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Nació en Francisco I. Madero, Dgo. en 1964. El peor de los pecados, es su primer libro de cuentos.Ha recibido el Premio Estatal de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” en los años 2000 y 2015 y el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila, 2016 y 2017. Perteneció al taller literario de Saúl Rosales. Escribe cuento y ensayo. Es colaboradora regular de la revista Siglo Nuevo, suplemento del periódico El Siglo de Torreón. Su entrevista con Elena Poniatowska fue traducida al griego y publicada en la revista Koralli de Atenas. Ha publicado en las revistas: Estepa del Nazas, Acequias, Cultura de Veracruz, La Manzana y Confabulario (suplemento cutural del periódico El Universal). Y en los libros colectivos Enseñanza superior, Coral para Enriqueta Ochoa, Voces del desierto, Sinfonía a doce voces, Cien puertas de Torreón, Perfiles sobre José Revueltas, Camerata de Coahuila. Dos décadas de música y Horizontes de sol y polvo I; Panorama del cuento lagunero. Es médica egresada de la Facultad de Medicina de Torreón,UA de C. Correo electrónico: lopgan@yahoo.com

sábado, 25 de marzo de 2017

El TINTE RUBIO Y BOSÉ

Resultado de imagen para Bosé en el auditorio nacional
Los rayos del sol me abrazan tibios. Me reconfortan. Por la mañana, camino solitaria por la calle Álvaro Obregón de la Colonia Roma, en la ciudad de México. Es un domingo luminoso y en los últimos cuatro años he hecho ese recorrido muchas veces. Veo las esculturas, los viejos árboles, los pájaros de los que desconozco sus nombres. Veo muchas personas paseando a sus perros; sobresalen los pug. Un artista dibuja sentado en una banca. Los comensales de los restaurantes hablan francés, inglés, alemán y otros idiomas que no logro identificar.  Veo los puestos de ropa, de tacos sudados y de los no sudados, las carretillas en la esquinas vendiendo fruta. Gente que viene hablando “sola” con los audífonos al oído. 
         Mientras observo, recuerdo la alegría de la noche anterior. Mi hija, Carolina,  en complicidad con su padre y debido a que cumplo años en febrero, me regalaron un boleto para ir a un concierto de Miguel Bosé  en el auditorio Nacional el dieciocho de febrero. Ellos saben que soy fanática de Bosé desde mi adolescencia. Pero sólo había estado en un concierto de él en Torreón, hace seis años en el Coliseo, que por cierto esa vez fue caótico; uno tenía que entrar a empujones. No sé cómo es ahora pero esa vez fue muy desagradable y demasiado caro para un lugar tan incómodo. En cambio mi hija y yo llegamos al Auditorio y todo fue organizado con mucha civilidad. Tomamos nuestros asientos y el concierto comenzó puntual, a las 20:00 hrs. Esa noche se me perdieron treinta años: canté  hasta enronquecer; bailé hasta que me dolió la cintura. Unos días antes alguien me había dicho en tono irónico, ¿acabas de ir a ver a la mezzosoprano Elīna Garančay y ahora vas a ver a Bosé?  Y yo pregunté si mi cerebro se puede extasiar sólo por lo clásico; mi cerebro tiene muchos compartimentos. Bosé me crea sentimientos de nostalgia y alegría: “Porque la música y los olores son los únicos que atrapan, genuinamente, los recuerdos”, dijo. También nos trajo reflexiónes, usa sus conciertos para llevar mensajes de paz. Hubo un momento en que, ante un Auditorio Nacional de lleno total, comenzó hablar del tinte rubio, que a las mujeres se nos veía bien, pero que cuando los hombres lo usaban les trastocaba el pensamiento y los hacía querer construir muros y expulsar inmigrantes. Habló de sus cuatro hijos y del deseo de dejarles un mundo mejor luchando por la paz: “La paz se construye dentro de muchos frentes y uno de ellos es la solidaridad; se trata de ser generosos y compasivos”. Sí, esa noche me volví loca con Lobo estepario: “Mi corazón, salvaje y estepario/ lamió poemas caídos de tus labios”, esta canción, seguramente a todos nos recordó a su joven sobrina Mimba Bosé, recientemente fallecida por cáncer de mama; él cantaba esa canción con ella. Después de muchos gritos, el concierto terminó con “Te amaré”: “Con la paz de las montañas te amaré/ con locura y equilibrio te amaré / con la rabia de mis años/ como me enseñaste a ser/ con un grito en carne viva te amaré…” Bosé y yo hemos envejecido, él se ve un poco cansado y yo también, pero él se ha vuelto  un ser místico.
         Ahora, después de los ecos del concierto Bosé, escribo este texto y confirmo: los albañiles me persiguen. Estoy en un tercer piso del edificio donde vive mi hija. A través de la ventana se cuelan sus gritos. Construyen lo que yo creo serán departamentos. Me divierto escuchando su  lenguaje lleno de improperios. Ellos cantan a coro. “Yo sentí que mi vida se perdía en un abismo profundo y negro como mi suerte/ quise hallar el olvido al estilo Jalisco./  Pero aquellos mariachis y aquel tequila me hicieron llorar…” Dejan caer material desde lo alto y más de uno lanza un alarido fingiendo que le cayó encima. De todos lo que he oído, estos son los únicos que hablan inglés, good morning, thank you very much, give me the Shovel, we will have a lunch. Yo me quedé pensando que el tinte rubio estaba haciendo sus efectos y que ahora los albañiles mexicanos son: repatriados y bilingües.


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