se repitió. Entonces decidió asistir al teatro y de oído transcribió la partitura para piano de la pieza que quería su amiga. El tenor pensó que el bibliotecario lo había traicionado, pero el joven músico desmintió esta hipótesis afirmando que si le dieran oportunidad de ir tres veces a la ópera, copiaría toda la obra.
Por último, sentada en el piso apreciamos a la esposa de Liszt, Maria d’Agoult, quien fuera madre de Cósima, la futura esposa de Wagner –el amargoso y genial músico que sería a su vez yerno de Liszt–. Allí, en la pintura Una tarde con Liszt, encontramos grandes genios reunidos, todos ellos darían mucho de que hablar en su época, y aún después de ella.

domingo 27 de septiembre de 2009

Entre lo kitsch y lo naco


El libro El Kitsch. El arte de la felicidad del escritor francés Abraham A. Moles (editorial Paidos, Buenos Argentina, 1ª. Edición, 1973) es, sobre todo, un tratado de la relación del hombre con las cosas. Así, nos lleva a reflexionar sobre cómo el asceta (por ejemplo: los monjes que viven aislados en montañas) disminuye al máximo la necesidad de objetos. Así, él requiere de muy pocos utensilios (utensilio, que viene de utilidad) para vivir, ya que encuentra la felicidad explorando su espiritualidad. En cambio, el hombre de la sociedad consumista basa su felicidad en la posesión de objetos. La adquisición se justifica en pos del confort, para que, de esa manera, se pueda encontrar el placer. Aunque también hay un modo agresivo de relacionarse con las cosas. Se trata del que disfruta deshaciendo, él que encuentra que destruir es un hecho seductor. De esa manera pretenden establecer su superioridad los incendiarios, demoledores, saqueadores, asesinos...
En otros, la posesión siempre va más allá, llega a ser un valor que eleva el estatus social: “El estado social se reduce esencialmente a la apariencia; la posesión de un mueble noble equivale a un título de nobleza”, nos dice Moles. Sin embargo, la acumulación de objetos hace que se inutilicen unos a otros, o que disminuyan su función: en las casas de la alta sociedad tendrán un tipo de copa para cada líquido; una para el vino tinto, otra para la champaña, otra más para el martini, etcétera... si un solo tipo de copa se empleara para todo, su valor funcional sería mayor, pero entonces la burguesía no podría sentirse diferente. De modo que, si un llavero es útil, veinte de ellos guardados en un cajón resultan inútiles. Un coche para una persona es necesario pero diez disminuyen su funcionalidad. La colección produce goce pero, ¿qué cantidad es suficiente?. Los objetos seducen al burgués quien va inventando necesidades; el amontonamiento invade a las personas. El deseo de adquirir cosas encierra un origen inconsciente de ascender en la escala social: “El hombre es lo que aparenta y aparenta por sus posesiones”. Se anhela tener más y se encuentra placer en conseguirlo, de lo contrario viene la frustración. Y es en ese afán de encontrar la felicidad a través de las pertenencias es donde nace el kitsch. Moles nos dice: “La mentalidad kitsch surge de una situación sociocultural de aspiración a la felicidad condicionada por la prosperidad”. La palabra kitsch es alemana pero es la misma en cualquier idioma, significa frangollado, es decir, cuando algo está hecho rápido y mal; vive entre la fealdad y la belleza, es la estética del mal gusto. Pretende el buen gusto pero se queda en el camino y surge como la medianía; tiene que ver con la ausencia de autenticidad, con el amontonamiento y la falta de estilo. Se aplica al arte, a las situaciones y al pensamiento. El kitsch es ubicuo, por eso nadie está libre de él, pretende ser lo que no es, es la imitación de cualquier cosa o situación y puede ser cursi, divertido y lindo.
Una repisa totalmente llena de figurillas decorativas, se transforma en kitsch en el momento en que surge el amontonamiento y cada figura pierde su espacio vital, así la decoración no logra la estética pretendida. Todos los cuadros y jarrones de imitación y todo el arte pirata son kitsch. A medida que son más accesibles las copias nos hacemos más kitsch, y ya que no podemos tener un original de la pintura de Millet, de Manet, Monet, Dalí, Diego o Frida, pues nos conformamos con la reproducción barata. Las mezclas arquitectónicas en una sola construcción resultan kitsch al no tener un estilo definido; el kitsch en arquitectura nació con el rococó, en literatura lleva al extremo el sentimiento, es la literatura de evasión, la poesía azucarada, cursi y exaltada hasta llegar a un estado frenético que representa una escape a una realidad ñoña y ridícula. La imagen del final del cuento “y fueron felices para siempre” llevada al cine, a la televisión, y a todos lados es kitsch, porque la vida eternamente feliz no es una situación auténtica.
El libro de Moles fue escrito hace 36 años de manera que aún no se había desarrollado el comercio de la forma en que lo conocemos hoy. El autor hace una predicción: “El mercado de precio único y el supermercado serán el primero y el mayor servidor del kitsch”. Y tuvo razón en un supermercado podemos encontrar: “Huevo decorativo Fabergé en finísimo plástico a 30 pesos o cuadro con girasoles de Van Gogh a 100 pesos”. Asimismo el regodeo del shopping cambió las relaciones entre el comprador y el vendedor, y ahora las volvió ilusorias. Hace medio siglo todavía se hallaba una tienda atendida por el dueño. Un señor o señora que era conocido (a) por todos. El propietario tenía un trato personal con el cliente, podría ser amable o gruñón pero expresaba una personalidad genuina. En cambio, actualmente, en las grandes tiendas nos atenderá una señorita de eterna sonrisa, amable, y a la que muy probablemente no volveremos a ver y si la vemos no la recordaremos. La empleada habrá sido instruida en cursos de “excelencia” impartidos por un motivador profesional quien le garantizaría que manteniendo el ánimo en alto y el buen trato hacía el cliente, eso, le ayudaría a encontrarse a sí misma. No importará que pase más de ocho horas de pie, sonriéndole a un sueldo miserable en una actitud poco natural, fabricada para alentar el consumo.
En México la palabra naco se ha tomado como una forma del kitsch, sin embargo considero que no es así. La burguesía (alta, mediana y pequeña) usa la palabra naco para llamar así a los pobres, pero bien sabemos que el poder adquisitivo no salva a nadie de ser naco (Carolina Herrera, Giorgio Armani y Versace juntos no redimen al naco). Mientras el kitsch es la estética del mal gusto, lo naco es el mal gusto a secas. Lo kitsch intenta la belleza lo naco no. Lo naco es similar al kitsch en que se extiende a situaciones, conductas y objetos. Es naco subir los pies al asiento de frente en el cine y contar la película, no apagar el celular y hablar todo el tiempo en los conciertos clásicos, usar plásticos protectores en la sala de la casa, usar un smoking rojo, no respetar señalamientos urbanos, atravesar gasolineras, ir a China y tocar los soldados de terracota, ir a París y orinarse en los monumentos, cambiarle el nombre al virus A-H1N1; la ignorancia es de nacos, y así todos somos nacos en algo, igual que somos kitsch.
Existen situaciones u objetos que aparentemente tienen el mismo fin, no obstante son nacos y no kitsch. Por ejemplo: un reloj imitación casi perfecta del Rolex es kitsch, en cambio un reloj que exhibe rasgos burdos de un Rolex, que su marca verdadera es “Relax”, que presume manufactura “Made in Tepito” y que además en el reverso tiene un simbolillo en forma de pato (marca patito) eso, es naco, no se encuentra entre la fealdad y la belleza sino que ensalza su fealdad. El reloj “Relax” no es kitsch porque no es pretencioso, y desde el nombre “Relax” se vuelve un objeto de burla y desprecio hacía el original. Las imitaciones idénticas son serviles y adoran el original, la copia naca vive por sí sola, es mucho más divertida. Termina siendo un acto lúdico para el individuo que la adquiere.
Mucha de la música de moda, (a la que estamos expuestos sin remedio) es naca. Afortunadamente tiene solamente algunos meses de vida. Naca es la música efímera que limita sus sonidos al “tun-ta-ta”, “tun-ta-ta” y al “punchis”, “punchis”, y que las letras son sólo estupideces repetidas a perpetuidad. Que no se confunda esta música pasajera y francamente antiestética con la música popular, aquélla que tiene mucho más tiempo de duración, que cuenta historias y que presenta imágenes de fenómenos sociales dignos de reflexión. Así pues, lo naco es más auténtico que lo kitsch. lopgan@yahoo.com